Capítulo 14
Nilo
Andaba enfrascado en limpiar el desastre que había provocado intentando hacer un bizcocho de plátano cuando sonó el teléfono.
Al ver un número desconocido, maldije a los vendedores telefónicos.
Y si solo fueran vendedores tratando de hacer su trabajo…
, el problema es que estaba harto de recibir llamadas de gente intentando estafarme.
Estaba dispuesto a no responder, pero a causa de mi bizcocho frustrado tenía ganas de decirles un par de cosas.
Descolgué la llamada; antes de que pudieran decir nada, dije muy serio:
—Si me volvéis a llamar, voy a poneros una denuncia que se os van a caer…
—¿Nilo?
Cuando escuché la voz de Carmen al otro lado, el corazón se me subió a las sienes y el teléfono se me escurrió de la mano y cayó al fregadero.
Por suerte, solo quedaba en él un remanente de espuma.
Lo pesqué, suspirando aliviado, y me lo pegué a la oreja.
La humedad de la carcasa me llenó la cara, sumándose al sudor.
—¿Carmen?
—Sí, soy yo…
Un silencio, de esos en los que uno no sabe qué decir, inundó la línea.
—¿Ha pasado algo? —se me ocurrió preguntar.
—No. Es solo que… Bueno, mi hermana me ha dado tu número, espero que no te importe. No te importa, ¿no?
El nerviosismo de su voz me provocó una bonita sensación de ternura.
—En absoluto. Te lo habría dado yo mismo.
—Ya. Lo sé. Pero no lo quería.
Sonreí, con la mirada puesta en la espuma que se escurría fregadero abajo hasta el desagüe.
Así me sentía yo cuando hablaba con ella, como una espuma que cae sin poder hacer nada para evitarlo.
No sabía si a la espuma del fregadero le gustaba su destino, pero yo estaba conforme con caer cuando se trataba de Carmen.
—Quería. Al menos hablas en pasado.
—Es que ya lo tengo. ¿Cómo quieres que hable? —dijo aquello medio riéndose.
—Ya me entiendes.
Otro silencio. El sonido de su pausada respiración. Una gota de sudor cayendo por mi frente hasta el fregadero, deslizándose entre la espuma. Puede que yo aún sintiera frío el cuerpo, pero el calor y la humedad del aire no perdonaban.
—Oye, Carmen, si es por lo del regalo, no te apures más, no hace falta que digas na. Me doy por agradecido.
—Me ha gustado mucho. No sé cuál de las dos cosas más. —Noté en la musicalidad de su voz que estaba sonriendo—. Me alegro de que aún sigas dibujando. Cuando vendimos la casa de mis padres, aún tenía tus dibujos en la que fue mi habitación.
—Imagino que los habrás tirado todos.
—No —musitó—. Los tengo en el trastero. Hasta ese tan feo que me hiciste cuando llevé el aparato en los dientes.
—Pues yo creo que estabas muy guapa, te daba un aire…
—De empollona.
—Justo lo que eras.
Se rio suavemente.
—Es verdad. Siempre he sido una empollona. Podría haber estudiado alguna carrera así muy difícil. Pero quería estar al frente del negocio también, ese fue mi sueño. Aunque ahora pienso en lo mucho que me habría gustado estudiar algo, aunque fuese algo que pudiera aplicar a mi negocio. Como tú.
—Aún estás a tiempo.
—¿A mis casi cuarenta? —dijo incrédula—. Estás chalao.
—Y a los sesenta. Podrías hacerlo. Yo te apoyaría, si quisieras.
—¿Y qué hago con el negocio?
—Seguro que tienes un colchón y la opción de contratar a alguien. Tu hermana quedaría al frente, lo haría encantada.
—Tú sabes demasiado de mi hermana, me parece —dijo algo enfurruñada.
Me reí.
—Dame un momento, por favor —pedí.
La oí asentir. Un «mmm» con los labios cerrados.
Metí la mano bajo el móvil para secarme el sudor y el agua, y luego lo sequé con una servilleta. Cuando me lo puse de nuevo en la oreja, dije:
—Se me ha ocurrido la nefasta idea de hacer un bizcocho de plátano. Ahora no tengo plátanos y casi ni horno, porque se me ha quemado.
Soltó una carcajada.
—Siempre has sido un negao pa la cocina. Me acuerdo de que no sabías ni hacerte un sándwich.
—Tú tampoco eras una arguiñana , te lo recuerdo.
—Ya, pero estoy aprendiendo. Me he hinchado de ver vídeos de recetas y, casi cada día, cuando el Alborán me deja, hago alguna distinta. Sobre todo de repostería. Me gusta eso de tener que medir las cosas y que esté todo planeado.
—Ya me pasarás alguna receta. Si te aburres, hazme un bizcocho de plátano, que me he quedado con las ganas.
—Sí, claro, te crees que soy tu chef personal.
—Podrías ponerle veneno, aprovecha la ocasión.
—Es verdad —rio—, mañana mismo lo tienes en tu casa. Con azuquítar glas y un poco de cicuta.
Noté que andaba por la suya, pues se oyeron sus pasos. En un punto, escuché el sonido de uno de esos programas de tarde de cotilleos.
—¿Desde cuándo te gustan los chismes ajenos? —le pregunté tras reírme.
—Es mi hermana. Está en la cocina, comiendo. Pongo el manos libres, así la puedes saludar, ya que sois tan amigos —dijo con retintín.
—Hola, Nilo —dijo la pequeña, de fondo.
—Hola, Mari —respondí.
—Luego te mando el nude que me pediste —soltó la otra—. Con esas bragas de encaje fino que me regalaste. Me hacen un culazo…
Ojalá haberle podido ver la cara a Carmen.
—Mari, tía… —dije entre carcajadas.
—No, es que como mi hermana se piensa que estamos liaos o algo, y se pone hasta celosa, pues ya que estamos me río un poco.
—Yo no me pongo celosa ni na. ¿Celosa de quién? ¿De ustedes? —Resopló la mayor—. ¿Y por qué? Nilo no es na mío y tú eres libre de ir con quien quieras, aunque sea con el traidor este.
—Un traidor que le manda fotos sexys —solté.
Marieta soltó una carcajada.
—Menudo pepino se gasta, y eso que no es frutero —dijo.
Se escuchó un quejido.
—Au, niña, no me des con la cuchara en la cabeza, que me vas a dejar tonta —soltó Marieta.
—Más de lo que estás… —Carmen refunfuñó algo que no entendí. Luego, dijo—: ¿Ya os habéis cansado de bromitas?
—Sí —respondimos ambos a la par.
—Muy bien. —El sonido de arrastre de una silla—. Mi hermana la graciosa me ha traído un poco de sopa. ¿Te importa que coma mientras hablamos?
—En absoluto. Aunque puedes colgar si quieres.
Al momento de decirlo, me arrepentí de ello, y apreté el móvil en la mano como si así pudiera retenerla. Yo seguía plantado ante el fregadero, incapaz de dar un paso adelante o atrás. No quería perder aquel momento, pero tampoco podía retenerla.
—No —dijo al poco—, estoy bien así.
Di gracias a Dios en silencio.
—Genial. —Sonreí.
—¿Tú no tienes aún el cuerpo helado? —me preguntó, tras el sonido típico del cuchareo en el plato y el silencio que le sigue cuando alguien come.
—Sí, tengo el frío en los huesos. Ayer me bañé con el agua tan caliente que dejé el baño como una sauna turca.
—Una vez estuve en una. ¿Has ido a los baños árabes del centro?
—No. Estuve en unos en Marrakech, en un viaje que hice con Nefer hace unos años. A ella le gustó más que a mí, es más de bullicio, y en Marrakech hay mucha gente por todas partes. O al menos por las partes que andamos los turistas.
Mientras le contaba aquello, dejé la cocina sumida en el caos y me largué al dormitorio. No le daba el sol a esas horas, y el aire entraba soportable. Me tumbé en la cama y planté la mirada en el techo. Tenía la espalda baldada de frotar el horno.
—Qué envidia me dais. Yo siempre he querido visitar Marruecos, pero Cristian…, nunca íbamos dónde yo quería, siempre dónde él decía. Y eso que los viajes los organizaba yo.
—Es que es un gilipollas —se oyó decir a Marieta de fondo.
Ahogué una risa.
—No lo he dicho yo, pero sí —anoté.
—¿Puedes centrarte en el último ligue de la famosa de turno y no meterte en la conversación? —le dijo a su hermana—. Gracias. Y tú, Nilo, deja de arremeter contra Cristian. Es mi exmarido.
—Como debe ser. Ex —anotó la otra.
—¡Marieta! —Por cómo sonó, Carmen debió de dejar la cuchara en el plato, de golpe.
—Vale —dijo la otra, riéndose—, me como el postre en el salón. ¿Tienes helado?
Su hermana contestó que sí. Tras una pausa en la que se oyó el clic de la televisión al apagarse y ruido de platos, Carmen dijo:
—Ya estamos solos.
Me acomodé entre los cojines y callé un suspiro. Ojalá estuviéramos solos de verdad. Juntos y solos con el tiempo y la predisposición suficiente como para hablar de cuanto tenía que decirle.
—¿Nilo?
—¿Qué?
—No sé, te has quedado callado.
—Pensaba en… que me gustaría verte un rato, Carmen.
—Si vas por ahí, cuelgo. Verte no entra en mis planes, aunque tenga que verte en el Mediterráneo. Bastante que estoy hablando contigo.
—¿Tengo que conformarme?
—Yo me conformé con tu repentina ausencia.
—No, no te has conformado, por eso me lo reprochas.
—¿Y acaso no tengo razón en reprochártelo?
—Toda la del mundo. Pero, alguna vez, tendrás que dejarme que te explique por qué, qué fue lo que pasó.
—Escucharte hablar de eso abriría una herida que no sé si podré soportar. —Suspiró—. ¡Bueno!, ¿abriría? No, en verdad es una herida que todavía está abierta, por más que haya tratado de cerrarla. ¿Sabes cuánto dinero me he gastado en terapia por tu culpa?
—Hablaré con el Colegio de Sicólogos de Málaga para que me den mi porcentaje. Quizá pueda retirarme y todo.
Rio por lo bajo.
—Eres idiota.
—Sí, y eso es lo que más te gusta de mí, lo idiota que soy.
—No me gusta nada de ti, pero menos aun cuando haces bromas. Eres insoportable.
Sabía que estaba sonriendo. No solo se notaba, se sentía hasta lo más hondo.
—Pagaría lo que fuera por ver la sonrisa que tienes ahora, Carmen.
—Pues tengo que arreglar un par de cosas en casa. Hazme un Bizum y te mando una foto.
Mientras ella retomaba el tema sobre sus días con el aparato y lo terribles que fueron, abrí la aplicación del banco y le envié un simbólico pago con el asunto: Sonrisa. Escuché el pitido de su móvil. Ella se quedó callada y luego se echó a reír.
—Sé que tu sonrisa vale más que eso, pero ahora me debes una foto.
Al momento, me la mandó. Estaba despeinada, con la cara sonrojada por la humedad del aire y los ojos algo achicados por la falta de sueño clásica de las noches de verano y por una sonrisa de oreja a oreja.
La combinación de esas cuatro cosas la volvía más que hermosa, irresistible y…
Yo qué sé, no pude pensar con claridad mientras la miraba.