Amor de sol y sal Capítulo 25 #3
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Capítulo 25 #3

—¿Por qué «y menos con él»? Tampoco tienes más dónde elegir. A Cristian lo odias.

—Eso es verdad. Pero es que Nilo pa ti es como…

pues no sé, como el sol pa la tierra. ¡Si es que te tenías que haber casado con él!

Pero él fue gilipollas perdío y tú también.

Y… —Frenó, a tiempo de tragarse a otro coche que se le cruzó por dónde no debía.

Tras un pitido y el correspondiente insulto, decidió tomar la salida de Reading—.

Al final nos la vamos a pegar, tiro por aquí, que con suerte está en su casa o en el Mediterráneo. ¡Pero llámalo ya, coño!

—Está bien —suspiré.

Aguardé la contestación a la llamada, con el manos libres puesto. En cuanto respondió, retuve el aire. Al otro lado, una voz femenina, muy alegre, dijo:

—Hello?

Marieta y yo nos miramos. Su mirada fue breve, tenía que atender a la circulación, la mía se quedó en ella, extrañada.

— Hellooo? —dijo esa voz—. Who is this?

No supe qué decir. Solo miré la pantalla a ver si era el número de Nilo. Y sí, lo era.

—Que se ha liao con una guiri el cabrón.

No, si se quedan con la ciudad, con los pisos, los trabajos y hasta con los malagueños.

Esto ya es una invasión en toda regla —rezongó en voz baja mi hermana, que aferró el volante como si fuera el cuello de esa extranjera imaginaria—.

Ni ningún who is this ni ningún hello , aquí hablas en español, ¿eh? Que estamos en España, ya está bien.

—Tía… —regañé. Ella estaba más que acostumbrada a tratar al turista, y siempre lo trataba bien, pero algo le dio por dentro cuando la escuchó.

Sentí una amarga punzada en el pecho al saber que Nilo andaba con alguien. La misma que se me había quedado cogida al verlo irse en un taxi con Claudia.

—¡No jodas! ¿María del Rosario? —dijo la voz, en la más clara lengua de Cervantes.

—Ostras, ¿tú quién eres que sabes mi nombre?

—Mi hermana frenó en un semáforo, inclinó el cuerpo hacia el móvil y dijo—: Mira, si eres una guiri con la que el Nilo se ha liao, dile que coja el teléfono, que tenemos que hablar con él.

Carmen y Marieta, dile. Si es que se acuerda de nosotras el mu golfo.

—No soy ninguna guiri —dijo muerta de risa—. Soy yo, Nefer.

Mari se llevó una mano a los labios.

—¿La hermana? —dijimos ambas a la par.

—La hermana —contestó ella.

Eso me hizo sonreír de oreja a oreja, alejó de golpe esa punzada incómoda y me instaló una sensación de alivio y, a la par, una de extrañeza. ¿Por qué me importaba tanto su vida sentimental? Yo sabía por qué, pero no quería escucharme a mí misma. El dolor me cerraba los oídos.

—Perdón, es la costumbre, lo de responder en inglés. Y a mi hermano se le cayó el móvil el otro día al agua, en Nerja, y acaba de comprar este. No ha pasado todavía los contactos, así que no sale ningún nombre.

—Lo de este niño con los móviles y el mar es una cosa… —dijo mi hermana.

Miré a Marieta, desubicada, ella negó con la cabeza.

—Pues sí —anotó Nefer—. ¿Cómo estáis? Qué alegría oíros.

—Estupendamente estamos —contestó Mari, que arrancó y siguió la marcha—. ¿Es que Nilo se ha ido a Dublín?

—No, he venido yo, de sorpresa. Le he tenido de ruta estos días, necesitaba desconectar, pero ya íbamos a pasarnos por el chiringuito a saludar. Se está duchando, de hecho. Os vemos en el Alborán, si queréis.

—No, no… Quedaos ahí, por favor, vamos para allá. Dile a tu hermano que prepare los papeles.

—¿Qué papeles, Marieta? —dije asustada.

—Los papeles —contestó con un aire de protagonista de novela de Agatha Christie.

— Ok, bye! —dijo Nefer, que colgó.

Me quedé mirando el móvil, desnortada. Mi hermana encendió la radio del coche y soltó un grito al escuchar que estaban poniendo Vivir , una canción de Pablo Alborán.

—Ay, mi Pablo —suspiró, y se lanzó a tararear. También hacía eso de poner la mente en la música cuando las cosas se volvían complicadas.

Bajé la radio. Ella me miró de reojo igual que si la hubiera amenazado de muerte.

—Mari, ¿qué está pasando? ¿Qué son esos papeles?

Resopló cual caballo, hasta las mejillas se le movieron.

—Una movida…, la verdad. Espera a que lleguemos.

Me dejé caer en el asiento, vencida, y bajé la ventana para inspirar el aire del mar que quedaba ya a nuestra derecha.

Pasaron ante mis ojos Los Baños del Carmen, un lugar que acumulaba para mí una ristra de bellos recuerdos.

Pero también uno amargo. Fue uno de los últimos sitios en los que estuve con Nilo antes de que se marchase.

Volvíamos de fiesta y nos comimos unos bocadillos, comprados en la gasolinera sentados, en la playa mientras veíamos el amanecer.

—¿Tiene que ver con nosotros? —le dije a mi hermana—. Con Nilo y conmigo.

—No, tiene que ver contigo y con Cristian. Y, por fa, Carmen, no me hagas preguntas hasta que no lleguemos, porque no te las quiero contestar sola. Necesito el apoyo de Nilo. Y tú también lo vas a necesitar. —Estiró la mano un momento y me palmeó el muslo—. T’estimo molt , lo sabes, ¿no?

—Sí, lo sé…

El mundo se me vino abajo, con todo su peso, y caí con él. Subí la radio. Solo Pablo podía salvarme de esa.