Capítulo 24 #2
Estar con Claudia, con él y con el resto de mis amigos supuso un respiro en la tormenta.
Aunque no dejaba de pensar en Carmen. En las ganas que tenía de abrazarla y de pedirle que me perdonase.
Tampoco en las ganas de matar a ese cabrón.
Veinte años de su vida a su lado cuando en realidad no la quería.
Si me lo cruzaba, íbamos a tener más que palabras.
Llamaría a Marieta y seríamos compañeros de crimen.
Carles Porta nos sacaría en uno de esos programas que tanto le gustaban a mi hermana.
Lo peor de todo era que yo pensaba que eso era lo peor, valga la redundancia, pero era solo la punta del iceberg. El resto iba a dejarse ver esa misma noche.
***
De madrugada, cuando apurábamos la noche en la terraza de un hotel, Carlos se inclinó hacia mí y me dijo, arrastrando las palabras por la borrachera:
—He decidido que Claudia y yo nos vamos a casar.
Lo miré de reojo. El verde de sus ojos se volvía casi azul con las luces artificiales.
—¿Voy alquilando chaqué?
—Ve alquilando chaqué —me echó el brazo por los hombros, con la copa de ron cola en la otra mano—. Yo alquilaré un yate. Claudia quiere casarse en alta mar.
—Tú te mareas en los barcos —le recordé.
—Ya, pero por ella me dejaré de marear. ¿Tú la has visto? —Le lanzó un guiño que ella le devolvió, sorbiendo de la pajita de su cóctel—. Le metería la cabeza entre las piernas y…
—Vale, vale… —Lo frené, riéndome, y le di la vuelta para que dejara de mirarla y despejase un poco la mente—. Vamos a hacer una cosa. Esa copa es la última que te bebes hoy, porque entonces no atinarás cuando le metas nada esta noche.
—Es verdad. No más alcohol. Mi virilidad está en juego. —Dejó la copa sobre una de las mesas altas. Luego achicó los ojos y miró al frente—. Cucha, a esa la conozco yo, no veas si ha cambiado. Antes era morena.
Llevé la mirada hacia donde él apuntaba con la cabeza.
La señalaba a ella, pero yo tenía los ojos puestos en su acompañante: Cristian.
Estaba como si nada, riéndose, con algo de beber en la mano izquierda y el móvil en la derecha.
Le mostraba algo a esa chica, colgada de su brazo.
Exudaban ganas de tener sexo el uno con el otro.
La bonita figura de la catedral, iluminada con los naranjas nocturnos, se recortaba tras ellos, pegados a la balaustrada.
Lo hablado con Claudia me vino de golpe. Mis ganas de matarlo fueron casi incontrolables. Me pregunté cuánta altura habría hasta el suelo. Si lo empujaba, tenía que asegurarme de que el resultado sería letal. Sacudí la cabeza y pensé en mi hermana.
—Deja fuera al hombre de las cavernas, Nilo —me dije, y di un trago a mi bebida. Algo sin alcohol. Solo tengo un riñón, debo controlar el trabajo que le doy.
—Qué dices. —Carlos se rio.
—Na. ¿De qué la conoces? —pregunté.
—Curraba antes conmigo. Era un hacha la tía.
—Yo también la conozco. —Claudia metió la cabeza entre ambos. Carlos le puso cara de bobo, y ella sonrió con igual gesto—. Es la nueva novia del Cristian. La ha dejado preñada.
—¿Está preñá? —dijimos Carlos y yo a la par.
—Sí, por eso le pidió dinero a tu amiga, Nilo —contestó Claudia—. Porque quieren comprarse una casa entre los dos, y ella tira por lo alto.
—¿Qué amiga? —preguntó Carlos.
—¿Este no te ha hablado de Carmen? —dijo Claudia, ceñuda, y se coló bajo el brazo de Carlos para ponerse ante nosotros.
—Pues no —respondió él, que me soltó.
—Luego te cuento, que menudo chisme. —Sorbió por la pajita.
—¿Le pidió dinero a Carmen? —dije, ajeno a su charla.
Claudia asintió. Pincharon uno de los temas del verano y la gente bailó sin moverse de sus mesas.
Allí, cuando cogías sitio, era mejor no soltarlo.
La chica que estaba con Cristian puso una mano en su hombro y se contoneó sensualmente ante él.
Surferman la miró con ojos de gato en celo.
El local cantó a coro el estribillo de la canción.
Yo empezaba a armar la declaración de asesinato en la cabeza.
—Sí, el día del bautizo, por eso fue. Me lo dijo por mensaje, por si llegaba tarde. Quise decirle: Si no llegas, mejor. —Claudia ahogó la frustración en la copa—. Supongo que ella no le ha dado nada, porque lo vi en el banco el otro día. Andaría pidiendo un préstamo. Verás cuando Carmen se entere.
—¿De que el dinero se lo ha pedido por ella? —quise saber.
Negó con la cabeza.
—¿Del préstamo?
Volvió a negar.
—Claudia, dímelo de una santa vez.
—Sí, tía, díselo —pidió Carlos, y abrió mucho los ojos, expectante.
Mi amiga, como si no fuera una noticia más que explosiva, la soltó de una:
—Se hizo una vasectomía a espaldas de ella y le ha mentido todos estos años diciéndole que no puede tener hijos.
La miré descolocado. Fue como si me hubieran dado un puñetazo en la nariz, otro en el pecho y, el de gracia, en la garganta. Apenas podía respirar. Miré a uno y a otro, por unos momentos, hasta la vista se me nubló.
—Hostia puta —soltó Carlos, y sacudió la mano—. Qué cabrón. Eso no se le hace a una tía, coño. ¿Le damos una paliza? —Dio un paso adelante.
Le puse una mano en el pecho.
—Te lo estás inventando, Claudia.
—Te lo juro por mi padre. —Ella juntó dos dedos y los besó.
Nunca me había planteado como era que, después de veinte años, no tenían hijos.
Muchas parejas no los tienen, punto. Quizá él no los quería, o ella.
Aunque Carmen siempre ha sido muy niñera.
Solo me alegraba que no los tuvieran, porque siempre es más fácil dejar atrás a alguien cuando no hay hijos de por medio, eso tengo entendido.
Sin embargo, me parecía un delito horrible hacerle eso a alguien supuestamente querido.
Mentirle de esa manera tan horrible y durante tanto tiempo.
—¿Estás segura? —pregunté, porque estaba a punto de cometer una locura y no quería cometerla por nada.
—Sí, jurao . Ella trabaja con una prima mía, que me lo confirmó.
Cristian me lo contó también, con lo demás que te he dicho esta tarde, lo que pasa que es muy heavy y por eso no te lo he dicho antes, pero ya me da igual.
—Se encogió de hombros—. De perdidos al río.
Me dan ganas de irme al Alborán y decírselo a Carmen, que abra los ojos de una vez con él.
A ver si él se pira de Málaga, que su novia quiere irse a vivir fuera, y así no tiene que verlo más.
—Nilo, ¿esa Carmen no será la tía de la que sospechaba Aroa que estás enamorao y por eso la dejaste? —contestó él.
—Calla. Ya… hablaremos. —Resoplé—. Id a bailar un rato, que lo estáis deseando. Yo voy a pillar agua. Tengo la garganta seca y estoy harto de refresco.
—Ah, no —renegó mi amigo—. Tienes cara de ir a matarlo. Si vas a matarlo, voy contigo. Sabes que tengo un gancho que flipas.
—Sí, pa colgar los abrigos. Anda, tira, no haré nada, tío, te lo prometo. —Le puse la mano en los hombros y los apreté—. No soy un hombre de las cavernas.
—A mí me gustan los hombres de las cavernas —dijo Claudia, a causa de la borrachera, obviamente.
Carlos rugió como si fuera uno y luego ella echó a correr, riendo tontamente, mientras él la perseguía con amenazas de llevarla a su cueva y hacerle «cosas neandertales».
En fin.
Mientras suspiraba, dejé la bebida en la mesa alta.
Málaga y sus luces me parecieron un mar en llamas.
La música me resultó insoportable. Un mareo me atenazó las sienes y el pecho; un sudor frío me recorrió la espalda y la palma de las manos.
Miré de reojo a mis otros amigos. Estaban animados, charlando entre ellos.
Llevé la mirada hacia Cristian, se reía a carcajadas de alguna broma de la chica.
Casi lo veía a cámara lenta. Miré al vientre de ella.
Ni se le notaba lo del preñado, pero ahí estaba.
Después de haberle mentido a Carmen con el asunto de los hijos.
Después de tantas cosas. Lo maldije, pero también a mí mismo por haber sido un cobarde.
Por no haberme quedado a luchar por ella con uñas y dientes.
Por no haber intentado apartarlo para que no estropease lo que ella y yo teníamos.
Esa amistad que podría haber sido mucho más.
Pero solo pensé en ella, en lo que ella quería, y ella quería estar con él.
Me hice a un lado. No pensaba hacerlo más.
Estaba allí, más presente que nunca, y ese cabrón iba a llevarse todas las hostias que no le di cuando me ponía los nombres de todos los ríos de España, me hacía la zancadilla para que me cayese delante de la pandilla o me daba collejas cuando le daba la real gana.
Dicen que la violencia no es la solución, pero es que yo, en ese momento, no veía otra. Eso, ya no lo hacía solo por Carmen, aunque sabía que se enfadaría. Eso lo hacía también por mí.
Me arremangué la camisa. Tomé aire, fijé la vista en Cristian y caminé hacia él. No me vio llegar, estaba más que centrado en la chica. Tampoco ella, risueños los dos en su luna de miel particular. Lo vi todo en mi cabeza, antes de que sucediese.
Le tocaría el hombro, me miraría. No le daría tiempo a hablar.
Le pegaría tal puñetazo que caería hacia atrás, con la nariz llena de sangre.
Supongo que la gente como él está preparada para responder a estas cosas, pero el factor sorpresa habría sido determinante.
No, no se precipitaría al vacío. Eso habría sido demasiado, por más que me dieran ganas.
Son cosas que se dicen por decir…Como había distancia, solo daría de espaldas contra un taburete y caería sobre él.
Desde el suelo, se llevaría la mano a la nariz y se cagaría en toda mi casta.
La chica soltaría un grito, trataría de ayudarlo.
Yo estiraría y encogería los dedos. Cómo dolería, pero que a gusto me quedaría.
—Eso es por Carmen, hijo de puta —le diría—. Y ahora voy a darte otro, por mí.
—¿Qué cojones? —respondería él, incorporándose—. ¿Qué mierda te pasa, Ebro?
—A mí na , payaso, que te voy a escribir mi nombre a hostias para que dejes de llamarme Ebro.