Capítulo 24 #4
—Qué guapo eres, me cago en la mar.
—Dos horas en Málaga y ya se te sube el acento.
—Qué le voy a hacer… —suspiró—, este es mi hogar. Tú eres mi hogar, Nilo. Quizá me quede aquí para siempre. Te haré compañía. Seremos dos hermanos solterones que consentirán a los gatos que adopten, porque sobrinos no hay ni se les espera.
Me reí.
—En dos días te habrás hartado del calor y estarás deseando largarte a Dublín.
—Eso es verdad. —Soltó una carcajada—. Pero ¿mientras tanto? ¿Me llevas estos días por ahí a despejarme? Y no quiero oír hablar del irlandés. Ni una palabra.
Me sellé los labios con una cremallera imaginaria.
—Ni una.
Nefer volvió a abrazarme, y yo la estreché contra mí con todas mis ganas. En el silencio de aquel abrazo, su estómago rugió.
—Ah, Nilo, ¡qué hambre otra vez! ¿Tienes helado?
Cuando asentí, soltó una risa traviesa y se alejó dando saltos.
Verla allí, con esa alegría y ese aire infantil, con su pijama veraniego de gatos y unas chanclas de verano con forma de tiburón, en aquel pasillo en el que tanto habíamos corrido de niños, me llenó el corazón de felicidad.
De repente, me sentí capaz de todo. Hay personas que son un verdadero chute de energía.
***
Cuando Nefer se fue a la cama, después de que comiésemos helado hasta decir basta y de que urdiésemos los planes de viaje para los días siguientes, miré con los ojos entrecerrados, como si fuera mi enemigo, el mueble en el que había encontrado esos malditos papeles.
Mi encuentro con Cristian había avivado la necesidad de hablarle a Carmen de todo lo que había sabido: de lo de esa noche, de lo que había en los documentos.
Pero Marieta aún no me había escrito para decirme nada.
Al final, me la saltaría y haría lo que me diera la gana.
Frustrado, me agaché para abrir el cajón y saqué la carpeta.
Junto a esta, había otra montaña de papeles, aún sin ordenar.
No podía dormir. Entre lo sucedido en la terraza, la llegada de mi hermana y el exceso de azúcar cerrar los ojos era un imposible.
Me preparé un vaso de agua con hielo, puse un poco de música, bajita, los papeles en la mesa y me preparé para ordenarlos.
Viejas facturas, algunas con más de treinta años, folletos publicitarios, invitaciones de boda, tarjetas de comunión.
Un par de carpetas más grandes con papeles de compraventa.
Aquello era un caos de recuerdos y tinta, pero ponerlo en orden y tirar lo inservible me ayudó a despejar la mente.
Iba a guardar una carpeta con aquellos que quería conservar cuando me di cuenta de que, pegada al fondo del cajón, había otra carpeta fina, muy parecida a la que contenía el asunto de la compra del Mediterráneo.
De cuclillas delante del cajón, tiré de ella, ceñudo, y la abrí.
Era una colección de viejos tickets, billetes de tren y barco, de uno de los viajes que nuestros padres y los de Carmen y Marieta hicieron juntos cuando todos éramos niños.
Entre ellos, había varias servilletas de bar, gastadas y viejas, en las que, a bolígrafo azul, entre dibujos de flores, vacas, gatos y cangrejos había algo escrito.
«Eres tonta, te has comido todo el helado».
Reconocí mi letra de niño. Más abajo, la Carmen niña había respondido:
«Tonto tú. Dijiste que todas tus cosas eran mías».
Le contesté:
«Todas menos el helado. Eso no».
«Mentira. El helado también».
«Vale, el helado también, pero me das».
Carmen pintó una cara sacándome la lengua.
Reí, nostálgico, recordando ese día en el que, ajenos a las charlas de nuestros padres en la sobremesa, nos turnábamos la servilleta para escribirnos mensajes en ella. Aún perduraba mi risa cuando leí más abajo:
«¿Siempre vas a ser mi amigo? Si me dices que no, cara de culo, te saldrán verrugas feas y nadie te querrá».
«Siempre, aunque me robes el helado, pánfila. Y a ti te saldrá una nariz de bruja y tampoco te querrá nadie».
«TONTO».
Sí, ya en ese entonces ella sabía lo tonto que era. Sabía ya, también, que aunque me enfurruñase por lo del helado, le habría dado el cielo de pedírmelo. Pero luego pesó más lo tonto que fui.
Le escribí, aunque fuera tarde, para decirle que teníamos que hablar. No podía pasar más tiempo callándolo todo. Menos aún después de lo que había sabido.
Simplemente, no podía.
También le escribí a Marieta para contarle lo que había sabido de Cristian gracias a Claudia. A la mañana siguiente recibí un mensaje de ella, en letras mayúsculas, que decía:
ME CAGO EN SU CASTA.
Unos minutos después, escribió:
Tenemos que hablar con ella cuanto antes. Te llamaré. Estate preparado.
¿Hay alguna manera de prepararse para romperle el corazón a alguien a quien se quiere?
, me pregunté. Ya le había roto el corazón una vez, desde luego, pero eso no hacía de esto un asunto menos doloroso.
¿Cómo íbamos a decírselo a Carmen? ¿Cómo soltar tremenda bomba y esperar que su corazón y su mundo no se partieran en dos?
Sea como fuere, tenía que saberlo, y pronto.