Amor de sol y sal Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

—Ya ves qué cara de mochuelo trasnochado tengo.

—Pues eres el mochuelo trasnochado más guapo que he visto. Estás muy guapa.

—No sé. —Suspiró entre suaves risas—. Yo me veo ya hecha un desastre.

—Es normal, estás pasando por muchas cosas, pero, si te sirve de consuelo, aunque fueses un desastre, serías siempre un bonito desastre.

—No quería que la conversación la hiciera sentir mal, ni que entrase en barrena, así que dije—: Oye, ¿qué tienes que arreglar?

Puedo echarte una mano, soy bueno arreglando cosas.

—Y estropeándolas.

—Ya me saco yo el puñal, no te manches las manos de sangre —dije riéndome, a pesar de todo.

Ella también río. Aun le perduraba la risa, cuando dijo:

—Colgué el espejo del baño pequeño, y debí de colgarlo mal, porque se queda torcido todo el tiempo.

Nunca he sido muy buena con el bricolaje.

Me acostumbré a que todo lo que tuviera que ver con un guarrito [iii] lo hiciera Cristian.

Cada vez que iba a hacerlo yo, escuchaba un «Quita, que tú no sabes, lo harás mal».

Para él, a menudo lo hacía todo mal. Creo que por eso me volví así, Nilo, tan controladora de las cosas.

Quería medir hasta el último rasgo de cuanto hacía, para que, cuando pasase por su control, estuviera perfecto.

Luego va el cabrón y me dice que lo aburro, que lo controlo todo.

Joder, si me volví así fue por él. Aunque la responsabilidad fuera mía, ¿sabes?

Tampoco quiero hacerme la víctima. Nunca tenía que haberle dejado que me anulase en tantas cosas.

Un día me desperté, y te juro que no me reconocía, no sé cómo ha podido pasar.

—Esas cosas pasan, Carmen, no te atormentes por ello. Lo importante es que ya… estás fuera de ahí, ya no puede minimizarte más. —Me senté en la cama, inquieto por la tristeza de su tono de voz.

—Lo hace, aunque no esté. Siempre que voy a hacer algo oigo su voz en la cabeza diciéndome lo poco válida que soy.

—Pues cuando eso te pase, me llamas. Yo te recordaré lo contrario.

—No puedes arreglar lo que tú no has roto.

—Claro que puedo. Arreglaré lo mío, lo suyo y el espejo de tu baño.

Soltó una risa queda.

—No sé por qué te he contado todo eso. —Ahogó una exhalación de angustia—. Son cosas que ni te van ni te vienen. Mis mierdas con mi ex son mías.

Torcí el gesto.

—Me importa lo que te pase.

—Si tanto te importa, ¿dónde coño has estado todos estos años? —Su tono se volvió rabioso, dolido.

Tragué saliva.

—Haciendo el gilipollas lejos de ti.

Voló un silencio hiriente, porque no tenía que estar entre nosotros. Siempre habíamos hablado mucho, a todas horas, jamás mediaban los silencios. No al menos hasta que las cosas empezaron a fastidiarse. No al menos hasta ahora. Y eso dolía más de lo que podía soportar.

—Tengo que colgar —dijo—. Creo que ya hemos hablado bastante. ¿Tú estás bien? Con lo de la cámara frigorífica.

—Sí…, ¿y tú?

—Sí, solo con frío aún, ya te lo he dicho. Si no hubieras estado allí conmigo, habría palmado.

—Si no hubiera estado allí, no te habrías quedado encerrada.

—Eso es verdad… —Me pareció que sonreía—. Adiós, Nilo. Ya no te molestaré más.

—Llámame cuando te dé la gana, Carmen.

—Es mejor que no. Adiós.

Hasta el teléfono notó su ausencia cuando cortó la llamada.

A mí se me clavó en el corazón. Ese ratito con ella había significado un mundo para mí.

Dejé caer la espalda en el colchón y solté un grito de rabia.

El deseo de matar a mi yo de dieciocho años me inundó las venas.

Si solo hubiera hecho las cosas diferentes entonces, ahora no estaríamos en este punto. Si solo…

Eso de los «y si» no va a ninguna parte.

Mi sicóloga me dijo un día que hablar de los «y si» es como hablar de granjas de elefantes.

Que igual que uno dice: «si hubiéramos hecho esto o aquello podríamos haber…

», bien puede decir: «Si hubiera montado una granja de elefantes…

», porque ambas son cosas que viven en la fantasía.

Y ahí, solo ahí, en una fantasía, vivían mis expectativas con Carmen.

Quizá, si le hubiera confesado mis sentimientos hacía veinte años, habríamos tenido algo que habría fracasado por nuestra falta de madurez.

Habríamos fallado como pareja aunque, como amigos, fuéramos canela en rama.

Quizá tenía que hacerme a la idea de que ella y yo seríamos solo eso para siempre: amigos, y empezar a asumir el hecho de que no tendría la oportunidad de explicarme.

No al menos en un tiempo próximo. Carmen había cerrado aquella puerta con mil llaves, aunque, a ratos, asomase la cabeza por una rendija.

—No parece que vaya a dejarse llevar —le dije a mi hermana más tarde, cuando la llamé por teléfono para contarle sobre mi conversación con Carmen—.

Menos aún después de lo que me ha contado de Cristian.

De esa constante crítica hacia ella. Ese cabrón cada día tiene más papeletas para que le meta la cabeza en las brasas de la barca de espetos.

O quizá lo espete como a las sardinas, pero con un pincho de dos metros.

—Eso solo conseguiría enfadar a Carmen. Tienes que ser un tío del siglo XXI, dejar atrás los instintos de macho ibérico, ¿eh? Además, que no me va nada tener un hermano presidiario por atentado contra la autoridad o lo que sea que te endilguen cuando agredes a un poli.

—Vale, no lo mato, ok, elijo la paz, o al menos la violencia solo verbal. Pero dime qué hago con ella. ¿Qué puedo hacer? Es más: ¿qué debo hacer? ¿Bajo las manos para siempre o las alzo en señal de rendición?

—Tú ya sabes lo que opino, Nilo: Búscate otra que te alegre la vida y olvida a Carmen.

—Si me busco a otra, me pasará como con Aroa, y no quiero volver a hacerle eso a nadie, jamás.

—No te digo que te cases con ella, solo que salgas, te diviertas y… eches un polvo. Los únicos que echas últimamente son los de la lavadora, seguro.

—Ni esos. Uso cápsulas. —Me mofé de mí mismo, para luego soltar un suspiro—. Ya veré qué hago.

—Sí, ya me contarás tu siguiente desgracia.

Me reí, a la par que ella. Al menos siempre nos quedaría eso, por más cosas que tuviéramos que afrontar: la risa. Aunque también algo que no esperaba: un bizcocho casero de plátano, que trajo un mensajero a mi casa. Estaba envuelto con mimo, con una nota que decía:

«Para que alimentes los músculos de tu espalda con algo más que bisontes. Espero que el toque de cicuta te guste».

Cuando lo abrí, la casa entera se impregnó de aroma a plátano y nueces. Mi expresión se llenó de felicidad. Le escribí un mensaje, al momento, con un simple: «Gracias». Respondió con un sticker de un cangrejo levantando una de las pinzas en señal de «Ok».

Solo eso, pero bastaba. Estaba a punto de cerrar la aplicación cuando vi que se había puesto el que le dibujé de foto de perfil, y eso me hizo sonreír aún más y soltar un gritito digno de un chaval enamorado.

Bueno, quizá era eso, después de todo, al menos en lo que atañía a mis emociones.

Sea como fuere, nunca un bizcocho me había sabido tan bien, pues ese me supo a esperanza.

Más tarde le mandé un mensaje diciéndole lo rico que estaba, pero ya no contestó.