Amor de sol y sal Capítulo 24
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Capítulo 24

Nilo

Después de aquellos preciosos momentos a su lado, traté de llevar mi nueva vida de la mejor manera posible, soportando mis ganas de estar con ella.

Intenté centrarme en estar a cargo del Mediterráneo, disfrutar del trabajo, de las cosas sencillas.

La relación con Carmen no avanzó mucho, pero al menos no se quedó estancada.

Algún mensaje tonto, un saludo cuando nos veíamos en los chiringuitos o en la playa.

Algún cruce de palabras. Quería darle espacio.

Había dado un paso enorme conmigo, no quería forzarla a más.

Su hermana aún no había tomado la decisión sobre cómo y cuándo decirle lo de los papeles. Yo, aún no me había atrevido a preguntar por el mensaje. Quizá porque sabía que sería una bomba que podía hacer volar por los aires los avances que habíamos tenido.

Cuando le conté a Nefer lo vivido con Carmen, me dijo que acabaría con el corazón hecho pedazos e insistió en que debía conocer a alguien, dejar atrás el pasado.

Retomar la normalidad. Sabía que no era capaz de algo así, ni siquiera con Claudia, que pasaba a menudo por el chiringuito a saludar.

Una tarde, en la que estaba a punto de irme, la vi aparecer con uno de sus vestidos blancos.

Su cabello era tan rubio que casi deslumbraba; sus mechones se agitaban al compás de sus pasos y del aire fresco de levante.

Se bajó las gafas de sol, las más nuevas del catálogo de una conocida marca, y me miró de arriba abajo.

—¿A dónde vas tan guapo? —me dijo.

—He quedado con unos amigos. —Me miré el reloj—. Y ya llego tarde.

—Venía a invitarte a dar una vuelta, qué pena.

—Vente si quieres, son buena gente, no les molestará que te apuntes.

—¿Seguro? —Se acercó un poco más y me recolocó un botón de la camisa.

—Claudia… —Le aparté despacio la mano. Ella me miró extrañada—. No pierdas el tiempo conmigo.

—No quería…, yo solo estaba… —Rio nerviosa—. Bueno, vale, sí. Me gustas. Podríamos echar un buen rato, sin compromiso, solo pasarlo bien.

—Lo siento, pero tengo la cabeza y el corazón en otra persona.

—Ah… —Llevó la mirada hacia el Alborán—. E imagino que esa otra persona estará ahí, porque, cada día que vengo, te veo mirar hacia allí a cada tanto.

Me rasqué el cogote, sonrojado, y asentí.

—No pasa nada. Lo entiendo. —Las comisuras de los labios se le estiraron un poco, pintándole hoyuelos en las mejillas—. Y me parece bien, paso de estar con un tío que anda pensando en otra. No estoy tan desesperada.

—Dudo que estés alguna vez desesperada. Eres una tía de diez. Tendrás a mil en la puerta.

—Ya serán menos. —Rio, y puso la mano en mi brazo—. Ahora tengo curiosidad por saber quién es. ¿Una de las camareras? Son muy monas, aunque un poco jóvenes para ti.

—No, no es ninguna de las camareras.

Se hizo aire con el abanico y luego lo usó como visera para mirar hacia el Alborán. El sol de media tarde bajaba hacia poniente.

—¿La cocinera? —Tras otra negativa por mi parte, dijo—: ¿Marieta?

—No… Ella.

Miré de reojo hacia la terraza. Allí, Carmen charlaba con unos clientes. Qué guapa estaba ese día. Llevaba un lazo rojo anudado al pelo y unos pantalones negros que le marcaban las curvas. Esas en las que no me importaría estamparme

—Carmen —confesé.

Escuché a Claudia reírse como si le hubiera contado el chiste más grande del mundo.

—¿Qué pasa? —dije volviendo a mirarla.

—Que es una plaza difícil de torear.

—¿Por qué dices eso?

—Sé que fuisteis amigos en el pasado, pero es que ella se acaba de divorciar.

—Hace más de un año ya de eso.

—Vi un video en redes que decía que necesitamos, al menos, un mes por cada año en el que hemos estado con otra persona para poder superarlo medianamente.

Ella estuvo con Cristian veinte años, eso son veinte meses —me palmeó el brazo, y luego apartó la mano—, yo que tú esperaría sentado.

Y más después de cómo él la ha dejado. Estaba harto de ella.

De que nunca fuese espontánea. Se aburrió.

La verdad es que vivió aburrido casi toda su vida, pero como en el trabajo tiene mucho meneo, pues no le iba mal.

—¿A qué te refieres con meneo? Mira, Claudia, si me dices que le puso los cuernos…

—No me refiero a eso. Que yo sepa, él no le fue infiel nunca. Aunque como es un chulo que no veas, igual sí lo ha hecho.

—Vaya… —silbé—. Él dijo que te conocía, pero no sabía que erais tan íntimos como para saber tanto del otro, ni que sabías de él como para llamarle eso. Con lo que, todo sea dicho, estoy de acuerdo.

—Vamos al mismo gimnasio y… —miró a un lado y a otro—, y hace tiempo salimos a cenar un par de veces y nos acostamos. Me habló de ella.

Cambié el peso del cuerpo de una pierna a otra. Sentía que iba a hundirme en la arena de un momento a otro y a aparecer, lo menos, en Australia. Quizá un puñetazo de un canguro me sacaría de aquel estado de disgusto.

—¿Qué te dijo?

—Pues eso. Que era buena chica, pero que estaba aburrido.

Que todo tenía un lugar, un momento, que nunca se dejaba llevar.

Por eso no quiso tener hijos con ella, de hecho, porque le daba miedo que su vida fuese siempre muy cuadriculada.

—Bajó la voz y agregó—: Me contó que se casó con ella porque la dejó preñada, nada más, y se alegró de que ese niño no naciera. No quería atarse tanto a ella.

Decir que el corazón me dio un vuelco sería mentir. No, el corazón dio tres saltos mortales y luego se lanzó desde un paracaídas. Me dolía como si se hubiera caído, de hecho, de la última nube del cielo. Ese cabrón la había dejado embarazada y ella…

Joder.

—¿Qué has dicho? —La cogí del brazo, con más fuerza de la pretendida.

—¿No lo sabías? —Miró ceñuda mi gesto—. Era tu amiga, ¿no?

—Lo era, sí, pero… —La solté despacio, aturdido—. Perdón.

Se llevó la mano a la boca, sin duda arrepentida de haber proferido aquellas palabras.

—Virgen Santa, no tenía que haberlo dicho entonces.

—Ya da igual, lo has hecho. Dime todo lo que sepas, por favor.

—No sé más, Nilo —se encogió de hombros—, solo que siguió casado con ella porque el chiringuito da dinero, y cada vez les ha ido dando más.

Pagó sus oposiciones, su primera moto, sus viajes…

Menos la mitad del piso, prácticamente lo pagaba todo.

Creo que, en el fondo, ella sabía que ese era el único modo de que él siguiera a su lado.

A veces nos volvemos gilipollas por un tío, ¿no?

Ojalá no me hubiera acostado con él, cuando habló de ella así, como si solo hubiera sido su banco personal, me dio asco.

Lo que pasa que a mi padre le cayó en gracia y lo invitó al bautizo, menos mal que no vino.

—Normal que te diera asco.

Miré a Carmen. Había pasado por todas esas mierdas sola.

La había dejado sola en el peor momento de su vida.

Ni siquiera había mirado atrás, por puro y maldito egoísmo, por miedo, por cobardía.

Me merecía que no me hablase más en toda su vida.

Sentí ganas de llorar, tantas que me apoyé en la pared. Ardía a causa del sol.

—¿Estás bien? —Claudia me dio aire con su abanico.

—Sí. Quiero matar a ese cabrón.

—Es policía.

—Me cago en la hostia con que es policía. Como si es Chuck Norris, coño. ¿Es que no puedo matarlo igualmente? Lo mato y lo tiro al mar para que se lo coma un cazón, y luego lo preparamos en adobo.

A Claudia le dio una risa muy tonta, que se me acabó contagiando.

Reímos los dos, fruto de los nervios, en tanto que ella batía el abanico.

Miré a Carmen, de nuevo. Esa vez, hicimos contacto visual.

Ella frunció el ceño, como preocupada, y dio un paso igual que si fuera a acercarse.

Sin embargo, Marieta la cogió del brazo y se la llevó hacia la barra para enseñarle a saber qué.

Suspiré y me recompuse, aunque las ganas de abrazarla con todo mi ser y decirle que no dejaría que nadie más le hiciera daño, sobre todo yo mismo, me estaban matando.

—¿Sabes qué? —Claudia reclamó mi atención—. Me caes genial, Nilo, ya que no podemos tener un rollo, seamos amigos.

—Y tú a mí. Seamos amigos, sí. Así me ayudas a descuartizar al ex de Carmen.

—Soy vegetariana, ya lo sabes. Como mucho, descuartizo un pepino.

—Mientras que no sea el mío… Anda, ven a tomarte algo, te lo debo por tu confesión.

—Algo caro —dijo después de reírse—. Un cóctel de esos con nombre propio. Mi confesión ha sido digna de tan alto precio. Por cierto, ¿tus amigos están buenos? Ya que no puedo ligar contigo…

—Pues, según dicen las tías, Carlos es el más guapo.

Lo había conocido gracias a Aroa, en Madrid, cuando fue de viaje de trabajo unos años atrás.

Nada más oír su acento malagueño casi me eché a llorar.

Desde entonces, nos habíamos hecho también amigos.

Mi regreso a la costa lo alegró como si le hubiera tocado la lotería.

Había estado de viaje por trabajo esos meses, así que era la primera noche que podíamos vernos después de un tiempo.

—Carlos. Mi nombre favorito. Mira qué bien suena: Claudia y Carlos. Predestinados.

Me reí.

—Seguro que le encanta conocerte. Eres su tipo.

—Eso me gusta. ¿A qué se dedica?

—Ya te lo contará él, así tenéis de qué hablar antes de liaros.

—Tampoco me voy a lanzar a sus brazos como si nada, ¿sabes? No soy de líos espontáneos.

Yo sabía que, en cuanto lo viera, cambiaría de opinión. Y así fue, porque conectaron enseguida y no se despegaron en toda la noche. Cuando él había tenido parejas, había sido el tío más leal de la tierra, pero soltero tenía un peligro…