Capítulo 16
Nilo
—El corazón me late de un modo distinto cuando te miro a los ojos.
Me quema un poco hacerlo. Como ponerse un jersey de lana, de los que pican hasta que el cuerpo entra el calor y se acostumbra.
Así me siento cuando te miro a los ojos, incómoda hasta que me dejo llevar.
Hasta que me acostumbro y soy consciente de una de las malditas verdades de mi existencia.
Esos ojos siempre han sido mi hogar, Nilo.
—Abrió los suyos, que tomaron de la mano a los míos y los llevaron a un lugar seguro—.
Lo siguen siendo, por más que me fastidie.
Abrí la boca para contestar, aun sin saber qué decir, porque lo único que quería era estrecharla entre los brazos como nunca.
Fundirme con ella igual que un barco con el horizonte.
Solo quería… más de ella, más de esas palabras bonitas hasta volverme adicto del todo y no poder existir si no las oía.
Quería más de Carmen. Quería lo inimaginable.
Cuando, años atrás, fui consciente de mis sentimientos por ella, anhelaba cosas que se anhelan en el ardor de la juventud, pero ahora… , ahora quería mucho más.
Lo quería todo.
—Me he pasao de intensa, ¿no? —Torció el gesto.
—No, yo…
El fuerte rugido de un motor llenó el aire.
Acalló hasta el sonido de los bañistas en la playa y del tráfico de la carretera.
Lo inundó todo con su presencia, igual que el trueno anuncia la tormenta, para anunciar la que nos venía encima: la moto no era una cualquiera.
Era la de Cristian. Y él, claro, venía sobre ella.
Aparcó junto a la pared del Alborán, de un modo que nadie más haría. Pero él conocía a la dueña, y si alguien venía a reclamarle, en fin, ya sabemos que a veces la autoridad se pasa por las narices las normas que rigen para los demás incluso cuando no están de servicio.
La saliva me supo agria como nunca mientras lo veía acercarse a nosotros con sus andares de sheriff del oeste.
Había pasado de tener pintas de surfero con el pelo largo y enredado a ir con el pelo corto, más moreno y tan repeinado como si le hubieran pasado por un túnel de lavado de coches.
Las obligaciones nos cambian a todos, pero a él lo habían transformado por completo.
Carmen no se movió del sitio, aunque sí giró el cuerpo hacia él. Los nervios que empezaron a consumirla se tradujeron en un sudor abundante que pronto le mojó el cuello, la frente, el rostro y la espalda. Hasta le cayó una gota de la axila por el brazo.
De nuevo, imperaron mis ganas de abrazarla. Esa vez para recordarle que no pasaba nada, que estaba segura conmigo a pesar de él; de ese hombre con el que había pasado más de media vida.
—Ostras, Nilo —dijo al verme, con sorpresa—, ¿qué pasa, compadre? Cuánto tiempo. No vea cómo has cambiao, ya no estás escuchimizao.
Sonriendo forzadamente, extendió la mano hacia mí.
Se la habría cortado con alguno de los muchos cuchillos que teníamos en el local, y que servían para muchos propósitos, bien afilados.
O quizá se la habría pelado con el raspador de escamas, lenta y dolorosamente.
Pero mi hermana me había pedido que saliese de las cavernas, así que regresé al siglo XXI.
—Hola, Cristian, sí, tela…, ¿qué?, ¿cómo te va? —Me importaba una mierda, pero, en fin, lo cortés no quita lo valiente.
—Bien. —Miró a Carmen—. Aquí, a verla. Tenemos que arreglar una cosilla juntos. Temas del banco, ya sabes, que para darse de alta corren mucho pero para darse de baja…
—Creía que ya estaba todo solucionado —dijo Carmen.
—Pues ya ves que no. —Se encogió de hombros.
—Tenías que haberme llamado—contestó ella, muy seca.
—Te he llamado, pero tú sabrás dónde tienes el móvil, y me urge hacerlo ya. —Puso la mirada en mí otra vez—. Va de tenerlo todo controlado; aunque en verdad es un desastre, ya lo sabes.
—No, no lo es —contesté—, nunca lo ha sido. Igual es que ha llevado muchas cosas para adelante, y se le pasan algunas. Es lo normal. Sobre todo si se casa con un…
—¡Hombre, cuñado! —Marieta irrumpió en escena, venida de a saber dónde, porque yo tenía la mirada puesta en Cristian, igual que él en la mía. Nos medíamos con ellas como en las pelis del oeste—. Excuñado, perdón, la costumbre. —Le palmeó la espalda—. Cuánto tiempo sin verte.
—Sí, Mari. —Se dieron dos besos sin demasiada gana—. Cómo está tu niño. Supongo que me echa de menos.
—Uy, qué va. Ni pregunta por ti, ya sabes cómo son los críos, se olvidan fácil de uno. Sobre todo de la gente que les cae regulín.
Vale, aquello ya no era Suiza. Era Pearl Harbor.
Carraspeé, a la par que Carmen, a quien los ojos se le iban a salir de las órbitas.
—No digas tonterías, si me adoraba. Qué cachonda eres. —Cristian rio a carcajadas—. Bueno, vamos al lío, Carmen, que tengo comilona. Una amiga celebra el bautizo de su sobrino ahí enfrente. —Me dio dos fuertes palmadas en el hombro—. Nos daréis bien de comer, ¿no?
—¿Vas al bautizo de los Lorenzo? —dije extrañado.
—Claro, Claudia y yo somos amigos.
No tenía ni la más remota idea; aunque, claro, tampoco había hablado con ella de sus amistades. Él agregó:
—Nos conocimos en el gym , hace unos meses, hemos hecho buenas migas.
Sonrió de ese modo en que sonríe el que habla con doble sentido.
En este caso: uno sexual. Solo esperaba que Carmen no lo hubiera notado.
Había pasado tiempo desde su separación, él podía rehacer su vida, pero eso no significaba que ella tuviera que escucharlo.
Y menos con la relación que tenían y las heridas que habían quedado abiertas en ella.
—Es la chica para la que te pedí el teléfono del dentista —anotó mirando a Carmen.
—Ah, qué bien. —Ella llevó la mirada a su hermana para lanzarle un mensaje que solo ellas entendieron.
Marieta se encogió de hombros y dijo:
—Me parece una bonita reunión esta, pero todos tenemos curro. Nena, haz con él lo que tengas que hacer y acaba pronto, solo falta una hora para abrir. Hay que abreviar, tenemos prisa.
—Sí, mejor, todavía tengo que ir a casa, darme un duchao y ponerme algo decente —dijo él.
—Yo también me largo. Tenemos que terminar de montar esto. Adiós. —Me di la vuelta, dispuesto a no mirar atrás para no verle más la cara al besugo ese.
—Adiós, Ebro —dijo riéndose.
Tomé aire, profundamente, para canalizar al hombre moderno y dejar de lado al de las cavernas.
—No lo llames así. —Carmen chasqueó la lengua—. Es infantil, Cristian.
No sé qué le dijo el otro, porque apreté el paso, pero me alegré de que le dijera aquello.
Apenas había caminado un poco, noté una presencia a mi lado. Miré hacia allí y vi a Marieta.
—¿No tenías mucha prisa y mucha faena? —le dije.
—Sí, pero ya sabes que me puede el chisme. Venga, te echo una mano rápida. Tus camareros ya tienen bastante trabajo en la terraza. —Señaló hacia allí con la cabeza.
Entre los dos, fuimos montando las mesas con sus manteles.
—Me ha gustado cómo has defendido a mi hermana cuando la ha llamado desastre —dijo.
—Y a mí lo que tú le has dicho.
—Ya, pero ya ves que se lo ha tomado a broma. Él es así. Los sentimientos y los pensamientos de los demás le dan igual. ¿Qué ibas a decirle cuando os he cortado? ¿Qué se había casado con un gilipollas?
—Básicamente.
—Ah… El dulce sabor de la verdad. —Puso cara de gusto—. Aunque cuando chica pensaba que él y tú erais amigos.
—¿El surfero trasnochao y yo? —Negué con la cabeza—. Qué va. Solo frecuentábamos la misma pandilla, pero eso no nos hace amigos. Nunca me cayó bien. Se metía conmigo, por mi nombre. A veces me llamaba Ebro, Miño, cualquier gilipollez.
—Ya. Lo sé. Lo he oído.
Marieta dejó de atender la silla que estaba colocando, me miró de frente y, tras acercarse a mí, apoyó las manos en las caderas y fue a decir algo. Sin embargo, uno de los chicos la llamó: el grifo de cerveza no tiraba bien. Puso los ojos en blanco y fue con él, no sin antes decirme:
—Ya hablaremos tú y yo, porque tengo algo que preguntarte.
Asentí. Yo también tenía unas cuantas preguntas que hacerle. Algunas no le iban a gustar un pelo.