Amor de sol y sal Capítulo 33 #3
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Capítulo 33 #3

—A ver, te lo puedo explicar… —Carraspeó y miró hacia sus amigos, que cuchicheaban a unos pasos, atentos a nosotros—. Pero en otro momento, ¿no? Me estás dejando en evidencia.

—En evidencia te dejas tú solo. ¿Me escuchas de una puta vez?

—dije entre dientes. No quería perder del todo las formas ni ponerme a gritar, no era mi deseo dar un espectáculo, pero empezaba a perder la paciencia—.

Luego te dejaré en paz para que vayas a joderle la vida a alguien más, porque es lo único que sabes hacer.

Si no me dejas hablar, voy a gritarlo, y será peor para ti, porque todos tus amigotes se enterarán de la mierda que eres, si es que no lo saben.

Pero claro, quizá no quieras manchar tu reputación, tu fachada de tío guay, porque eso eres —lo miré de arriba abajo—: todo fachada.

—Esta no eres tú, Carmen. No sé qué te pasa, pero no eres tú… —Levantó la mano presto a ponerla en mi mejilla para hacerme algún gesto cariñoso que bajase mis defensas.

Su tono de voz, bien modulado, como el lobo a punto de comerse al cordero.

Su expresión corporal, algo inclinada hacia mí, pero no del todo, para seguir marcando espacio.

Su mirada caída, digna de un chacal. Era su táctica, la conocía más que de sobra.

En otros tiempos me habría rendido a ella, pero en esos…

En esos lo que quería era borrarla de la faz de la tierra para siempre.

Le aparté la mano de un abanicazo; me miró estupefacto. Carraspeó, removiéndose incómodo.

—No, esta sí soy yo. —Apunté con el abanico a su cara de papa—. No era la de antes, esa que tú te encargaste de moldear a tu antojo, para tener una muñeca con la que divertirte. A la que follarte mientras le mentías, a la que sacarle el dinero con tus caprichos. Nunca me has querido.

—No digas tonterías, claro que te quise.

El ruido de la feria se volvió ensordecedor, como si todo el mundo se hubiera puesto de acuerdo para gritar más. Él bajó la mirada. Sabía que estaba diciendo la verdad.

—Tienes la cara más dura que el cemento armao. Mírame, Cristian, mírame a los ojos. Porque esta es la última vez que los vas a ver.

Levantó la vista. Hubo algo de soberbia en su gesto; sin embargo, no me achanté.

—Sé todo lo que hiciste y tengo pruebas de ello. No voy a denunciarte por todo el daño que me has hecho porque paso de verte más la cara de sieso que tienes, pero vas a hacernos un favor a los dos: te vas a largar de Málaga, porque no quiero verte más.

—Estás loca si te piensas que me voy a ir porque tú quieras.

—Igual prefieres que empapele Málaga con carteles con tu cara contando lo que hiciste, que se enteren todos en tu trabajo y que te señalen por mierda que eres. Igual quieres que lo sepa tu novia. Aunque me dan ganas de decírselo y librarla de ti.

La mirada se le ensombreció.

—Ni se te ocurra joderme así la vida.

—Tú no tuviste reparos en joder la mía. —Di un paso más hacia él.

—Venga, Carmen —se rio—, si vivimos una vida de puta madre.

—Claro que sí, rey, una vida que no veas. —Hice aspavientos—. Una fiesta de vida, costeada por tu mentira y por mi sudor. Claro, así, ¿quién no?

—No te obligué a estar conmigo —respondió chulesco—. En realidad, hacía años que quería dejarte. Eras tú el problema de la relación, que te volviste un coñazo.

Tuve que apretar los puños para no estampárselos en la cara.

—¿Y por qué no lo hiciste?, ¿eh? Espera, que te lo digo yo: por amor no fue.

No quieras engañarme con el cuento de Disney, que ese ya me lo sé.

Y ya no quiero hablar más, Cristian, que estoy hasta las narices de tanta charla.

O te largas o lo cuento todo a los cuatro vientos.

No quedará rincón en Málaga que no sepa cómo me mentiste.

Pongo una bandera colgando de la Alcazaba y todo, para que lo vean hasta los guiris que vengan.

Así que, más te vale hacerle caso a tu novia y largarte de esta ciudad, o te juro que te vas a acordar de mí hasta los restos.

—Cogí la medalla y la besé—. Te lo juro por la Virgen del Carmen.

No le di opción a decir más. Me di la vuelta y me largué, tan aprisa como había llegado, mientras el corazón me retumbaba en el pecho, otra vez, como un mono loco.

No me giré para mirarlo. No quería verlo ni saber su reacción ni nada.

Quería que perviviese en mi memoria, para siempre, su cara de estupor.

Llegué a la mesa, bajo la atenta mirada de mi hermana.

Apoyé una mano en el respaldo de la silla y dije:

—¿Qué? ¿Nos vamos? Estoy esmorecía.

Ella se echó a reír por lo bajo, mirándome con el pecho hinchado.

—He oído todo lo que le has dicho. Te quiero, hermana, estoy orgullosa de ti.

Una vez más, escuchaba aquellas palabras de labios de alguien querido.

—Y yo de ti —respondí con una sonrisa.

Me incliné para besarla en la mejilla. Luego, a mi sobrino en la frente.

Esa noche, crucé un par de mensajes con Nilo, nada más, él sabía que iba a salir a la feria.

Tras quitarme el polvo del ferial, me eché en la cama.

Dormí, igual que mi sobrino, como un angelito, con la sensación de que, hiciera Cristian lo que hiciera, me daría igual: yo me había quitado un peso de encima de proporciones bíblicas. Qué a gusto me quedé.