Amor de sol y sal Capítulo 13
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Capítulo 13

Carmen

Tardé una semana en recuperar la normalidad.

Me dolía todo el cuerpo y no quería más que dormir.

Y encima no podía dejar de pensar en Nilo.

¿Había sido demasiado dura con él? ¿Debía hacer borrón y cuenta nueva y aceptar que había regresado?

Al final, todos esos años de ausencia lo habían convertido en una especie de producto de mi imaginación.

Alguien que existe pero a la vez no, como la persona de Schrödinger.

Hay que ver ese tío la que lio con un gato y una caja.

El caso es que todos tenemos a esa persona de Schrödinger, esa que existe en nuestra mente pero no en la realidad palpable.

Esa que hace su vida metida en una caja lejana en la que no puedes mirar dentro.

De vez en cuando, llega a tu memoria, hace o dice algo, ya sea vivido o inventado, y se marcha; pero, realmente, no puedes saber cómo está ni si piensa en ti también.

Miles de veces me he preguntado si él ha pensado en mí tanto como yo en él.

Aunque la mayoría de las ocasiones yo lo he hecho maldiciéndolo por haberme hecho aquello.

Quizá, la Carmen de ahora, la de casi cuarenta años, se lo habría tomado de otra manera, pero la de dieciocho se lo tomó como solemos tomarnos las cosas a esas edades: a la tremenda.

Todo es un maldito mundo. Todo es una montaña que escalar de las proporciones del Everest. Pero ¿y si solo era un granito de arena en realidad?

¿Y si lo fuera? Aun así, dolía. Como cuando se te mete una piedrecita en el zapato y en tu cabeza es enorme.

Al sacarla, te das cuenta de que algo diminuto te estaba fastidiando y te preguntas cómo es que algo tan pequeño puede ser tan enorme molestia.

Bien, porque eso, en tu mente, era del tamaño de las Islas Canarias.

Todos cogemos problemas pequeños y los convertimos en islas o en continentes. Al igual que todos tenemos personas de Schrödinger y piedras en los zapatos.

Nilo era ambas cosas para mí.

Lo peor de todo era que no podía sacarme ese grano de arena del zapato; por más que lo intentaba, ahí seguía.

El dolor siempre volvía cuando pensaba en él, cada vez que lo veía.

Me había sentido horriblemente traicionada.

Abandonada. Me había sentido más sola que nunca en el mundo, y a él no pareció importarle. Solo se marchó sin contestar.

¿De verdad tenía que perdonar eso? ¿De verdad podía mirarlo a la cara sin recordarle lo mal que me sentí? ¿De verdad iba a bastar una disculpa?

No, Nilo Rubio, te hará falta mucho más que eso.

Porque te odio. A ratos, te juro que te odio.

O al menos te tengo esa clase de odio tonto que se tiene a las personas a las que se ha amado desde lo más profundo de su alma. Aunque en su día no me diera cuenta de que el amor que sentía por ti llevaba un nombre distinto al que yo le di.

El sonido de unas llaves, girándose en la puerta de casa, me sacó de mis tribulaciones. Esperaba a mi hermana, así que no me asusté. Me trajo caldo de pollo. En un día de más de treinta grados como aquel podría suponer una locura para cualquiera, pero, en mi estado, era más que una bendición.

—Nilo ha estado preguntando por ti —dijo tras encender el fuego y poner la olla a calentar. Siempre había preferido el caldo calentado en un cazo.

—¿Te ha llamado por teléfono? —Me apoyé en la encimera de la cocina y me crucé de brazos—. Porque, por lo visto, tiene tu número y tú el suyo, cosa de la que nunca he sido informada.

Se apoyó a mi lado y me miró con gesto perspicaz.

—No me mires así, ¿qué narices haces con su número, Marieta? ¿Para qué? ¿Con qué propósito? Eres mi hermana —dije más alterada de lo que la situación merecía.

—Te estás poniendo en plan «qué haces besando a la lisiada», ¿eh? —se quejó.

Me acordé de aquella escena de telenovela y no tuve más remedio que reírme.

—Vale, perdona, pero es que… no me gusta.

—Te pica que haya cosas que escapan a tu control —dijo con tono guasón.

Le pellizqué el costado con todas mis ganas.

—Bruta. —Dio un respingo y se fue a la otra punta de la cocina, bajo el televisor que colgaba de la pared—. ¿Desde cuándo tienes esto aquí? —Lo señaló.

—Lo compré cuando estuve de vacaciones, pero como no pasas por aquí ni pa dar un recado…

—¿Eso es una forma pasivo-agresiva de decirme que quieres que venga más?

—Perdón. Estoy que muerdo —suspiré—. Será por la hipotermia. El caso…

—¿Hipotermia es el nuevo nombre de Nilo Rubio Martín?

—El caso —repetí con ahínco, presta a ignorar sus palabras—, el caso es que me he aficionado a ver recetas en YouTube mientras las hago.

Sobre todo me gusta la repostería, eso de tener que medir los ingredientes me da una profunda sensación de alivio.

Ojalá la vida fuera así de fácil, Marieta. 200 gramos de esto, 100 de lo otro…

—Aun estando todo medido, existen posibilidades de que el bizcocho no suba o de que salga malo, ¿sabes?

A la harina le salen bichos. En la vida, nada es tan milimétrico, por más números que haya de por medio.

Y…, sí, tengo el móvil de Nilo desde hace tiempo, pero sabiendo cómo estás con él, no quise decirte nada, menos aún después de lo de Cristian.

—Pues tenías que habérmelo dicho, tía, y ya habría tomado yo una decisión. —Agité un trapo de cocina ante su cara, tanto que le movió los pelos sueltos.

—¿Y qué decisión ibas a tomar? —dijo recolocándoselos.

—Borrarte el número o dejar que lo tuvieses —levanté y bajé los hombros en un gesto rápido—, así de simple.

—Sí, claro, ¿ahora eres mamá como para decirme qué teléfonos tener? —resopló largamente—, lo que me faltaba. Aquí la única madre que hay soy yo. —Se llevó la mano a la boca, apurada, y estiró la otra hacia mí—. Ostres , perdona…

—Ya sé que no lo has dicho a malas. —Le di la espalda para remover el caldo.

Pronto sentí su mejilla en mi hombro.

—Ya, pero…

—Es igual. Eso ya está superado.

—¿Eso se supera alguna vez?

—Claro. —Ni yo misma me creía esa mentira—. Anda, pon la mesa. —Le di un abrazo y le dije—: Comemos y me cuentas cómo le está yendo en el campamento de verano a mi sobri. Ya tengo ganas de verlo. ¿Cuándo vuelve?

—Pa la feria; luego se va con los abuelos a Calella.

—Pasará el verano con todo el mundo menos con su tieta favorita. —Hice un puchero.

—Contigo está todo el año, no seas agonías. —Rio y se dispuso a colocar el mantel y los platos en la mesa de la cocina.

Adoraba aquel espacio, lo tenía todo para hacerme feliz.

Una ventana que daba directa a la copa de un árbol, una buena encimera, espacio de almacenaje y una mesita para no tener que ir al salón con los platos y ensuciar de más.

Y, sobre todo: lavavajillas. Bendito sea el que inventó los lavavajillas.

—¿Qué te dijo Nilo? —pregunté con la boca pequeña, una vez nos sentamos a comer—. Has dicho que quiso saber de mí.

—Que cómo estabas. Poco más. Y que si podía darte una cosa.

—¿Qué cosa?

—La tengo en el bolso. Cuando comamos, te la doy.

—Parece que no me conoces.

Dejé la cuchara en el plato y salí corriendo hacia la entrada donde, en un armario, dejábamos los bolsos y los zapatos.

Los gérmenes de las suelas quedan desterrados a la oscuridad del armario y no pisan mi casa bajo ningún concepto.

Mi hermana vino tras de mí, pero mi zancada era más larga.

Saqué su bolso, uno maxi de esos que llevan las madres a menudo para cargar con toallitas, media farmacia, una muda y tres meriendas por si acaso.

Lo apoyé en el taquillón y rebusqué en él.

—Eso es delito —se quejó—. Es propiedad privada.

—Llama a Cristian si quieres, que me detenga.

—Antes llamo a una funeraria y me hago pasar por muerta.

—Mari… —Reí, y seguí buscando.

—¿Contactaste con el susodicho después de lo de la cámara?

—Sí, solo quería pedirme el teléfono de mi dentista, para una amiga.

—Ah, vale. ¿Qué amiga?

—Ni lo sé ni me importa.

Marieta puso un gesto más que evidente de que pensaba que esa amiga era mucho más.

—Déjate de líos… —rezongué.

—No sé, me tiene mosca. Lo podría buscar en internet, la verdad. Hoy en día todo está en internet, hasta lo que no quieres ver. A mí me huele a excusa para hablar contigo. Si te dice de volver, le dices que no, ¿me oyes? —Levantó un dedo amenazador.

—No voy a volver con Cristian, ni él quiere volver conmigo, no veas fantasmas donde no los hay. Simplemente, no se acordaba del nombre ni de nada de la clínica, solo que me había ido bien y que tenía buenos precios.

—Vale, vale… —Apretó los labios—. Cuando vi su nombre en la pantalla pensé: Igual ha tenido un accidente o algo.

—Hija, que macabra. No te cae bien, lo sé, pero de ahí a matarlo…

—No, es que no me ha llamado más que dos veces en la vida. Cuando tuve esa bacteria tan jodida y, cuando Marc murió, para decirme si quería una corona de flores blancas o rojas.

—Tres, cuando nació tu hijo también te llamó.

—Es verdad, estaba haciendo unas prácticas tras su ascenso en no sé dónde —dijo ella—. Está más abajo. Es un paquete rectangular, blandito. ¡Me vas a revolver todo!

Di con él y lo saqué aprisa. Con la emoción quemándome los dedos, lo abrí como han de abrirse los paquetes, respetando el papel, pero mi hermana se cansó, me lo quitó de las manos, rajó el papel e hizo una bola que tiró en la bandeja de las llaves.

La miré ceñuda, pero luego me centré en el regalo.

Dos, en realidad. Uno, en un sobre. Algo como una cuartilla.

Otro, en una bolsita de tela. Saqué primero lo de la bolsa.

Era una camiseta térmica con un estampado de Edward y Bella, abrazados.

Sin embargo, no estaban en Forks, sino atrapados en un congelador.

Alguien debía de haberle hecho el montaje, y estaba genial hecho.

Había una nota prendida a la camiseta que decía:

«Por si volvemos a estar al borde de la muerte por congelación».

Me reí, negando con la cabeza. Mi hermana me arrebató la camiseta y arrugó la nariz al verlo.

—Mae mía, me acuerdo de esta peli. Estabas loca por ella y por el vampiro. Yo siempre fui del lobito. Estaba buenísimo. ¿Por qué te la ha regalado? Él no estaba ya en tu vida por ese entonces, no sabe que te gusta.

—Ahora sí. Es por una coña del congelador. —Saqué lo que contenía el sobre. Ilusionada, dije—: Me ha pintado un cangrejo.

Se lo enseñé a mi hermana. Ella sonrió al verlo.

—Por eso preguntó si te seguían gustando.

—Sigue dibujando igual de bien —observé.

Un cangrejo de grandes ojos y pinzas, con cara de simpático, tomaba el sol en una tumbona del chiringuito. Nos quedamos ambas mirándolo, sin dejar de sonreír. Había algo en él que transmitía mucha alegría, y eso me hacía bien.

—Tienes que preguntarle por qué se fue en realidad —soltó Marieta, lo que me hizo mirarla.

—Se fue por la beca en el extranjero, Marieta.

—No lo creo.

Inspiré profundamente y miré de nuevo el dibujo, pensativa.

—Dame su número, le escribiré para darle las gracias.

Mi hermana se sacó el móvil del bolsillo y lo puso en mi mano tras desbloquearlo.

—Llámalo mejor, voy a comerme la sopa, ya sabes que no me gusta que esté fría. —Se alejó hacia la cocina y agregó—: Lo he guardado como «Fontanero 3», por si me pillabas el móvil.

—Tía, ni que fueras un marido con varios amantes —dije riéndome.

—¿Quién te dice que no tengo muuuchos amantes?

—El vibrador nuevo último modelo que has pedido por Amazon.

—Igual son amantes a los que les gustan los juguetitos.

—Ya, bueno, pues con amantes o sin ellos lo has comprado con la cuenta de la empresa, por cierto, a ver cómo se lo contamos al gestor cuando queramos desgravar.

—Que me meo… —dijo carcajeándose—. Ya lo arreglaré.

Aun riéndose, desapareció por la puerta de la cocina.

Suspiré, pensando en Nilo. Podría decir que hacía más de veinte años que no lo llamaba, pero mentiría.

Lo había llamado a su viejo número más de una vez después de que se marchase.

Después de ese mensaje que le mandé y del que jamás tuve respuesta.

Salía apagado; luego, restringido. Después dio tono durante un tiempo, pero nadie respondía, hasta que me lo cogió una anciana que dijo que ese móvil era nuevo, un regalo de su nieto, que nada tenía que ver con Nilo.

Pensé en eso que me había dicho mi hermana sobre que no era la misma persona.

Desde luego que veinte años nos cambian.

Nilo había mostrado un carácter cuando habló de Cristian que nunca le había visto.

Sin embargo, grosso modo , había muchas cosas en él que permanecían igual.

Su gusto por bromear, su sonrisa perenne, su manera de cuidarme. Y eso me gustaba.

—Bueno, Carmen —tomé aire profundamente mientras miraba la pantalla del móvil—, tú puedes. Llámalo. No es tan difícil.

Pero, en el fondo, lo era. Me sentía como si fuera a coger una de esas máquinas de las que cuelga una bola de demolición para tirar con ella una barrera.

Y no, no iba sentada desnuda encima de ella, a lo Miley Cyrus, pero sí sonó en mi cabeza, mientras pasaba el dubitativo pulgar sobre la pantalla del móvil, Wrecking Ball .

Nilo había vuelto así a mi vida, como una bola demoledora, de forma intensa y repentina.

Al igual que en la canción, había prometido quererlo siempre, veinte años atrás, hablando de amistad, pero lo hice, al igual que él.

Por lo visto, hay promesas que se quedan a pesar de que el daño, hecho bola de demolición, quiera echarlas abajo.

A pesar de la tormenta, te recuerdan que, quizá, puedes ser capaz de perdonar.

Te recuerdan que todos cometemos errores, que tomamos decisiones estúpidas de las que luego nos arrepentimos.

Te recuerdan que, al menos, hay que darle al otro la oportunidad de explicarse.

Igual que el aire del mar que va corroyendo el óxido, esa idea fue entrando en mí para quedarse. Quizá porque una parte de mí seguía anclada a Nilo, porque las ruinas de lo que fuimos no lo eran tanto, porque ese querer que le prometí no era solo una promesa.

Nunca había sido solo eso.

El estómago me bailó cuando tecleé los números. Se me subió a la garganta cuando dio tono. Contuve la respiración cuando escuché que descolgaba. El corazón se me paró cuando respondió.