Capítulo 15
Carmen
Unos días más tarde, en el Alborán, mientras preparábamos la apertura, estaba hablando con el chico de los espetos de lo contenta que estaba con él y de lo bien que se estaba adaptando al trabajo, cuando vi a Nilo poner unas sillas y unas mesas.
Lo hacía con ayuda de sus camareros, en la Suiza de los chiringuitos, ese territorio neutral.
Dejé a Javi con la faena y me fui directa hacia Nilo, aunque no transgredí la línea entre ambos locales.
Allí me planté, como en las pelis de guerra cuando un soldado se asoma de la trinchera presto a disparar una bala, y dije:
—¿Qué se supone que haces?
—Ah, hola, Carmen —dijo con una sonrisa letalmente bonita, en tanto que dejaba una mesa en el suelo. Demasiado para esgrimirla en mi estado de disgusto, porque solo conseguía disgustarme más.
Apoyé las manos en las caderas y negué con la cabeza.
—Hola no, ¿qué haces?
Nilo carraspeó y le pidió a sus empleados que nos dejasen a solas. Se separó de la mesa y se acercó a mí hasta apostarse al otro lado del camino.
—Coloco unas mesas y unas sillas, como ves —señaló a su espalda—, tenemos un bautizo, necesito más espacio. La terraza está toda completa, y no quería dejarlos tirados. Son amigos.
—Me da igual quienes sean. Estás violando el tratado de…
—hice círculos con el dedo, señalando la zona—, de separación de tierras.
Esto supone una ruptura flagrante del acuerdo.
Además, tendrías que haberme avisado con antelación, así me habría preparado mentalmente.
Que te haya mandado un bizcocho no significa que te haya declarado la paz.
—Carmen, tía —dijo al borde de la risa—, dame un poco de manga ancha, por favor, esto es importante. Y el bizcocho estaba de muerte, por cierto.
—Lo sé. Recibí tu mensaje alabando mis dotes culinarias. Y, sobre lo otro, para mí también es importante que se respete el acuerdo. —Me crucé de brazos.
—¿Qué daño te hacen estas mesas aquí, a ver? —Imitó mi gesto.
Me quedé pensativa: ninguno, la verdad. Pero tener tierra de por medio significaba tenerlo a él un poco más lejos, y eso… ¿era lo que quería? Sacudí la cabeza, no tenía excusa alguna que darle.
—Ninguno —anotó él, leyéndome el pensamiento—. Daremos el convite del bautizo y luego las quitaremos, ya está.
—Ni siquiera sé si puedes poner mesas aquí.
—Tengo licencia, sí. Incluye esta zona. Puedo montar hasta veinte más en este espacio.
Arrugué la nariz y evalué la situación por si había lugar suficiente a tantas mesas.
—Mira, hagamos una cosa. Sé que no quieres oír hablar de la oferta que te hice, pero… —levantó ambas manos ante él, porque yo ya había abierto la boca para hablar—, pero si quieres aprovecha tú también el espacio. Hace un día estupendo, vendrá gente de sobra. Llenarás lo que pongas.
—Ni sé si mi licencia de terraza incluye este espacio, ni tengo camareros ni tengo mesas suficientes, pero quizá, otro día, lo haga solo por fastidiarte.
—A mí no me fastidia que uses esto. Ya sabes que me gustaría que le sacásemos más provecho.
—Y a mí me gustaría que te volverías a Madrid. En Málaga ya somos muchos, muchísimos, no necesitamos a nadie más aquí.
—Este es mi hogar, Carmen, no me iré a ninguna parte —respondió con gesto tranquilo, casi dulce.
Oírlo decir eso del hogar casi me hizo sonreír, pero tenía que mantenerme firme.
Ya había bajado demasiado las barreras con él y me arrepentía.
Había repasado la conversación telefónica que tuvimos veinte veces, ¡no!
, mil veces, sintiéndome patosa, estúpida y bocachancla.
¿Por qué le había contado lo de Cristian?
Los problemas de mi relación eran míos…, de nadie más, y menos de Nilo.
Lo miré a los ojos. La manera en la que me latía el corazón cuando los miraba me quemaba.
Como ponerse un jersey de lana de esos bonitos: la lana pica hasta que el cuerpo entra el calor y se acostumbra.
Así me sentía yo al mirarlo a los ojos. Incómoda hasta que me dejaba llevar.
Hasta que me acomodaba y era consciente de una de las malditas verdades de mi existencia.
Esos ojos siempre habían sido mi hogar. Lo seguían siendo.
—¿Qué ronda esa cabeza tuya? Me estás mirando raro
Abrí la boca para decírselo, anhelaba hacerlo con todas mis fuerzas. Pero el dolor volvió a cerrar las puertas.
—Nada. —Me di media vuelta y eché a andar hacia el Alborán.
Pensé que él también seguiría a sus cosas; sin embargo, vino tras de mí.
Cruzó la línea Suiza, con todo su descaro, y me cogió de la mano.
Tiró de mí hacia él, me hizo mirarlo. Su gesto fue suave pero determinante.
Con la fuerza justa para llevarme hacia sí y hacerme sentir cosquillas en el estómago pero con la delicadeza de quien toca algo muy preciado.
—¿Qué haces en mi territorio, intruso?
—Ay, Carmen…, deja ya el vocabulario de guerra, que me dan ganas de reír.
—Es que esto es una guerra.
—No, no lo es. Y, si lo es, entierro el hacha, ya está. Mira, esta es mi hacha imaginaria. —Levantó una mano como si sostuviese algo y luego lo arrojó lejos—. Ya está, se hundió en la arena para siempre.
Apreté los labios, no quería reírme de su tontería.
—Venga, no te enfades más conmigo. —Levantó esa mano que había lanzado el hacha de guerra y la posó en mi mejilla.
El contacto acrecentó las cosquillas de mi estómago, me hizo querer salir corriendo tanto como quedarme.
Me aceleró los pensamientos y el corazón—.
Aunque te pones tan guapa cuando te enfadas que corro el riesgo de querer enfadarte a propósito solo para verte la cara.
—Ah, que no es deliberado, pues, para no serlo, se te da muy bien. —Arrugué el entrecejo.
—Pero que muy bien.
—¿De verdad quieres enfadarme del todo?
Sostuve los latidos de mi corazón a duras penas.
—No. Prefiero que te rías, porque, aunque estás guapa enfadada, estás más guapa cuando ríes, ya te lo digo. —Se pegó un poco a mí. Su mano hizo mayor presión en mi mejilla. Ya no era un contacto leve, ya lo era todo.
Inspiré, acuciada por esa sensación que me dominaba y que no entendía. De algún lugar, probablemente de la radio de mi chiringuito, llegó una canción de Roxette. El universo conjuraba para ponernos banda sonora. Esa canción que hablaba de algo que debía haber sido amor pero ya se había acabado.
No me separé de él. No hice amago de retirar la mano.
Sus dedos estaban en mi muñeca; su palma, en mi mejilla, sentía su suavidad.
Hasta sentía el perfume que emanaba de su piel y de su ropa, mecido por la brisa del mar y calentado por el sol brillante que coronaba el cielo.
El reflejo del mar llenaba su cabello y su mirada.
Él siempre había tenido un poco el mar en los ojos, aunque no fueran azules.
El blanco de su camisa era un océano de nieve al que me habría arrojado de cabeza.
Lo peor de todo fue que hasta pensé en lo mucho que querría quitársela y verle de nuevo esa espalda que le había visto en el congelador y que me dejó boquiabierta.
—Nilo Rubio, estás jugando con fuego —dije.
—Pero es tu fuego, ¿no? Si es tu fuego, juego con él y subo la apuesta.
—¿De dónde has sacado tanto descaro? ¿Dónde está ese chico tímido que conocí?
—Ese te perdió, así que no quiero saber nada de él.
—Pues podrías perderte tú también.
Llevé por un momento la mirada a los lados, por si alguien estaba pendiente de nosotros.
Debíamos estar dando una imagen un poco extraña, parados los dos en medio de la nada, con su mano en mi muñeca y los cuerpos casi pegados.
Sin embargo, por fortuna, todos tenían trabajo que hacer y estaban a lo suyo. O quizá es que disimulaban muy bien.
Agaché entonces la vista, la clavé en el escaso espacio de arena que había entre nuestros pies.
Sus mocasines claros contrastaban con mis deportivas negras y, a la par, parecían zapatos que pudieran acompañarse el uno al otro.
Ni eran demasiado elegantes ni demasiado informales.
Nosotros siempre habíamos sido un poco así en muchas cosas, distintos pero buenos acompañándonos.
Él apartó la mano de mi mejilla y la puso en mi barbilla, haciéndome mirarlo de nuevo.
Noté los ojos húmedos. Unas incipientes ganas de llorar me llenaron el pecho.
Eran el recordatorio de las veces que había llorado su ausencia, sí, pero también el recordatorio de que lo necesitaba a mi lado y de que estaba cansada de luchar por lo contrario.
—Mira, Carmen, vamos a dejar las cosas claras: vas a echarme de tu vera todo el tiempo, lo sé, y yo voy a volver, así que acostúmbrate —dijo escudriñando mi mirada—.
Nefer dice que me busque una vida, que deje de arrastrarme, pero se ve que me gusta esto de arrastrarme cuando se trata de ti.
¿Tú sabes lo que hacen las olas en la orilla?
Se arrastran por la arena, suben y bajan, van y vienen una y otra vez.
Poco a poco, van llevándose la arena con ellas. Pues ese soy yo: las olas.
—¿Y yo la arena? —dije a media voz.
—Pues sí, tú la arena. Una arena cálida y fina, aunque ahora solo quieras ser fría y rocosa. Aunque no dejes de meterme piedras en los zapatos para que no me acerque a ti.
Podría haberle dicho mil cosas, dejar hablar al dolor; sin embargo, solo fui capaz de mirarlo a los ojos y asentir. Quería ser su arena, quería que fuese mis olas. Quería dejar de sentirme una mierda con respecto a él.
—Y te juro que no estaría tan decidido a quedarme si no fuera porque veo, en el modo en que me miras, que quieres que me quede. Lo quieres con toda tu alma, pero el dolor y la rabia que sientes por lo que pasó, no te dejan reconocerlo. Así que hagamos una cosa…
—¿Qué cosa, Nilo? —suspiré.
—Dame una oportunidad, solo una. Si después de eso crees que no merezco quedarme, te juro que me iré para siempre. Ya no serán veinte años, será toda la vida. Y ya no me iré sin que me veas, me iré mientras me estás mirando para que te grabes en la memoria mi espalda, porque no la verás jamás.
—No, tu espalda no…
—¿Por qué? —dijo ceñudo.
—Porque… —me mordí los labios—, porque no.
—Levanté la mano que tenía libre y tomé la de él que sujetaba mi barbilla.
Las bajé a la altura de nuestros vientres y allí la apreté como si cerrase con él un trato—.
Está bien, Nilo. Una tregua. Pero no te garantizo que quiera escucharte hablar de lo que pasó, aún no. Solo…
—Dejémonos llevar, ¿sí? —dijo con la sonrisa más grande que le cabía en la cara.
Inspiré profundamente. Eso ya iba a ser más complicado; sin embargo, lo intentaría.
—No te busco, no me buscas, pero si nos vemos nos encontramos, ¿me entiendes? Y, cuando esté preparada, nos sentaremos a hablar de lo que pasó.
—Está bien. —Apretó con firmeza mi mano—. De acuerdo, Carmencita.
La nostalgia más profunda me inundó el corazón.
—Nilo… —acaricié su nombre con la voz de una forma que ni pretendí pero que me gustó—, hacía tanto que no me llamabas así.
—Si lo hubiera hecho antes, me habrías gruñido.
—Muy probablemente —dije riéndome.
Nuestras manos seguían unidas, parecía que no quisiéramos separarlas.
Su otra mano permanecía en mi muñeca. Tuve la impresión de que habríamos podido quedarnos así para siempre.
Sin embargo, aunque en ciertos momentos reinase entre nosotros el juvenil afán de chincharnos y las reacciones poco adultas, ambos sabíamos que teníamos trabajo que hacer.
Poco a poco, nos soltamos. La ausencia de su piel me quemó.
—He de volver al Alborán —dije.
—Sí, y yo al Mediterráneo. —Echó una mirada hacia atrás. Ahí seguían las mesas del conflicto que, habían resultado ser después de todo, las mesas de la tregua—. ¿Puedo seguir colocándolas?
—Puedes —respondí con franqueza—. Si no tienes manteles de sobra para mesas grandes, me avisas.
—Pues no me vendrían mal.
Le hice un gesto para que me acompañase al chiringuito. Cuando mi hermana, que estaba tras la barra cortando limones, me vio entrar con él, los ojos se le abrieron de par en par.
—Vaya, pensé que tendría que limpiar la sangre de la arena —silbó—, y, miraos, venís juntitos y todo, solo os falta daros de la mano.
Nos reímos, a la par, y le expliqué que Nilo necesitaba manteles grandes.
—Están en el almacén. Mira de no quedaros encerrados. —Nos guiñó un ojo.
—No, gracias. Si el congelador es Siberia, el almacén es el Valle de la Muerte. —Le hice un gesto a Nilo para que me siguiese.
No hubo incidentes que lamentar en nuestra incursión en el caluroso almacén. Le di los manteles, pinzas para asegurarlos para que no volasen con el aire y un par de paquetes de servilletas. Ya de vuelta los dos en Suiza, en aquel camino que nos separaba, frente a frente, me dijo:
—Quiero que me digas algo antes de irme.
—¿Lo guapo que estás? —respondí burlona—. Lo sabrás de sobra.
—No, pero gracias. —Rio—. Qué estabas pensando antes cuando me mirabas. Quiero oírlo.
—Me da igual lo que tú quieras. Son mis pensamientos, tengo derecho a guardarlos para mí.
—Sí, pero no quieres hacerlo. Quieres decírmelo. Has peleado contigo misma antes para no hacerlo, te lo he notado en la cara.
—Odio que me sigas conociendo tan bien a pesar de todos estos años. A pesar de lo mucho que he cambiado… para peor.
—No digas eso, Carmen, no has cambiado para peor. Yo no veo nada malo en ti.
—Es igual —suspiró—. Te lo voy a decir, pero no te rías, porque es un poco…
—Un poco, ¿qué?
—Pues como de película. En plan confesión bonita.
—A ver, soy todo oídos. —Se puso las palmas de las manos en las orejas y las echó hacia adelante, lo que me hizo reír.
—Deja eso, anda. —Le bajé las manos—. Bien…
Respiré profundamente. Conté del tres al uno, cerré los párpados y lo solté de carrerilla.