Amor de sol y sal Capítulo 20
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Capítulo 20

Nilo

—Tu hermana viene pa cá —le dije a Marieta, nada más colgar—. No tenemos mucho tiempo.

El de la leña, de verdad, había ido hacía un rato, antes de que llegase ella a la hora acordada.

Apenas nos había dado tiempo a guardar la madera antes de que rompiese a llover.

La lluvia ya había cesado, pero el aire olía a arena mojada.

Inspiré con ganas y miré hacia la carpeta con los papeles.

Estaba sobre la mesa ante la que estábamos sentados, ambos con cara de circunstancias, delante de dos cafés que apenas habíamos tocado.

—La he notado tan mal que le he dicho que venga —agregué.

—¿Qué le ha pasado? —preguntó alarmada.

—Se ha liao la manta a la cabeza y ha hecho limpieza… intensiva —dije, y le conté el resto de lo que sabía.

Mari abrió los ojos cuanto le dieron de sí.

—Tiene que estar pa volar. Es raro que no me haya llamado a mí. —Chasqueó la lengua—. Igual sigue disgustada por las cosas que le grité a Cristian, pero es que no me pude callar.

—No creo que sea por eso —llevé las manos a la carpeta—, no le des vueltas.

Marieta metió la mano en su bolso y sacó el móvil.

— Ostres , que sí me ha llamado. He puesto el teléfono en silencio en el centro de belleza y se me ha olvidado quitarlo.

Es uno de esos de total relax, tienen hasta una fuente con piedras.

Se supone que es relajante, pero el sonido del chorrillo me da ganas de mear todo el rato, si te digo la verdad.

—Rio para sí mientras comprobaba las notificaciones—.

Gracias a Dios que no me han llamado del campamento.

—Se puso el móvil contra el pecho y cerró los ojos—. Menos mal.

Tecleó algo a toda prisa.

—Si le escribes a Carmen, dile…

—Qué va, le escribo un mensaje a los del campamento para ver cómo está mi niño.

Ayer me mandaron una foto de él que está pa comérselo, luego te la enseño.

Voy a seguir fingiendo que no estoy disponible, así Carmen viene a verte —soltó una risa traviesa—, a ver si puede ser que haya un poco de paz entre vosotros.

Sonreí fugazmente, a la par que un pensamiento certero cruzó mi mente.

—Deberías odiarme por lo que le hice. Tanto o más que a Cristian.

—No te compares con ese mamón. —Apartó la mirada del teléfono, lo guardó en el bolso y, tras juntar las palmas de las manos, dijo—: Mira, Nilo, eras un crío cuando eso pasó.

Sí, lo hiciste mal, sí, claro que te odié en su día, eras como un hermano para mí, te quería muchísimo y desapareciste de la noche a la mañana sin que entendiera por qué, pero la diferencia entre Cristian y tú es que sabías que lo que estabas haciendo estaba mal, porque lo sabías, ¿no?

—Claro, y llevo arrepintiéndome veinte años. La cagué. Y siento lo mal que te lo hice pasar.

—Ea, pues la diferencia entre ese capullo y tú es que él jamás reconocerá que lo hizo mal.

Encima lo suyo ha sido todo con premeditación y alevosía; día a día durante dos décadas ha minado la moral de mi hermana.

Si hasta ha intentado que nos peleásemos…

, no sé cuántas veces, para tenerla bien controlada y solo para él.

Eché la cabeza hacia atrás y resoplé, con más ganas de matarlo todavía, si es que eso era posible.

—Si algo me ha enseñado la muerte de mi marido es que no vale la pena vivir anclado en las mierdas del pasado.

Hay que vivir el día a día. Eso no quiere decir que dejemos la puerta abierta a todos los que nos hicieron daño, solo que hay que saber perdonar a quien se lo merece y se lo gana.

—Estiró la comisura de los labios en un gesto agradable—. ¿No crees?

Asentí con decisión.

—Sí, lo creo. Ojalá tu hermana pueda perdonarme también algún día.

—Ya lo está haciendo. —Me guiñó un ojo—. Te ha buscado en un momento de necesidad.

—Eso es cierto… —Sonreí también—. Me siento como una mierda haciendo esto de espaldas a ella, pero creo que es buena idea que tú lo veas antes y me digas cómo actuar. Y… —inspiré profundamente—, y siento lo que esto pueda causarte.

—Estoy preparada. Soy fuerte —dijo convencida—. Venga, al lío, que Carmen no tardará y no quiero que me pille aquí, o se pondrá a hacerme un interrogatorio que ni el CNI.

Abrí la carpeta y le mostré el primer documento que debía leer.

Su expresión, al principio fue serena, esa que todos tenemos cuando queremos aparentar entereza; sin embargo, poco a poco, se le fue cayendo hacia un mar tormentoso.

Los ojos, de golpe, se le volvieron agua, y se llevó una mano temblorosa a los labios.

—Por Dios, Nilo. Por Dios —musitó—. ¿Esto es verdad?

—Está firmado ante notario, mira tú si es verdad.

Le tendí otro papel, que cogió sin soltar el de antes. Con uno en cada mano, leyó el segundo. Dos gordas lágrimas le resbalaron por las mejillas, y las siguieron un tropel de ellas. Cogí una servilleta y se la tendí. Ella soltó el papel primero y se las secó al momento.

—Le vamos a romper el corazón como se lo digamos —dijo entre llantos—.

No, no podemos decírselo. ¿Cómo ha podido mi padre callarse esto tantos años?

—Levantó la mirada y la puso en la mía—.

¿Cómo han podido callarse los tuyos, después de tantas veces como les dijimos cosas horribles pensando que se estaban aprovechando de los míos?

—Porque os querían como a sus sobrinas, Mari, porque tus padres, para ellos, eran como hermanos. Y quizá también porque se sentían un poco culpables.

Asintió pesadamente. Luego, negó. Cogió la carpeta y empezó a leer papel por papel, línea por línea, varias veces, entre sollozos, sorbidos de lágrimas y servilletas que se iban mojando y quedaban arrugadas sobre la mesa.

El café se enfrió. Lo supe porque cogí la taza y no la solté, me aferraba a ella para que me sostuviese.

—No le puedo decir esto a mi hermana —dijo tras leer el último papel—. Casi toda su vida ha sido una mentira. Si me pasase algo así, no podría reponerme jamás. Ella quería mucho a papá, muchísimo más que yo, saber que nos mintió así, la mataría.

—Cúchame… —Extendí la mano para coger la suya. Los ojos le vibraron por la angustia—. Estaremos a su lado, venga lo que venga, pero tenemos que decírselo. No es justo que no lo sepa. Si fueras tú, ¿querrías saberlo?

Apretó los labios, dudando. Sin embargo, terminó por asentir.

— Mare de Déu , ahora sí que tengo ganas de matar a alguien. ¿Tienes una tila?

—Tengo una tila, pero te la pongo para llevar, que tu hermana estará al caer.

Marieta, con los ojos y la nariz coloradísimos, dejó los papeles en la mesa, se frotó la cara y se puso en pie.

Fui hacia la barra, con ella a la zaga. Mientras le preparaba la infusión, se quedó en silencio, mirando al mar.

El sonido del vaporizador calentando el agua rompió la quietud.

Aunque pensé que no diría nada más, en shock como estaba, lanzó una bomba que no me esperaba.

—¿Por qué no le contestaste a mi hermana el mensaje?

Me quedé con el saquito de tila en la mano, a punto de meterlo en el agua hirviendo.

—¿Qué mensaje? El que le mandé el otro día…

—No me refiero a ahora, me refiero a hace veinte años. Ella te escribió un mensaje. El último. No le contestaste.

Fruncí el ceño, tratando de hacer memoria.

—Su último mensaje fue un: «Pues que te vaya bien.

No quiero saber nada más de ti. Sácame de tu vida para siempre porque yo te sacaré de la mía.

Para mí has muerto, Nilo Rubio. Muerto».

Lo recuerdo palabra por palabra. —Me toqué la sien con la punta del dedo índice—. Lo tengo grabado a fuego en la memoria.

—No, coño, ese no —dijo irritada.

Dejé caer el saquito de tila en el agua, que se hundió igual que yo en aquella tremenda confusión.

—Pues es el último que recuerdo.

—Te mandó otro más. Y, si no te acuerdas de él, es que ni lo leíste, porque era muy gordo lo que te decía.

—No tengo ni idea…, de verdad que no.

Me evaluó con la mirada, a lo Sherlock Holmes, tratando, quizá, de detectar si mentía. Al final, chasqueó la lengua y soltó un afectado:

—No me jodas que no lo sabes.

—¿Saber el qué? —Me quedé blanco. Mi instinto más primario fue el de meter la cara en agua hirviendo a ver si así reaccionaba, porque me sentía cerca de la morgue—.

Tiré el móvil al roquedal. Unas horas antes de coger el bus, fui a despedirme de la playa.

Me dio por mirar mis fotos con tu hermana, me encabroné y tiré el teléfono al mar.

Sí, fui gilipollas, era un niñato. Ya lo siento por la contaminación y por la pasta que me gasté en un teléfono nuevo, pero es que eso ya me da igual. ¿Qué narices ponía en ese mensaje?

—Te lo tendrá que decir Carmen. No soy quién para hacerlo. Así que habla con ella. —Cogió su bolso, el vaso para llevar y echó a andar hacia la entrada—. Pensaré de qué manera hablarle de ese otro asunto. Dios, necesito unas vacaciones, pero ¡de la vida!

Cerró la puerta tras de sí. Me quedé mirando a la nada, no sé cuánto. Me sentía mareado e impotente, con ganas, una vez más, de coger al Nilo del pasado y retorcerle el pescuezo.

¿Qué me dijo Carmen en ese mensaje?