Amor de sol y sal Capítulo 31
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Capítulo 31

Carmen

Al abrir los ojos, me encontré en un lugar familiar, pero que no era mi casa ni tampoco la de mi hermana.

Estaba en la antigua habitación de Nilo, que permanecía como la vi por última vez.

Con sus pósteres de una amalgama de grupos de todos los estilos: grunge, rap, metal, pop; coches tuneados, carteles de películas y series, Einstein sacando la lengua, pelis de Ghibli y algún que otro icono del deporte.

En un corcho resistía aún el último horario del instituto.

Matemáticas y Física estaban marcadas con rotuladores de colores más vivos.

Eran sus asignaturas favoritas. Él siempre había sido un cerebrín para esas cosas.

Un Transformers coronaba una balda, acompañado de los trofeos de las regatas y el futbito.

En una vieja estantería, los cómics que le gustaba leer.

Aunque viejo, todo olía a limpio y estaba muy ordenado.

El sol de la tarde pintaba motas naranjas como lunares en la pared gracias a la persiana casi bajada.

Me estiré, aspirando ese aroma a hogar, a viejos recuerdos.

Debía de haberme quedado dormida en el sofá, haber subido sin darme cuenta. No me preocupé, estaba bien allí.

En la mesita, al lado de un flexo color azul noche, estaba mi móvil, junto a una botella de agua y una nota. Reconocí la letra: era de Nilo. Seguía teniendo un trazo alegre, algo desordenado. Hay cosas que los años no cambian, y esa era una de ellas.

«Por si te despiertas en mitad de la noche y tienes sed. El baño, por si no te acuerdas, está a la derecha. Cualquier cosa, me llamas. Nilo».

Abrí los ojos de par en par.

—¿Cómo que «en mitad de la noche»? —Miré hacia las motitas de la persiana. No, ese naranja no era del atardecer, era de las farolas de la calle, que tenían esa luz cálida que tanto se agradecía y no esa blanca tanatorio que tenían algunas de las nuevas—. ¿Cuántas horas he dormido?

Dejé la nota a un lado y bebí agua. Tenía muchísima sed; los hombros me ardían.

Reconocí en ellos el olor que deja la loción para después del sol.

Alguien me la había echado, quizá mi hermana, y me había puesto también aquel pijama de Pesadilla Antes de Navidad que supuse era de Nefer.

Habían cuidado de mí, no como yo, que presa de la rabia me había olvidado de la prudencia.

Una siempre piensa que, con el paso de los años, dejará de ser una inconsciente, y aunque la mayor parte del tiempo la madurez se resume en largos periodos de sobrepensar y sobretemer constantemente, en otros, parece que los efluvios de la adolescencia siguen vivos en alguna parte, cual virus aletargados que despiertan, y a una le da por hacer tonterías.

Supongo que es una manera de nuestra mente de recordarnos que seguimos siendo jóvenes, que siempre lo seremos, pasen los años que pasen.

El cuerpo… es otra cosa. Ese, con los dolores que aparecen de la nada, es el que más te recuerda que ya no estás para hacer tonterías.

Me puse en pie y subí un poco la persiana.

La habitación de Nilo hacía esquina y, más allá de una calleja estrecha que había enfrente, se veía un cachito del paseo y, al fondo, la playa y el mar.

Cuando éramos pequeños, me quedaba en aquel hueco, apostada con la bici, y le hacía señas para que bajase a jugar.

Él no tardaba ni diez segundos en plantarse a mi lado, estuviera haciendo lo que estuviera haciendo.

Recordaba esos días en los que nuestras madres nos gritaban un «¡A las dos en casa!

» mientras pedaleábamos para alejarnos. Él llevaba un reloj de esos Casio, que pitaba a las 13:55.

El camino de vuelta a casa lo hacíamos envueltos en olor a berza, pescaíto frito o lo que se terciase en los menús de las vecinas.

Tuvimos la suerte de vivir una infancia envidiable.

—La que yo le habría querido dar a mis hijos… —musité.

El estómago se me encogió al recordar los problemas del día anterior.

Dolía tanto que se me cortaba el aliento.

Pero me consolaban dos cosas. Una: mi padre lo había hecho porque pensó que era lo mejor para mí.

Para no verme sufrir. Porque yo quería esa boda.

Yo quería el cuento perfecto. Ser la envidia de todas y de todos.

Que todos me felicitasen al verme. La cagué, sí.

Y, quedándome embarazada, la cagué aún más.

«Solo será una vez», me dijo Cristian, una tarde en su cama, rodeados de apuntes que no tocábamos cuando estábamos juntos.

«Si lo hacemos sin condón una vez, no pasa nada, no te quedas preñada».

Me negué, tenía miedo. Había visto muchas campañas de prevención de ETS y embarazos en mi insti.

Había visto a chicas quedarse preñadas superpronto, con lo que eso suponía.

Pero él me dijo que «Otras lo hacían», y yo supe leer entre líneas.

Si no era yo…, sería otra. Y yo quería ser yo. Y fui yo, en todos los aspectos.

Mi padre solo quiso tapar mi cagada de la mejor forma posible.

No es justificable, desde luego, pero me sirve de consuelo.

Además, él sabía que estaba enamorada de Cristian.

Él lo estaba también en cierto modo, era su proyecto.

Ahora pienso que no fue amor de verdad, solo un capricho, porque encajaba en la vida perfecta que había ideado.

Aunque Cristian era de todo menos perfecto, era un tarambana de la vida.

Fumaba porros, se metía en líos; sin embargo, siempre me prometía que cambiaría, y, una parte de mí, pensaba que sería capaz de cambiarlo.

Como en esas historias donde la chica reforma al protagonista tóxico con una rapidez y de una manera que ni diez años de terapia conseguirían.

A veces nos meten en la cabeza la idea de que somos centros de rehabilitación para tíos tarados, y nos creemos la historia de salvadoras.

Obviamente, lo que sucedió fue que él, en realidad, no cambió. Aunque en la superficie parecía que era mejor, en el fondo, seguía siendo un mierda. Él sí que era un mierda.

A mi padre no quería hacerle reproches, no estaba para defenderse ni tampoco deseaba guardarle rencor. Aunque ya saldría por alguna parte, desde luego. Sin embargo, al cabrón de Cristian lo mataría. O quizá solo lo dejaría como se dejan atrás las cosas que no importan.

Cuando una pela patatas, tira las cáscaras y ya no se acuerda más de ellas.

La basura se saca una sola vez, y ya no piensas en la bolsa en el contenedor.

Pues eso tenía que ser él para mí. Algo que quedase tirado y que ya no me importase más.

Bastante tenía con la vida que le esperaba, si es que su hijo se parecía en algo a él.

No obstante, las ideas de venganza me seguirían quemando, las ganas de cagarme en su madre, también. Pobre, era una santa.

—Tiempo al tiempo —me dije.

Llevé la mirada hacia la pared de pósteres, en tanto que me sentaba al filo de la cama.

Entre ellos, estaba el de esa actriz americana de la famosa serie.

Una chica que siempre me había despertado cierta incomodidad que no entendía.

Recordé a la Carmen de quince años mirando ese póster, sentada en esa cama, odiando a esa actriz sin saber por qué.

A mi lado, un Nilo lleno de granos y con voz de pito, que repasaba los apuntes en voz alta para ayudarme a memorizarlos.

Pensé en eso que me había dicho sobre estudiar, sobre que aún estaba a tiempo.

A Cristian jamás se le habría ocurrido decirme algo así.

Claro, su secretaria estaría ocupada en algo que no fuera él, ya no entraría tanto dinero en casa para sus caprichos y yo podría llegar a sentirme válida en algo. Esa idea le habría aterrado.

La mirada se me fue hacia una de las fotografías enmarcadas que había en el escritorio de pino, al lado de una lamparita con forma de balón de fútbol.

Nilo y yo el día de su cumpleaños, en diciembre de 2003, a la salida de los cines.

Lo invité como regalo a ver la nueva de El Señor de los Anillos.

Él estaba haciendo el imbécil, imitando a Gollum.

Yo lo miraba entre la risa y un «tierra trágame».

Recuerdo haber roto a reír después de todo.

Cogí la foto y la miré de cerca. Solo era así de feliz cuando estaba con él.

—Siempre me hacías reír con tus tonterías —le dije—. Siempre.

Tristemente, y después de veinte años, me reconocí a mí misma una cosa: su ausencia me empujó más a Cristian.

—Si no te hubieras ido… —Sacudí la cabeza, acordándome de las granjas de elefantes—. Pero te fuiste.

Suspiré, y dejé la foto en su sitio. El sonido de unas carcajadas me alertó.

Sonaba como la risa de mi hermana, así que dejé la habitación, despacio, y busqué dónde estaban.

Los encontré a los tres, en el patio, alrededor de una mesa llena de bolsas de chucherías, cáscaras de sandía, vasos a medio beber y comida rápida.

Me miraron los tres a la par, con expresiones felices.

La sonrisa de Nilo me iluminó el semblante.

Estaba despeinado, sin camiseta, con unas bermudas de playa y un pie subido a la silla.

El moreno dorado de su piel me atrapó tanto que me quedé mirándolo atontada.

—Hombre, la bella durmiente —dijo mi hermana, que vino a abrazarme, sacándome de la burbuja.

—¿Estás bien? —preguntó Nilo, en tanto que Marieta me abrazaba. Noté su piel húmeda y fría, como si acabase de salir del baño.

—¿Qué haces en bikini?

—Acabamos de llegar de la playa.

—Pero ¿qué hora es?

—Son las once de la noche, pero del día siguiente —dijo—. Has dormido más de veinticuatro horas.

—Espero que el pijama te sea cómodo, a mí me encanta —comentó Nefer, que llevaba puesto un bikini a rayas blanco y negro y unas gafas de sol moradas sobre la cabeza.

—Sí, lo es, pero… —me froté la frente—, Dios mío, tengo un montón de cosas que hacer…