Capítulo 24 #3
Nadie dijo que la violencia no tuviera un precio, ni que ser hombre de las cavernas fuera la solución.
Pero ese se acordaría el resto de su vida de mí.
Y yo de él, porque me caería una denuncia por agresión…
de tres pares de narices. A pesar de todo, dormiría como un bendito.
No tendría ni el más mínimo cargo de conciencia.
O sí.
Carmen… Ella no habría querido eso. Di un paso atrás, otro adelante; me balanceé sobre los pies, con las manos en los bolsillos y los puños bien apretados; me moví arriba y abajo cual león enjaulado.
Si alguien me estaba mirando, tendría que estar pensando que estaba como una cuba.
Me debatía entre la idea de arrojarme a la violencia para hacerle pagar sus mierdas o largarme de allí, cuando noté la vibración del móvil en el bolsillo. Nefer me llamaba.
—¿Dónde estás, capullo? —dijo tras un bostezo, en cuanto descolgué.
Me hice a un lado y me tapé con un dedo el oído contrario, apenas oía nada. Entre la música, y que una chica se había puesto a gritar al ver a unas amigas, aquello era un gallinero. Cuanto más mayor te haces, menos aguantas los decibelios altos.
—A punto de pegarle un puñetazo al mierda de Cristian.
—¿Al ex de Carmen? What the fuck? Tira de ahí, ¡ya! Let him be.
—No. Voy a matarlo, Nefer, me da igual todo. —Mi sudor se volvió hielo. Mi pulso era frenético—. Tú no sabes lo que ha hecho.
—Cuando se te pase la ira, no te dará igual, y te darás cuenta de que has hecho el gilipollas y de que, encima, tienes las de perder.
Te denunciará. Carmen no te hablará más si haces algo así, por más que él le haya hecho a ella, sea lo que sea, yo no querría que hicieras algo así.
Nilo, please . No seas un hombre de las cavernas.
—Pues lo soy, ya está —dije preso de un tic en la pierna derecha.
Ellos seguían a lo suyo, con sus risas y sus bailes—.
Le diré a Carmen que lo siento. Que se enfade, que deje de hablarme, me lo merezco.
Pero tengo que hacerlo: por ella y por mí, por toda la mierda que nos ha hecho. Por los insultos, por… todo.
—Dios Santo. ¿Vas borracho o qué? ¡Que solo tienes un riñón!
—No, tranquila, no bebo alcohol.
—Encima no hay atenuantes. Good. La denuncia que te caerá...
—Me da igual. Le pago lo que haga falta, pero el gusto por haberle dado un puñetazo no me lo quita nadie.
—Ah, ventajas de niño rico —dijo irónica—. ¿Y qué pasa con tu reputación? Tenemos un negocio, uno serio, del que eres la cara. ¿Quieres estar en boca de todo el mundo? ¿Que por todo Málaga se diga que eres un marrullero? ¿Un merdellón? Yo no quiero eso pa mi hermano. Ven pa casa, que estoy arrecía.
—¿Si me voy para casa te pones un abrigo?
— Don’t be silly . Que estoy en la puerta, esperándote.
—¿Qué narices haces en Málaga? ¿Por qué no me has avisado de que venías?
—Quería darte una sorpresa.
—Y me la has dado. ¿Ha pasado algo para que hayas venido así, de repente?
Tras un silencio, dijo:
—Ya no estoy enamorada del irlandés.
—¿También tengo que partirle la cara a mi cuñado? Se me acumulan las hostias.
Ella prorrumpió en sonoras carcajadas.
—Qué buen día para ser un Rubio Martín, ¿eh? —dijo—. No, no me ha hecho nada. Es solo que… ya no siento por él lo que antes, así que vamos a tomarnos unos días para pensar. Y es mejor que pensemos a cientos de millas, así que he sacado un vuelo a Málaga. ¡Sorpresa!, aquí estoy.
—Lo siento, Nefer.
Ver romperse una relación como la suya, que siempre me había parecido tremendamente sólida, me dio vértigo.
—No pasa na, no tengo ganas de hablar de eso, así que no me des la turra. Ven ya, riñoncito, de verdad que estoy que me caigo de sueño. Si no fuera tan tarde, le pediría la llave a la vecina. Seguro que aún la tiene.
—La tiene, sí, y estará despierta, su marido ronca mucho y le gusta quedarse al fresco en el salón, tócale la ventana.
Escuché dos golpecitos. Al punto, una voz femenina, ajada por los años, respondió:
—¿Quién es a estas horas?
—La niña de los Rubio —dijo mi hermana—. Nefertiti.
La mujer soltó una exhalación de alegría.
Tranquilo porque quedaba en buenas manos, colgué la llamada y miré a Cristian. Mi hermana tenía razón: no merecía la pena. Había mejores formas de hacerle daño. Una de ellas era haciendo lo que él jamás había sido capaz: hacer feliz a Carmen. Las demás… las idearía con mi hermana y Marieta.
Busqué a mis amigos para decirles que tenía que irme. Solo me encontré con Carlos, que guardaba la mesa.
—Estos están pidiendo más bebidas. Claudia ha ido al baño —explicó—. ¿Tan pronto te vas? Si nos queda noche pa rato.
—Mi hermana me está esperando.
— Amo a ve … —rio—, que tu hermana vive en Dublín, si te vas a inventar una excusa, cúrratelo.
—No es una excusa. Ha llegado de improvisto. Un día tomamos un café y te la presento si quieres.
Tras ladear la cabeza, pensativo, dijo:
—Okey. Te tomo la palabra.
—Te dejo, que ya tienes quien te haga compañía. Trátala bien.
—Mejor que bien —dijo con cara de pillo—. Y tú, mañana mismo me llamas y me cuentas lo de Carmen, que ya te vale… Ocultarle una cosa así a tu Carlillos, a tu amigo del alma… —dijo aquello como si nos conociéramos desde la guardería, y eso casi me hizo reír. Él chasqueó la lengua—. Ta feo, ta feo.
—Ta feo, sí. Perdóname. Mañana hablamos.
Me largué al momento. Tenía unas ganas horribles de llegar y abrazar a mi hermana.
**
En cuanto abrí la puerta de casa, Nefer se colgó de mi cuello cual mono.
Hundí el rostro en su largo cabello negro, y sonreí.
El aroma de Inis me llenó la nariz. Llevaba años usando esa colonia.
Era fresca, olía a mar, a limón, a lirios.
Me recordaba tanto a los días que había pasado con ella en aquella tierra esmeralda que me hacía sentir allí.
—Qué bien hueles, canija.
—Me he duchado ya, hace rato que la vecina me ha abierto, después de interrogarme sobre mi vida, claro, y hasta te he saqueado la nevera. El desamor da mucha hambre.
—Me ha costado pillar un taxi.
Se separó de mí y me cogió la cara entre las manos.