Amor de sol y sal Capítulo 22
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Capítulo 22

Nilo

Tras unos momentos de charla con unas vecinas, y tras hacer unas cuestiones en el banco, me di una vuelta por las tiendas del barrio para reponer algunas cosas de la nevera.

Igual que había pasado con las casas, muchos de los comercios de toda la vida habían sido sustituidos por establecimientos por y para el turista; sin embargo, aún quedaban algunos reductos de la vida malagueña.

Bares con olor a vino y madera vieja, zapaterías que habían pasado de generación en generación, carnicerías, fruterías…

y esa panadería con obrador propio que llenaba las mañanas de olor a pan y a dulces, desde la calle principal hasta la playa.

Allí no valía eso de la baguette precocinada.

Allí aún se vendían vienas, camperos, catetos y molletes de Antequera.

Después de comprar un par de molletes, y de hacerme con unas lonchas de jamón, pasé por la frutería a por unos tomates.

Solo me había tomado un café, y el estómago ya me rugía de la impaciencia.

En cuanto pisé la frutería y di los buenos días, me topé de frente con Carmen.

No la había visto desde hacía unos días, en esa tarde que compartimos llena de complicidad y paz, tan distinta al resto de nuestros encuentros.

Tenerla ante mí me provocó una sensación extraña.

¿Sabéis esas olas que parecen ir en sentido contrario a las demás?

Así me sentí, nadando en dos direcciones.

La parte de mí que quería sujetar mis sentimientos por ella; la que quería lanzarse a hablar con ella como si el tiempo no hubiera pasado y, en vez de a solas, nos hubiéramos encontrado en la frutería de la mano de nuestras madres, como en los viejos tiempos.

Entonces les habríamos pedido permiso para ir al quiosco de la esquina a comprar unas chuches, y ellas habrían aprovechado el rato juntas para tomar un café y descansar del trajín de la mañana.

Me quedé paralizado, al cabo de la entrada. Carmen, junto al mostrador, tampoco se movió. Separó los labios, boqueó como si fuera a decirme algo y luego regresó la mirada al frutero.

—Na, mujer, mañana me lo pagas —dijo este, con una expresión amable que hizo bailar las arrugas de sus ojos.

—Qué apuro, de verdad —dijo ella.

Me acerqué, cauteloso cual gato, y me paré al lado de Carmen.

—¿Puedo ayudarte en algo?

—¡Qué alegría veros juntos! —El frutero debía de recordar aquellos tiempos. Ajeno al resto de nuestra tragedia, agregó—: Lo que habéis crecido. Hace na erais dos micos. Siempre juntos, siempre. Como pestaña y ojo.

—O como mierda y culo, que decía mi madre que en paz descanse —dijo una señora que andaba por allí pescando melocotones.

El frutero se rio, al igual que ella. Nosotros esbozamos una sonrisa de circunstancias.

—Ya no… —comenzó a decir Carmen.

Las palabras quedaron suspendidas en sus labios; sin embargo, yo sabía bien qué iba a decir: «Ya no somos tan amigos. Ya no somos nada», aunque la tarde que habíamos echado juntos dijese que estábamos más cerca de ser algo que de ser nada.

—Ya no somos tan micos, ¿verdad? —dije con afán conciliador.

Ella giró la cabeza para mirarme. Sus ojos se perdieron en los míos.

—¿A cómo están las peras? —preguntó una señora.

—A dos euros las de conferencia —respondió el frutero.

Mis ojos seguían puestos en los de Carmen.

En ese negro que era para mí el color más bonito del universo.

Hubo un trajín de bolsas, gente comprando y ruido a nuestro alrededor, que ignoré, que ignoramos.

No dijo nada, tampoco yo, pero esa mirada habló por los dos.

En ella vivía el anhelo de decir muchas cosas.

Abrí los labios para hablar, aunque aún no supiera exactamente qué decir.

Quizá un: «¿Y si volvemos a sentarnos a hablar?

¿Y si guardas del todo el hacha, Carmen?

Una vez más, como el otro día. ¿Y si te explico de una vez qué pasó?

Por favor». Sin embargo, la intención se me quedó atascada en la garganta.

Ella también separó los labios, como si fuera a decir algo. Bajé la mirada a ellos.

Hubo un tiempo en el que, lo único que deseaba en esta vida, más que respirar, era besarla.

Aquel día, lejano ya, en el que comimos mazorca asada en la feria y se le llenaron de mantequilla.

Ese día, más lejano aún, en el que comió helado de chocolate y se le quedó en las comisuras.

Ese en el que sonrió al verme llegar con un paquete de sus pipas favoritas.

Esos y todos los días desde que supe que estaba enamorado de ella.

Carmen, la Carmen del ahora, tomó aire hondamente, agachó la mirada y negó con la cabeza.

—¿Qué haces aquí? —soltó entonces.

—Vivo en este barrio, ya lo sabes.

—¿En la casa de tus padres?

Su mirada ascendió desde el suelo a mi mano, esa que tenía apoyada en el mostrador, pues necesitaba, como la electricidad, una toma a tierra cuando estaba frente a ella.

—Sí, en casa de mis padres. Estuvo cerrada, pero nunca la vendimos, aunque supongo que eso ya lo sabrás. Aquí se sabe siempre todo. Además, me mandaste el bizcocho.

—Es verdad. —Se rascó la mejilla—. Hoy estoy despistadísima. Será la calor. Y no, no todo se sabe. —Volvió la mirada a la mía. Pestañeó suavemente—. Apenas sé qué has estado haciendo todos estos años, más allá del asunto de la chica guapa con los Yorkshire.

El pacto silencioso de dejar las cuestiones profundas atrás parecía haber quedado en el pasado.

—¿No me has buscado por redes sociales como hace la gente normal?

Rio un poco. Una de esas risas que salen aunque no quieras.

—Sí, pero tu perfil es privado —confesó.

Eso me hizo sonreír. Para otros quizá habría sido raro, de stalker , que dicen ahora, pero para mí…, para mí era una señal de que esa barrera que había levantado tenía algunas fisuras. Que una parte de ella quería saber de mí.

—Yo también te busqué, Carmen.

—¿Y por qué no me escribiste?

—Por él.

Los ojos se le pusieron tristes.

—Además, no quería molestarte —agregué.

El frutero carraspeó. Bolsa de tomates en mano, nos miró atento, pestañeando despacio. Una señora se apostó a mi lado y dejó sus compras en el mostrador.

—Si os vais a quedar de charla, iros a tomar un cafelito, ¿no? Estáis en tol medio, chiquillos.

—Perdón —dijimos a la par.

—No se apure, señora, que ya termino con ellos —anotó el frutero—. Si quieres algo más, llévatelo, Carmen. Mañana me lo pagas, de verdad.

—¿No tienes dinero? —quise saber.

—Claro que tengo, pero en casa. Me he dejado la cartera —contestó ella—. Es la primera vez que me pasa. Creo que estoy perdiendo facultades, me siento más dispersa.

Su mirada se estrechó, puesta en la mía. En sus ojos vibró un «Y la culpa es tuya, Nilo Rubio».

—No, la primera vez no. Cuando fuimos a Nerja, en el viaje del colegio, también te dejaste el monedero —le recordé.

—Es verdad… —Frunció los labios—. Me invitaste a los helados.

—Pues hoy te invito a… unos tomates —dije riéndome.

Dejé un billete en manos del frutero antes de que Carmen pudiera rechistar.

—Te lo devolveré luego, en el Mediterráneo.

—No hace falta. Me prestas un tomate y ya está. Es a por lo que venía.

—Que no, que te lo pago.

—Carmen… —me quejé.

Ella echó la boca a un lado y resopló. Los mechones sueltos de su moño, que caían en su mejilla, se agitaron. No dijo más, solo asintió. El frutero le dio los tomates, a mí, el cambio, y nos despedimos de él.

Ya en la acera, con el establecimiento a un lado y una carretera a rebosar del tráfico matutino al otro, Carmen sacó un tomate de la bolsa y lo puso en mi mano. Volvieron nuestros dedos a rozarse, como aquel día en el supermercado.

—Qué curioso —dijo con una sonrisa ligera—, otra vez con un tomate de por medio.

—Deberíamos invertir en bolsa en el mercado de tomates.

—¿Eso existe?

—Claro. Se puede invertir en casi cualquier cosa. Hasta en comida espacial o en derechos de contaminación.

Los ojos se le fueron a la matraca de automóviles. Sus tubos de escape barrían el poco olor a mar que llegaba para instalar el del humo. Ese que se impregnaba en fachadas ocupando espacio junto al marrón que habían dejado los polvorientos aires del Sáhara.

—¿Derechos de contaminación? —Arrugó la nariz.

Me encantaba verla hacer ese gesto. Así que me embobé en mirarla.

—Es… —comencé a decir, pero ella me interrumpió.

—¿Por qué me miras así? —preguntó ceñuda.

—Cuando arrugas la nariz, estás muy guapa.

Pensé que me tiraría un tomate; sin embargo, dijo nostálgica:

—Eso me decías siempre. Pero ya no tengo la misma cara, soy más vieja. Me salen millones de arrugas. —Hizo el gesto, y luego chasqueó la lengua—. Así que no digas que estoy guapa.

—Guapa no, guapísima. Esas arrugas significan que has vivido, que vives, y me gusta estar aquí para poder verlas. Querría de hecho, verlas crecer más y más…

—No te pases.

—Es que cada arruga significaría algo que hubiéramos vivido juntos. Además, Carmen, ¿qué es eso de que eres vieja? No tienes ni cuarenta años. —Me reí con ganas—. ¿Qué narices vas a serlo? Yo no me considero viejo en absoluto.

—Las mujeres nos hacemos más viejas antes que los hombres.

—¿Eso te lo ha dicho Cristian?

—No —dijo con la boca chica.

Porque era un sí. Un sí como la copa de un pino.

—Pues mira, quien te lo haya dicho, que se vaya a tomar viento a la Farola, porque estás increíble. Con quince años y con treinta y ocho.

Se encogió de hombros.

—Lo que tú digas, Nilo.

—Lo que yo diga, sí. —Sonreí.

Ella hizo amago de sonreír también; sin embargo, soltó un suspiro y miró de reojo a su derecha.

Observó su reflejo en el cristal del escaparate, o eso me pareció, y no sé qué le rondó la cabeza, pero el gesto se le volvió infinitamente triste.

Tanto que me sentí igual de mohíno, aunque no supiera por qué.

—¿Qué pasa? —pregunté, aun temiendo su silencio. Solo quería arrancarla de ese momento que sabía le estaba haciendo daño.

—Nada.

—Si fuera «nada», no pondrías esa cara.

Luchó consigo misma para callar, lo noté, pero al final dijo: