Amor de sol y sal Capítulo 29
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Capítulo 29

Carmen

Ni la cercanía del mar aplacaba el fuego del aire.

Ni Poseidón que soplase desde las profundidades con las corrientes del norte en los labios sería capaz de aniquilar al terral de ese día.

Cuando era pequeña, lo llamaba «el terror».

No me aventuraba a salir de casa ni para dar un recado.

Así que, cuando me vi en el espigón, con los pies al borde de un conjunto de rocas que daba a una poza en la que el mar entraba y salía a su antojo, fue como despertar de un sueño.

No sabía ni cómo había llegado hasta allí, solo que tenía ganas de correr y correr, de llegar al fin del mundo.

De atravesar el Mediterráneo hasta África y luego más allá, donde nadie me encontrase.

Que todas las cosas que me arañaban se quedasen en las costas de España.

Yo, al otro lado, las vería de lejos y sabría que ya no me pertenecían.

Pero eso son quimeras. Los problemas y los daños nunca se quedan atrás, se van con una donde se precie, y le cogen la garganta y la aplastan sin compasión, como me estaba pasando a mí.

Quizá era el aire caliente, que no me dejaba respirar; tal vez la medalla de mi padre, ese regalo que tanto atesoré con cariño y que venía de unas manos que habían firmado mi sentencia.

El oro pesaba como hecho de roca dura. El mar, helado, sacudía sus olas contra mis pies, aguijonazos de una avispa de agua.

La cabeza me ardía, expuesta al sol. Mi hermana, Nefer y Nilo estarían preocupados, pero no era capaz de darme la vuelta, porque, si lo hacía…

Si lo hacía iría de cabeza a ver a Cristian y lo ahogaría con mis propias manos.

Me llevé la mano a la medalla y la apreté con rabia.

Tiré, pero no conseguí partir el cordón, solo hacerme daño en la nuca.

Llevaba conmigo casi toda la vida, era normal que se resistiera a abandonarme.

Yo misma, aunque tuviese el impulso de lanzarla al mar, sabía que, si me desprendía de ella, dolería como pocas cosas.

La tocaba cuando estaba nerviosa, me había acompañado en las noches de soledad, en las lágrimas, en los peores momentos.

También en los mejores. Pero ahora la veía como el símbolo de un hombre que me había traicionado.

Cuando me separé de Cristian, no lancé el anillo al mar, fui más templada.

Lo vendí. Quería sacar algo de él, aunque fuese dinero con el que pagarme algún viaje.

No sabía entonces que, ese anillo, lo había pagado mi padre.

Más furiosa si cabe, al recordarlo, me desabroché la medalla y la miré en la palma de la mano.

Las lágrimas apenas me dejaban ver, mezcladas con el sudor que salía de mi frente.

Mi pecho subía y bajaba, meciendo las gafas de sol rojas que seguían colgando del escote del vestido.

Cerré los ojos, apreté los dientes. El corazón me dolía.

Levanté la mano, dispuesta a lanzar la medalla al mar.

Al fin y al cabo, la Virgen del Carmen ya se sumergía en él todos los años, era su hogar, igual que lo fue el de la antigua Noctiluca, la diosa que guardaba Malaka en otros tiempos.

Quizá, alguna mujer de entonces, enfadada con los hombres de su vida, había lanzado su medalla al mar.

Solo quería que se la tragase y, con ella, todo el dolor. Aunque sabía que eso era imposible.

Estaba a punto de lanzarla, cuando escuché mi nombre como solo Nilo lo pronunciaba, con el cariño y el anhelo de quien necesita ser escuchado.

—Carmen…

—Vete, Nilo, no quiero hablar con nadie. Ni siquiera contigo —respondí sin mirarlo.

—No me hables si no quieres, pero ven conmigo. Hace un calor de mil demonios, te vas a poner mala.

—Me da igual.

—Cuando te arda la piel y te caigas mareada en las rocas no te dará igual. Venga, vámonos.

Giré la cabeza para mirarlo. Estaba a unos cinco pasos, con las manos extendidas hacia mí.

El aire ardiente hacía que la camiseta se le pegase al cuerpo, y debía de haberse caído, porque llevaba las rodillas peladas.

Probablemente, había corrido y tropezado en las rocas al verme.

Suspiré y miré hacia adelante. El mar me devolvió sus reflejos de plata, cegándome.

El ruido de las risas de unos niños, que jugaban cerca, me llenó los oídos por un momento.

Me recordó a cuando mi padre y yo andábamos en las rocas, cuando era una niña que se creía que, en ellas, vivían las sirenas y se escondían los tesoros de los piratas.

—¿Cómo sabías que estaba embarazada? —Erguí el torso, tratando de mantener la compostura, y regresé la atención a él—.

¿Y cómo habéis sabido lo de la vasectomía, si en los papeles no pone nada?

Solo habla del acuerdo económico. Habría alguna pista por alguna parte para que mi hermana se lanzase a buscar pruebas.

Apretó los labios, quería callar, probablemente, una verdad incómoda. Algo que añadiría más sal a la herida.

—Por favor, dímelo, no quiero más mentiras.

—Me enteré yo, gracias a Claudia. Cristian y ella se liaron, y él le habló del tema. La otra noche, cuando salí con ella y con mis amigos, lo vi.

—¿Hablaste con él? —Fruncí el ceño.

—No.

Tragó saliva, llevó la mirada al horizonte. Una parte de sí debía de estar resistiéndose a seguir hablando pues sabía del daño que me haría. Nerviosa, crispé las manos. Iba a exigirle que hablase, pero él lo hizo al fin.

Los ojos de Nilo anunciaron la tormenta que venía con sus palabras.

—Él estaba con su… novia. Carmen —dio un paso hacia mí—, lo siento, van a ser padres. Ella quiere irse a no sé dónde, pero quizá el niño nazca aquí —informó, y se notó que le dolía hacerlo—. Tienes que saberlo antes de enterarte por alguien más.

Nunca me habían apuñalado, por fortuna, pero esas palabras lo hicieron, no solo de un modo metafórico, también físico, porque sentí un pinchazo en el bajo vientre.

Como si las ganas de ser madre que se me habían acumulado allí durante veinte años, esas que había relegado a la resignación, se pusieran a gritar y a golpearme las paredes musculares.

Una arcada me sobrevino, y vomité entre las rocas.

Una ola arrastró los restos de mi angustia.

Nilo vino al punto. Me sujetó el pelo, y me agarró de la cintura para ayudarme a sostener el equilibrio.

Todo me daba vueltas. Vomité hasta vaciarme, incapaz de contenerme.

Él sacó un paquete de pañuelos del bolsillo del pantalón y me tendió uno. Me limpié, en silencio, sosteniendo otra arcada: nada me quedaba ya en el estómago que soltar.

—Lo siento —dije.

—¿Por qué pides perdón? —preguntó extrañado.

—Porque me siento avergonzada por no ser tan fuerte, por no poder encajar mejor las cosas.

—Pues no deberías sentirte así, y menos después de todo lo que has sabido hoy. Es normal que te derrumbes, no pasa nada, eres humana. No tienes que ser fuerte, Carmen, ni poder todo. No todo el tiempo. Nunca si no quieres.

Lo miré a los ojos. En ellos vi un océano de comprensión. Quizá pensó que no creía en sus palabras, porque agregó:

—Te juro que no hace falta. De verdad que no.

Puedes ser débil, dejarte llevar, poner las cosas en manos del azar, hacer mal las cosas, vomitar si algo te duele, quejarte, llorar, cagarte en los muertos de quien quieras.

Sigues siendo una mujer increíble, pase lo que pase.

—Con un suave tirón del brazo, añadió con voz suave—: Ven, siéntate.

Arrugué el papel usado y lo guardé en el bolsillo. Él me llevó hasta una roca más plana, a unos pasos de donde estábamos, y allí nos sentamos, el uno junto al otro.

Ninguno dijo nada durante un rato. Nilo me echó un poco de agua en la nuca; puso la mano en mi espalda, la frotó.

La cabeza me daba vueltas. No dejaba de pensar en todo lo que había sabido, así que otro río de lágrimas me inundó las mejillas.

Se mezcló con el sudor, la saliva de mis labios y el constante moqueo de mi nariz taponada.

Debía de tener la cara roja, y no solo por el calor, es que llevaba llorando desde que había sabido de la traición de mi padre y de Cristian.

—¿Cómo puede alguien mantener una mentira durante tanto tiempo? —musité—. ¿Cómo? Mi propio padre… Mi marido. ¿Es que hay algo de mi vida que sea verdad?

—Muchas cosas, Carmen. Solo que ahora no puedes verlas, porque estás enfadada, y es normal, tienes derecho a estarlo.

—Estoy más que enfadada. Estoy decepcionada. Cuando alguien se enfada, aún tiene arreglo, pero si las personas te decepcionan, si pierden tu confianza… Eso es más complicado de solucionar. Me siento como si tuviera un agujero en el pecho.

—Un agujero que cerrará poco a poco, te lo prometo.

Lo miré de reojo. Sus ojos estaban puestos en mi puño.

—Te has quitado la medalla —dijo entonces.

—Sí, quiero tirarla al mar y dejar que se hunda para siempre.

—A los pulpos les gustará. Les gustan las cosas brillantes. Uno de ellos se quedó con mi teléfono. Ha de estar en su guarida subterránea.

Lo miré del todo, ceñuda.

—¿Qué dices?

Señaló un poco más adelante.

—Justo ahí. Ahí fue donde tiré el móvil. El pulpo asomó en la poza y se lo llevó.

Aquello me dio una risa tontísima, que llegaba en el peor momento: en medio de mi desolación. O quizá era el mejor, porque me dio algo más en lo que pensar.

—Y te libraste de mí veinte años.

—No digas eso, fue un suplicio.

—Si tiro la medalla, igual me libro de este que llevo encima veinte años también.

Puso los brazos en jarra y negó con la cabeza.

—Mira, sé que te dije que te dejases llevar, que eso de los planes te pesa, y que está bien improvisar de vez en cuando, pero igual deberías hacerlo otro día.

—Quiero verlo.

Resopló, a punto de perder la paciencia.

—No sé si los pulpos salen en los días de terral. Vamos a casa, anda, tienes que ponerte a la sombra. Llevas los hombros achicharrados ya.

Eché a andar, de roca en roca. Él me siguió.

Perdí el equilibrio en un momento, caí hacia atrás, pero Nilo me recogió en sus brazos y mantuvo la estampa por los dos.

Sinceramente, me habría quedado en ellos el resto de mi vida, pensé.

Porque, en los brazos de Nilo, todo me parecía posible.

Lo miré a los ojos por un instante. Él agachó el rostro hacia el mío.

No es que pensase que fuese a besarme, pero una parte de mí lo quiso.

Quizá, si me besaba, me pasaba como a la Bella Durmiente, que despertaría de aquel mal sueño que estaba viviendo.

Pero eso sería usar a Nilo para tapar una herida, y yo no quería eso.

Me incorporé y seguí hasta la poza que él indicó.

Allí, me acuclillé en las rocas, con cuidado, la medalla aún protegida por mi puño.

Miré hacia abajo. El agua se mecía con el vaivén del mar, pero no se veían más que algunos moluscos incrustados, algas, piedras batidas y esos cristalitos pulidos que coleccionaba de pequeña.

Había, no obstante, una cavidad por la que se metía el agua. Me agaché, quería mirar abajo.

—Carmen… —Nilo me puso la mano en la espalda—, te vas a caer de boca. Hoy quieres acabar en el Carlos Haya como sea, ¿no? Por insolación o por ahogamiento.

—No me voy a ahogar en una poza de unos palmos.

—Ya, pero la mar es muy traicionera, viene una ola y…

—Calla, que no me pasará na.

Chasqueó la lengua, pero no riñó más.

Me incliné del todo, dispuesta a entregarle mi ofrenda al pulpo. Al hacerlo, las gafas de sol cayeron en la poza. Fue como si les hubiera nacido un coral rojo y brillante, más aún cuando las olas las movieron y el sol les dio de pleno.

Estiré la mano para cogerlas, pero algo mucho más viscoso y lleno de tentáculos se adelantó. Un pulpo de considerable tamaño las enganchó y tiró de ellas para llevárselas a su guarida.

—¡Nilo, que me ha robado mis gafas el pulpo! —dije, entre el asombro y la ilusión.

—Te dije que había un pulpo ladrón.

Giré la cabeza para mirarlo, y dije:

—¿Si le echamos a Cristian, crees que se lo comerá?

Se rio con ganas.

—A ver, tiene cara de besugo, igual lo confunde con un pez.

Me salió una carcajada de lo más hondo de la garganta.

Volví a mirar hacia la poza, ya tranquila.

No sabía si el pulpo me daría veinte años de paz con lo que había pasado, lo dudaba, pero me sentí distinta.

Como si el mar se hubiera llevado aquellas gafas regadas con mis lágrimas y, con ellas, parte de mi dolor.

Me costaría recuperarme de eso, pero había sido un paso.

—Mis gafas favoritas. Tiene buen gusto, es una fashion victim .

—Un enamorao de la moda y de los móviles —dijo Nilo, haciéndome reír de nuevo.

—¿Cómo era esa canción que le gustaba a mi hermana? —Chasqueé los dedos. No sé cómo tuve ánimos para cantar, pero lo hice—: ¡Y yo caí, enamorado de la moda juvenil!

Nilo sonrió y cantó conmigo.

—Enamorado de ti… —Me tendió la mano.

Me puse en pie con su ayuda. Luego me colocó la medalla. Lo abracé entonces, con todas mis fuerzas. Agradecí cobijarme en su pecho, pues él le daba la espalda al sol. A decir verdad, me pesaba el calor.

—Llévame a casa, por favor.

Algo en lo más hondo de mí me dijo: «Ya estás ahí», pero no quise ahondar mucho en esa voz. No era el momento.

Él asintió, me cogió de la mano y me ayudó a sortear la vuelta.

—Me siento mal. Por eso de los microplásticos —dije mientras nos íbamos.

—Al menos no has tirado un móvil, si te sirve de consuelo.

—Un móvil con mi último mensaje… —suspiré.

—Seguro que el pulpo lo tiene para llamar a alguna novia gallega. Todo el mundo sabe que las pulpas de Galicia son las más guapas.

—Por lo menos son las que están más ricas. —Solté una risa que sonó a pedorreta y que él secundó.

A los pocos minutos, ya en el paseo marítimo, después de refrescarme con una botella de agua que él compró, le dije:

—Aún me debes una respuesta, no creas que me olvido, pero, por hoy, creo que ya he tenido bastante drama. Si me entero de algo más, me va a explotar la cabeza.

—Mejor, no quiero que vuelvas a la poza y me arrojes al pulpo.

—¿Por qué iba a hacer eso?

Giró la cabeza para mirarme a los ojos.

—Porque esa respuesta que esperas igual te complica la vida.

Me perdí en los suyos antes de responder:

—Si eres tú quien me la complica, no me importa. —Apoyé la mejilla en su hombro—. Pero… mañana. Tenemos tiempo por delante. Aún quedan días de verano. Como la canción de Amaral.

—¿No decía «no quedan días de verano»?

—La cambio si quiero.

—Me parece bien. Prefiero que queden días de verano a tu lado, a que no. ¿Sabes una cosa? La escuché en bucle, pensando en ti—dijo, y sonrió con tristeza—. El año después de separarnos.

—Y yo en ti, pero ya no nos vamos a separar, Nilo. Amigos para siempre, como nos prometimos.

Él llevó la mirada al frente y asintió. Supe, pues yo también lo sentí, que empezaba a no bastar eso de ser amigos.

Tarareamos esa canción de camino a casa.

No sé él, pero deseé que aquel verano que rozaba ya su ecuador, durase para siempre, porque en medio de la tormenta siempre sucede algo que nos recuerda que la calma también existe.