Capítulo 25 #2
Me hundí en sus brazos, uno de los pocos hogares que me quedaban ya. Porque los hogares, a menudo, no son solo los que se levantan con ladrillos y cemento, están hechos de carne y hueso. Son las personas que nos quieren y nos cuidan.
—Lo sé.
—Así llamaste a tu primera muñeca —me recordó—. Marina Sol, por el pelo.
—Es verdad. —Reí, al borde de las lágrimas—. Quizá habría tenido el pelo tan rubio como ella, por más que yo sea morena. La abuela era rubia, ¿no?
—Sí. La abuela tenía un pelazo.
Rompió a llorar, al igual que yo. Por suerte, aún no había llegado nadie, y tuvimos la intimidad suficiente como para vivir ese momento a solas.
Lloramos como hacía tiempo que no, por los que se habían ido sin llegar y por los que llegaron para irse; a moco tendido hasta secarnos las lágrimas la una a la otra con las manos y la ropa. Luego mi hermana me dijo:
—Creo que algún día tendrás una niña y la llamarás Marina, ya lo verás. Algo me lo dice en el corazón.
—Tengo casi cuarenta años, Marieta. No lo veo yo factible. Entre que conozco a alguien y que no… Y lo de ser madre soltera no me veo yo en esas, a ti te cuesta la vida llevarlo todo para adelante estando sola. Es imposible, asume que no serás tía, y ya está.
—No, no lo es. —Me besó en las manos—. No lo es, collons . Y no asumo nada, porque tú quieres ser mamá y algún día lo serás. Ya le pongo treinta velas a la Virgen del Carmen y otras treinta a La Moreneta.
Rompí a reír. Ella también. Nos abrazamos de nuevo hasta vaciar el dolor.
Aquella tarde me compré tres pares de sandalias nuevas.
Para empezar. Ropa, zapatos, decoración, geles de baño de los que cuestan un riñón en esa tienda donde todo huele tan bien y todo se puede probar.
El verano para ir de compras es un arma de doble filo.
En las tiendas tienen el aire y se está mucho mejor que en la calle.
—El consumismo fácil nos ha poseído, Mari —le dije mientras cargábamos las bolsas en el coche, metido en uno de los párquines del centro—. Y ya sabemos las dos de sobra que comprar cosas no arregla nada.
—Ya, pero hace que los pensamientos se callen un ratito.
En lo primero tenía razón. Las cosas nuevas te instalan la sensación de que, si eso ha entrado en tu vida, cualquier otra cosa bonita y nueva puede hacerlo también.
Aunque también pase a veces que, las cosas nuevas hagan daño.
Como esas sandalias que te aprietan un poco y te encabezonas en ponértelas.
—Y la verdad, tengo una jaula de grillos en la cabeza últimamente… —agregó.
—Por algo que no me quieres contar.
—Son chuminás de verano. Ni caso. Estoy contenta con todas las cosas nuevas que he comprado. Mi Marc va a flipar con el pijama de dinosaurios. —Mi hermana cerró el maletero y se fue hacia el asiento del conductor.
Me quedé parada, a medio camino de mi asiento, pues un pensamiento, hilado con el anterior sobre las cosas nuevas, me golpeó de frente, sin piedad.
—Eso es lo que me ha pasado con Cristian, Marieta.
Ella, que estaba a punto de meterse en el coche, sacó la cabeza y me miró por encima del reluciente techo blanco. Su casa no era lo único que sometía al dominio del trapo.
—Pa qué mencionas al carapapa ese, estábamos teniendo muy buena tarde.
—Pues porque mi relación con él fue una alegoría sobre los zapatos nuevos y las rozaduras. Me ha hecho daño muchas veces, también al principio, pero me obcequé en estar con él, aunque no fuera mi talla. Aunque no estuviera… a mi altura.
—Esa es la cuestión. —Me señaló, llaves en mano—.
A tu altura. Jamás estuvo a tu altura, ni en personalidad ni en nada, y por eso se encargó de hacerte pequeñita hasta que cupieses en la palma de su mano.
Pero eso ya se acabó. Se acabó, se acabó.
Lo tuyo con él se acabó, y la mierda que te echó encima, también.
Ya no está en tu vida, Carmen, y me siento muy orgullosa de ti por no haber cedido a su petición del otro día.
¿Para qué carajo querrá el dinero? ¿No te ha sacado ya bastante? —Bufó cual toro de lidia—. Venga, sube.
Asentí, impactada por ese discurso tan poderoso y por la forma tan rápida en la que lo había soltado. Me monté en el coche, y, mientras ella metía la llave en el contacto, le eché los brazos encima para abrazarla.
—Gracias por estar siempre ahí, mi mariquilla terremoto.
Me palmeó los brazos.
—No seas boba, anda… —Se echó a reír—. Claro que estaré siempre aquí, contra viento y marea. —Volvió a su rostro esa expresión extraña de aquellos días, casi culpable—. Carmen, ¿tienes planes?
—Sí, darme ese baño de espuma.
—Pues te lo das otro día. Nos vamos a ver a Nilo.
—¿A Nilo? —dije pasmada—. ¿Pa qué?
—Hay una cosa que tenemos que zanjar.
—Mari…
—Llámalo a ver si ha vuelto. Que te diga dónde está, que vamos pa allá. —Arrancó, mientras yo la miraba pasmada.
La luz fue cambiando conforme dejábamos el parquin. Las hileras de coches iban quedando atrás; yo seguía mirándola sin entender. Ella bajó la ventanilla y soltó un chillido de susto.
—Ostras, qué terralazo. —Subió la ventanilla, puso el aire y dejó salir una exhalación de alivio—. ¿Qué haces que no lo estás llamando ya?
Me miró de reojo. Levanté las cejas.
—Es que no entiendo por qué tengo que llamar ahora a Nilo.
—Ni yo por qué te cuesta tanto hacerlo ni por qué haces tantas preguntas, qué eres ahora ¿del FBI?
—Por Dios, cómo estás… Llámalo tú si tanto quieres hablar con él.
—Tengo el móvil casi sin batería —indicó mientras se ponía las gafas de sol con una mano y guiaba el coche con la otra—. Me la he fundido comparando las ofertas de las tiendas con la web. Hay que ahorrar hasta el último céntimo, que está la vida mu mala.
Me rasqué la frente. El sol de plena tarde me dio en la cara, así que me puse las gafas también.
Mis gafas rojas favoritas, esas que Nilo había tenido en sus manos días atrás.
Luego me abrasó las piernas, pero cuando enfilamos el camino hacia el este, quedó atrás, aliviándome de su castigo.
Saqué el móvil y miré la pantalla. Me había puesto una foto de un atardecer en la bahía, con las grúas del puerto al fondo, los montes más allá y Málaga perfilándose a la derecha.
El sol se tendía sobre la ciudad como una manta naranja.
Se comía el brillo del mar y teñía las aguas de oscura plata.
Era una estampa que jamás me cansaría de mirar.
Y, mientras estuviera ahí, me separaba de hacer esa llamada, así que la miré y la miré, titubeando.
—Niña, ¿lo llamas de una vez? No sé pa dónde tirar.
Levanté la mirada, Marieta daba vueltas en la rotonda de la Fuente de las Tres Gracias.
—¿Por qué quieres que veamos a Nilo ahora?
—Porque tengo que zanjar una cosa con él, ya te lo he dicho. Tenemos.
Otra vuelta más. El Hospital Noble, la Alcazaba, la Alameda y los altos edificios de la Malagueta pasaron de nuevo ante mis ojos.
—¿El qué? —Me giré hacia ella—. Nena, por Dios, no me digas que él y tú…
, que yo me muero. —Regresaron esos absurdos pensamientos sobre ellos—.
¡Te juro que me da un yuyu que me quedo pajarita aquí y luego te me aparezco el resto de la eternidad por tamaña traición!
Como la niña de la curva, igual, pero en el asiento del copiloto.
—Tú eres tonta, ¿eh? —Alejó una mano del volante para darme una palmada en el brazo—. Será que has visto mucha telenovela turca, hija, y mucho drama de ese coreano, que te montas unas películas que ni el Spielberg. ¡En la vida iba yo a hacerte una cosa así!, y menos con Nilo.