Capítulo 31 #3
—Hagamos una cosa. —Volví a coger su mano, que se aferró al momento a la mía—.
Digas lo que digas, trataré de entenderte.
Sin juicios, sin enfados. Nada. Estamos en Suiza.
Es terreno neutral para tratar temas complicados.
Tú te explicas, yo te escucho, y seguimos siendo amigos, aunque haya cosas que resolver, ¿vale?
—Es un buen plan.
—Bueno, no se me dan mal.
Tras una sonrisa cómplice, y un silencio que me pareció eterno, él, con una voz más firme de la que cabría esperar dada la situación, dijo:
—No, no había ninguna beca en el extranjero, ni ningún curso ni nada que tuviera que ver con los estudios. Me largué… porque fui un cobarde. ¿Sabes eso que hablamos sobre los recuerdos que quedan anclados a un lugar?
Asentí, sin apartar la mirada de la suya. Ahora sabía la verdad, aunque eso abriera nuevas dudas que resolver. Si no había curso…, ¿qué lo alejó así de mí? El corazón me latía más rápido que las olas de un mar furioso.
—Pues aquí había recuerdos que no era capaz de soportar, porque todos conducían a ti, todos estaban hechos de ti, todo eras tú, absolutamente todo, y tú…
Inspiró hasta lo más hondo. Luego, un poco más. Había oído que a esa forma de inspirar la llaman «el suspiro del corazón», que es vital para cuando algo se te atasca de honda manera. La garganta de Nilo debía de ser la autovía en hora punta. Sin embargo, y al final, lo soltó:
—Te dije que en estos veinte años no te había sacado de la cabeza.
Pero tampoco del corazón. Aunque no cómo tú te piensas.
No porque fueras mi amiga. Es que me enamoré de ti, Carmen, como nunca me he enamorado de nadie.
De hecho, si le preguntas a mi corazón, te dirá que aún sigue enamorado de ti, porque si no, ¿cómo demonios es que no te he olvidado? Solo un corazón que ama recuerda tanto.
Pestañeé. Al principio me pareció que esas cosas no me las estaba diciendo a mí, que había una cámara oculta, no sé, Toñi Moreno apareciendo por alguna parte y diciéndome que era una persona maravillosa por estar dándole a Nilo la oportunidad de explicarse, a pesar de todo, por no haber matado a Cristian, por no haber echado sal en la tumba de mi padre.
Pero no, eso estaba pasando de verdad, allí, en nuestra particular Suiza malagueña.
—¿Enamorado de mí? —dije a duras penas.
Asintió de una vez, con decisión. Su mano temblaba, pero no soltó la mía.
Entendí entonces muchísimas cosas. Gestos, momentos, decisiones… Entendí, también, algo de mí misma que llevaba tiempo dormido, confuso, pues nadie le hacía cuentas. Ni siquiera yo, y eso que vivía dentro de mí desde hacía más de veinte años.
—Sí, lo sigo estando, Carmen. Cada día eres mi primer y mi último pensamiento y, con toda probabilidad, ocupas los del medio también.
La emoción que sentí al escucharlo me aceleró aún más el corazón.
Me latía como loco entre las costillas. Parecía esos monos que se agarran a los barrotes de las jaulas y las sacuden y chillan fuera de sí.
Eso era mi corazón: un mono loco. Y, estaba a punto de convertirse en el maldito King Kong, porque él siguió hablando:
—No te lo digo para pedirte nada. Sé que no es el momento, que necesitas sanar muchas cosas, pero quiero que sepas que daría lo que fuera por estar contigo.
Que llevas en mi cabeza y en mi corazón toda la vida.
De distintas formas, pero siempre tú. Solamente tú.
Nunca tuve el valor de decírtelo, ojalá lo hubiera hecho.
Supongo que las cosas habrían sido muy distintas entonces.
—Lo habrían sido —dije dolida—. Al menos habrías estado ahí.
—Sí, habría estado… No habría esperado que dejases a Cristian, pero habría aprendido a estar a tu lado aún con esa situación; sin embargo, te dejé sola, sola con todas las mierdas que han pasado.
Y, la verdad, Carmen, que no entiendo ni cómo narices me hablas después de largarme sin dar explicaciones.
—Decidí no hacerlo —me encogí de hombros, con las emociones atragantadas—, decidí no hablar contigo jamás, pero…
te quise tanto, Nilo, que ese cariño tan inmenso siguió en alguna parte de mi corazón, a pesar de todo.
Por más que quisiera matarlo, esconderlo, deshacerme de él, siempre regresaba para recordarme que eras la persona que mejor me conocía del mundo, que habías estado conmigo en un montón de cosas complicadas, que siempre me habías apoyado, al menos hasta que todo se torció, y eso es difícil de igualar.
—Sí, te conocía bien. Y quiero volver a conocerte, si es que sigues queriéndolo. Fui un necio, un mierda, un imbécil. No sé, todo lo malo que se puede ser. Encima, parece que el universo confabuló contra nosotros.
—Bueno, es que yo…, yo tampoco fui una santa. No me di cuenta de lo que te pasaba y, encima, me lie con el tío que te hacía bullying , como dicen ahora, y eras mi mejor amigo. Eso debió de romperte por dentro.
—Me rompió, pero tú eras feliz, aunque no entendiera cómo. Y tu felicidad lo valía todo. Lo que pasa es que no sabía que estabas viviendo una mentira. Ni supe lo del embarazo y que después lo perdiste.
—Nadie lo supo, solo la familia. No lo habíamos dicho aún.
—Te juro que si lo hubiera sabido…
—Hubieras matado a Cristian. Eras más joven y menos prudente.
—Desde luego. ¿Qué pasó, Carmen?
—Pues que… —suspiré, presta a abrirme en canal—, que íbamos en la moto, discutiendo por una tontería, por sus malditos celos.
Había estado hablando con un chico, mucho, a su entender, y muy cerca, en una fiesta.
Hablamos sobre discos, nada más. Era algo que siempre hacía contigo, lo echaba de menos.
—Esbocé una sonrisa amarga—. Mientras me gritaba cosas horribles, aceleró demasiado, por la recta del paseo marítimo.
La moto se le fue en un paso de peatones.
Había mucha humedad y derrapó. En fin, lo demás ya te lo puedes imaginar.
—Lo siento tanto, Carmen.
Nilo me estrechó entre sus brazos, y lloré en ellos como hacía tiempo que no lloraba por aquella pérdida.
Una se cree que tolera más las cosas, porque los años van poniendo distancia, pero eso es algo que nunca se supera del todo y que, cuando menos te lo esperas, llega para agarrarte y arrastrarte a la desesperación.
—Qué hijo de puta, quiero matarlo. Quiero matarlo —dijo él mientras me apretaba contra sí y rompía a llorar de pura pena.