Capítulo 23
Carmen
Nilo observó el piso con ojos curiosos. Mirando a todas partes como si nunca hubiera visto una pared, una puerta o un cuadro.
No sabía qué había en su mente, pero sonreía a cada tanto.
Sobre todo cuando encontraba algo que le era familiar.
Una foto mía, un recuerdo de algún viaje, un cuadro que debía gustarle.
Me sentí orgullosa de haber eliminado de la casa todo lo que oliera a Cristian, porque, ahora que Nilo estaba allí, podía verme en ella más que a nadie.
No arrugó la nariz cuando presenció el caos de la pintura a medias, los plásticos cubriendo algunos muebles, la cinta de carrocero dispersa, que se agitaba con la brisa del día.
Todo fueron buenos gestos. Su sonrisa se estiró al ver el cangrejo puesto en la puerta de la nevera, pillado con un imán de un cenachero.
El vendedor de pescado típico de Málaga.
—Quiero llevarlo a enmarcar. Ponerle un marco de colores. Algo muy alegre. Y… —Giré sobre mis talones, para señalar una pared encima de la lavadora—. Y ponerlo ahí. Quiero llenar la casa de color. Que parezca una caseta de feria.
Él se echó a reír mientras dejaba la bolsa en la encimera.
—Puedo hacerte más, así tienes una colección de cangrejos que enmarcar.
—Eso sería la leche —dije entusiasmada.
—¿Quieres que te ayude con la rozadura? —Miró hacia abajo.
Dudé. Eso supondría un acercamiento más, y el corazón y las dudas me bailaban al pensarlo; sin embargo, sería tonto negarse, solo era una simple cura. Nada más. Como si fuera al médico. De momento, no me había enamorado de nadie por ponerme una tirita.
—¿Sigues siendo tan bueno con las curas?
Nilo se pasó un verano como socorrista en una piscina, y, aunque no salvó a nadie de ahogarse, sí que curó unas cuantas pupas y caídas y asistió a unos cuantos berrinches y otras tantas riñas entre chiquillos.
—Algo se me ha quedado.
Le hice un gesto, y me acompañó al cuarto de baño.
Me senté al filo de la bañera y solté un suspiro de alivio.
Dejar de sentir, de nuevo, presión en la piel fue una bendición.
Cuando se lavó las manos, le dije dónde tenía el botiquín, lo cogió y se arrodilló ante mí, con el trasero apoyado en los talones.
Con la delicadeza de quien toca algo muy preciado, me cogió la pierna, una mano en la pantorrilla.
Con la otra, me sacó la sandalia. A pesar del tacto con el que lo hizo, sentí que se llevaba con él media piel.
—Au…
—Tranquila. —Se inclinó y me sopló la herida, sin reparo alguno. Quizá eso no sea muy higiénico, pero es lo que se suele hacer cuando alguien que te preocupa se hiere, ¿no? Y yo le preocupaba—. ¿Mejor?
El soplo de aire de sus labios me reconfortó, así que asentí.
Apoyó mi pie en su muslo y se afanó en lavarme la herida con una gasa.
Las manos de Nilo siempre habían tenido algo especial.
No eran las más grandes del mundo ni las más fuertes, pero eran acogedoras, como hechas para juntarse y contener en ellas un pedacito del mar.
Se había arremangado, y seguí la línea de sus antebrazos hasta el filo de la camisa. Era azul, como el cielo de aquel día.
Verlo curándome me llenó de agradable nostalgia, pues me recordó a aquel día en el que me raspé las rodillas en el parque.
A cuando me picó la medusa o me mordió el cangrejo.
A cuando me corté con aquel cristal que algún imbécil se había dejado en la playa.
Él siempre me había curado o llevado corriendo al médico.
A decir verdad, no había habido un solo día en el que no hubiera cuidado de mí…
hasta que se fue. Quería haberle dicho esas palabras, pero callé.
¿Qué sentido tenía volver sobre lo mismo?
«Te fuiste, me dejaste sola. Antes eras mi luz, mi faro y, de golpe, te hiciste oscuridad».
Apreté los labios. No solo por retener aquellas palabras, es que la herida escocía.
Él siguió curándomela con mimo, y yo mirándolo y mirándolo, atenta al movimiento de sus manos, a la caída de sus pestañas, a la manera en la que su muslo me sostenía y la suave tela de su pantalón me hacía cosquillas en la planta del pie.
Sacó dos paquetes de tiritas del botiquín. Unas normales, las otras: blancas con animalitos de colores.
—Son para mi sobrino —dije.
Levantó la mirada. Su gesto pillo me aceleró los latidos, y me aferré con la palma de las manos al filo de la bañera.
—Y para ti, no mientas, te encantan. Siempre querías las tiritas de colores.
—Porque era una niña —refunfuñé.
—¿Y en el verano en el que te caíste en las rocas? ¿También lo eras?
No podía decir que sí, ya tenía diecisiete años. Nilo me puso entonces una tirita de Bob Esponja.
—Vale —dije con la boca pequeña—. Son mis favoritas. Coge las que tengan más dinosaurios, por favor.
Se rio, sacudiendo la cabeza. Cogió una de las tiritas infantiles y la desplegó.
—Mari me mandó una foto de él —dijo entretanto.
—¿De mi sobrinillo?
—Sí. Es guapísimo. Una mezcla de ella y su marido. También me mandó una foto de Marc, de su boda, pero los ojos los ha sacado a los Alborán. Me recuerdan un poco a los tuyos.
—Eso dice todo el mundo. —Sonreí—. ¿Qué foto es?
—Una de hace poco, del campamento. Lo está pasando super bien.
— Superbé , como dice él.
Nilo asintió.
No quería seguir haciendo el ridículo pensando en que mi hermana y él se traían algo, porque era cuando menos absurdo, pero sí que sentí un poco de celos de que se comunicasen tanto, y eso me desconcertó.
Era yo la que dejaba en visto sus mensajes, yo la que había elegido no hablar más con él por teléfono.
Inspiré profundamente y miré al techo. Él colocó del todo la tirita, y dijo:
—Ea. Listo. —Acarició mi tobillo con el pulgar—. Ya puede levantarse, señorita.
Bajé la vista. La herida estaba más que protegida. Cuando la subí, topé con la de él. En sus ojos había un brillo dulce.
—Gracias, Nilo —dije.
—No hay de qué.
Puso con cuidado mi pie en el suelo. Luego se levantó.
—Qué alivio, por Dios —dije levantándome también—. Malditas sandalias.
—Ya darán de sí, no te preocupes. ¿Desayunamos?
Asentí al momento. Tenía un hambre canina.
***
Ya de vuelta en la cocina, vaciamos entre los dos las bolsas.
Parte fue a la nevera, la otra se quedó sobre la encimera, presta a ser preparada.
Le pedí a Nilo que fuese apañando las tostadas, mientras yo preparaba los cafés.
Durante unos minutos, solo llenó el espacio el ruido del traqueteo de preparar la mesa, de los cacharros, el rallador, la tostadora y la cafetera.
A cada tanto, Nilo y yo nos mirábamos de reojo, nos dedicábamos una sonrisa, para luego seguir a lo nuestro.
De la calle llegaba un aire fresco, el ruido de la ciudad, de los pájaros…
, el olor a mar. Me sentí como si estuviera viviendo un sueño. Uno del que no quería despertar.
—Me gusta estar así —me salió decirle—, acompañada.
Nilo echó aceite en el tomate rallado y lo removió con ganas. Esto del tomate en las tostadas no es una ciencia exacta, cada uno lo toma como quiere, y a nosotros nos gustaba echarle aceite al tomate y luego otro poco al pan. Sonreí al ver que se acordaba de aquel detalle, en tanto que él decía:
—A mí también. Lo echaba de menos. La soledad está genial si es deseada, pero añoro esos momentos de silencio compartido, en el que cada uno está a lo suyo y flota en el aire una paz distinta a la que te da la soledad.
—No sé qué es eso. Al menos no en la cocina.
—Me encogí de hombros, el peso de mi realidad me los estaba aplastando—.
Cristian no comía lo mismo que yo, tampoco a las mismas horas, así que nuestros momentos de cocina eran apenas existentes.
Cuando Marieta conoció a Marc, y los veía cocinar juntos, bromear juntos entre fogones y salsas, darse un beso de vez en cuando, algo que probar, sentía una envidia sana.
Bueno, al principio fue eso, luego no soportaba verlos.
Ellos eran… odiosos, Nilo. Odiosos. Es que Marc era…
, no sé, le faltaban horas para estar con ella.
Si ella abría la boca, él le daba lo que quería antes de que lo pidiese.
No le bajó la luna porque no pudo. No hay hombres así.
—Sí los hay, solo que no son Cristian —dijo él, casi con resquemor.
Puse la taza en la cafetera, encastré el cazo y le di al botón para que saliera el café. Su aroma pronto lo llenó todo.
—Quizá tengas razón —respondí de buena gana, observándolo.
Sus gestos delicados al cortar el jamón en trozos más pequeños, como a mí me gustaba, su expresión concentrada, el modo en que los mechones más largos le rozaban la frente, la manera en la que movía las manos.
Me pregunté cuántas tostadas le habría preparado a su ex.
Si sus mañanas con Aroa habrían sido así.
Llenas de una sana complicidad, de olor a tostadas y de sonrisas cruzadas.
—¿A ella le gustaban las tostadas así?
—Te refieres a Aroa, supongo —dijo tras unos segundos.
—Perdona, no quiero molestarte con preguntas sobre tu ex. Solo era… curiosidad. —Sacudí la cabeza, sintiéndome tonta, torpe, sintiéndome todo lo malo del mundo por husmear en eso, y presté atención al café, que estaba a punto de rebosar la taza—. No importa.
—Solo era una pregunta, Carmen, no te preocupes tanto —dijo de buena gana—. No me importa hablarte de ella. Es una chica increíble. Y sí, le gustaban las tostadas así. Aunque ella también les pone aguacate.
La punzada de celos que me recorrió la nuca no la vi venir.
Me sentí como en esas romcom de los 90 en las que la amiga del novio siente celos de la novia.
Con lo feos que son los celos… Además, ¿celos?
¿De la ex de Nilo? Estaba perdiendo la perspectiva de las cosas.
Yo quería callarme, pero mi boca no colaboró.
—¿Por qué lo dejasteis?
—No era el amor de mi vida. Y no era justo para ninguno de los dos que solo pudiera quererla a medias.