Amor de sol y sal Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

—Qué cosas que hacer ni qué niño muerto. He ido a ventilar tu casa, he sacado la basura, en el Alborán está todo controlado y tú tienes que descansar. —Mi hermana tiró de mí y me obligó a sentarme—. Ahí, quietecita. Come algo, que hemos pedido camperos y pizza pa enterrarnos en ellos.

Miré hacia la mesa, el estómago me rugió ante tanta comida.

Sobre todo por la pizza, porque hacía mil que no la comía.

En casa, estaba prohibida toda clase de comida de ese tipo.

Soy la primera que defiende una alimentación sana, pero, de vez en cuando, hay que darse un capricho.

Me relamí al ver que había de mi favorita.

—Pepperoni… —dije salivando—. De noche me sentará fatal, pero…

—Tenemos sal de frutas. —Nilo me acercó el plato—. Dale, está buenísima.

Sonreí mientras cogía una porción. Los dedos se me llenaron de grasa antes que los labios. Cuando me metí en la boca aquella cosa tan salada y gustosa, puse los ojos en blanco y solté un largo «Mmm».

—Niña, que parece que te estás metiendo otra cosa —dijo mi hermana.

La miré ojiplática y le lancé un gusanito que andaba perdido en la mesa.

Ella se rio, a la par que los demás. Los ojos se me fueron a Nilo, cuya sonrisa perenne brilló mientras me miraba también.

No hubo más conversaciones trascendentales, ni granjas de elefantes, ni promesas, ni preocupaciones.

Por un momento, hasta Cristian dejó de existir.

Al menos hasta que Nefer sugirió que fuéramos a buscarlo y le destrozásemos la moto, claro.

—Te ha robado tiempo, dinero y posibilidades en la vida. Por no hablar del tema de los niños, uf, me llevan los demonios. ¡Voto porque le hagamos mistos la moto! —apoyó mi hermana.

Nilo me miró, esperando mi opinión. Claramente, él haría lo que yo quisiera. Si decía guerra, sería el primero en luchar por mí. Pero si decía paz, me respetaría. Yo tenía claro lo que quería hacer, por mi propia salud mental.

—No —dije seria—. No quiero saber nada de él ni que le hagamos nada, ¿vale?

Finjamos que no existe, porque no vamos a darle la satisfacción de, encima, denunciarnos y sacarnos más dinero.

No, el karma lo pondrá en su sitio hasta que se quede echaíto a perder.

Su hijo será un tirano, su mujer lo dejará por otro mucho más listo que él, mejor en la cama ¡y comisario!

, algo que él nunca será por más que se esfuerce, en su casa siempre habrá pechá de humedad y… ¡y le saldrá una úlcera de estómago!

Ellos aplaudieron y celebraron aquel futuro para Cristian. Nefer levantó la bebida y dijo:

— May the cat eats him, and the devil eat the cat.

—Y al demonio que se lo coma un marrajo —anotó mi hermana.

Brindaron, muertas de la risa, y Nilo y yo las seguimos.

Fue como si las lágrimas derramadas se convirtieran todas en risa.

Entre azúcares, mojitos sin alcohol y comida procesada, nos dio la madrugada charlando de viajes que queríamos hacer, de cosas que ver en Dublín, de planes para el otoño, de recuerdos compartidos.

Pero, sobre todo, nos dio la madrugada riendo hasta que nos dolió la barriga.

Entretanto, no fui capaz de apartar la mirada de Nilo salvo para lo imprescindible.

Mirarlo me recordaba que estaba en un lugar seguro.

Una parte de mí respiró tranquila al saber que no se iría y que, si lo hacía, sería para volver.

***

Al día siguiente, por la tarde, en Suiza, Nilo y yo nos dijimos hasta pronto. Cogía el avión con su hermana esa noche, y tenían que facturar porque ella quería llevarse una maleta de libros que había comprado aquella mañana en las librerías malagueñas.

—Con Nefer, nunca son suficientes libros.

—Se encogió de hombros. Llevaba una bolsa de tela en las manos, que me tendió—.

Esos malditos documentos no son lo único que encontré haciendo limpieza —explicó mientras yo oteaba el interior—.

Es un diario tuyo. Debiste dejarlo en casa ese verano, en el que nos separamos, y allí se quedó.

Menos mal que en mi casa no se tiraba nada.

—Ostras… —murmuré, con él en mis manos. Era de color rojo, y estaba lleno de pegatinas que aún olían a la bollería con la que venían—.

No me acordaba de él. Qué pasada. Está… viejo pero igual.

—Pasé las páginas, ilusionada, reconociendo esa letra redonda, en la que los puntos de las íes eran corazones, que tanto horrorizaba a mi ex—. Dime que no lo has leído.

—No, joder, no. No se me ocurriría hacer algo así.

Supe que no mentía.

—Gracias.

—No hay de qué. Es tuyo, debías tenerlo tú.

—Ya… ¿Y esto otro? —Metí el diario en la bolsa y saqué de ella un libro. Una bella edición de Noches Blancas.

—Es para que sepas lo que pasa al final. Aunque quizá te rompa el corazón. Es literatura rusa, como dice mi hermana: no esperes que pase por tu vida sin consecuencias.

—Me arriesgaré. —Sonreí, guardé el libro en la bolsa y le dije—: ¿Me prometes que me escribirás todos los días?

—Te lo prometo. Más vale que tengas memoria en el teléfono, porque te mandaré audios de dos horas.

—Tampoco te pases —dije riéndome—. Para eso mejor me llamas. Prefiero las conversaciones largas, como antes.

—Ok, todos los días. Allí es una hora menos que aquí, así que escríbeme cuando quieras que te llame y lo haré. Estaré más desocupado que tú.

—De acuerdo.

Dejé la bolsa al filo de una de las macetas que decoraban el espacio, cogí las manos de Nilo, tan cálidas como siempre, y las apreté con cariño. Él frotó suavemente mi piel con las yemas de sus dedos.

—Bueno… —suspiró—, ¿un abrazo de despedida?

No dije nada, solo me lancé a abrazarlo. Lo estreché contra mí con todas mis ganas. La suavidad de su camisa de lino me reconfortó, la calidez de su piel me hizo suspirar de lo a gusto que estaba. Él se rio en voz baja.

—¿De qué te ríes?

—Nada, me gusta cuando me abrazas. Es… guay.

—¿Guay? —Me reí—. ¿Tenemos quince años otra vez?

Se separó un poco de mí para mirarme a los ojos.

—Ojalá.

—Granja de elefantes, Nilo.

—Ok, granja de elefantes, pero déjame quedarme en ella un poco. Año 2002.

—Tú y yo bailando el Aserejé.

Soltó una carcajada.

—Era un poco pato, no lo vamos a negar. —dijo.

—¿No has mejorado con los años?

—Un poco, pero en bailes de salón.

Nilo tiró un poco de mí y me pegó a él, luego bailó conmigo, me separó y me hizo dar un giro como en las películas. Me llevó como si nada, sin forzar, sin tirones incómodos. Y eso que estábamos sobre la arena. Asombrada, solté un silbido.

—Me gustan los bailes de salón. ¿Me reservas uno para cuando vuelvas?

—Claro.

Entre nosotros medió un silencio natural, ese que se da cuando no quieres despedirte de alguien ni llenar el momento con palabras superficiales.

Nuestras manos seguían juntas; sus ojos y los míos se dieron también la mano y bailaron de la misma y natural forma que bailan las olas en la arena.

Al final, y después de todo, eso éramos él y yo.

—Nilo… —musité.

—¿Qué? —Ladeó un poco la cabeza, intrigado.

—Cuando llegaste, solo quería que te fueras, y ahora, aunque todavía no te hayas ido, solo quiero que vuelvas.

Su sonrisa brilló más que el sol.

—Lo mismo digo, pero al revés, ya me entiendes.

—Sí. —Reí nerviosa, y, poco a poco, separé las manos de las suyas—. Venga, vete ya.

—Te llamo esta noche, ¿vale?

Asentí, y él se alejó. Me di la vuelta, con la garganta atrapada por la angustia.

La arena estaba tan caliente que quemaba incluso con los zapatos puestos.

O quizá eran mis pies que me reclamaban que fuera hacia él.

Estaba a punto de echar a correr cuando mi nombre salió de sus labios.

Me giré para mirarlo. Venía corriendo hacia mí.

Me estrechó en sus brazos en cuanto se encontró conmigo y me levantó un poco del suelo.

—Nilo… —Esa angustia se convirtió en emoción—. ¿Qué haces?

—Necesitaba abrazarte una vez más —dijo sin soltarme.

Luego tomó mi rostro entre sus manos, y puse las mías sobre las suyas—.

Prométeme que te cuidarás, ¿vale? Sigue haciendo planes y haciendo las cosas a tu manera, que nadie te haga pensar que eres menos por ser como eres.

Aunque, eso sí, déjate llevar también un poquito.

Pero no lo bastante como para ir a las rocas en pleno terral.

—Maldito pulpo… —chasqueé la lengua—, me robó mis gafas favoritas.

—Yo te regalaré otras.

—Sí, y yo te regalaré algo a ti. Y no te preocupes. Seré yo, ni más ni menos. La Carmen de siempre.

—Mi Carmencita. —Sonrió ampliamente.

Luego, me besó en las mejillas. Un beso en cada una. Entonces, se alejó una vez más. La amarga idea de que la vida se torciese y que no nos volviéramos a ver me apretó las entrañas. Di unos pasos hacia él y lo llamé:

—Espera, Nilo.

Él se giró al momento y me miró con gesto interrogante.

—¿Qué pasa? ¿Estamos jugando al pollito inglés o algo?

Me reí nerviosa.

—No… Es que… —La saliva se me amontonó en la punta de la lengua. Tragué fatigosamente. Lo que iba a pedirle no era cualquier cosa—. Es que quiero que me digas la verdad. Ahora. Que respondas a mi pregunta. Esa de por qué te fuiste entonces.

—¿Ahora? —Frunció el ceño—. ¿Estás segura?

—Sí. —Me froté las manos contra sí—. Bueno, no, pero no quiero que te vayas sin saberlo. ¿Y si no vuelves?

—Tendría que estrellarse el avión para que no volviese.

—No seas cenizo, joder… —resoplé.

—Es que es la única posibilidad —caminó hacía mí—, mi propósito es regresar. Sé que tienes miedo de que vuelva a esfumarme, pero te aseguro que, en lo que está en mis manos, eso no pasará.

—Está bien. —Inspiré con ganas—. Da igual, aunque vayas a volver, dímelo.

—Si te lo digo, quizá no quieras que vuelva.

—¡Nilo! —Eché la cabeza hacia atrás chasqueando la lengua con fastidio—. ¿Cómo no voy a querer que vuelvas?

Fue él entonces quien tomó aire profundamente. Plegó los labios. Sus ojos ahondaron en los míos, no sé qué buscaban en ellos, pero en los suyos vi miedo. Un miedo a perderme que me sobrecogió.