Amor de sol y sal Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—Pensaba en que ojalá ser niña de nuevo. Cuando eres niño sueñas con ser adulto, con crecer rápido para tener libertad, porque te parece que todo será más emocionante, pero luego todo son facturas, compras y rutinas. Entonces te das cuenta de que la verdadera libertad solo la tuviste entonces.

—En eso tienes razón. Estaría bien ser niños por un día, ¿no?

—Sí, para que me importase una mierda lo de ser guapa o no, para rebozarme en la arena sin importarme lo demás.

Para correr como corríamos en esa época, ¿te acuerdas?

Nos daba igual caernos, Nilo, corríamos y ya está.

—Volvió a mirarme, se llevó una mano a la medalla del Carmen y, mientras la rozaba con los dedos, dijo—: Nuestras abuelas siempre nos regañaban para que no corriésemos tanto, pero nos daba igual.

Si nos vieran ahora se alegrarían de vernos juntos, aunque sea hablando sobre mercados de tomates y tonterías.

Aún conservo las fotos de esa época, ¿no sería genial sentarnos juntos a verlas?

De repente, el ruido del tráfico se diluyó, como si nos hubieran metido en una burbuja.

—La verdad es que me encantaría. Ahora mismo, si quieres.

—Es una tontería, ni sé por qué lo he dicho. Tendrás prisa.

Volvió a luchar contra sí misma. Sus ojos se pasearon por los míos, por mi rostro y luego se clavaron en el suelo. Los labios le temblaron un poco, señal de que algo callaba que quería decir. Puso la bolsa de tomates contra su pecho. Otra vez estaba levantando una barrera.

—Es lunes. Tenemos descanso, ¿no? Tú también.

—No, pero habrás quedado con alguien.

—Uy… —Reí—. Estás pensando en alguien concreto.

—¿Yo? —Se señaló—. No.

Ladeé la cabeza y levanté ambas cejas. Ella resopló:

—Bueno, está bien. Pensaba en esa chica, esa con la que hablabas el otro día en el Mediterráneo. Quizá hayas quedado con ella, no sé, tienes tu vida. No me meto, ¿eh? —Alzó ambas manos, la bolsa con los tomates se meció en el aire—. Solo comento.

—¿Qué chica?

—A la que le echaste el brazo por los hombros.

—Carmen… —dije con cariño—, ¿me estabas espiando?

—Es imposible no verte, Nilo, llevabas una camisa blanca y el sol se reflejaba en ella. Ponte algo negro la próxima vez.

—Ya… —Me callé una risa—. Puedes espiarme todo lo que quieras, la verdad, y, por si te interesa, esa chica se llama Claudia. Es la hija del arquitecto que diseñó el local. La amiga de Cristian, ¿recuerdas? La del dentista. Vienen todos los domingos a comer, hemos hecho buenas migas.

—Ni sabía que era ella ni me importa. —Carraspeó.

—Raro en ti, tú sabes cómo se llama todo el mundo. Ignorar el nombre de los demás no es algo que haya entrado nunca en tus planes. Me acuerdo de esa libreta que tenías en el colegio donde apuntabas los nombres de todos los alumnos de todos los cursos, con algo característico de ellos.

—Eso es de estar muy loca.

—No lo es. Es de ser organizada.

—Pues Cristian decía que estaba como una cabra por saber hasta el nombre del jardinero de la urbanización.

Hasta celos de él tenía. Solo me paraba a hablar con él porque hay que ser amable con todo el mundo.

Gracias a eso, no soplaba las hojas de debajo de mi ventana tan temprano.

Un encanto, te lo digo. Pero Cristian, ya ves… Sus cosas.

Solo con oír su nombre me sentía mal. Era tanto lo que tenía que contarle sobre él… Tomé aire y, de la mejor manera que pude, dije:

—Tu ex puede decir lo que quiera, a mí siempre me ha gustado que hagas esa clase de cosas.

—Eso es porque no has convivido con ellas veinte años.

—No, pero conviví con ellas dieciocho, más o menos. Recuerdo que también apuntabas los nombres de los gatos del barrio con los dibujos de cómo eran al lado.

Su gesto se volvió dulce.

—Yo no llamaría dibujos a esas cosas. Eran redondeles con palos, el que siempre ha dibujado bien has sido tú. Ahora hago cerámica. Mi hermana me lo recomendó.

—¿Y lo pasas bien?

—A ratos. —Se encogió de hombros antes de soltar un suspiro cansado—. Estas sandalias nuevas me están matando. Me escuecen como un demonio.

Miré abajo. Le habían hecho una rozadura del tamaño de la Malagueta.

—Por Dios, tienes sangre. —Miré alrededor. La farmacia quedaba lejos—. ¿Te llevo a casa?

—Vivo a dos calles. Llegaré bien.

—No acepto un no por respuesta. —Me di la vuelta y me señalé la espalda—. Vamos, te cojo.

—No tenemos quince años, Nilo —dijo apurada—. Si nos ven así en el barrio…

—Pues a los de toda la vida no se les hará nada nuevo. Nos han visto así muchas veces. Y, a los que no lo son, ¿qué importa? —Insistí con un golpecito en el hombro—. Venga, no pienso permitir que andes con los pies así.

—Nooo.

—Carmen, no me hagas cargarte a cuestas sin tu permiso.

Casi se muere de la risa.

—¿Pero qué te has creído?

—Lo digo en serio. No puedes andar así. Si nos cruzamos con un vampiro te chupará los pies, menudo espectáculo.

—Si veo a un vampiro con estas calores, en verano y en Málaga, es que ya lo he visto to. Anda, anda. —Negó con la cabeza, sin dejar de reír—. Estaré bien.

—No estarás bien. Llevas los pies como si te hubieran hecho la pedicura a bocaos.

—¿Entiendes de pedicura? —Rio más.

—Sabes que siempre he sido mu presumío .

Suspiró, rindiéndose.

—¿Por qué eres así? —resopló—.  Solo consigues que te odie más.

—Pues ódiame todo lo que te dé la gana, pero súbete.

Me colgué la bolsa de los recados en la muñeca.

No pesaba demasiado, así que estuve cómodo.

Pronto sentí la presión de las manos en el cuello.

Se aferró a mí y la ayudé a encaramarse.

La sostuve con firmeza. Me rodeó con los brazos, suavemente, sin hacer demasiada presión, solo para sentirse segura.

Su gesto me trajo el perfume de sus muñecas.

De día, Carmen olía a colonia fresca. De noche, lo hacía a jazmines.

Desde niña adoraba ese perfume. Tomé aire profundamente, no solo para prepararme para el esfuerzo físico: quería llenarme de ella.

—¿Qué pasó con la casa de tus padres? —le pregunté mientras íbamos hacia su casa.

—La vendimos en pandemia. Fue muy mala época para la hostelería, ya sabes, necesitábamos un colchón. Algunos tuvimos la suerte de tenerlo, otros muchos cerraron. Las ayudas no llegaron a tiempo.

—Tener un negocio, en estos tiempos que corren, es estar siempre al filo de la navaja.

Eché a andar siguiendo sus indicaciones.

—Sí, lo es. Muy sacrificado.

—Pero… estás bien, ¿no? Llevar el Alborán adelante te gusta. Siempre supiste que eso era lo que querías.

—Desde que veía a mi padre asando espetos en la barca —dijo, y estuve seguro de que sonrió, por cómo sonó su voz—. Lo echo de menos, Nilo, ¿tú no los echas de menos?

Seguí adelante, sujetándola con firmeza, despreocupados ambos de las miradas de la gente, del ruido, de todo lo que no fuéramos nosotros y nuestra conversación. Fue un alivio poder conversar con ella de aquel modo agradable.

—Muchísimo. Ahora que he vuelto a casa, más que nunca. Es como si en los lugares quedase el recuerdo de quienes fuimos, casi tanto como en el corazón. Curiosamente, hay cosas que parece que no has vivido hasta que no regresas a un lugar y, ahí están, esperándote. ¿No te pasa?

—Cada día.

Se hizo un largo silencio, roto solo por mi respiración, más fatigosa que la de ella. Al fin y al cabo, cargaba con una persona adulta en un día de verano.

—Para ti fue más fácil, Nilo. No estabas aquí.

No tenías que toparte con todos los recuerdos tras cada esquina.

Yo… durante un tiempo te vi en todas partes.

En absolutamente todas. En los días de calima, hasta me parecía que andabas por la playa con tu bañador rojo, y corría a buscarte para darme cuenta de que solo era un chico que se parecía a ti.

Con la taró… —suspiró, y apoyó la barbilla en mi trapecio—, es igual.

El caso es que te veía en todas partes, como en esa canción de Estopa. En cada foto, en cada espejo.

— En las paredes del metro… —dije, sosteniendo la emoción que el recuerdo de una de nuestras canciones favoritas, esas que cantábamos a pleno pulmón, me provocaba. Hasta los vimos en concierto en La Rosaleda—. Allí te veía yo, aunque nunca hubieras estado en Madrid.

Carmen estiró la mano y colocó la llave electrónica en la placa que activaba el mecanismo que abría su portal. El aire fresco del interior nos dio en la cara.

—Déjame aquí. Creo que el resto del camino me apañaré.

La solté con cuidado. Luego dejé la bolsa y estiré las manos.

—Ya no peso como cuando era una niña —dijo, apurada—. Lo siento.

—Menos mal, tendría que llevarte al médico de lo contrario —dije con una sonrisa.

Ella sonrió también, más tranquila.

—Bueno… —suspiró—. Gracias por haberme traído hasta aquí.

—De nada, Carmen. —Cogí la bolsa, dispuesto a marcharme. No quería estirar más el chicle, bastante que habíamos vivido aquella pequeña tregua—. Cuidate mucho, ¿vale? Y cúrate eso. Espero que no te hayan salido ampollas.

—Estaré bien. No te preocupes.

Le dije adiós con la otra mano y me alejé despacio por aquel camino de piedra, flanqueado por vegetación, que daba paso al portal. No sabía si ella seguía allí, pues no la oía, aunque tampoco había escuchado la puerta.

—Nilo —llamó entonces.

Me giré, al punto, para mirarla. Soltó al momento:

—¿Quieres subir? —Levantó la bolsa de tomates—. Podemos desayunar juntos. Tú pones el pan y el jamón, yo los tomates y el café. Y vemos esas fotos, ¿te parece?

Una sonrisa, más ancha que la bahía, emergió a mis labios.

—Nada me gustaría más.