Amor de sol y sal Capítulo 31 #4
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Capítulo 31 #4

—Fue un accidente. Así lo calificaron. Así pasó. No hubo represalias para él. Dije lo que él me pidió que dijese.

—Carmen…, ¿por qué? —pronunció con rabia. Sentí su corazón latir con más fuerza.

—Porque él siempre me manipulaba a su antojo, y yo estaba sufriendo tu ausencia, Nilo, no sé, estaba como perdida.

Aquella fue la única manera que tuve de salir adelante con él, excusarlo, tener ilusiones de que volvería a sentir una vida en mí.

Y de un modo distinto además, porque iríamos a buscarlo, no sería…

inesperado. Pero no llegó. Él se encargó de que no llegase, y yo me dejé convencer de que era lo mejor.

—No sé cómo puedes hablar con tanta entereza. —Se separó de mí y me secó las lágrimas con los pulgares—. Eres admirable, Carmen.

—Lo que soy es gilipollas por haberle aguantado tantos años.

—Bueno… —rio en medio de las lágrimas—, vale, tampoco te castigues.

Resoplé largamente.

—No sé dónde he tenido la maldita cabeza. Si hubiera…

—Granja de elefantes —me recordó.

—Sí, granja de dragones, a este paso.

—Eso sería la leche, te lo digo. —Tras un momento de calma, en el que solo nos miramos y secamos nuestras lágrimas, dijo—: Te ruego que me perdones, Carmen, por haberte dejado sola, por haber sido un imbécil, por no haber regresado a buscarte, por no haber estado ahí en las duras y en las maduras.

Era un niñato, pero ahora soy un hombre, y pagaré las consecuencias de lo que él hizo, no pasa nada.

Solo… perdóname. Te lo pediré de rodillas si hace falta.

Y se arrodilló, dejándome pasmada. Miré a todas partes, algunos de los que había por allí nos miraban, y eso me hizo sonrojarme.

—Por Dios, que parece que vas a pedir matrimonio, la gente…

—Me suda las narices la gente. He vivido media vida preocupado por lo que pudiera decir la gente, ¿y de qué me ha servido?

De nada. No quise ser el chico que se entrometía en tu cuento de hadas, ni el hombre que llegaba para joder tu matrimonio y tu paz, por lo que los demás pudieran decir.

Eso fue lo que arrastró a tu padre a meterte en una mentira, lo que ha arrastrado a Cristian a mantenerla, y no me arrastrará más a mí.

Perdóname, por favor. Si no me quieres volver a hablar a partir de ahora, no me hables.

Me iré, será como si nunca hubiera estado aquí, no volveré a Málaga si tú me lo pides. ¿Línea divisoria? No te hará falta.

Habíamos perdido veinte años por las dudas, los miedos y el rencor. Veinte años viviendo lo que otros querían que viviésemos. ¿Iba a dejar que todo eso ganase de nuevo

Lo miré a los ojos. Su marrón tendía al ámbar con la luz del sol en ellos.

Los había echado de menos en todos los momentos importantes de mi vida.

Había sido, realmente, como una zombi sin él.

Pasas dieciocho años de tu vida con alguien y de golpe se va.

Cuando la gente se muere, al menos tienes una tumba en la que llorar, pero yo no tenía tumba alguna.

Solo el mar y nuestros recuerdos en él. No quería que ese dolor me arrastrase de nuevo al pasado, quería construir sobre las ruinas de lo que fuimos, levantar cimientos más fuertes, quería mirar al futuro.

Escuchar a esa voz que me gritaba sentimientos que no entendía.

Solo que tenía que hacerlo poco a poco. Y ese camino empezaba por decir:

—Te perdono, Nilo. Sé que no lo hiciste por maldad, solo porque… no sabías cómo gestionarlo. Ya está. Cada uno lo gestionó a su manera, con las herramientas que teníamos. Así que no te preocupes más.

Él sonrió, primero un poco, luego todo lo que sus labios dieron de sí.

Se puso en pie y me miró de un modo que jamás nadie me había mirado: con el corazón y el alma en los ojos.

Esa mirada calmó mi corazón, calmó mis dudas, habría calmado hasta al mar de estar embravecido.

Nilo era… esos ojos. Eso era él. Calma y refugio.

—Gracias, Carmen. Te juro que nunca más volveré a hacerte daño. Te juro por mi vida que no te dejaré. Que siempre seré tu amigo. Siempre. Pase lo que pase, puedes contar conmigo.

—Como en esa canción de La Oreja de Van Gogh —dije—. La cantamos a pleno pulmón esas navidades que fuimos a Madrid con tus tías. Cómo nos lo pasamos.

La cantamos juntos, a pleno pulmón, en aquel rincón de la playa, bailando el uno alrededor del otro, como si fuéramos de nuevo críos de quince años, en ese 2003 donde todo lo que estaba por venir, mayormente amargo, no nos había tocado.

Nos dio igual la gente, que nos miró curiosa.

Algunos cantaron también, a lo suyo. Unos críos se rieron.

Hasta mi hermana y la suya, que andaban tomando café en el Alborán, se asomaron para vernos y soltaron unas risas enternecidas.

Cuando la canción terminó, nos dimos un abrazo de esos que se sienten hasta en los huesos. Entonces, sí que se fue, diciéndome adiós a cada tanto con la mano. Me quedé allí parada, viéndolo marchar, con una sensación mucho más tranquila. Una que hacía mucho tiempo que no sentía.