Capítulo 17
Carmen
Observé a Cristian mientras él removía el café que yo le había servido, sentados los dos en una de las mesas de la terraza, la más alejada del trajín del rato previo a la apertura.
La sensación que me embargó al hacerlo en nada se le parecía a las que había sentido antes cuando se trataba de él, sobre todo en aquel año post separación.
Quedaba también muy lejana de la que sentí cuando firmamos los papeles definitivos del divorcio.
En aquellos días, al mirarlo, el corazón se me encogía de angustia, al igual que el vientre.
Tenía hasta nauseas. No dejaba de pensar en las cosas que había perdido de mi relación con él, las cosas buenas.
Era como un barquito a la deriva que solo él pudiera encauzar de vuelta a puerto.
—Tantos años haciendo cafés y todavía te salen reguleros —dijo tras dar el primer sorbo.
Tiempo atrás, quizá días atrás, habría asentido y me habría ofrecido a hacerle otro, a pedirle a alguien que lo hiciera por mí para que él lo tuviera a su gusto, sin embargo, sorprendentemente, ese día no me salió más que defenderme.
Sus palabras hicieron gritar una voz en mi interior.
Una que me recordó que, la mayor parte del tiempo, me sentía como una niña incapaz, más que como una mujer adulta, porque él me recordaba, a menudo, las cosas que no sabía hacer.
—Nadie se ha quejado nunca de mis cafés, solo tú.
—Porque la gente no es sincera contigo, ya lo sabes. Solo yo te digo la verdad, Carmen. —Estiró la mano y la puso encima de la mía, que reposaba sobre la mesa—. Solo yo. ¿Qué tal te apañas sin mí?
El corazón se me aceleró, pero de un modo nada agradable. Mis músculos faciales se contrajeron un poco, sin que yo se lo pidiera. Sin embargo, no fui capaz de retirar la mano. Una parte de mí quería aún aferrarse a él.
—Yo me apaño fatal sin ti —agregó—. Echo de menos esa cosa tuya de hacer planes y tenerlo todo organizado.
—Echas de menos tener secretaria.
—Una secretaria bien guapa. —Se rio.
Sus perfectos dientes brillaron al sol. El coste de su sonrisa perfecta había salido de mis largas horas batallando en el Alborán, como tantas otras cosas hasta que centró la cabeza.
Aunque no lo hice por eso, pensé que sería la única en besar esa sonrisa.
Sin embargo, ya no sería mía nunca más. No me importaba, lo había hecho por él en un momento de felicidad. De esas cosas no hay que arrepentirse.
—Ya… —Retiré la mano, y eso le pintó a él un gesto de sorpresa.
Casi me lo pintó a mí, pues no podía creerme que hubiera tenido las fuerzas para hacerlo—.
Bueno, tenemos mucha faena hoy, Cristian, vamos a arreglar lo del banco.
Aunque pensé que ya estaba todo solucionado. La cuenta conjunta se cerró.
Él torció el gesto.
—Ya, es que… —Bebió el café, con mirada esquiva. La clavó luego en la orilla y entrecerró los ojos, cegado quizá por el exceso de luz que reflejaba el mar.
En la orilla, unos críos jugaban a perseguirse, entre risas, y su alegre sonido lo llenó todo.
—Es que no pasa nada con el banco, cariño. He venido a pedirte un favor.
«Cariño».
Tremenda explosión nuclear en toda mi cara.
Me removí en la silla. Era cómoda, pero, en ese momento, me pareció que estaba hecha de espinas.
Quería expulsarme de sí para lanzarme a sus brazos.
Grité interiormente por verlo de rodillas, pidiéndome volver con él.
Entonces, una voz en mi cabeza gritó más fuerte y me dijo: «Eres gilipollas, Carmen, ¿qué haces?
Después del daño que te ha hecho…». El cerebro es caprichoso, y mientras yo aguardaba a que él hablase, con la mirada puesta en sus labios, se montó una película que ni Spielberg.
Fue recordándome, uno a uno, todos los momentos malos que había vivido a su lado.
Nada de slow motion , no, a toda velocidad .
Fast forward , como en los VHS. ¿Sabéis eso que dicen de que, cuando te vas a morir, tu vida pasa por delante de tus ojos?
Pues yo, en principio, no me estaba muriendo, pero toda mi vida con él estaba pasando por delante de mis ojos.
Ese día en el que me dejó sola en el hospital porque tenía un importantísimo partido de pádel.
Ese día en que se quejó de lo mucho que me quejaba cuando tenía la regla.
Las veces en las que me había dejado por tonta delante de sus compañeros o de nuestros amigos cuando había hecho algún comentario que no le había gustado.
La cantidad de veces en las que esperé y esperé una disculpa por su parte, después de una pelea, y al final era yo la que acababa arrastrándome aunque hubiera sido él el causante de la discusión.
Esos días en los que se me olvidaba recordarle alguna cosa importante y él se ponía hecho una furia conmigo.
Esos en los que dejaba todo por medio en casa porque sabía que pasaría yo a limpiarlo, aun cuando había tenido un día extenuante en el trabajo.
Joder, es que si hubiéramos jugado juntos al mundial de las relaciones, lo suyo era un muestrario de tarjetas amarillas y rojas que le valían más que la expulsión.
Tomé aire con ganas, volviendo a la realidad, igual que si alguien me hubiera tapado los pulmones mientras pensaba. Él había dicho algo, pero no lo había escuchado.
—¿Qué has dicho? —pregunté, ubicándome, y lo miré a los ojos.
Los suyos, brillantes, se clavaron en ellos.
—Que si puedes prestarme dinero, cielo.
«Cielo». Si el «cariño» había sido una explosión nuclear, esa palabra fue un meteorito directo a mi corazón, pero para terminar de romper el vínculo nocivo que me unía a él.
«Sí. Cielo sí, pero tormentoso, cabrón. Un huracán que te va a soplar en la cara y te va a dejar más liso que el bótox que te pones», quise decirle.
Apreté los dientes. Así que era eso. Cuando era pequeña y le pedía dinero a mi padre, a veces me decía: «¿Te crees que soy el Banco de España?
», bueno, pues yo, para Cristian, siempre había sido el Banco de España.
La diferencia es que yo nunca le había dicho que no, aun cuando sabía que eran cosas innecesarias.
Ahora me preguntaba si es que no había comprado su compañía con dinero, si es que, de no ser por eso, me habría dejado antes.
Y, de alguna manera, no pude callar esa cuestión y se la solté, porque necesitaba la respuesta.
—¿Estabas conmigo solo por el dinero, Cristian?
—¿Qué? —Soltó una honda carcajada, hasta echó la cabeza hacia atrás y el pecho se le agitó—. Qué va, tía, ¿cómo piensas eso de mí? Qué va, qué va. Joder, me siento ofendido, eh. Estaba contigo porque te quería. Que han sido veinte años, Carmen, veinte.
—Ya… —Inspiré entre los dientes y luego chasqueé la lengua mientras me rascaba el brazo: me estaba saliendo sarpullido por culpa de los nervios—. Es que hace mucho que no nos vemos, y no me has preguntado ni cómo estoy. Nada. Y me pides pasta. No sé. Me siento como un puto cajero automático.
—Perdóname —dijo meloso, y rescató mi mano del lugar al que la había arrojado para que no volviera a tocarla: sobre mis piernas.
La besó, como en los viejos tiempos, y la apretó contra sí. Mi cabeza nadaba en dos direcciones. La de creérmelo y la de mandarlo a la mierda por ser un mentiroso.
—Nena, tú sabes que te he querido muchísimo. Mira, me hace falta el dinero para algo urgente, pero ya me buscaré las mañas, ¿vale? Quédate tranquila.
Me soltó la mano, a la par que esgrimía una sonrisa que, a todas luces, se veía incómoda.
Dejé caer la espalda en el respaldo de la silla y me froté las manos contra las piernas.
Asentí, dispuesta a no remover más el avispero, en tanto que él daba un sorbo al café.
Sacó el teléfono, se puso a mirar algo en él.
En los labios se le pintó una sonrisa que me recordaba a algo.
Sí, no la tenía desde que éramos jóvenes.
Era esa sonrisa del que está enamorado de alguien.
Pensé que me moriría de celos; sin embargo, nada pasó.
Solo sentí apatía. Me daba igual, misteriosamente.
Y algo más, algo que me cogió por sorpresa: alivio.
—No te rayes con tonterías, venga —anotó.
—No me rayo, pero no me parece normal que te haga falta pasta. ¿Y el dinero de la casa? Te compré tu mitad y te llevaste la mitad de lo que había en la cuenta, como correspondía. No puede ser que te haga falta dinero. Ganas bien. Eres funcionario.
—Ya claro, me diste la mitad, pero tuve que dar la entrada de un piso nuevo, y tú sabes cómo está todo en Málaga, así que el dinero se fue como llegó. Tú tuviste ventaja, Carmen, te quedaste en casa, solo tuviste que darme la mitad.
—Solo… —Reí incrédula—. Fue un pastizal, me dejé casi todos los ahorros. Y qué menos que no tener que pasar por una mudanza después de que me dejases. ¿O también querías que pasase por eso?
—No, Carmen, yo…
—Que el piso lo elegí yo, aunque casi todo se reformase a tu gusto, que casi a to lo que quería, le ponías pegas —interrumpí, no podía dejar de hablar mientras su expresión se iba volviendo cada vez más hosca—, y tú además no estabas bien en él, decías que tenía demasiada luz y que era muy grande.
Tampoco te caían bien los vecinos. Hasta querías envenenar al perro de la del tercero.
—Coño, era una forma de hablar. —Hizo aspavientos—. Me tenía hasta los cojones el chucho todo el día ladrando.
—Ya, lo tuyo siempre es una forma de hablar. Como cuando me dijiste que el color de la pared del cuarto de invitados era color tanatorio. Ahora, cada vez que lo veo, pienso en una morgue.
—Iba a ser el cuarto de nuestros hijos, Carmen, siempre imaginé que se pintaría de azul o de rosa, no de puto gris. Pero claro, toda nuestra vida se ha pintado de gris.
—No me puedo creer que saques lo de los hijos a colación ni que digas esa mierda del gris. No cuando sabes lo que pasó, cuando sabes, de sobra, que yo era mucho más alegre cuando te conocí.
—Ya, eras mucho más de todo, pero te has ido amargando con los años y, de paso, amargándome la vida a mí.
—Qué hijo de puta eres. —La voz de mi hermana se coló en la conversación.
Miré atrás. Llevaba un montón de carrizos, cañas de cañaveral, preparados para el espeto. Quizá iba de camino a la barca cuando nos escuchó, para dárselos a los espetadores. Los esgrimió delante de su cara y señaló con ellos a mi exmarido.
—¿Cómo coño le dices eso a mi hermana, si el que le ha amargado la vida eres tú? Siempre haciéndola de menos y reventándole la autoestima.
Cristian se puso en pie, arrastrando la silla hacia atrás al hacerlo. El chirrido de las patas inundó la terraza. Fue tan fuerte que, los que andaban por allí, nos miraron. Hasta una pareja sentada en las tumbonas giró la cabeza.
—María, déjalo —dije, apretando los brazos de la silla, con la tensión poniéndome el cuello como el acero.
—No, no lo dejo más. Lo voy a espetar como a una sardina, ya vaya presa después. En la cárcel seguro que me dejan ver los programas de cotilleos.
—No seas ridícula —dijo él, y negó con la cabeza—. ¿Por qué siempre te metes donde no te importa? Te has pasado media vida intentando que tu hermana y yo nos separemos.
—Una pena no haberlo conseguido —bufó Marieta, sin bajar la guardia—. ¿Por qué no sales de su vida de una vez? No sé, te mueres, por ejemplo. A veces digo: joder, se tuvo que morir mi Marc, que era un bendito, y tú, que eres el bicho que le picó al tren, aquí sigues.
—Mari… —apreté los párpados—, no digas eso, por Dios.
—Se cargó a mi sobri por su mala cabeza, lo menos que merece es morirse también —soltó ella.
Abrí los ojos. De repente, me pareció que el tiempo se había detenido.
Hasta los sonidos llegaban más lejanos. Tragué saliva, me costó.
Era como si me estuviese tragando el mar.
Pestañeé desubicada, miré alrededor. En Suiza, vi a Nilo, él nos miraba ceñudo, con las palmas de las manos apoyadas en una mesa, a medio camino de colocar un mantel.
Dudaba de que hubiera escuchado nada, con el jaleo del alrededor, pero sin duda se estaba dando cuenta de que algo pasaba.
Se encogió de hombros, preguntándome el qué.
Negué con la cabeza. Si él se acercaba, iba a liarse del todo.
Dejé de mirarlo, porque Cristian se movió hacia mi hermana.
Me puse en medio de los dos.
—Retira eso —espetó—. Retíralo, joder.
—No pienso retirar lo que es verdad —dijo Marieta.
Cristian clavó la mirada en mí, hondamente.
—Dile que lo retire, porque sabes que no es verdad. Que fue tu culpa, por tus nervios y tus tonterías.
Miles de veces había asentido a esas palabras, miles de veces había cargado con la responsabilidad de aquello. Miles de millones. Sin embargo, ese día… mi cerebro me mostró una película diferente.
—No fue mi culpa. Te dije que te calmases, que lo hablaríamos luego, que no fueras tan rápido. Te lo dije, Nilo.
Los ojos de él restallaron en odio.
—Estáis locas, las dos. Maldita la hora en la que me casé contigo y entré en tu familia de locos. Sí, menos mal que no tuvimos hijos. ¡Gracias a Dios!
Apartó de un manotazo la silla, rodeó la mesa por el otro lado y se alejó a grandes zancadas. Pensé que ahí terminaba todo, pero mi hermana fue tras él, cañas en mano.
—Ya vas a ver lo loca que estoy, bocamoll .
—¡Marieta! —Contuve el aire, y me llevé la mano a la boca.