Capítulo 32
Nilo
Los días en Dublín pasaron sumidos en el caos de la reciente separación de mi hermana.
El irlandés dejó la casa en común, ella le pagó su parte, y aunque lo hizo sin armar mucho ruido, se llevó casi todos los muebles.
Nefer, a pesar de los años en Irlanda, siempre había tenido la sensación de que algún día regresaría a España, no quería cargarse con objetos.
—Bastante será el camión de libros que tenga que cargar —decía siempre.
Por ello, prácticamente todo lo de la casa lo había elegido y costeado él.
De igual modo, le dijo de dejarlo allí, pero mi hermana se negó.
Deseaba empezar de cero con ese asunto de la decoración.
Por ello, prácticamente todo lo de la casa lo había elegido y costeado él.
De igual modo, le dijo de dejarlo allí, pero mi hermana se negó.
Deseaba empezar de cero con ese asunto de la decoración.
Salvo por las hileras de estanterías que dominaban varias habitaciones, el resto estaba vacío.
Era una casa grande, en Synge Street, una calle más que icónica, gracias a una de las películas favoritas de Nefer.
Dormimos en colchones en el suelo los primeros días, comimos en la encimera de la cocina, de pie o en la calle.
Nos daba igual, lo importante era que estábamos juntos.
Cuando Nefer no estaba trabajando, íbamos de compras para amueblar la casa, sobre todo a tiendas de segunda mano donde encontraba verdaderas maravillas llenas de personalidad, a las que les daba su toque; me llevaba a todas las tiendas de discos que resistían la era digital habidas y por haber y, por supuesto, a todas las librerías.
También le encantaba ir a conciertos, ya fuera de grupos indies o más mainstream , a los pubs, a tocar con su grupo.
Quienes la conocían le preguntaban cómo estaba. Aunque hubiera sido ella la que había cortado la relación, al final, el corazón se acostumbra a las personas y la ausencia duele igualmente, sobre todo siendo que ellos llevaban juntos muchos años.
Nefer siempre contestaba lo mismo: « Happy-sad».
Con ella no había espacio para aburrirse y yo solo quería animarla, estar a su lado y hacerle esos días más llevaderos. No obstante, de todos los momentos del día, yo solo anhelaba uno: la madrugada.
Cuando Carmen terminaba con sus obligaciones, siempre me escribía para hacer una llamada de voz o videollamada, depende de lo cansada que estuviera.
Me encantaban las noches en las que nos veíamos las caras, pues ella se sentaba en su terraza, con un moño alto, una camiseta de tirantes finos que me hacía perder la mirada, a veces, donde no debía, y algo fresco que beber.
Entonces hablaba y hablaba de Noches Blancas , de cómo había sido su día, de sus progresos en terapia, y me interrogaba sobre el mío, sobre las cosas que había hecho y sobre cómo estaba Nefer.
No sacaba a colación el asunto de mi confesión de amor, probablemente porque no quería hacerme sentir mal.
No me importaba. Estaba enamorado de ella, sí, no era cosa del pasado, pero también entendía que el corazón de Carmen tenía que sanar.
Eso le había dicho, porque lo creía firmemente.
Aún me temblaban las piernas al pensar en cómo me había declarado.
No sabía ni cómo le había echado valor. Habían sido veinte años de callar mis sentimientos, soltarlos fue como haber estado privado de aire y volver a respirar.
Mi corazón se llenó de una paz enorme, pasase lo que pasase entre nosotros.
Después de todo, no había mentido en eso de que sería su amigo, de que me bastaba eso si era lo que ella quería.
Solo deseaba verla feliz, estar a su lado. Si algo había aprendido en esos años, es que en eso consiste el amor: en desear la dicha del otro.
Con eso de conocernos mejor, pues en dos décadas cambian muchas cosas, ideamos un juego.
Cada noche, uno de los dos le diría al otro algo que recordaba de él, y el otro contestaría con la «actualización de estado», así la había bautizado Carmen.
Eso daba lugar a largas conversaciones, tanto que nos daba el alba.
Apenas podía tirar de mi cuerpo al día siguiente, pero merecía la pena.
Una noche, sentado en el salón de mi hermana, mientras ella tecleaba incansablemente en el ordenador de su «rincón del alma», como ella llamaba a su librería y despacho, le dije a Carmen, en una llamada normal:
—¿Te sigue gustando la hamburguesa con pepinillos?
—Todos los pepinillos del mundo nunca serán suficientes —respondió con esa voz de quien habla de algo que le gusta mucho.
—Me alegro, así le puedo dar a alguien los que me pongan a mí.
—Ya sabes que no me fío de la gente que no come pepinillos. Es como la gente a la que no le gustan las croquetas.
—Eso es de ser, directamente, un terrorista.
—Exacto. ¿Y a ti, te sigue gustando mojar las patatas fritas en el refresco de cola?
—Me seguiría gustando si tuviera dos riñones y no tuviera que cuidar este como oro en paño —reí—. Los refrescos y las grasas solo entran de forma puntual.
—Ya… —Se puso muy seria—. ¿Qué paso, Nilo? ¿Por qué perdió Nefer un riñón? Si no te molesta que te pregunte.
—En absoluto. Todo el mundo pregunta tarde o temprano, es normal. Fue por una movida genética. Afecta a las mujeres de la familia. Por eso murió mi abuela Virginia, lo que pasa que, en esa época, solo dijeron que había sido de algo malo, nada más, ya lo sabes.
—Es verdad, todo el mundo se moría de «algo malo», y ya. No se sabían las cosas que ahora —suspiró—. Lo siento mucho, Nilo.
—No pasa nada. Lo llevamos muy bien controlado. Nefer no corre peligro, al menos que sepamos, es imprevisible todo, ya lo sabes, pero, dentro de lo que cabe, vivirá muchos años si se cuida.
—Eso espero. Que viváis los dos muchos años. Lo que hiciste por ella, fue algo increíble. —Noté que sonreía. Tras una pausa que se alargó demasiado, y que me hacía sospechar que venía una pregunta complicada, dijo—: ¿Por eso no han sido padres ella y el irlandés?
—No, es que a Nefer no le gustan los niños. Los propios, al menos. Con los críos que ve por ahí se lleva bien. Ella no ha tenido nunca la necesidad de ser mamá.
—Sí, no todo el mundo tiene que serlo. Somos muchos en este planeta.
Quizá se lo dijo a sí misma, así que le recordé que aún podía ser madre. Dijo algo que me dejó descolocado:
—¿Tus hijos podrían heredar eso?
—Sí, podrían. Existe el riesgo, si son mujeres. ¿Por qué lo preguntas?
—Porque eres la única persona de este mundo con la que podría plantearme tener un hijo. Te veo capaz de ser buen padre.
Me dejó sin saber qué decir, mirando a la nada, pasmado.
—Que no lo digo porque tú y yo… —carraspeó—, ya me entiendes. Solo era un pensamiento. Como en las películas cuando alguien le pide a otra persona que… En fin, porque ambos son ya mayores y… No sé ni qué tonterías digo, perdóname.
—No te apures tanto, Carmen, que no pasa na —dije tras recuperarme de la sorpresa—. Lo entiendo. Tu también serías la única persona en este mundo con la que me arriesgaría a tener hijos.
Carmen soltó una larga exhalación, probablemente fruto del arrepentimiento por haber dicho aquello, así que volví a tranquilizarla. Mientras lo hacía, Nefer entró en el salón, despotricando. Tenía el móvil en la mano y el cabello despeinado.
—Perdona, estaba tan obcecada que se me ha olvidado que estabas aquí —dijo—, ya me largo.
Le pedí a Carmen un minuto para hablar con mi hermana, a lo que ella asintió con los labios pegados.
—¿Qué pasa? —le pregunté a Nefer.
—Nada. Un mensaje de voz del irlandés. Que no puede vivir sin mí y que, si no vuelvo con él, se tira al Támesis.
—¿Eso no está en Londres?
—Sí. Está allí por curro, y mira si está borracho y desesperado que no le importa morirse en Londres, rodeado de ingleses. Un irlandés. Jaysus .
—Ostras —dijo Carmen—. Habla con ella, Nilo, no te preocupes por mí.
— Okey , ¿hablamos mañana? —le dije.
—Sí, claro. Hasta mañana.
Dejé el móvil a un lado y negué con la cabeza.
—¿Quieres que lo llame? Ya sabes que se me da bien hacerlo entrar en razón.
—Inténtalo, porque lleva un pedal… —resopló—. Tirarse no se va a tirar, eso lo sé, es que le gusta el drama, ya está. Ha leído demasiado a los románticos. Too much Byron , le digo siempre.
Volviendo a resoplar, me tendió el móvil.
Mi noche acabó consolando a mi excuñado, quien estaba fácilmente al borde del coma etílico, hablándome medio en inglés medio en español, entendiéndole la mitad, pero tratando de que regresase al hotel y salvase su vida.
Lo conseguí, gracias a Dios, y lo último que escuché fue una maldición irlandesa y un ronquido profundo.