Capítulo 30 #2
Fui hasta ella, que se había quedado parada en el pasillo.
Me detuve, y se giró para mirarme, frente a frente.
En la penumbra del corredor, sus ojos se volvieron más oscuros, pero mis ganas de mirarlos por siempre no cambiaron.
Mis manos gritaban que la tomase en ellas.
Mis brazos, que la rodease y no la soltase jamás.
—Perdóname, no tenía que haberte llamado mierda. Es que voy… insolada —Se frotó la frente, con la mirada gacha.
—Si es que es verdad, fui un mierda, así que dilo cuanto quieras. Lo que pasa es que todo eso tiene mucho que ver con la respuesta que aún no te he dado, y me has dicho antes que no quieres hablar de eso ahora. No quiero atosigarte.
Levantó la mirada hacia la mía. Juntas, fueron un coctel dulce y deseado.
En la comisura de los labios tenía un poco de chocolate.
Alcé la mano y se lo limpié con el pulgar.
Ella sonrió, suavemente, y luego pasó la lengua por ahí.
La boca se me secó al verla hacer ese gesto.
Me concentré en mirarla a los ojos, mientras ella decía:
—Vale. Está bien. Dímelo también entonces, cuando vuelvas, porque ahora mismo, Nilo, no tengo fuerzas, de verdad que no.
—Solo pídemelo y lo soltaré todo, sin rodeos. Yo también me muero por decirte lo que llevo veinte años callando.
Me miró curiosa. Separó los labios un poco.
Volví a mirarlos. Tuve que dar un paso atrás.
Todos mis instintos me pedían que la besase, y si solo fueran esos…
Mi yo más racional también lo deseaba. Pero hacerlo en ese momento sí que sería complicarlo todo más, porque yo no quería ser un parche en su corazón roto.
Carmen tenía que sanar un poco al menos antes de avanzar.
—Tienes una página delante complicada, no vamos a complicarla más.
—Lo sé, solo que me corroe los pensamientos lo que pasó.
A veces pienso en cómo habrían sido las cosas si te hubieras quedado, o si no hubieras desaparecido así, si hubiéramos seguido siendo amigos…
¿No te has preguntado nunca qué habría pasado?
¿Y si lo hubieras hecho, Nilo? ¿Habrías podido protegerme de todas estas cosas? ¿De Cristian?
—Me lo he preguntado mil veces, Carmen. He ideado más escenarios en mi cabeza de los que caben en Hollywood. He pensado en el sí, en el no, en mil millones de futuros alternativos. Vaya, ni Marvel.
Eso la hizo reír suavemente.
—Ya, te entiendo. Ojalá tuviéramos una máquina en la que poder ver qué habría pasado en todos esos futuros alternativos.
—Ojalá, Carmen, pero no la tenemos, así que no podemos saberlo.
Laura, mi sicóloga, me dijo un día que hablar de los «y si» es como hablar de granjas de elefantes.
Que igual que uno dice: «Si hubiéramos hecho esto o aquello podríamos haber…
», bien puede decir: «Si hubiera montado una granja de elefantes…
», porque ambas son cosas que viven en la fantasía.
Y ahí, solo ahí, en esa fantasía, viven las cosas que pudieron ser y no fueron.
—¿Tienes el teléfono de esa sicóloga? Creo que la necesito más que nunca.
—Claro. Te irá bien. Con lo que llevas encima… es lo mejor.
—Gracias.
Carmen suspiró de nuevo, dio un paso hacia mí y apoyó la cabeza en mi pecho, con el rostro hacia el suelo.
Sus manos se deslizaron suavemente por los lados de mi cintura y se posaron en ella.
Me quedé inmóvil por unos segundos. Mi necesidad de besarla me estaba volviendo loco.
Llené el pecho de aire, y puse las manos en sus brazos.
—Tengo las manos frías —dijo—, lo siento. Tú, sin embargo, siempre eres cálido.
—«Tus manos están frías, las mías arden como el fuego».
—¿Y eso? Es bonito.
—Es una frase de una obra de Dostoyevski, la favorita de Nefer de todas las del autor. Noches Blancas . La tiene tatuada y todo.
—Me gusta el nombre. Suena… a algo hermoso.
—Es porque durante una época del año, en Rusia, la oscuridad no es completa y las noches parecen hechas de color blanco.
Carmen sonrió, imaginándoselo quizá.
—¿De qué va la historia?
—De un hombre solitario que conoce a una mujer en una de esas noches blancas. Entablan una bonita amistad, muy especial, en muy pocas noches. Él se enamora de ella, irremediablemente, pero ella está enamorada de otro hombre y espera que regrese.
—¿Y con quién se queda al final?
Apreté sus brazos con suavidad, y luego subí con las manos hasta su rostro, para hacerla mirarme. Cedió a la presión, y puso sus ojos en los míos. Incluso en aquella luz velada por las persianas, noté que brillaban.
—No te voy a contar lo que pasa. ¿Qué te gustaría que pasase?
—Que se quedase con él —respondió.
—Ni siquiera lo conoces. Ni sabes cómo es la otra persona en la que está pensando ella.
—No, pero si se han hecho amigos en tan poco tiempo, por algo será. Nosotros nos hicimos amigos en muy poco tiempo también, lo que pasa que no nos acordamos, porque éramos bebés.
Me quemaron los labios por preguntarle: «¿Entonces tú y yo también deberíamos acabar juntos?», pero me callé, y opté por bromear.
—Seguro que por aquel entonces ya me traías loco perdido con tus cosas.
—Oye, si siempre he sido de lo más tranquila. —Me pellizcó en el brazo.
Mientras me frotaba ahí, me eché a reír.
—Anda, vamos al sofá un rato, tienes que descansar. ¿Te pongo alguna peli?
—Un documental de esos de dormirse.
—Uno de Egipto, que hace mucho que no los ves.
Ella bufó, pero luego esbozó una sonrisa.
—Está bien. Uno de Egipto. Así, cuando vea a las momias, me acordaré de ti recién levantado.
Riéndome, fui con ella al sofá, y se acomodó tumbada cuan larga era, con la cabeza en mis piernas, como en los viejos tiempos.
Igual que entonces, cuando lo que veíamos eran series de los 2000, esas llenas de institutos que en nada se parecían al nuestro, se quedó dormida mientras le acariciaba el pelo.
Si toda la vida fuera como ese momento, podría morirme feliz, pensé.