Capítulo 30
Nilo
Cuando Carmen había dicho ese «Llévame a casa», una parte de mí suplicó porque pronto pudiera sentir que ya estaba en ella cuando se encontraba conmigo, que yo podría convertirme en su hogar, en su refugio.
Cuando había cantado aquel «Enamorado de ti», en realidad ya le había dado una respuesta a su pregunta sobre por qué me fui, sobre lo que mi corazón decía a gritos.
Sin embargo, mis labios tuvieron que callar aún.
Saqué el teléfono para avisar a Nefer y Marieta de que ya estaba con ella. Ambas respondieron con gran alivio.
—Les he dicho que estás bien —informé—. Se van a parar a tomar algo, están muertas de sed. ¿Quieres que te lleve a tu casa?
—No. Ahora mismo no puedo estar allí, demasiados recuerdos… Llévame a la tuya, de momento, así cogeré mis cosas y me lo pienso. Bebo algo y espero a mi hermana. Me iré a su casa, mejor. ¿Te parece?
Asentí. Conforme andábamos por el barrio, me preguntó qué tal me iba allí.
—Empiezo a acostumbrarme. Después de vivir tantos años en una urbanización donde la gente apenas cruza palabra contigo cuando los ves en el ascensor, estar rodeado de las vecinas de toda la vida me está dando un chute de energía que no sabía que necesitaba.
—Es que son geniales. Se alegrarán todas de verte por aquí.
—Sí, mucho. No dejan de repetirme lo mucho que me parezco a mis padres, lo mucho que los echan de menos.
El otro día, la Virtudes, ¿te acuerdas de ella?
—Cuando asintió, repuse—: Pues estuvo dos horas de reloj hablándome de la comida de mi madre, de que tiene muchas recetas de ella, que su gazpachuelo era el mejor y que no se olvida de aquellos años en los que hacían las comidas vecinales.
—Es que su gazpachuelo era el mejor —dijo Carmen.
—Y el gazpacho, el de tu madre.
—Eso es verdad. —Tras dedicarme una sonrisa, anotó—: Te tienen mimao, vaya.
—Sí, me han llenado la despensa de conservas, chacinas de tal prima del pueblo y magdalenas caseras. El otro día me trajeron dos litros de gazpacho metidos en botes de lentejas. Nos creemos nosotros que hemos inventado el reciclaje, ni hablar. Las señoras mayores se las saben todas.
—Cierto —rio—. ¿Sigue siendo tu plato favorito?
—Ya te digo. En verano me alimentaría de eso y na más. Nefer me ha roto sin querer, esta mañana, el tazón que uso siempre, ha sido como si se me rompiera el corazón. Era ese de cerámica, el de dibujos de tomates. —Torció el gesto a la par que yo.
—¿Aún lo tenías? Dios, era más viejo que qué sé yo… Mándala a Dublín sin billete de vuelta.
—Ya…, pero nadando.
Reímos un poco. Tras una pausa reflexiva, dijo:
—¿Desde cuándo sabíais esto, Nilo? Lo del acuerdo con Cristian.
Eso de hablar del barrio y de gazpacho fue un remanso de paz que pronto quedó atrás, pues volvimos a lanzarnos a aguas turbulentas.
—Desde poco después de volver a Málaga. Estaba haciendo limpieza cuando los encontré. Tu hermana lo sabe desde no hace tanto. Lo de la vasectomía lo supe hace muy pocos días.
—Por eso estaba tan rara… —suspiró—. Pobre, no sé cómo ha podido cargar con eso sola, sin decirme nada.
—No sabíamos cómo decírtelo, menos aún después de todo lo de Cristian, de cómo estás. Si te sientes traicionada porque nos hayamos callado este tiempo, perdónanos, por favor, no era la intención.
—Sois el menor de mis problemas, la verdad. Estoy disgustada por no haberlo sabido antes, pero entiendo que estabais esperando el momento. Es una cosa muy delicada. Yo habría hecho lo mismo.
—Menos mal —resoplé aliviado.
—Sí, pero no lo vuelvas a hacer. —Se paró en seco, y me detuve también. Mirándome muy seria, dijo—: Si algo así pasa de nuevo, quiero saberlo al momento. A no ser que yo te diga lo contrario. Aunque me duela. ¿Estamos?
—Estamos, Carmencita —dije con una sonrisa.
Ella sonrió también, volvió a cogerse de mi brazo.
No dijo nada más el resto del camino. Tampoco cuando llegamos a casa.
Ni cuando salió del baño después de refrescarse y nos sentamos en la cocina para que bebiera agua y comiera un poco de helado.
Supuse que tenía la cabeza puesta en lo que había pasado, en ese bucle infernal que se le queda a uno cuando tiene un disgusto.
A ratos suspiraba con esos suspiros cortos que le vienen a uno después de un llanto largo, esos que el cuerpo necesita para sentirse en calma.
Lo que sentía no se iría de un rato para otro. Habría cosas, probablemente, que se quedarían en ella para siempre. Los miedos, el dolor… El tiempo iría mitigándolos, pero ¿cómo iba a confiar en nadie siendo que su padre y su exmarido la habían traicionado así?
Se quedó en silencio, con la cuchara yendo y viniendo del helado a su boca. A ella le gustaba comerlo con cuchara grande. La sumergía en el helado semiderretido y la chupaba. Siempre me había hecho gracia verla comer así.
Me senté frente a ella, al otro lado de la isla. A su espalda, el patio interior, ese que mi madre un día tuvo rebosante de plantas.
—Estoy pensando en volver a llenarlo de geranios —le dije.
Pestañeó, saliendo de su retiro mental, y puso la mirada en la mía.
—¿Qué?
—El patio. —Lo señalé con la cabeza. La palillería decorativa de las ventanas correderas recortaba en cuadrículas los azulejos de las paredes tras ellas—. Estoy pensando en ponerle plantas, como cuando vivía mi madre.
Se giró para mirar atrás y esbozó una sonrisa nostálgica.
—Sí, pero espérate ya a después de la feria, que ahora hace mucho calor. Se te van a poner mustios. —Se encogió de hombros y prestó de nuevo atención al helado.
El verano en Málaga, para mí, se medía en tres eventos: San Juan, Virgen del Carmen y Feria.
Quizá alguno más, pero esos eran los que recordaba haber vivido con más intensidad de siempre.
Cuando pasaba la feria, la gente ya iba haciéndose a la idea de que el fin del verano estaba por llegar, que no del calor, y pronto volverían todos a sus rutinas.
A veces, eso suponía un alivio. La ciudad se volvía demasiado ruidosa y masificada en los meses de estío.
—Sí, además… —agité en círculos el vaso de agua con hielo y limón, los cubitos golpearon contra las paredes, llenado mi silencio— en un par de días, me voy a Dublín con Nefer unas semanas.
Carmen levantó la mirada del helado y me miró pasmada, casi ofendida.
—¿Cómo que te vas? No puedes irte.
Un cálido cosquilleo me recorrió, agradado por sentir esa necesidad suya de mí.
—Vente conmigo si quieres. Aquello te encantaría.
—Pues no he estado nunca, la verdad…, pero es imposible. ¿Cómo voy a irme en temporada alta? ¿Y dejo a mi hermana sola? Estás loco. —Negó con la cabeza y soltó la cuchara en el helado—. ¿Por qué te vas ahora?
La tristeza de sus ojos ante la idea de mi ausencia me conmovió.
—Mi hermana ha roto con el irlandés, y no quiero dejarla sola.
—Joder… —Se frotó la cara—. Lo siento.
—Bueno, es una decisión que ha tomado ella, y muy maduramente, porque ya no estaba a gusto con él, y antes de hacerse daño, pues… es lo mejor, ¿no?
—Sí. Aún así, duele. Así que me alegro de que quieras hacerle compañía. Lo que no sé es por qué no se queda ella en Málaga. Le vendrá bien un cambio de aires, y aquí no le iba a faltar de nada.
—Están preparando los lanzamientos para septiembre, y no puede dejar su trabajo tanto tiempo.
Necesita estar allí estos meses, más allá de estos días que se ha cogido de vacaciones.
Y yo sí puedo ausentarme. Ya lo he hecho antes, ¿no?
—Sonreí con gesto de circunstancias—. Lo dejaré todo atado.
Al fin y al cabo, he pasado muchos años fuera, los trabajadores saben llevar mis negocios sin mí.
—Eso es verdad. No sé lo demás, pero el Mediterráneo siempre ha funcionado bien, y no solo por los López. Es que tus empleados son perita, igual que los míos. —Tomó aire, un poco más de helado, y dijo—: Eso que me dijiste, sobre Suiza…
—No creo que sea el momento de tomar decisiones empresariales, Carmen.
Otra cucharada de helado mientras asentía.
—Ya, solo quería decirte que voy a pensar en ello detenidamente, que lo estudiaré y que te daré una respuesta cuando vuelvas.
—Me alegro de que estés dispuesta a enterrar el hacha de guerra.
—Eso o te entierro a ti por majarón como las cosas salgan mal. —Miró el tazón de helado como si contuviera todas las respuestas del universo—. Así que Dublín… Bueno, me escribirás, ¿no? Algún mensajito.
—Si tú quieres.
—Claro que quiero.
—Todos los mensajes del mundo, Carmen. Te aburrirás de mí.
—No podría aburrirme de ti. Nunca me he aburrido de ti. Lo único que hice fue acostumbrarme a que no estuvieras.
Volvieron sus ojos a los míos. Los tenía aún rojísimos, señal del paso de tanta lágrima. Yo tuve ganas de llorar también, por el maldito arrepentimiento.
—Lo siento.
—Lo sé. —Tras otro de esos suspiros cortos, removió el helado ya derretido con la cuchara y cogió un poco en ella.
Mientras se la llevaba a la boca, dijo—: Madrid solo está a seis horas de camino, ¿por qué viniste ni una sola vez?
Ni una, en veinte años. Ni una llamada tampoco.
Si me hubieras llamado una sola vez… No me digas que no me llamaste porque se te ahogó el móvil, porque te sabías mi número de memoria.
Si no, podías habérselo pedido a tus padres, que lo tenían de los míos.
A ellos tenía que verlos casi cada día, y me miraban aún con mucha ternura y compasión, me saludaban siempre, pero nunca decían nada de ti, y a mí siempre se me quedaba tu nombre en los labios.
—Les dije que no te dijeran nada, que quería desaparecer.
—Pues eres un mierda, porque no estabas muerto como para no hablar de ti con nadie. —Soltó la cuchara en el bol y se puso en pie—. Y con ellos también estoy cabreá, por cubrir al mío, así que mejor ni los mentamos. Me voy al sofá, necesito tumbarme.
Dejó la cocina, al momento. Aferré el vaso como si pudiera aferrarme así a una columna que me sostuviese, porque esa pregunta me removía muchas cosas. Separé los labios para hablar, sin embargo, no me salía la voz. Tragué saliva, negué con la cabeza.
—Espera…