Capítulo 25
Carmen
Siempre me ha hecho gracia la expresión: «estar mosca».
He intentado buscarle el sentido sin hacer trampa de mirar en internet, eso de tener las respuestas a mano nos está volviendo imbéciles, y he llegado la conclusión de que se dice porque las moscas dan vueltas todo el día.
Cuando uno está mosca, le da vueltas a la misma cosa mil veces.
También podría ser porque las moscas son muy molestas.
Nada hay más incordioso que estar con la cabeza puesta en algo sobre lo que no tienes respuestas.
El caso que… estaba mosca, porque Marieta contestaba a mis mensajes con una lentitud poco natural en ella.
A decir verdad, llevaba días un poco rara.
Apenas me daba conversación. Si le decía de ir a pasar un rato juntas, más allá del trabajo, decía que estaba muy liada.
—¿Liada con qué? —le dije un día mientras preparábamos la apertura—. Si mi sobrino está en el campamento.
—Pues conmigo misma. —Pasó diez veces el trapo por la misma zona de la barra. Brillaba más que esos rascacielos de cristal—. Estoy… de retiro espiritual.
—Ahora me entero de que te van esas cosas. —Tiré de un taburete para sentarme.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí. Cosas que no… sabes, en general. —Carraspeó y llevó la mirada al paño—. Una cree conocer a las personas, y siempre acaban sorprendiéndola. Como papá y mamá. ¿Cuántas cosas no sabremos de ellos?
—Uy, tú estás rarísima, ¿eh? Roza lo preocupante ya. ¿Ha pasado algo?
—No. —Se encogió de hombros y siguió limpiando.
Cuando Marieta estaba nerviosa, limpiaba y limpiaba. En su casa podías comer en el suelo.
—¿Es porque echas de menos a tu niño?
—A ver, lo echo de menos, pero este respiro me está dando la vida.
A veces me siento tan culpable, Carmen. —Soltó el trapo sobre la barra, a la par que un suspiro—.
Esto de ser madre es una cosa muy loca. Hay días que me da por llorar, porque no tengo a mi niño pa darle las buenas noches, ni para prepararle su desayuno o acurrucarnos en el sofá a ver pelis de superhéroes.
Abrazo su pijamita y todo, como una tonta.
Que no se ha muerto, Marieta, me digo, que no se ha ido como su padre, que volverá, pero…
no sé. —Inspiró y espiró con ganas—. Luego hay otros en los que me siento liberada, porque tengo tiempo para mí misma.
Y me digo: qué mierda de madre soy, sintiendo alivio porque mi hijo no esté conmigo.
—Pues no tienes que sentirte culpable. —Estiré la mano para coger la de ella.
Mi hermana me dedicó una amarga sonrisa—.
Yo creo que eso le pasa a todas las madres, los hijos consumen mucha energía y tiempo, y a veces necesitáis eso para vosotras.
Es normal, seguís siendo humanas. La Marieta de antes de Marc sigue existiendo, no se ha transformado en un único ser con el nombre de «mamá».
Sé que lo quieres mucho, más que a tu vida. Una cosa no quita la otra.
—Pues sí, más que a la meva vida. —Tras volver a suspirar, puso una mirada traviesa—. Ayer me puse una mascarilla y me di un baño de espuma con música de fondo. Hasta me tomé una copa de vino en la bañera. Ni la Pretty woman , vaya. ¿Sabes la de años que no hacía eso?
—Yo nunca me lo he dado, la verdad.
—Pues te lo recomiendo. Además… —me miró los brazos—, así te quitas del todo la pintura, no te has rascado lo suficiente.
Entre los vellos, quedaban motitas del azul nuevo de la pared. Había canalizado el mosqueo dándole al rodillo, y qué maravilla.
—Pues me ha faltado darme con nanas, la verdad.
—Es raro, las pinturas modernas se quitan muy fácil. Será tu piel. Hazle caso a tu hermana pequeña, y esta tarde te das un baño.
—Tengo planes de ir a comprarme unas sandalias nuevas. Metí los pies sin querer en el mar —persiguiendo a Nilo, pero no se lo dije—, se estropearon y las que me compré me hacen daño.
—Yo no necesito excusa para comprarme unos zapatos nuevos —dijo, riéndose, y fue a servirse un vaso de agua—, pero me vale la tuya. ¿A dónde vas a ir?
—Pues al centro. Me gusta comprar en las pocas zapaterías que quedan por allí. Ya sabes que los centros comerciales me agobian. El otro día fui a comprar cosas nuevas para casa y acabé harta de todo.
—Sí, y para «deshartarte» te fuiste con Nilo Rubio de paseo, ¿no?
Y también comiste con él, los dos en la terracita, a solas, poco después de que yo me largase.
Eso me han dicho —puso cara pilla—. Ya sabes que entre cielo y tierra no hay na oculto.
Todo…, todo sale a la luz. —Otra vez se le vino el gesto abajo.
Bebió y suspiró largamente—. Qué vida esta.
¿Qué narices le pasaba a mi hermana?
—Sí, salí con él y comí con él. No tenemos na, así que no te montes películas.
Solo intento acostumbrarme a su presencia.
Pero Nilo ahora mismo me da igual, me preocupas tú, chiquilla, ¿a qué vienen esas frases tan místicas?
Que si no conocemos a las personas, que si todo sale a la luz… —Agité los brazos.
—Na, tengo el día tonto, no me eches cuenta. ¿Has hablado con él últimamente?
—Me escribió el otro día, de madrugada, diciéndome que quería hablar conmigo en cuanto fuera posible.
Mi hermana se puso más tensa si cabe.
—¿De qué?
—Pues no sé, porque le dije que lo llamaría cuando tuviese un hueco. Insistió en que era importante.
—Y lo ignoraste, porque te gusta vivir al límite, ¿no? —dijo casi disgustada—. Ella, la que hace siempre planes, sí. Planes de ignorar a la gente.
—No, no lo ignoré, lista —respondí con calma—. Le pregunté si era algo del negocio. Me dijo que no, y como pensé que era sobre nosotros, me cagué y ya no le pregunté más. Solo le dije: «Ok, hablaremos cuando pueda». Me contó que se iba unos días fuera, pero que lo llamase cuando me diera la gana.
—Y no lo has llamao.
—Obviamente.
—No puedo contigo. ¿Y no tienes curiosidad por saber qué es?
—Cuando alguien te dice: «Quiero hablar contigo» es que se avecina tormenta. Y no tengo ganas de tormentas ahora mismo.
Me miro mojándose los labios con la lengua, en un gesto nervioso.
—Tormenta la que te voy a dar yo a ti. Huracán Marieta me voy a llamar. Si Nilo te dice que es algo importante, es porque es importante.
Entrecerré los ojos.
—Me tenéis hasta el moño los dos.
Ella me miró, literalmente, el moño.
—¿Qué te has echado en el pelo?, te brilla mucho.
—Será la jartaera que llevo encima, que me da color. ¿Puedes no cambiar de tema? ¿Qué te pasa?
—Na, ya te lo he dicho. —Se aclaró la garganta—. Venga, que sí, que voy contigo a comprar. Así me compro un bikini nuevo y le compro a mi niño algo para regalárselo cuando venga.
Esa idea le alegró de nuevo el ánimo.
—Lo llamamos juntas, por favor, echo de menos escuchar su voz.
—Ya verás la de cosas que te va a contar. Está hecho un prenda de mucho cuidao. Es igualito que su padre.
Mencionar a Marc padre siempre le pintaba una sonrisa incomparable.
Me preguntaba, a menudo, si mi hermana encontraría a alguien alguna vez que la hiciese sonreír así.
Nadie reemplazaría a Marc, desde luego, él era único, pero un compañero que la hiciese reír como él le quitaría mucha carga al alma de mi hermana.
Aunque, claro, cuando se tienen hijos una no puede meter a cualquiera en su vida, eso solía decir ella, porque ya no solo se trata de la manera en la que esa persona cuide de ti, también en cómo lo haga de tu hijo.
Y él es lo más importante, después de todo.
Si mi hermana tenía pareja alguna vez, pasaría más controles que para entrar en el Pentágono, como es normal.
—¿Tú crees que algún día, tú…?
—No —respondió, aunque no terminé la frase—. En mi casa no entran más hombres. A no ser que mi Marc, cuando se haga mayor, me venga con que le gustan los tíos y se case con uno. Entonces ese entrará, porque será mi yerno, pero ya está.
—Está bien. —Le dediqué una sonrisa calmada—. Te entiendo. Aunque yo…
Miré hacia el Mediterráneo. Nilo no estaba.
Sus camareros se encargaban de dejarlo todo listo, y empezaba a llegarme el olor de la cocina.
Su cocinera era de las mejores de la bahía, igual que la nuestra.
Cada una tenía sus especialidades. Aunque nuestro gazpachuelo era más bueno, su ensaladilla era mucho mejor.
Eran primas, y en los pequeños descansos, que son pocos en esta profesión, se juntaban en Suiza para charlar mientras una de ellas se fumaba un cigarro.
Me recordaron a mi madre y a la de Nilo, en aquellos tiempos en los que la vida me parecía mucho más fácil, más hermosa, más llena de aventuras.
A decir verdad, en esos tiempos, Suiza aún no era Suiza.
No existía ese territorio neutral, porque sus padres aún no habían comprado el Mediterráneo a los míos.
Tenían un hotelito en primera línea, que se hizo más grande con el tiempo, y entonces compraron otro en la Avenida de Reading.
Y así fue creciendo el imperio de los Rubio, lo que les permitió comprar la mitad del nuestro.
Eso pasó en el verano de mi boda. Antes de que se armase la catástrofe.
Antes de que regresase de mi luna de miel en Punta Cana.
Un lugar hermoso, pero que fue testigo de los inicios de un matrimonio destinado al fracaso.
Antes de que perdiese a mi hija. Antes de que mi mundo cambiase y yo dejase de ser quien era.
—Iba a llamarla Marina —dije en voz alta, sin querer.
—¿Qué? —dijo mi hermana, extrañada.
—A mi hija con Cristian. Si hubiera sido una niña, ese era el nombre que quería ponerle.
Puse la mirada en mi hermana. Sus ojos estaban vidriosos.
Jamás le había contado aquello, porque era demasiado doloroso decirlo en voz alta.
Lo que tiene nombre cobra mayor poder aún, si es que la hija que una tiene en sus entrañas durante unos meses, esa en la que ha puesto las esperanzas de verle algún día la carita, puede tener más poder del que ya tiene.
—Es un nombre precioso, Carmen. —Mi hermana dejó la barra, al momento, y vino a abrazarme.