Capítulo 33 #2
—¿Segura? —Levantó las cejas—. Yo diría que querías mucho más a Nilo, que estabas enamorada de él en verdad, pero claro, a ti la inseguridad en la adolescencia te pegó fuerte, y no querías salir con el rarito de turno, querías un macho alfa ibérico de pelo en pecho que fuera por ahí haciendo caballitos con su moto y te llamase «fea», a lo A tres metros sobre el cielo .
El Hache siempre me ha recordado al Cristian en esos años.
Aunque Cristian tenía mucho menos rollo y, desde luego, no es Mario Casas.
—¿Qué dices? —Indignada, cogí el abanico y me hice aire con él a toda prisa, casi dándome golpes en el pecho—. Eso no es verdad. Vale que Cristian era muy así, pero es que me gustaba de verdad. Luego tenía cosas buenas.
—Qué cosas buenas. ¿El culo? ¿La tableta de chocolate?
—Se señaló la barriga mientras negaba con la cabeza.
Tras echarle otra mirada Marc, siguió comiendo—.
Era todo cualidades físicas y, sí, mucha labia.
La necesaria como para llevarte al huerto.
¿Es que no te acuerdas de cómo te convenció para que te acostases con él?
Hizo presión social y tú caíste. Aunque era más pequeña, me acuerdo de oírte hablar de eso con tus amigas por teléfono.
Un río de sudor me mojó la espalda, de golpe, como si todo mi cuerpo hubiera reaccionado a aquel recuerdo queriendo expulsarlo por la piel. Lo de tener una feria en agosto y vestirse de gitana es una prueba más de lo mucho que una se compromete con sus tradiciones.
—En eso no puedo quitarte la razón. Me dejé llevar por la presión y por su labia, sí. Me volví tonta y superficial. Tuve que hacerle mucho daño a Nilo, la verdad.
—Mucho, así que no me extraña que se fuera. No le estoy quitando la culpa, ¿eh? —Levantó ambas manos—. Lo hizo mal. Irse: bien. Hacerlo como lo hizo: mal. Pero, joder, hasta a mí empezaste a caerme como el culo en esa época, porque eras mi hermana, si no también me habría ido.
—Oye, bonita, tu adolescencia tampoco fue un camino de rosas. —Meneé la cabeza, aún a riesgo de mandar la flor que llevaba en el pelo al traste. Total, ya había aguantado bastante.
—No te pongas a la defensiva —me dijo con una sonrisa calmada—. Sé que fastidia darse cuenta de las cosas que hemos hecho mal, yo sé las que yo hice mal, desde luego que las sé, pero eso no quita que no sean verdad. Si pudieras leer uno de tus diarios de entonces, fliparías.
—¿Lo dices porque Nilo te ha dicho que encontró uno mío en su casa?
—Pues no, no tenía ni idea de eso.
Entrecerré los ojos, evaluándola con la mirada. Me pareció que decía la verdad.
—Lo digo porque leí hace no mucho uno de los míos.
Qué vergüenza ajena me dio. Resulta que estaba enamorada del Manolo, el de las pecas.
Era más tonto que un zapato, y hasta me peleé con mi mejor amiga por él.
¿Qué nos pasa que perdemos el norte por los tíos hasta cuando somos pequeñas?
Creo que nos meten algo en el cerebro al nacer para que compitamos por ellos, como si fueran, yo qué sé, la última gota de agua en el desierto.
En fin… —Llevó la vista a Marc, que corría entre las mesas—.
No corras, por favor, estás molestando. Ven a mi vera.
El niño, obediente, dejó atrás la carrera y vino.
Apoyó las manitas en el brazo de la silla, llenas de polvo.
Mi hermana sacó una de sus toallitas, de ese arsenal que llevaba en el bolso siendo madre.
Lo único que le faltaba llevar ahí adentro era un misil nuclear.
Le limpió las manos y los churretes mientras él se quejaba y reclamaba seguir con sus amigos, al borde del berrinche.
Mientras me hermana trataba de hacerle entender que no se podía correr entre las mesas, porque había gente comiendo, él asentía enfurruñado. Al poco, bostezó.
—Tú lo que tienes es sueño —dijo ella—. ¿Quieres sentarte un poco con la mamá? Y ya nos vamos.
El niño negó con la cabeza, y me miró:
—Con la tieta Carmen.
—Obviamente, con su tía favorita. Ay, qué te como esa cara que tienes —dije.
—Ah, bueno, que está aquí su tía y su madre ya no cuenta… —renegó mi hermana, aunque con una sonrisa—. ¿Quién te ha parío?, ¿eh? Quién. Tu tía no fue, fui yo, diecisiete horas de dolores. Pero, claro, te quieres ir con tu tía. Pues ale, tira con tu tieta .
Marc rio con ganas y se lanzó hacia mí.
—Ven aquí, mi rey —dije entusiasmada, y dejé el abanico en la mesa.
Abrí los brazos y me moví para que se sentase en mis piernas.
Hacía calor, y él estaba pegajoso, pero cuando una tiene a su sobrino en brazos todo eso no importa nada.
Apoyó la cabeza en mi pecho soltando otro bostezo.
Le pasé la mano por la frente, por el cabello, tan rubio como lo era el de su padre, llenos de sudor.
Le hice un poco de aire con el abanico, mientras él jugaba con mis pulseras, entretenido.
Mi hermana y yo bajamos el tono y el ritmo de la conversación.
Hablamos de otras cosas, en tanto que el chiquillo se iba quedando dormido y sus manitas cedían a la gravedad.
Cayeron en su regazo, lo sentí respirar pausadamente.
Pocas cosas calman más que la respiración de un niño que está dormido.
Su olor a colonia fresca. La calidez de su presencia me llenó el pecho, y hasta el bullicio de la feria me molestó menos.
—Hija, no puedes decir que sea hijo de otro —le dije a mi hermana—, cuanto más crece más se parece a su papá.
—Sí, sobre todo en lo bueno que es. —Lo miró con una sonrisa luminosa. A veces he pensado que, si tuviera que expresar lo que es el amor de verdad, lo haría con esa manera en la que las madres que quieren a sus hijos los miran—. Es un angelito, míralo. Si es que me lo como.
Miré hacia abajo. La expresión de Marc era, verdaderamente, la de un ángel. Sonreí también, en paz, y entonces le dije a mi hermana:
—Quizá debería leer ese diario.
—Sí, hazlo. Seguro que te ríes un rato. O te echas a llorar. El mío daba más pena que otra cosa. —Inspiró profundamente—. ¿Qué vas a hacer con Nilo después de lo que te ha dicho? Porque volverá de Dublín algún día.
—No sé, Marieta, creo que… —sonreí bobamente—, siento algo bonito cuando pienso en él, algo que hacía mucho que no sentía.
Es una cosa cálida en el pecho. Un calorcito, como el que él desprende siempre.
Le quiero, la verdad. Mucho. Soy feliz hablando con él, siendo amigos de nuevo, pero algo más… No sé. No sé si estoy preparada.
—Serías muy feliz con él. Eso pienso yo. Tampoco tienes que comprometerte con él ahora, solo seguir así, o intentar algo, poco a poco. No tienes que…
De golpe, miró tras mi espalda y se puso demasiado pálida para el sujeto que nos atañía.
Aunque pronto entendí que ese sujeto no era el diario, sino Cristian, que paseaba con sus compañeros de trabajo por la feria, bien arreglado y…
bien bebido también. De su novia, ni rastro, porque todo eran chicos.
Algo me subió por el estómago que me lo hizo arder. Quizá la papa asada, que ya sabemos que esas cosas no son muy sanas y los estómagos van perdiendo capacidades con los años, quizá la mala leche de verlo tan feliz, después de todo el daño que me había hecho.
Había acordado conmigo misma que no tomaría represalias.
Hasta a la sicóloga, con toda mi buena voluntad, le había dicho que estaba bien así, que no quería ver el mundo de mi ex arder.
Bueno, pues… pelillos a la mar. Porque miré a mi sobrino, tan bonito en mis brazos, y me acordé de todo lo que Cristian me había quitado con sus mentiras.
Pensé en mi Marina, en que ya tendría edad como para sostener a su primo en brazos, para haberlo visto nacer y crecer, para tantas otras cosas que se pueden hacer en esta vida. Y no pude más.
Simplemente, no pude.
Con cuidado, cogí a mi sobrino y lo puse en el regazo de mi hermana. El niño soltó un gruñido; sin embargo, se acomodó en ella y siguió durmiendo.
—¿Adónde vas? —preguntó Marieta.
—A decirle un par de cosas al penco ese.
—Pues mira, no te pienso ni frenar. —Señaló con la cabeza hacia él—. Ve y dile cuatro cosas al susodicho, ponle las orejas colorás. Iría yo misma, pero no quiero despertar a mi niño, no por ese mierda. Aunque si me necesitas…
—Estaré bien.
Me di media vuelta. Brazos en jarra, abanico en la mano y compuesta con mi traje de gitana, fui hacia él tan rápido como la falda y el cansancio me dejaban.
Si ese momento hubiera tenido banda sonora, habría sido una canción de María Jiménez, de la Peláez, de la Flores o de la Jurado. Algo así muy folclórico y con poderío.
Primero me vieron sus amigos, que le hicieron un gesto de cabeza. Cuando me miró, tuvo que parecerle que iba hacia él un miura, porque abrió mucho los ojos, espantado como hacía tiempo que no lo veía.
—¿Carmen?
—Sí, Carmen. Carmen de España, como la copla. —Tiré de él para apartarlo del grupo, y se separó a trompicones.
Perdió parte de su dignidad en aquel gesto, lo sé, y me miró ceñudo en cuanto me paré.
—¿Qué haces?
—Voy a decirte dos cosas, pedazo de mierda con ojos. —Lo señalé con el abanico cerrado—. Dos na más, pero muy importantes, así que escúchame bien.
—Carmen, qué…
—Deja ya mi nombre, que lo vas a desgastar, y no quiero que lo pronuncies ni a la hora de tu muerte.
Metió la cara pa dentro, tanto que le salió papada.
—¿Qué bicho te ha picado?
—El bicho que me picó hace más de veinte años se llama Cristian y lo tengo aquí delante.
Es un bicho mu feo, cuanto más lo miro, más feo me parece, porque por mu guapo que sea por fuera, cuando uno tiene veneno dentro se le nota en la cara.
Y tú eres un bicho de mucho cuidao. Sé todo lo que hiciste.
Lo del trato con mi padre, lo de la vasectomía. Lo sé to.
Tragó saliva. Vi subir y bajar su nuez como si fuera un cacharrito más de la feria.
—No sé quién te ha dicho qué, pero no es verdad.
—No seas ridículo intentando negarlo, que he visto hasta los papeles, majarón.