Capítulo 19
Carmen
El contacto con la arcilla húmeda y fría, después todo lo pasado, me reconfortó.
Cerré los ojos y me dejé llevar por las sensaciones, por el silencio del taller, en el que apenas se oía el rumor de las respiraciones y el agradable sonido del torno; el de la arcilla deslizándose o moldeándose al contacto de las manos.
El aire olía a tierra y agua; olía a cosas nuevas.
Al barro cociéndose de quienes ya habían terminado sus trabajos, porque llevaban más tiempo en el taller.
No tenía la menor idea de qué iba a hacer cuando llegase a ese punto.
Si un platito para las aceitunas, un jarrón u otra cosa.
Quizá una taza para Marieta. A ella le gustaban de todos los colores, tamaños y formas.
Tenía un armario de la cocina solo para sus tazas, que rotaba todos los días para usarlas.
Tazas de verano, de otoño, de Halloween, de Navidad…
Ir con ella a un centro comercial era salir con una taza nueva.
Una alegre, de esas que, con solo mirarlas, te alegran la vida.
Me gustaban esas cosas antes, llenas de color, pero Cristian las odiaba.
Las de mi casa eran todas negras, su color favorito.
Se metía con mi pared gris tanatorio, pero las cosas que él había escogido para casa eran dignas de un velorio.
—Carmen, hija, la vas a volver polvo —la cariñosa voz de la maestra del taller me sacó de mis pensamientos.
Miré abajo. Ciertamente, la arcilla se había desperdigado y era un desastre.
Como mi vida. Empecé de nuevo y traté de concentrarme.
Estuve unos minutos relajada, hasta que el asunto Cristian volvió a mi cabeza.
Desde lo del dinero, no dejaba de repetir una y otra vez nuestra conversación en la cabeza.
Y aunque me irritaba sobremanera, hubo algo en todo eso que me hizo sentir bien: no me arrepentía ni de una sola de mis palabras.
Antes, cuando discutíamos, repasaba las conversaciones para ver dónde había metido la pata y, desde luego, él se encargaba, si no, de señalarlo.
—Tenía que haber dejado que mi hermana lo espetase —gruñí.
La arcilla cedió a la presión de mi rabia y se desmoronó de nuevo.
Miré a la maestra, ella me observaba con una sonrisa compasiva.
Se acercó para ayudarme a comenzar una vez más.
Y, una vez más, me pasó lo mismo. Primeros minutos de relax y luego el capullo de mi ex.
Solté un suspiro en el que se me fue media vida.
—Yo creo que no tienes el día —me dijo ella, y puso la mano en mi hombro—. ¿Será porque es temprano?
Ese día, ella tenía un asunto personal y nos había pedido que fuésemos a dar la clase por la mañana. Como era lunes, y cerrábamos el Alborán, pude asistir.
—No, no tiene nada que ver, si yo soy muy activa a estas horas. Es que no ando muy católica. Mejor me voy. Estoy llenando esto de energía negativa.
—No, mujer… —Rio—. No pasa nada. Hay días buenos y días malos, tú tranquila, que le cogerás el truco al final.
—Si el problema no es el truco, soy yo, que tengo la cabeza en Pekín.
Ella asintió, sin dejar de sonreír. Al poco, ya liberada del mandil y con las manos más que limpias, dejé el taller y me fui a dar un paseo por la playa.
No duró mucho, el cielo se puso como un tizón, preludio de una tormenta de verano.
Nunca me han dado miedo las tormentas, pero eso de ver los rayos en la bahía da bastante repelús.
No quería quedarme frita en la arena y que alguien me encontrase después, con los pelos chamuscados.
Me largué a casa, a toda prisa. Una vez allí, fui directa a la cocina.
Abrí el mueble de la vajilla y saqué todos los platos.
¿Sabéis esas bolsas de rafia de los supermercados, cómodas y con asas grandes?
Pues llené cuatro. Tazas, platos, boles, fuentes…
Todo lo que era de color negro, todo lo del gusto de Cristian, acabó metido en ellas.
No supe qué me entró por el cuerpo. No podía parar.
Algo se había apoderado de mí. Así que seguí y seguí guardando cosas, llenando más bolsas para eliminar cualquier resquicio de su personalidad que quedase en casa.
Ese cuadro de cebras. Esas cortinas horrendas de rayas.
Esa lámpara minimalista que le había costado medio ojo de la cara y que hacía unas sombras incómodas, por lo que jamás se encendía.
Esa colcha con efecto arrugado que me daban ganas de planchar hasta dejarla tiesa.
Todo de color negro. ¡Si hasta los interruptores los había puesto negros!
Armada con un destornillador, los quité todos.
Obviamente, solo los embellecedores: ni quería tener que alumbrarme con una vela ni tengo nociones de electricidad.
Sudando cual pollo, miré a mi alrededor, satisfecha.
Su fantasma empezaba a apagarse. Aunque hecha un desastre, no me paré a cambiarme de ropa ni a nada.
Sabía que, si lo hacía, si me paraba, mi cerebro empezaría a darme excusas, guiado por el miedo, para que pusiera las cosas en su sitio.
Saltarían las alarmas. Una voz me diría un: «¿Y si vuelve? ».
—Pero qué cojones, que no quiero que vuelva —refunfuñé mientras tiraba las que no servían a la basura.
Luego cargué las demás en el coche, sin mirar atrás. Después de cuatro viajes al maletero, lo cerré y me sacudí las manos.
—A tomar por saco —dije.
Me monté, arranqué y me largué a donarlas. Al menos la amargura de mi matrimonio iría a parar a una buenísima causa, y eso me alivió. Hasta de lo malo puede sacarse algo bueno.
***
Fui al centro comercial para reponerlo todo, en tanto que la tormenta de verano descargaba sobre Málaga.
Platos nuevos, vasos, una colcha, una taza con forma de unicornio y otra de oso panda llenas de brillantina, compradas en la sección infantil, y mil cosas más.
Hasta me compré unas sandalias nuevas, porque nunca es mal momento para eso.
También pasé por una tienda de pinturas: el gris tanatorio y su recuerdo pronto serían erradicados.
Con todo hecho, sentada ya en el asiento del conductor, con las manos apoyadas en el volante, me sentí un poco zombi.
El chute de energía inicial empezaba a diluirse.
El sentimiento de culpa iba y venía. El pensamiento interno se debatía entre el regaño y la aprobación.
Empezaba a caer más en lo primero, en volver a la tienda para decirles que me arrepentía, que me lo llevaba todo, así que llamé a Marieta en busca de apoyo emocional y de un plan de contingencia para mis poco acertados impulsos; sin embargo, no contestó.
La freí a mensajes: no hubo respuesta. Desesperada, con la necesidad de escuchar una voz amiga, mis dedos fueron, por inercia, a buscar el contacto de Cristian en últimas llamadas.
Ya, su voz era del todo menos amiga, pero, por lo visto, a mi cerebro le daba igual.
No obstante, en ese periplo, mis ojos vieron el nombre de Nilo. Sin pensar mucho más, lo llamé.
—Carmen —dijo al responder, con una mezcla de sorpresa y alegría.
Puse el manos libres, sintiendo el corazón a mil por hora.
—Hola —saludé sin más.
—Hola, ¿cómo estás? —El sonido del mar reverberaba tras su voz. Hacía aire, aunque no lo bastante como para fastidiar la llamada.
—Jodida, la verdad. —Quería callarme con él lo que sentía, hacerme la fuerte como lo había hecho en el chiringuito después de aquel episodio.
Fallé—. Se me ha ido la olla. He cogido tooodas las cosas de mi ex que quedaban en casa y las he tirado o las he donado.
Solo me queda una bolsa con papeles de sus oposiciones.
Tienen más años que el mear. Ya habrán cambiado todas las leyes que se estudió.
Le dije de tirarlas, pero me dijo que no. Y ahora no sé qué hacer.
—Escríbele y pregúntale. Si te dice que las quemes, vente para el Mediterráneo.
—Es lunes, ¿qué haces allí?
—El de la leña pasaba hoy, ha tenido que cambiar el día por asuntos personales.
—La de la arcilla ha cambiado la hora también.
—Igual están confabulando para que nos veamos.
—Qué dices… —Me reí, y me eché para atrás en pos de acomodarme. Los ojos se me fueron detrás de una cría que se estaba comiendo un helado de cinco metros. La boca se me hizo agua—. Necesito un helado, Nilo.
—¿Sigues comiendo el de tutti fruti como si fueras una señora de ochenta años?
—Sí —Reí—. ¿Y tú el de vainilla y chocolate como si fueras un niño de dos?
—Exactamente.
Sonó como si sonriese mucho, y mi cerebro imaginó esa sonrisa, lo que me hizo sonreír también.
—Te espero aquí —dijo entonces.
—¿Y si me dice de no quemarlas?
—Te espero igualmente. Ven, quiero verte.
«Quiero verte».
Dos palabras que, siempre, significaban un mundo, ya fuera para bien o para mal. En este caso…, según me gritó mi corazón: para bien.