Amor de sol y sal Capítulo 18
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Capítulo 18

Nilo

Cuando vi a Marieta salir detrás de Cristian, espetos en mano, supe que, o alguien hacia algo, o aquello acabaría en tragedia.

A ver, tampoco es que pensase que verdaderamente se los iba a clavar, no, la hermana de Carmen no tenía instintos asesinos reales, pero conociendo a Cristian y lo mucho que le gustaba exagerar y hacerse la víctima, acababa allí hasta la Guardia Civil.

Los camareros se quedaron pasmados, así que corrí a grandes zancadas, aplastando la arena de Suiza, y pasé corriendo al lado del exmarido de Carmen, que iba en dirección a su moto.

No le dije palabra, no lo miré. Mi objetivo era otro.

En cuanto llegué frente a Marieta, me agaché y, cual placaje, me la cargué al hombro y empecé a andar con ella en sentido contrario a él.

—¿Qué haces? —dijo revolviéndose, dándome palmadas en la barriga con las manos desnudas. Las cañas se le habían caído al suelo cuando la cogí—. ¡Nilo! ¿Qué haces?

—Evitar que hagas una tontería. —La aferré con más fuerza—. Deja que se vaya.

—Me cago en tot , no me da la gana. ¡Te juro que lo mato! ¡Cagabandúrries, tros de quòniam, pelacanyes!

—Menudo repertorio de insultos en catalán. —Me reí, a pesar de todo.

—Me los enseñó el Marc. Si estuviera aquí, os daba una paliza a los dos. A él, por mierda; a ti, por fastidiarme el plan.

Cristian se giró y le hizo un gesto grosero mientras se cagaba en su padre.

—Ostras tú… —Marieta bufó como un miura—. Ostras…, el mato , ¿eh? ¡Con mi padre no!

El otro repitió su insulto mientras se colocaba el casco.

—Marieta, Nilo. —La respiración agitada de Carmen quemó su voz—. Por Dios…, dejad que se vaya. Dejadlo.

Me di la vuelta para mirarla. El rugido del motor llenó el aire.

—¿Estás bien? —le pregunté.

—Sí —contestó; sin embargo, su mirada y lo agitado de su pecho decían otra cosa, al igual que la palidez de su rostro empapado en sudor.

Se frotó el cuello y nos miró a uno y otro.

—Volvamos al trabajo, por favor.

—Deberías…

—Nada, Nilo —cortó—, por favor. Nada. Pongámonos a trabajar, solo quiero olvidar esto.

Carmen se giró y echó a andar hacia el local.

Conforme lo hacía, le pidió a todos que siguieran a lo suyo, y ellos hicieron caso al punto.

Se agachó a por los espetos y continuó con su camino.

Al pasar al lado de uno de los camareros, él le dirigió una sonrisa comprensiva.

No sé qué le dijo ella, pero se fueron juntos hacia el interior del local.

Pensé que su hermana replicaría, mas no dijo ni mu. La dejé en el suelo, despacio. Ella se acomodó las ropas y el peinado, con cara de circunstancias. Yo me arreglé la camisa, que también se me había movido.

—Lo siento —dijo ella con la boca pequeña—. Me he endemoniao.

—Endemoniao es poco. Eras Lucifer y tos sus demonios. —A pesar de todo, esbocé una sonrisa—. Pero sé que no ibas a matarlo de verdad.

—Pues no sepas tanto, que en verdad sí que iba a hacerlo. —Se envaró y colocó las manos en las caderas. Su mirada se agrisó al decir—: Odio a ese tío. Siempre lo he odiado. No sé qué cojones vio mi hermana en él.

—Yo tampoco… Anda, vamos a hacerle caso a Carmen y a trabajar, que ya hemos dao bastante espectáculo por hoy. —Señalé con disimulo a los bañistas, algunos nos miraban intrigados y cuchicheaban entre sí.

—Tú no sabes lo que le ha dicho, porque tú…

—¿Yo?

Marieta apretó los labios, tragándose las palabras que iba a decir.

—Es igual. Aunque tengo una duda que me corroe por dentro desde hace tiempo, y como sigo enfadá, la voy a sacar de dentro, que si no me atabalo .

—Yo, mientras no cojas otra vez las cañas…

—No —suspiró—, me quedo cómo estoy. —Tras una pausa en la que escudriñó en mi mirada como quien busca un secreto, dijo—: Dime una cosa, Cristian te cae mal porque se quedó con mi hermana, ¿verdad?

Carraspeé incómodo. De repente me pareció que hacía muchísimo más calor.

—No me caía bien desde mucho antes de que empezase a salir con tu hermana. Ya te he dicho hace un rato que se metía conmigo. Era un bully , como dicen ahora, de manual. Tu hermana siempre le quitaba peso al asunto. Se lio con él siendo mi amiga y sabiendo las cosas que me decía.

—Eso hizo que te cayese aún peor, a qué sí.

Torcí los labios. Ella levantó las cejas esperando que dijera algo.

—Sí.

—Porque estabas enamorado de mi hermana.

El pasado en ese verbo no tenía la menor concordancia con la situación.

—Mari, tengo prisa. No estoy pa charlas. —Sonreí forzosamente—. Hay mucho curro. Los dos tenemos tela de trabajo. Tengo que terminar de organizar el tema del bautizo. Aunque espero que al mamón de Cristian no se le ocurra aparecer por aquí, o le empano los boquerones con arsénico en polvo.

Eché a andar, pero ella me interceptó. Puede que Marieta fuese menuda; sin embargo, cuando se cuadraba, daba un miedo de la hostia.

—Eso de envenenarlo me parece bien, pero de mí no huirás como de ella, como de los demás. No dejaré que te vayas hasta que no me lo digas. —Me puso el dedo índice, bien estirado, delante de la cara—. De hecho, te ataré con las cadenas con las que recogemos las tumbonas si hace falta.

—¿Te van esas cosas? Ya decía yo que tenías pinta de mandona.

—¡Nilo! —Me dio un pellizco en la barriga, como en los viejos tiempos, que me hizo sacudirme cual culebra—. No me mientas. Podría haber sido tu cuñada.

—De la que me libré… —dije frotándome por encima de la camisa.

Ella entrecerró los ojos, mirándome furibunda.

—Vale, sí. —Solté lo que había callado, salvo a oídos de mi hermana y de mi terapeuta, largos años—. Estaba enamorado de ella.

—¡¡Joder, lo sabía!! —Dio una palmada más fervorosa que si hubiera ganado su equipo—. Te fuiste por eso. No por ninguna mierda de los estudios. Por eso te largaste de aquí echando leches.

Asentí, sintiendo el peso de la verdad sobre los hombros y, a la par, habiéndome quitado buena parte de él.

—Cuando me dijo que se casaba, que quería que fuese su… damo de honor, ya me entiendes, no lo pude soportar y me inventé una excusa para largarme de aquí. No podía ver cómo se casaba con él, no podía. Eran dos niños, María. Sobre todo él, un niñato más tonto que Abundio.

—Lo sé, pero ella se enamoró perdidamente de ese niñato. —La sonrisa que esgrimió me pareció ocultaba algo más—. Es lo que pasa cuando uno se enamora, que no existe el tiempo ni la edad, ni nada, ¿verdad?

—Si, hija, sí… —suspiré.

Marieta me mantuvo la mirada, pensativa, hasta que giró la cabeza y miró hacia el Alborán. Llevé también la vista; sin embargo, no vi a Carmen por ninguna parte. Solo el trajín de los primeros clientes que ya llenaban las mesas.

—Perdió a su mejor amigo en el momento más importante de su vida —dijo.

—Y luego a su padre, y le habrán pasado mil cosas horribles —anoté—. Y no he estado para consolarla. Fui un amigo de mierda. Eso fui.

—Sí lo fuiste, sí. —Chasqueó la lengua y volvió a mirarme—.

Pensé que la gran ciudad te había nublado el juicio, que eras de esos que, cuando se van de aquí, se creen mejores.

Sobre todo antes, cuando Málaga no era lo que es ahora.

Y resulta que si te fuiste de su vida fue porque no soportabas verla con mi excuñado.

—Te juro que lo intenté, pero, cuando estaban juntos, Mari, sentía que me moría. Nunca he sentido una angustia tan grande. Me faltaba hasta el aire.

Me sostuvo la mirada hasta un punto incluso en el que me sentí incómodo. Carraspeé, cambiando el peso del cuerpo de una pierna a otra.

—Ella no tiene ni la más remota idea de esto, ¿verdad?

—No tiene ni la más remota idea de muchas cosas, me temo, la pregunta es: ¿y tú?

—¿Yo? —Se señaló, con el ceño fruncido—. ¿Por qué lo dices?

—¿Por qué vendieron tus padres el Mediterráneo a los míos? —solté sin rodeos.

Su gesto se volvió serio como un nublado.

—¿Quieres hablar de ese tema? ¿De verdad? ¿Hoy precisamente? Uy, que te juegas la vida, niño.

Se cuadró, yo también. Nuestra Suiza particular volvía a ser territorio en guerra.

—Sí, contesta, ¿por qué?

—Pues porque los tuyos aprovecharon una pequeña crisis y…

—Mentira. ¿De verdad no lo sabes? ¿O es que te estás haciendo la sueca?

—Te juro que no lo sé. Dime de qué narices hablas, que me estás hartando.

—Ven al Mediterráneo el lunes por la mañana, así lo hablamos.

Tras unos instantes pensativa, dijo:

—Salgo de hacerme las uñas a las diez. Me llego entonces.

—Vale. Me ayudas a pensar cómo se lo digo a tu hermana, pero… prepárate, porque no es ninguna tontería, será un palo para ti también.

—Si es un palo para las dos, igual es mejor que no sepamos nada, menos aún ella, tal y como está, menos después de lo que acaba de pasar.

—Pues no me pienso callar, Mari —dije firme—, si me odia, si nos odia a los Rubio, es porque piensa que mis padres, con artimañas, le robaron parte del pan al tuyo, y el motivo fue otro.

—¿Y cuál fue?

—El lunes te lo digo, no son temas para hablarlos aquí y ahora. Te enseñaré unos papeles que hay en casa de mis padres. Así nos enteramos mi hermana y yo.

Ella asintió, pesadamente, y luego se fue farfullando algo.

Me quedé con la sensación de que el mar estaba a punto de abrirse y tragarnos a todos.