Capítulo 21
Carmen
Encontré la puerta del Mediterráneo abierta y a Nilo tras la barra. Estaba tan obnubilado que, cuando me planté ante él, tuve que chasquear los dedos para que me mirase.
—Te has quedao traspuesto.
—Uf —se frotó la cara—, perdona. Estaba pensando en mis cosas.
—Pues ya eran graves para andar así.
Él me miró extrañado. Cerró los labios, mucho, luego los abrió, al borde de decir algo, y los cerró de nuevo. Algo le pasaba, algo raro, porque casi no tenía color en las mejillas.
—¿Estás bien?
—Nada, Carmen, todo bien. —Su sonrisa fue forzada—. ¿Tú cómo estás?
—Ahí ando, pero… si te pillo en mal momento me voy.
Salió de detrás de la barra y la rodeó para plantarse a mi lado.
Olía a colonia fresca y a suavizante de la ropa.
Como de costumbre, iba bien vestido, con su camisa y sus pantalones planchaditos.
Con el cabello bien peinado. Poco a poco, mientras me miraba, recuperó el color y su sonrisa se volvió más sincera.
—¿Qué te ha dicho? —Señaló con las cejas la bolsa de supermercado, a rebosar de papeles, que llevaba conmigo.
—Que no le haga preguntas tontas y que los tire.
Articuló un «gilipollas», que pude leer de sobra en sus labios, y dijo:
—Haremos algo mejor.
Cogió la bolsa con una mano y me tomó de la mía con la otra para hacerme andar con él.
Lo seguí, al punto, hasta la barca de los espetos.
El olor a leña recién cortada me llenó la nariz.
Nilo dejó la bolsa en el suelo, se acercó a un arcón a los pies del palizo que daba sombra al espetero y sacó de allí unos troncos que puso en la barca.
Luego, los prendió con maña. Lo observé sin decir nada, ya sospechaba cuáles eran sus intenciones.
Pronto, el aire se llenó de olor a brasas, y un hambre descomunal me encogió el estómago.
No había comido nada desde hacía horas. Me miré: estaba hecha un desastre, pero eso a Nilo le daba igual. Me había visto peor muchas veces.
—Bueno, ya que nos fastidié San Juan, hoy quemaremos cosas. Empezando por eso. —Señaló los papeles—. No todos, claro, que son muchos, pero quemarás algunos, el resto, a reciclar.
Lo miré y sonreí.
—Gracias por pensar en el medio ambiente.
—Sí… —Se rascó el cogote, con una sonrisa incómoda—. No siempre lo he hecho, pero bueno. En fin… —Un suspiro extraño—. ¿Cuál quieres quemar?
Inspiré hasta llenarme bien de aire los pulmones y me acuclillé delante de la bolsa. No paré hasta que di con una carpeta de cartulina en concreto. Estaba manchada de café. Me puse en pie y la observé en mis manos.
—Nunca olvidaré esta maldita carpeta.
—¿Por qué?
—Porque Cristian estaba estudiando con ella, me tropecé con la pata del sillón y caí hacia él.
Así que derramé el café que estaba tomando sobre los apuntes.
Se puso hecho un basilisco y aguanté su enfado mientras sentía que el tobillo me ardía.
Acabé en urgencias, un esguince. No vino conmigo.
Tenía que pasar los apuntes a limpio que yo le había desgraciado.
—Me encogí de hombros—. Conservó estos en su escritorio para que los viera siempre y me acordase de lo patosa que era.
A Nilo se le vieron en la cara sus intenciones de asesinato, que no tardó en expresar en voz alta.
—Tenías que haber dejado que tu hermana lo matase, porque yo también quiero matarlo. ¿Por qué no te separaste de él?
Un nudo en la garganta del tamaño de Málaga me impidió decir nada.
Solo lancé la carpeta al fuego y la observé mientras ardía.
Las llamas despertaron el olor a café que quedaba impregnado en ella, así como el recuerdo de lo vivido.
Sus gritos llenaron de nuevo mis oídos. Su egoísmo me heló la piel como entonces.
Di un paso hacia Nilo y puse la cabeza en su pecho, con el rostro hacia el suelo.
—Carmen… —susurró, y me atrajo hacia él.
Mi mejilla sintió el calor que emanaba de su piel a través de las ropas.
Dejé los brazos abajo mientras él me rodeaba con los suyos; sin embargo, poco a poco, lo abracé también, hasta que rompí a llorar de pura angustia y dolor.
Aferré su camisa con los dedos. Él hizo amago de moverse, pero lo retuve contra mí.
—No me sueltes, Nilo, ahora no, por favor.
—Solo quería secarte las lágrimas.
—Usaré tu camisa, si no te importa —dije entre sollozos.
—No… —rio suavemente. Llenó el pecho de aire, lo sentí en el movimiento de su diafragma, que me movió con él, y luego lo soltó lentamente mientras me estrechaba—. Llora lo que quieras, Carmencita, te abrazaré todo lo que haga falta.
El fuego crepitó llevándose los malos recuerdos del plano físico.
El abrazo de Nilo hizo arder los del alma, allá donde más se enquistan.
Estuvimos abrazados, no sé cuánto, en compañía de las olas y su sal; del viento y las gaviotas; del fuego y el cielo.
Poco a poco, me separé de él. Nilo me secó las lágrimas con los pulgares.
Su expresión era serena, rebosante de cariño hacia mí.
—Quería decirte una cosa, pero hoy no es el mejor día para hacerlo. Así que vamos a comernos unos helados y a olvidarnos de todo —dijo—. Iremos donde tú digas.
—¿Qué cosa?
—Es una cosa seria, pero puede esperar. Ha esperado veinte años, no pasa nada si espera un día más.
—Sí, por favor, no más conversaciones trascendentales —dijo aliviada—. Pero… ¿podemos comer antes algo más?, me muero de hambre. Además, necesito cambiarme de ropa, huelo a sobaco. Tengo un vestido y cosas de aseo en el Alborán.
Se rio con los labios cerrados.
—Un poco, pero es un olor soportable, no en plan campesino medieval.
—Ay, no —dije apartándome de él, y me olí la axila—. Dios, qué peste. Además, tú sabes que la gente en la Edad Media se lavaba, ¿no? Es un mito.
—Ah, ¿sí?
—Sí, lo vi en unos documentales de gente experta. Me gustan los de la Edad Media, los del Antiguo Egipto no los puedo ver por tu culpa. Cada vez que mencionan el Nilo, quiero tirarle la zapatilla a la televisión.
Se rio, cogió la bolsa y echamos a andar.
Rato después, hecho el aseo y el reciclaje, tras comer en un restaurante del centro unas raciones y unas tapas, nos fuimos a devorar un helado mientras paseábamos por el puerto.
La tarde estaba lo suficientemente fresca como para permitirnos el lujo.
Paseamos, nos montamos en uno de los barcos de la bahía, soñamos con tener nuestro propio yate, le dimos de comer a los peces que nadaban pegados al muelle, nos mezclamos con la marabunta de guiris que llenaban el espacio.
En los puestos, me regaló un sombrero de paja con un lazo rojo.
Yo le compré una correa nueva para el reloj.
Después de tomar un café cargado de nata y siropes, me empeñé en comprar unas piedras asociadas a nuestros signos en un puesto lleno de cosas esotéricas.
Cristian no creía en esas cosas, arrugaba la nariz si las mencionaba, pero a Nilo le parecía algo curioso, le recordaba mucho a su hermana, y hasta compramos una para Marieta y para ella.
Mi hermana respondió a mis mensajes al rato, diciéndome que se había pasado la mañana en el centro de belleza, y eso me dejó tranquila.
Luego tomamos unas copas hasta la madrugada en las terrazas altas del centro.
No hubo conversaciones profundas. No hubo mención a recuerdos incómodos.
Nilo y yo solo hablamos de tonterías, de cómo le iba la vida a otras personas de la pandilla, de las cosas buenas que nos habían pasado en esos años.
Nos reímos como cuando teníamos dieciocho años.
Nos reímos tanto que acabó doliéndome la mandíbula.
En la vida, muchas veces, hay que aparcar el dolor y lo malo, porque, si no, se comen los mejores momentos. Y esa tarde estuvo, después de mucho tiempo, llena de mejores momentos entre nosotros. De esos que recordaríamos dentro de veinte años… si es que seguíamos en la vida del otro.
La parte más honda de mi corazón, allá donde no llega la razón que impone sus métodos, me dijo que ese era su deseo.
Que empezaba a entrar en sus planes que Nilo hubiera llegado para quedarse.
Lo que me daba más miedo era que, esa parte del corazón, quería que se quedase muy cerca.
Mucho. Y yo no sabía si estaba preparada para algo así.
**
Una semana después, mientras trataba de conseguir en la frutería de mi barrio unos buenos tomates para el desayuno, por mi mente seguía rondando la misma cuestión.
Bueno, las mismas cuestiones, que no eran pocas, y todas gritaban y gritaban, y apenas me habían dejado dormir.
¿Qué pasaría si dejase entrar a Nilo, del todo, en mis planes?
¿Qué, si me dejaba llevar? ¿Qué, si volvía a darle en mi corazón el lugar que ocupó un día?
¿Volvería a herirme con su ausencia? Eso era lo que más miedo me daba: el dolor.
—Niña, ¿quieres que te pese los tomates?
La voz del frutero me sacó de mis pensamientos.
Pestañeé y me vi con una bolsa de tomates en una mano y otro bien grande en la otra, de pie delante del frontal en el que se exhibían varias clases de frutas y hortalizas.
Asentí, desubicada, y le tendí ambas cosas.
El buen hombre se la llevó para pesarla y yo apreté los labios.
Me había dejado la cartera y el móvil en casa.
Tenía la cabeza tan puesta en aquel asunto de Nilo, que se me había ido el santo al cielo.
Jamás me había pasado nada así, yo era muy meticulosa con las rutinas, pero parecía que él hubiera llegado a mi vida para ponerla patas arriba, incluso en aquellas cosas pequeñas.