Amor de sol y sal Capítulo 23 #3
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Capítulo 23 #3

Seguía sin sentirme preparada para conversaciones profundas sobre su ausencia, sobre el dolor o sobre todo lo demás que consideraba pernicioso, estaba a gusto así con él, en esa dinámica en la que volvíamos a ser amigos.

Sabía que era impostada, que había algo que subyacía que acabaría haciéndonos daño, rompiéndonos más…

o quizá no, quizá éramos como ese espejo que, en realidad, no estaba roto.

Solo hacía falta encontrar el modo de colocarlo en su sitio.

Después de que se marchase, sentada en el sofá al fresco del aire acondicionado, cogí el teléfono y me animé a escribirle.

Carmen: Me ha gustado mucho desayunar contigo. Y sigues haciendo tan buenas curas como siempre.

Nilo: A mí también. Lo que necesites, ya lo sabes.

¿Por qué en mi maldita cabeza respondió una voz que dijo: «A ti»?

Lancé el móvil lejos, sobre el sofá, y lo miré como si él tuviera la culpa de los deseos de mi mente.

***

A la mañana siguiente, en cuanto llegué al Alborán, me encontré con que había dejado algo para mí.

Era un paquete pequeño, envuelto en papel de regalo.

Cuando lo abrí y vi lo que era solté una carcajada.

Un paquete de tiritas, de muchos tamaños, con cangrejos.

Cangrejos de todas las formas y colores.

Era el paquete de tiritas más chulo del mundo.

Sonriendo como una tonta, miré hacia el Mediterráneo. Nilo estaba allí, en la terraza, hablando con un camarero. Saqué el móvil y le escribí.

Carmen: Qué cosas tienes…

Nilo se llevó la mano al bolsillo, señal de que le había vibrado el móvil, pero no lo cogió hasta que el camarero no se fue. En cuanto miró hacia la pantalla, se le dibujó una sonrisa tan bonita que me hizo sonreír también. ¿De verdad sonreía así cuando se trataba de mí?

Nilo: Es por si te haces pupita otra vez.

Carmen: Pupita, jajaja.

Me reí en voz alta. Volví a mirarlo. Tecleaba sin perder la sonrisa.

Nilo: Sí, me avisas para que te cure, ¿vale?

Se me cruzó por la mente la idea de que Nilo sería un buen padre. No el mío, claro, ya me entendéis. Aunque seguro que Freud tendría una opinión al respecto, pero me refiero a un buen padre de sus hijos. Hasta que les diera por abandonarlos, claro.

Sacudí la cabeza. Malditos malos recuerdos. Sin embargo, no dejé que me quitasen la sonrisa.

Carmen: Me gusta tu camisa de pijo. ¿Es de algún diseñador con nombre italiano?

Levantó la mirada del móvil y la llevó hacia el Alborán. Cuando me localizó, sonrió aún más. Levantó la mano para saludarme; le devolví el gesto.

Nilo: Pues no, es del Zara. Las caras me las reservo para cuando quieras ir a cenar conmigo un día.

Riéndome, escribí: «Pues se te van a apolillar en el armario, que lo sepas». Cuando lo leyó, se rio tanto que echó la cabeza hacia atrás. Me miró por un momento y sacudió la cabeza. Luego volvió la mirada al móvil.

Nilo: Hemos desayunado, ¿qué pasa si salimos a cenar, a ver?

¿Qué pasaría?, me pregunté.

Los cuatro siguientes latidos de mi corazón respondieron: Nada. Nada. Nada. Nada.

Me armé de valor para escribir: «Que lo natural sería ir a comer primero. Las cosas en orden».

Nilo: Perfecto. ¿Quieres comer hoy? Aunque sea aquí mismo. A las cuatro, cuando terminemos.

Me humedecí los labios, sin saber qué decir.

Levanté la mirada hacia él, me miraba como un perrito pachón.

Me eché a reír. Suspiré. Cerré entonces los ojos, aspiré el aire del mar y luego volví la atención al móvil.

Le mandé otro sticker de cangrejo a modo de sí.

Pensé que su sonrisa no podía hacerse más grande, pero se volvió enorme.

Nilo: ¿En tu terraza o en la mía?

Carmen: En la tuya, invitas tú.

***

En aquella comida, que aguardé casi con ansia, tampoco hubo conversaciones trascendentales.

Volvimos a hablar de viejos recuerdos, de amigos que murieron antes de tiempo, de esos que tuvieron la mala fortuna de caer en las drogas, de los que dejaron Málaga, como él, para buscarse la vida fuera, más allá del mundo de la hostelería y el turismo.

Compartimos vino, del que yo tomé más que él, comida y postre entre vivencia y vivencia.

Y mi corazón fue encontrando, poco a poco, el modo de sentirse menos a la defensiva cuando se trataba de él.

De abrirse, como flor en primavera, en busca de poder lanzarse algún día de cabeza hacia esas cuestiones enquistadas que sabía que dolerían.

No obstante, a veces, aunque sacarse una espina duela, el alivio es mucho mayor.

Solo que no sentía que hubiera llegado el momento.

Además, me gustaba estar así con él. Sentir que nada había pasado.

Quizá era una forma de anestesiarme y mentirme, como quien hace compras compulsivas para llenar vacíos. Quizá fuera eso.

De momento, era lo único que quería. Y estaba genial.

Además, el universo confabuló para mantenerme en esa burbuja, porque, del imbécil de mi ex, por suerte, no hubo noticias.

Esperaba que se hubiera largado al Ártico huyendo del calor malagueño o que estuviera en las alcantarillas con el resto de sus congéneres: las cucarachas, esas que hacían que un paseo nocturno por las calles del barrio fueran una experiencia de riesgo.