Amor de sol y sal Capítulo 27
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Capítulo 27

Carmen

En cuanto Nefer abrió, se lanzó a gritar de felicidad y a abrazarnos.

Un brazo en cada una y la cabeza en medio de las dos.

Olía a sal y a lirios, lo que me hizo sonreír.

Miré hacia la entrada. Todo seguía exactamente igual a como lo vi hacía veinte años.

Con los cuadros de los viajes de los Rubio colgados en las paredes, igual que las fotos familiares.

Siempre me había gustado esa casa. Tenía ese aire de casa andaluza, con sus azulejos y su patio interior que, aunque no sabía cómo estaba entonces, cuando la mamá de Nilo vivía, estaba llenísimo de geranios y otras plantas.

Abracé a Nefer y miré hacia arriba. Su hermano bajaba aprisa por las escaleras, con el cabello recién lavado, en un peinado desenfadado, unos pantalones cortos y una camiseta de lo más informal.

Se me hacía raro verlo así, sin tanto arreglo.

Estaba como en aquellos días en los que me quedaba en su casa a dormir y veíamos las estrellas desde el patio.

Antes se veían mucho más las estrellas. Parecían haberse escondido conforme él y yo nos habíamos alejado.

Sonreí nada más verlo, a pesar de mi nerviosismo.

La sonrisa que él me dedicó diluyó un poco mi inquietud.

En cuanto estuvo con nosotras, tiró de su hermana hacia atrás, con cariño, y le dijo:

—Las vas a desgastar.

—Que se fastidien, hace mucho que no nos vemos.

¡Mari!, me he enterado de que fuiste mamá, ¿cómo te va?

—Le echó el brazo a mi hermana por encima y se la llevó hacia adentro—.

Yo me bajé de ese tren hace tiempo. No sé cuidar de mí misma como para cuidar de otro ser humano. Se me mueren hasta las plantas.

—Al final te acostumbras, Nefer.

Mari le rodeó la cintura y caminó con ella de buena gana, tras dejar el bolso en el perchero de pared de la entrada. Colgué el mío también, feliz de estar allí.

Nilo y yo, el uno frente al otro, nos miramos sin dejar de sonreír.

—Perdona la intrusión —le dije quitándome las gafas de sol—, mi hermana…

—No te preocupes. Por eso mismo te escribí, tenía que hablarte de esto y de… otra cosa. —Señaló hacia dentro—. ¿Quieres tomar algo?

—Sí, por favor. Me bebería un río.

—¿El Nilo? —dijo con un guiño.

Me eché a reír mientras sacudía la cabeza y me colgué las gafas en el escote del vestido.

—Ya te gustaría… —respondí en tono burlón, y eché a andar tras ellas.

Pronto estuvimos todos en el salón. Un mueble de pared albergaba los recuerdos familiares y una colección enorme de libros sobre diferentes lugares del mundo, así como DVD con documentales.

Sobre todo, había cosas de Egipto. Los padres de Nilo y Nefer se habían conocido en un viaje a las pirámides, allá por los años ochenta, cuando no era tan fácil ni tan barato viajar.

Estaban tan enamorados de aquella tierra que decían que, cuando se jubilasen, se irían a vivir allí.

Ninguno había tenido oportunidad. Esas cosas nos enseñan que la vida hay que cogerla en el momento, dejar de esperar a la ocasión perfecta, porque, generalmente, esa ocasión no llega.

El problema es que olvidamos pronto esas enseñanzas.

Me vino entonces a la mente un curioso pensamiento: ¿Y si el regreso de Nilo formaba parte de alguna clase de enseñanza trascendental que no había visto hasta entonces?

Sus padres siempre decían que, cuando dejaban Egipto, tenían la impresión de que habían dejado algo importante allí, una parte de ellos.

¿Y si esa sensación que me llevaba acompañando casi toda mi vida, esa de que me había dejado algo en alguna parte, tenía que ver con él? ¿Y si era él ese algo?

—¿Quieres sentarte? —Su voz me sacó de mis pensamientos.

Pestañeé y miré alrededor. Mi hermana y Nefer se habían acomodado el mismo sofá, sin dejar de parlotear sobre Irlanda, la maternidad o los trabajos. No me sorprendió saber a qué se dedicaba Nefertiti, después de todo, siempre había sido un alma creativa, como su hermano.

—Qué guay que trabajes con los libros. Te recuerdo leyendo desde que era un mico —dijo mi hermana, que puso la palma de la mano a la altura de su rodilla—. Te pegaba algo así, bohemio.

—La industria editorial es de todo menos bohemia —rio la otra—, esa imagen de los escritores a lo Byron, no, tía, es una industria, después de todo, igual de voraz que otras. Se come los sueños de los autores, los libreros y los editores con más hambre que Carpanta.

—Dios, Carpanta… —dijo Nilo, que se sentó en el sofá frente a ellas y me hizo un gesto para que me acomodase a su lado—. Me tragaba los comics de papá.

—Lo sé. No movías el culo del sofá en toda la tarde. No sé cómo has dejado de ser tan gandul —dijo su hermana.

—Cuando empezó a jugar al baloncesto — anoté yo sentándome a su lado. Nilo asintió. Notaba el calor de su cuerpo aun cuando había espacio entre nosotros—. Antes era muy vago, sí.

—Gracias por recordarme mis tiempos de holgazán —dije riéndome—. Sinceramente, los echo de menos. Ahora nos han jodido a todos con ese rollo de ser productivos.

—Es una forma de darle glamour a la sobreexplotación personal —comentó mi hermana, y luego se frotó las manos contra las perneras del pantalón mientras miraba a Nefer y Nilo de hito en hito—.

Bueno, ya nos pondremos al día más tarde, ¿podemos ir al grano?

Estoy muerta de nervios, quiero que acabemos con esto cuanto antes.

Los tres me miraron. Por un momento casi había creído que Nefertiti tampoco lo sabía. Un pensamiento estúpido, Nilo le contaba todo a su hermana. O al menos así era antes.

—Lo que diga Carmen —dijo Nilo, que ladeó la cabeza para mirarme—. Si no se siente preparada…

—Ojalá supiera para qué tengo que sentirme preparada. —Apreté las manos y las estiré. Una gota de sudor me resbaló por la espalda.

Como si Nilo la hubiera visto, aunque fuese improbable, dijo:

—Pondré el aire, con este terral no se puede vivir sin él, y prepararé algo para beber.

—Yo hago lo segundo. —Nefer se puso en pie—. Me he enreao a hablar con Mari y se me ha ido el santo al cielo. ¿Qué queréis? Agua, refrescos, cerveza…

Le pedí un refresco. Nilo, agua. Mi hermana dijo:

—Una cerveza bien fría.

—Es sin alcohol —anotó la muchacha.

—¿No tienes nada más fuerte?

—Igual queda algo en el mueble bar. —Nefer miró atrás—. El alcohol no caduca, ¿no?

—No —dijo mi hermana, que se levantó también.

Mientras yo sentía que mis nervios estaban a punto de hacer que un agujero se abriese y me tragase, ellas rebuscaron en el mueble bar.

Encontraron una botella de ron sin abrir, y se largaron con ella hacia la cocina.

Nilo, que acababa de poner el aire y de bajar un poco la persiana, para mitigar la temperatura, regresó a mi lado.

Con los codos apoyados en los muslos y las manos juntas a la altura de las rodillas, giró la cabeza para mirarme.

—Carmen.

Su voz acarició mi nombre. No fue un Carmen cualquiera.

No fue un modo cualquiera, ni provocó comunes sensaciones.

Algo se conjuró en el centro de mi vientre, cálido como mil rayos de sol.

Sentí que, si me privasen del resto de voces y palabras del mundo, nada me importaría si es que él seguía llamando así mi nombre.

Más aún si su mirada estaba en la mía. Caer en el marrón de sus iris era una caída libre para mí, aunque una caída arropada por algodones.

—¿Qué? —dije mientras exhalaba un suspiro, sin dejar de mirarlo.

—Pase lo que pase, estoy aquí. —Estiró la mano y cogió la mía. Me dejé, necesitaba ese ancla que era su cuerpo—. Créeme que habría querido decírtelo antes, pero cuando llegué…

—No quería acercarme a ti, lo sé. —Apreté su mano—. ¿Tan grave es?

—Es posible que quieras asesinar a alguien. Aunque tendrías que ponerte a la cola, porque casi lo hago yo el otro día.

—Mi hermana dice que tiene que ver con Cristian. ¿Qué es, Nilo? —Me mordí los labios, presa de la angustia—. ¿Qué más daño puede hacerme? Ya no está en mi vida.

—Sé que te ha hecho mucho daño. No sé si esto es peor o no, en proporción…

No, creo que no. —Sacudió la cabeza. Los mechones sueltos le bailaron en la frente.

Y luego lanzó una bomba de proporciones salomónicas—.

Carmen, ¿por qué no me dijiste que estabas embarazada?

Sabes que conmigo podrías haber hablado de eso, de cualquier cosa. Habría intentado ayudarte.

La saliva se me hizo hiel. Miré hacia abajo. En ese agujero imaginario que se había abierto a mis pies, vi a la Carmen de dieciocho años tirada en el suelo del baño, llorando a mares, rogándole a Dios que él diese señales de vida, esperando una respuesta al mensaje que le envié.

—Ya… Pero no de eso, de eso no quisiste hablar, ¿por qué?

—Ni siquiera lo supe.

—Te mandé un mensaje. —Volví la mirada hacia él, llena de reproches—. Espero que no me pongas por excusa que no te llegó.

—Ya… Con respecto a eso… —Se rascó el cogote con la mano libre.

No había soltado la mía, no parecía tener intención de hacerlo, tampoco yo—.

Es que del maldito disgusto que tenía tiré el móvil al mar.

¿Te acuerdas del espigón donde nos hicimos esa foto juntos?

El día en que nos bañó la ola de mar. Pues corrí hasta allí, le grité mi desesperación a las olas y lancé el móvil a las rocas.

Cayó en una de las pozas, y, cuando me di cuenta de mi gilipollez, quise recuperarlo, pero el mar se lo había llevado. O un pulpo, creo.

—¿Un pulpo? —Tenía que estar de broma.

—Sí, te lo juro. —Estiró los labios, en una sonrisa de circunstancias—. El caso es que mi autobús a Madrid salía en dos horas. Me largué, no quería perderlo. Y luego me fui a Dublín con Nefer. Tú me dijiste aquellas cosas y yo… fui un cobarde.

—«Pues que te vaya bien. No quiero saber nada más de ti.

Sácame de tu vida para siempre porque yo te sacaré de la mía.

Para mí has muerto, Nilo Rubio. Muerto» —suspiré amargamente, y me toqué la frente con la otra mano—.

Lo tengo grabado aquí. Te habría escrito algo más largo, peor incluso, pero antes los mensajes valían dinero y yo no tenía tanto saldo.

—Al menos tenías móvil.

Eso, a pesar de todo, me hizo reír.

—Ya. —Fruncí los labios—. Lo siento mucho.

La mirada se le volvió vidriosa, señal de que sentía la misma angustia que yo y de que esta quería manifestarse en forma de agua y sal.

—No, perdóname tú a mí, perdóname por haberme ido. Perdóname por ser un cobarde. Perdóname por dejarte sola en medio de todo. Por tirar el móvil al mar. Por no llamarte aunque me supiera tu teléfono de memoria. Joder, perdóname por todo, porque todo lo hice mal.

—No, todo no. Fuiste un buen amigo la mayor parte del tiempo.

Por eso fue de lo más extraño que me dejases así.

Que me abandonases. Me sentí tan sola… —El labio me tembló.

Yo también tenía ganas de llorar—. ¿Por qué te fuiste, Nilo?

—Ahondé en su mirada por si encontraba una respuesta antes de que la pronunciasen sus labios.

Sin embargo, solo vi tristeza—. No hubo curso alguno, ¿verdad? Sé sincero conmigo.