Amor de sol y sal Capítulo 23 #2
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Capítulo 23 #2

—Es que el amor de tu vida era esa actriz rubia… —dije por quitarle hierro al asunto, porque Nilo se había puesto horriblemente serio—. La de Dawson Crece . Mi hermana la grabó y estuvimos viéndola hasta años después de que dejasen de echarla, ¿te acuerdas? ¿Cómo se llamaba la chica?

—Me acuerdo sí, pero… no, ella no era el amor de mi vida. —Me miró de reojo—. Solo me gustaba mucho. Estaba… en la edad.

—En la edad de hacerte muchas pajas —le dije riéndome.

—Esa edad no pasa nunca. —Alzó las cejas con gesto guasón.

Le lancé el trapo de la cocina. Él se encogió, pero no lo esquivó.

Riéndose, se agachó a recogerlo, en tanto que yo me acercaba.

Para cuando se levantó, estaba frente a él.

Sus ojos y los míos se encontraron, nos sonreímos; puse el trapo en su mano.

Nunca pensé que un gesto tan tonto pudiera provocarme una sensación tan dulce, tan profunda y única.

Solo eran mis dedos rozando los suyos en ese gesto. Solo eso. Pero lo fue todo.

Barrió un poco el dolor que sentía cuando pensaba en nuestro pasado y trajo consigo un cosquilleo en las yemas, la nuca y el vientre que hacía mucho que no sentía.

Me instaló las ganas de hacerle miles de preguntas, de saber por qué se había ido, de interrogarlo para conocer qué había hecho hasta en el último segundo de aquellos veinte años.

—Gracias por lo del otro día —dije. Quería hacerme la dura con él, pero estaba empezando a fallar estrepitosamente.

Una vez más, Nilo echaba por tierra mis planes—.

Gracias por cuidarme cuando tuve esa crisis, por quemar los papeles conmigo, por abrazarme, por llevarme a comer helado.

Gracias, sobre todo, por no sacar temas complicados en toda la tarde. Necesitaba un respiro.

—Lo sé. Avísame siempre que necesites otra tarde de esas, y no me des las gracias, Carmen, entre amigos no hace falta darlas. —Tenía la mirada perdida en mis ojos; inspiró profundamente. Pensé que me soltaría algo trascendental, sin embargo, dijo—: ¿Sigues necesitando ayuda con ese espejo?

Ya ni me acordaba de que le había hablado de él. Salí de mi burbuja y asentí.

—Nunca queda recto… No sé qué más hacer.

—Dijiste que estaba en el baño pequeño, ¿no? —preguntó—. Le echaré un ojo ahora, ¿quieres? Las tostadas casi están.

—Claro. Mientras, termino los cafés.

Respiré profundo y atrapé el trapo mientras él lo soltaba.

Nilo dejó la cocina, y se me quedó la sensación de soledad más honda que había experimentado en mucho tiempo.

Seguí preparando los cafés, en tanto que lo oía trastear en el baño.

Al poco, me preguntó dónde estaban las herramientas.

Le respondí que en el mueble del salón, abajo.

—Sé que es un sitio raro para tenerlas, pero es que en el lavadero hace mucho calor, y las necesito a cada tanto —dije en voz alta, mientras llevaba los cafés a la mesa—. ¿Te gusta ese azul?

—Es precioso. Tu color favorito después del rojo y antes del verde carruaje y del amarillo mostaza. Si es que lo siguen siendo y no he confundido los nombres. Para mí, todos los verdes son verdes.

Sonreí. Solo él podría acordarse de aquellas cosas. Solo él.

—Sí, lo son.

Regresó un par de minutos después, al tiempo en que pitaba la tostadora. La tenía configurada para que fuese un tostado lento, porque solían quemárseme. Se sacudió las manos, que traía algo húmedas pues debía de habérselas lavado, y dijo:

—Ya está.

—¿Así de rápido? ¡Y yo creía que estaba roto!

—No lo estaba, era… una cosa de nada. Si supieras hacerla la habrías hecho en un pispás.

—Vas a tener que enseñarme bricolaje.

—Yo te enseño lo que tú quieras —dijo con media sonrisa que hizo arder mis mejillas.

—Qué tonto eres… —le dije riéndome.

—Pero a ti te gusta.

Apreté los labios, no quería decirle que sí, no quería entrar en ese juego, pero entré, y por la puerta grande, porque, ese día, como ya había quedado claro, mi boca no tenía afán de colaborar.

—Sí. Te ves bien así, diciendo tonterías. Eres el Nilo de siempre. Abierto conmigo, aunque fueras tímido con los demás. Creo que eso segundo ya se te ha pasado.

—Depende de con quién.

—Ojalá, yo…

«Ojalá me hubiera dado cuenta antes de todos los detalles que tenías conmigo. De cómo eras conmigo y con nadie más».

—¿Tú? —Dio un paso hacia mí.

Avancé uno más, frotándome la nuca.

—Nada. Que… —Miré hacia la mesa—. Es igual. —Subí y bajé los hombros, al tiempo en que tomaba aire—. Esos tomates huelen muy bien, ¿no? Huelen a… No sé, distinto.

—A sol y sal —soltó él, encendiendo un viejo recuerdo de mi memoria.

—Ostras, Nilo, ya no me acordaba de eso. ¿Quién lo decía?

—Mi abuela. En esa época en la que te dio por preguntarle a todo el mundo qué le había hecho enamorarse de su pareja. Le dijiste: «Abuelita Virgi, ¿por qué te enamoraste del abuelito Joaquín, si tiene esos pelos tan largos en la nariz?

—Dios, qué vergüenza.

Sin decir nada, de forma natural, fuimos a sentarnos a la mesa. El sonido de las cucharillas removiendo el café llenó la cocina mientras él decía:

—Ya ves. Pensé que te daría con la alpargata.

Me reí, a la par que él.

—Pero te dijo…

Me adelanté, pues el recuerdo prendió en mi memoria.

—Que la había enamorado con un cenacho lleno de tomates.

Pero de tomates buenos, decía, de esos que se crían con buen sol y se comen abiertos con sal.

«No les hace falta una mija más, no como a los tomates de ahora».

Y luego se puso poética, Dios la tenga en su Gloria, y dijo: «Mi Joaquín y yo somos un amor de sol y sal, Carmencita, porque con na que tenemos nos apañamos y to nos sabe de lujo, como esos tomates».

—Carmencita. —Sonrió ampliamente, nostálgico ante el recuerdo de su querida abuela.

—Me gustaba mucho cuando me llamaba así, y me encanta cuando lo haces tú. Nadie más lo hace ya, solo tú.

—Ojalá pueda hacerlo muchos años más.

Pronuncié un «Ojalá» de corazón.

Nilo se quedó pensativo, pensé que estaría triste el resto de la mañana, a causa de aquello, pero de repente se echó a reír y dijo:

—¿Te acuerdas de cuando cogimos la bici sin pedales y casi nos despeñamos? Nos castigaron sin salir, pero mi abuela Virgi engañó a todos para que pudiéramos salir.

—Sí, menuda era —dije riéndome también.

Entre sorbos de café y bocados a los molletes, tan ricos que me habría comido diez más, hablamos sobre nuestros abuelos, sobre las noches de verano a la puerta de casa, sobre las navidades pidiendo el aguinaldo, sobre todas esas cosas que los hacían únicos y presentes aún en nuestros corazones.

Vimos aquellas viejas fotos, riéndonos de nuestras pintas, rememorando anécdotas entre risas y exhalaciones nostálgicas; honrando a quienes no estaban con nosotros y preguntándonos cómo sería la vida si estuvieran.