Amor de sol y sal Capítulo 28
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Capítulo 28

Nilo

Separé los labios para responder, para decir en voz alta, de una vez por todas, y ante ella, la verdad. Sin embargo, Nefer y Marieta estaban ya de vuelta.

—Hablaremos después de eso, ¿vale? —le dije a Carmen, y apreté su mano.

Ella asintió y echó el cuerpo hacia atrás, soltándose de mí despacio.

Suspiré y me acomodé también, mientras me secaba las incipientes lágrimas.

Mi hermana, que había tomado ya asiento, me miró ceñuda.

Negué con la cabeza y esgrimí un gesto tranquilizador.

Dados los primeros sorbos de las bebidas que ellas dejaron en la mesa, nos miramos unos a otros.

— Okey , voy a por los papeles.

Fui hasta el mueble y abrí el cajón con la misma sensación que tendría si estuviera abriendo un ataúd para meterme dentro, o, aún peor, meter a Carmen.

Aquello iba a destrozarla y, por un momento, deseé no tener que decir nada.

Callar aquella verdad para siempre, seguir con mi vida, dejar que Carmen siguiera con la suya, pero eso no habría sido justo para ninguno de los dos.

Yo quería estar a su vera, lo quería más que el sol a la mañana, como dice la canción, y partir de una mentira tan grande no habría sido sano para nadie, no me habría dejado dormir ni ser libre.

Si conseguía ganarme su corazón, quería tenerlo con la certeza de que todo lo que nos rodeaba era transparente, real.

De que no había ni un secreto que pudiera enturbiarnos la vida, porque la distancia y mi estupidez ya nos la habían jodido bastante.

Saqué la carpeta y, despacio, la puse en manos de Carmen.

—Si prefieres que te digamos qué pone en vez de leerlo tú… —Su hermana se movió de asiento y se acomodó junto a ella, al otro lado, para que pudiera sentarme también.

Así lo hice, y puse la mano en la espalda de Carmen, mientras ella tomaba una decisión.

—Lo leeré yo —dijo con aplomo.

Abrió la carpeta. El silencio que se hizo estuvo hecho de hielo y dudas.

Marieta, Nefer y yo nos miramos. La primera tenía la mejilla apoyada en el hombro de su hermana.

La mía, los pies encogidos sobre el sofá y la barbilla en las rodillas.

Estábamos haciendo lo correcto, sí, pero eso no quería decir que no pesase.

Nadie quiere ver a alguien querido derrumbarse.

Sus ojos se deslizaron por las páginas, primero con miedo, poco a poco.

A medida que leía, ese miedo se iba convirtiendo en tristeza que, a pasos de gigante, se convirtió en rabia.

Los ojos se le llenaron de unas lágrimas gruesas que bordearon sus párpados, se acumularon allí, igual que si fuera un dique, para luego desbordarse de golpe cuando dijo:

—Se casó conmigo por el maldito dinero.

Los tres asentimos de forma trágicamente rotunda.

—Yo no le importaba una mierda. Solo lo que papá pudiera darle por hacerlo. Como si yo fuera un objeto con el que comerciar. ¿Y papá? —Arrugó los papeles entre las manos—. ¿Cómo pudo papá hacerme eso?

Su dolor me atravesó la carne y se me clavó en el corazón.

Sentí un escalofrío recorrerme por entero, la necesidad de abrazarla.

Y la abracé. Igual que su hermana. Ella no se movió.

Era una estatua. Me separé de ella, despacio, tras recogerle un mechón de pelo tras la oreja.

El sudor lo pegó pronto a su piel. Volví a ponerle la mano en la espalda.

—No quería que la gente hablase, Carmen, ya sabes cómo eran antes las cosas —le dijo Marieta, que rompió a llorar también—. Una hija embarazada, sin casar… Los abuelos aún vivían, no habría querido darles ese disgusto.

—Por Dios, era 2005, ¿no? Las cosas ya habían cambiado —comentó Nefer.

—No lo bastante, al parecer. Y mi padre prefirió mi dolor a su vergüenza.

—A Carmen se le quebró la voz. Su hermana le tendió el refresco, que ella bebió a duras penas.

Cuando lo puso en la mesa, dijo—: Yo hubiera preferido ser la vergüenza de toda mi familia que vivir una mentira.

Mamá no lo habría permitido, y lo sabes.

Habría matado a papá de estar viva. —Sollozó—.

¿Por qué luego, cuando perdí la niña, no se separó Cristian de mí?

¿Por qué? Firmó el acuerdo con papá cuando quiso dejarme, vale, porque no quería casarse y menos cuando supo que estaba embarazada. ¿Por qué no me dejó después?

—Porque la buena vida, contigo, estaba asegurada. —Marieta puso la mirada en mí, asentí, sabía lo que iba a decirle a su hermana—. Carmen, sabes que te quiero, ¿no?

—Lo sé, sí, habla de una maldita vez.

—Cristian se hizo una vasectomía poco después de lo de la niña. Papá la pagó.

La mirada de Carmen se puso en su dedo anular, ahí donde un día estuvo su anillo de bodas. Su otra mano, temblorosa, cubrió su boca mientras ahogaba una exhalación.

—No es verdad —dijo a media voz, mirándonos despavorida.

—Lo es, lo siento. —Su hermana le dedicó un gesto de cariño—.

Aquí solo habla de un acuerdo extra, pero estuve revisando en los papeles bancarios que guardo de nuestros padres y encontré transferencias y facturas médicas que lo confirman.

Busqué si había alguna copia, pero no estaba.

Luego recordé que el susodicho nos ayudó a revisar los papeles de casa de nuestros padres, insistió mucho en eso, ahora entiendo por qué.

Quería encontrarlos y tirarlos. Por desgracia para él, no dio con los del banco.

Y yo casi los tiro hará un par de años, pero me dio cosa, yo qué sé.

Menos mal que no. Los ordené en carpetas y los subí al trastero.

Yo no sabía de esa investigación de Marieta, e imaginé que la había hecho en esos días, después de ver los papeles, y que eso había sido también el acicate para hablar con su hermana de una vez.

Aunque ver a Carmen sufrir estaba resultando angustioso, me alegraba que ella se lo hubiera dicho, de que hubiera pruebas de ello.

—Por eso no hemos tenido hijos… ¿Papá me hizo algo tan horrible? ¿De verdad lo pagó?

—Sí, como todos sus caprichos. La mitad que supuestamente puso para la casa, el coche.

Todo. Lo que fuese para que no te dejase.

Para que tu honor no se viese entredicho ni tampoco el nombre de la familia, después de la boda que organizaron.

—Marieta se dirigió particularmente a Nefer y a mí—: Más de quinientos invitados.

Vinieron mis primos de Alemania y todo. Para mi padre, que ella se separase era un fracaso.

Más teniendo las perspectivas que tenía para Cristian.

Era un yerno del que presumir. Su proyecto, ya que no tuvo hijos varones.

Carmen asintió, con los labios apretados y los párpados y las manos temblándole.

—Lo siento, pero es que esto lo leo en un libro y no me lo creo —dijo mi hermana, que sacudió la cabeza—. Es horrible, lo peor que puede hacerle un padre a su hija, la verdad.

—Pues los nuestros fueron partícipes. Aunque hay una carta en los documentos, de papá al señor Alborán, en el que le dice que le prestará lo que necesite, que no quiere comprarle nada.

Pero vuestro padre —miré a Marieta— se negó.

Le dijo que vendería el Mediterráneo. Aunque no puedo excusar a mi padre, sabía del acuerdo entre el tuyo y Cristian, fue testigo. Y eso me duele.

—Y a mí… —Nefer suspiró.

—Ya, todo este tiempo he pensado que había sido por aprovecharse de nosotros, os he odiado por ello. Los motivos fueron otros, peores casi. Qué asco todo, de verdad.

Carmen era ya un río de lágrimas. Regaban esos papeles malditos sin control. Escondió la cabeza entre las manos, con uno de ellos arrugado en el puño. Su cuerpo se sacudía con cada sollozo.

—No es por justificarlos, pero piensa que eran amigos y que solo querían ayudarse mutuamente.

Quizá nosotras habríamos hecho lo mismo —comentó su hermana—.

La gente hace cosas por los amigos que son a veces muy cuestionables, y si el señor Rubio quería ayudar a papá a proteger a la familia de las habladurías…

Además, sabían que estabas enamorada de Cristian, pensaron que serías feliz con él, que vuestra ruptura te haría sentir desgraciada.

Su hermana se encogió de hombros. Para ella, no existía explicación ni consuelo alguno en esos momentos, y lo entendía.

—Todo eso tiene lógica, sí, pero al cabrón de Cristian deberías denunciarlo, seguro que se le pueden reclamar daños y perjuicios, ¿no? Algo —sopesó Nefer.

Marieta asintió.

—Cierto, tú siempre has querido ser madre, él lo sabía. Supongo que por esto se negó a ir a clínicas de fertilidad.

—Sí, decía que si no era cosa del universo, es que no estaba para nosotros.

—Se sorbió el llanto—. No puedo odiarlo más.

Y a ti, papá… —dijo presa de la rabia, temblando a más no poder, con la medalla de la Virgen presa en su puño—.

¡¡Te odio!! ¡Pero a ti mucho más, Cristian, hijo de puta, te tengo que matar.

¡Mentiroso de mierda! ¡Falso! ¡Cabrón! Toda mi vida ha sido una mentira, ¡una puta mentira!

Se levantó de golpe, la carpeta cayó al suelo y ella arrojó el papel lejos. Luego echó a correr. Desapareció del salón. Pensé que iría al baño, a algún lugar en el que estar a solas. Sin embargo, pronto se oyó el sonido de la puerta de la casa.

Nefer, Marieta y yo nos miramos, con los ojos muy abiertos.

Sin decir nada, nos pusimos en pie y echamos a correr.

Asomamos los tres a la calle. El aire caliente de la tarde nos dio en toda la cara.

Fue como abrir un horno. Se había levantado un terral de mil pares de narices.

Me puse la mano a modo de visera y miré a todas partes.

No veía a Carmen por ningún lado. Era como si se la hubiera tragado la tierra.

—Su bolso está aquí, pero lleva el móvil encima —dijo entonces su hermana, que sacó el propio para llamarla.

Esperamos respuesta, con el rostro desencajado. Daba tono, pero no contestó. Marieta soltó un suspiro angustiado.

—Por Dios, le va a dar un golpe de calor o algo.

— Sure look, it'll be grand —dijo mi hermana, acariciándole el brazo a la otra, quizá también para sí misma.

—No sé yo, eh, no sé yo…

—Iré a buscarla, no puede haber ido muy lejos. —Entré aprisa para calzarme las deportivas, que me puse a trompicones mientras decía—: Sigue llamándola. Coged el coche y dad una vuelta por el barrio, id a su casa, al Alborán, dónde sea. ¡Vamos!

No dijimos más, solo echamos a correr cual alma que lleva el diablo. Yo, particularmente, lo hice por el infierno, porque Málaga, esa tarde, parecía estar ardiendo en altas llamas.