Amor de sol y sal Capítulo 26
70%

Capítulo 26

Nilo

Nefer tocó a la puerta del baño. Estaba en pantalón corto, secándome el pelo con la toalla, así que le di permiso para entrar. La miré con gesto interrogante.

—¿Qué pasa? ¿Ya no tienes ganas de salir?

—No, no es eso. —Estiró la mano hacia mí, con mi teléfono en ella.

Lo cogí, con un interrogante en la mirada, y lo dejé sobre el mueble del lavamanos.

—Es que Carmen y Mari han llamado —explicó entonces, y escuchar eso me hizo sonreír—. No pongas esa cara de bobo. —Chasqueó la lengua—. Y mete los contactos de una vez, que no se tarda nada.

—Lo sé, pero estábamos de desconexión.

Verdaderamente, había agradecido esos días lejos de todo.

Solo hablé con Carlos para contarle lo de Carmen.

Mil veces quise escribirle a ella, pero pensé que quizá la agobiaría si insistía.

Había dicho que me llamaría. Además, nuestro chat seguía desértico desde la última vez que le escribí.

Luego pensé en escribirle a Marieta, en decirle que, de una vez, había que hablar con ella, pero entonces mi móvil decidió darse un chapuzón el día en que mi hermana y yo nos montamos en uno de esos barcos que dan paseos por la bahía.

Había llamado dos veces al Alborán, pero nadie lo había cogido.

Y cuando llamé al Mediterráneo y le pedí a uno de mis camareros que fuera a buscar a Marieta, me dijo que no estaba.

Así que me armé de paciencia y esperé a regresar para zanjar el asunto.

—Lo haré luego —anoté—. ¿Qué te han dicho las hermanas?

—Que vienen hacia aquí, que prepares no sé qué papeles.

La toalla que sostenía en las manos se me cayó por la impresión.

—¿Ahora? —dije agachándome a recogerla.

—Sí, ahora.

—Joder —resoplé, y me miré al espejo, con las manos apoyadas en el lavamanos. Sentía que el peso del mundo estaba sobre mis hombros, esos que tenían gotas de agua rebeldes que habían caído de mi pelo. Pesaban como si estuvieran hechas de hierro.

—¿Qué papeles son esos que te has puesto tan nervioso? —Me frotó la espalda, como cuando éramos pequeños.

Me giré para mirarla y apoyé el trasero en el lavamanos. Ella se cruzó de brazos, entre preocupada y desconfiada.

—Los papeles, Nefer.

—¿Los papeles en los que estoy pensando?

—Sí.

—¿ Esos papeles? —Ladeó la cabeza. Los cabellos sueltos de la trenza medio deshecha que llevaba ese día le rozaron las clavículas y el pecho.

Nefer tenía un estilo muy personal, a lo Años 80. Le gustaba esa época. Su música. El arte. La moda. Era su refugio en un mundo cada vez más tecnológico en el que, una rata de biblioteca como ella, adicta a las cosas antiguas, sentía que no tenía cabida.

—Esos que van a destrozar a Carmen —dije.

—Ya… Dios, qué mal. Aún no los he leído.

—Pues ahora te los enseño y juzgas por ti misma —suspiré agobiado.

—Vale… —Se sentó en el váter, y puso una pierna en el filo de la bañera. Mientras se rascaba la rodilla, dijo—: ¿Has dejado ya a Carmen por imposible? ¿O vas a poner cara de corderito cuando la veas?

—Es la cara que tengo cuando la miro, qué quieres que te diga. Y no, no pienso dejarla por imposible.

—Pues deberías —dijo mohína.

Me miró brevemente, suspiró y regresó la atención a la rodilla.

—¿Por qué, gordi? —Me acuclillé ante ella y le cogí la mano para que dejase de rascarse—. ¿Por qué siempre insistes en que deje atrás el tema de Carmen?

Posó la mirada en mí, sin decir nada. El marrón de sus ojos era más claro que el mío, más acaramelado. Me recordaba a la capa de azúcar tostado que mi abuela le echaba al flan. Se mordió los labios, callando lo que rumiaba su cabeza. Los ojos se le volvieron vidriosos.

—Porque no se me olvida lo mucho que lloraste por ella en este mismo baño. Con el cable del teléfono atravesando el pasillo, encerrado aquí mientras me llamabas para desahogarte. Fueron horas y horas, facturas interminables que te costaron un disgusto con papá y mamá.

Asentí, con los ojos llorosos también, recordando esos momentos. Se fueron para ya no volver, pero, si los llamabas con la memoria, parecían más vivos que nunca.

—Cuando ella te dijo que se casaba, huiste de Málaga y apareciste en Dublín con una mochila y los ojos rojos de tanto llorar.

Solo llorabas, Nilo. Nada más. Me pedías que me quedase contigo, y ya.

Que te pusiera algo de los Cure de fondo.

Y yo metía un cd y repetíamos In Between Days hasta aburrirnos.

—Me preguntabas cómo estaba… y yo te decía: Triste pero contento.

— Happy-sad. Eso es—Sonrió mientras asentía. Los pendientes, largos, le bailaron pegados al cuello—. La aprecio mucho, de verdad, deseo que sea muy feliz, pero, sobre todo, deseo que lo seas tú.

Me puse de rodillas, para acercarme más, y acaricié su mejilla mientras tomaba aire.

—Mi felicidad está con ella, Nefer, Carmen es el amor de mi vida. Puede que vuelva a romperme el corazón, pero no me importa. Prefiero un corazón hecho pedazos por ella que un corazón que no la haya sentido ni por un momento.

—Joé… —Se secó las lágrimas con el borde de los dedos, entre risas—. Eso ha sido bonito. Triste pero bonito.

— Beautifull-sad? —dije con una sonrisa.

— Beautifull-sad. —Rio más, y luego estiró los brazos para abrazarme.

A veces, los abrazos más especiales se dan en los lugares menos esperados. Con mi hermana sentada en el W.C. y yo en el suelo, de rodillas.

—Yo también prefiero tener el corazón roto por el irlandés que no haber vivido lo que he vivido con él —dijo sin dejar de abrazarme.

—Aún le quieres, ¿verdad?

—Mucho, pero me quiero más a mí. Y quiero vivir la vida de otra manera, una que él no quiere.

La separé de mí, despacio, para mirarla a los ojos:

—¿Y qué vida es esa? —le pregunté.

—Aún no lo sé. Solo sé que no tiene nada que ver con la que tenemos, y sé que él no está dispuesto a cambiar.

—Todo irá bien, ¿ok? —Tiré del papel higiénico y le sequé las lágrimas mientras ella asentía, sorbiéndoselas—. Pase lo que pase, todo irá de lujo.

—De mucho lujo. Lujo marbellí.

Me reí con ella.

—Será mejor que nos movamos, estarán al caer.

Esa parte de la historia sobrevoló mi cabeza y mis hombros y volvió a posarse en ellos.

—¿Vienen ya para acá? ¿Ya de ya?

—Ya de ya —asintió—, así que termina de vestirte, pero dime antes dónde están esos papeles, que quiero verlos. La intriga me corroe.

—En el cajón del mueble del salón, donde papá guardaba las láminas que traía de los viajes a Egipto.

Salió de allí echando leches. Mientras terminaba de vestirme, la oí gritar:

—Pero qué grandísimo hijo de su madre, ¿cómo se puede ser tan cabrón? Feck! ¿Y cómo se les ocurrió hacer eso y no decirle nada a Carmen? Virgen Santa, Nilo.

Sabía de sobra que iba a reaccionar así.

—Yo qué sé.

Al cabo de unos segundos, dijo a voces:

—Esto es una copia, Nilo, el original tiene que estar en casa de las Alborán, ¿cómo no van a saberlo?

—Ni idea —contesté—. Quizá se les traspapeló cuando hicieron la limpieza de la casa, para la venta.

El timbre de la puerta se mezcló con mis palabras. Tragué saliva, cogí aire y me repetía a mí mismo eso que le había dicho a mi hermana:

—Todo irá de lujo.

Mientras bajaba las escaleras, escuché a mi hermana saludar a Marieta y a Carmen.

En mi cabeza, y en mi alma, le pedí perdón en silencio a esta última porque, irremediablemente, iba a hacerle daño.

Aunque yo no fuera el responsable de aquello, sí era el mensajero.

No sabía qué pasaría a partir de entonces, pero estaría a su lado para cogerle la mano, si es que ella quería.