Amor de sol y sal Capítulo 33
89%

Capítulo 33

Carmen

Había pasado veinte años sin Nilo y, de repente, me parecía que no podía pasar sin él una hora.

Me vi a mí misma, a cada tanto, consultando el teléfono para ver si tenía algún mensaje, deseando que el día acabase para sentarme a charlar con él, en ese momento que era solo nuestro, lejos del mundanal ruido.

No hablabámos de temas complicados, ni hacíamos referencia alguna a su declaración, fue una especie de pacto silencioso entre ambos no hacerlo.

Estuvo bien; lejos de esas cuestiones éramos un tándem perfecto de risas, momentos divertidos y conversaciones profundas hasta las tantas de la madrugada.

Averigüé las cosas que componían al Nilo del presente.

En algunas seguía siendo el mismo: le encantaba el otoño, su cumpleaños, los cruasanes con mermelada de albaricoque, la Física y las películas de Ghibli.

En otras, había cambiado bastante. Se había vuelto madrugador, sus pensamientos políticos eran más reposados, ya se aburría jugando a las cartas, le interesaba mucho la astronomía y había empezado a leer a los rusos gracias a su hermana.

De vez en cuando, me llegaba alguna cosa de parte de él, unas gafas nuevas, parecidas a las que el pulpo me robó, una caja con verduras para hacer gazpacho…

Y yo también le mandaba alguna cosa. Me encantaba recibir sus videos abriendo el paquete.

A pesar de que todos mis horarios se trastocaron, igual que mis muchos planes, cuando sonaba el despertador, no me arrepentía.

Me estaba dejando llevar como hacía veinte años que no, y me estaba viniendo tan bien que hasta mi cuerpo se sentía diferente.

Había menos dolor, menos preocupaciones, menos angustia.

—¿Cómo te encuentras? —me preguntó una noche, rompiendo ese pacto silencioso—, con respecto a ya sabes qué. No respondas si no quieres.

Suspiré y dejé caer la cabeza en la almohada. La luz de la farola de la calle teñía el techo de naranja. La ventana estaba abierta, y entraba un aire fresco de esos que son una bendición en las noches de verano.

—Mejor. La terapia ayuda mucho, hace buena parte del trabajo, la otra corre de mi cuenta. La sicóloga me ha mandado deberes esta semana.

—¿Qué tienes que hacer?

—Vivir desde el deseo, nada más. Hacer lo que se me amontone. Sin declarar guerras ni meterme en líos, claro. ¿Que quiero tumbarme a la bartola? Me tumbo. ¿Que quiero desayunar sushi? Desayuno sushi. ¿Sabes qué hice ayer mientras comía? Es una tontería, pero bueno.

—¿Qué? —preguntó, y noté que tenía genuino interés en saberlo, aunque, como le había dicho, fuese una cosa sin importancia.

—Vi D’Artacán y los tres mosqueperros . No sé, me dio por ahí. ¿Te acuerdas?

Se rio con cariño.

—Claro que me acuerdo. Ahora me has dado ganas de verla también.

—Podríamos verla juntos un día. Y volver a cantar la canción.

—Lo haremos. —Canté un trozo, y lo seguí.

—¿Qué más has hecho? —preguntó después.

—También fui al cine yo sola. Era algo que jamás me había atrevido a hacer.

Pero vi que ponían en el Albéniz una de estas pelis extranjeras en versión original, de esas que te hacen reflexionar mucho sobre la vida.

Así que me compré una breva, bien cargada de chocolate, pillé agua y me fui a ver la peli. Estuve a gustísimo.

Le hablé de otro montón de cosas que había hecho desde el deseo, y él, como de costumbre, me escuchó y me animó a seguir haciéndolo.

—Aparte de esto, lo demás bien —concluí—. Aunque, como ya sabes, las sesiones… son duras. No es fácil abrirse en canal y ver todas esas capas que nos componen. Algunas son horribles, ¿verdad? Asusta lo difícil que es mirar dentro de uno mismo.

—Pues sí, porque muchas de esas capas son oscuras, te hacen darte cuenta del papel verdadero que tienes en las cosas, y eso duele.

—Sí —dije a media voz—, sobre todo de esas en las que siempre te has puesto el cartel de víctima sin pararte a pensar en la responsabilidad que tienes con lo que te ha pasado.

—Como si hubieran abierto un grifo, comencé a hablarle de lo que sentía y ya no pude parar.

Él me escuchó sin interrupciones—: Es complicado de procesar, porque yo tenía libre albedrío para escoger, para no perdonar, para mandar a Cristian a la mierda, y no lo hice.

Sin embargo, por otro lado, él aprovechó mi inestabilidad emocional.

Estuvo aprovechándose de ella toda la vida, desde su posición de poder.

Dejé que me hiciera eso. Lo permití. Permití que fuera comiéndome todo el espacio, la calma, las ideas, el dinero…

Todo, hasta que no me quedaron más que los huesos.

—Enterré la cara en la almohada y ahogué una exhalación de fastidio.

En cuanto me puse de lado, dije—: Me pregunto, cada rato, ¿fui consciente al permitirlo?

¿Lo hice con toda mi voluntad? ¿O solo porque era lo que se esperaba de mí o lo que yo esperaba de esa Carmen en la que me había convertido?

¿Fui empujada por mis deseos de entonces que estaban siendo manipulados por él?

¿Me tiré gustosa a las llamas motu proprio ? Ay, no sé, Nilo. No sé.

—Lo averiguarás poco a poco. De esto no vas a salir de un día para otro, Carmen.

—Lo sé. Quizá tarde miles de años en descubrirlo, porque una parte de mí siente que está justificando a mi verdugo, y no quiero eso. Quiero odiarlo y señalarlo. Quiero que tenga la culpa de todo. Igual que mi padre, por su engaño.

—Tu padre lo hizo porque pensó que era lo mejor para ti, ya lo sabes, y ambos tienen la culpa de muchas cosas. Una cosa no quita la otra. Ni te resta responsabilidad ni tampoco a ellos, ¿vale? Pero tienes que ser paciente contigo misma. Lo estás haciendo genial.

—Gracias. Tú me ayudas mucho. —Sonreí a pesar de todo—. Oye, Nilo, al hilo de los deberes que tengo para esta semana, eso de vivir desde el deseo… ¿puedo llamarte fuera del horario habitual?

—¿Es lo que deseas? —preguntó con voz suave.

Me lo imaginé con una de esas sonrisas esbozadas gracias a una honda felicidad. Me imaginé sus ojos achicándose por esa sonrisa, tan bonitos, tan… suyos. Casi suspiré como una tonta, pensando en volver a verlos en persona.

—Sí, Nilo, es lo que deseo. —A prisa, para no sentirme tan vulnerable, agregué—: Es que a veces entro en un bucle infernal, y me ha hecho bien hablar contigo de esto, de la terapia.

—Pues llámame cuando quieras. Y, siempre que entres en ese bucle, si es que no puedes hablar conmigo, acuérdate de esto: Estoy muy orgulloso de ti, Carmencita. Eres increíble.

No supe ni qué decir. No escuchaba eso de labios de alguien que no fuera Marieta desde hacía décadas, cuando me lo decía mi padre al aprobar una asignatura, o mi madre, siendo pequeña.

—Gracias, una vez más. Yo también de ti. —Al momento, tercié la conversación, porque ya nos habíamos puesto demasiado profundos—: ¿Quieres que te cuente lo que he leído hoy?

—Adelante, soy todo oídos. ¿Sigues apenada por la historia de la pobre Nástenka?

—Pienso ponerle una denuncia al señor ruso este.

—Ponte a la cola. —Rio.

Una noche más, hablamos de encuentros en noches blancas bajo una llena de estrellas en un cielo plateado. Aunque no estuviéramos bajo el mismo, se sentía como si lo fuera.

***

Mi sobrino regresó del campamento para pasar unos días en Málaga, por la feria, antes de irse con los abuelos a Cataluña.

Eso me alegró aún más las horas. Gracias a él, salí a airearme un poco para llevarlo a montarse en los cacharritos.

Después de un periplo agotador por el ferial en pos de que Marc tuviera una noche digna de recordar, cenamos en uno de los puestos.

Las sillas eran de plástico blancas, a la mesa le hacía falta un cubo de agua y jabón por culpa del polvillar y el trajín de los muchos clientes, pero estábamos más que a gusto.

Disfrutábamos unas papas asadas, bien cargadas de todo, cuando ella me preguntó cómo iban las cosas con Nilo.

Todavía no le había dicho nada de su confesión, estaba procesándolo aún; sin embargo, allí, rodeada del ruido de la feria, de los pitos de los cacharros y de las luces deslumbrantes, sentí que era el momento de largarlo todo.

—Hablamos todos los días. De nada serio. Y… eso me proporciona mucho alivio. Aunque sí tenemos algo importante de lo que hablar. Supongo que lo haremos cuando vuelva, cara a cara.

—¿De qué? —me preguntó Marieta, que echó antes un vistazo a su chiquillo.

El niño estaba jugando con otros a nuestro lado, entre la mesa de sus padres y la nuestra. No los conocíamos de nada, pero Marc es uno de esos niños que hace amigos en todas partes.

—Me confesó que lleva toda la vida enamorado de mí, que se fue porque no podía soportar verme casada con Cristian.

—Ya lo sabía. —Cogió una cucharada de patata, bien llena, y se la metió en la boca mientras yo la miraba ceñuda.

—¿Lo sabías? —Me crucé de brazos, ofuscada—. ¿Cuántos más secretos conoces? Es que eres ahora, no sé, ¿la guardiana de los secretos?

—Oye, no me quedaría mal algo así. Suena místico. Viviría en una de esas casas victorianas, a lo Embrujadas . Obviamente, yo sería la hermana esa que se liaba con el ángel.

—Sí, porque la del demonio sería yo —dije acordándome de Cristian—, pero, vamos, déjate de películas y dime cómo es que lo sabes.

—A ver, Carmen. —Chasqueó la lengua y se retrepó en la silla.

Puso las manos en los brazos de esta. Los flecos del mantoncillo que adornaban su vestido se posaron en su piel.

El sonido de la risa de mi sobrino la hizo mirarlo y sonreír.

Cuando regresó la vista a mí, dijo—: Es que era una cosa que tenía que decirte él, nada más, y me alegro de que lo haya hecho.

Tenía que haberlo hecho hace veinte años y así nos habría librado a todos del imbécil de Cristian.

—Me habría casado con él igualmente. Le quería.