Capítulo 12 #3
Él contestó al otro lado. Su voz sonó hueca y robótica. Apropiada para él, que era una mezcla entre Terminator y… una calabaza.
—Carmen, ¿dónde estás metida? Te oigo fatal.
—Es una larga historia, pero llama a mi hermana y dile que venga a la cámara del restaurante, y, si no te coge el teléfono, ven en persona. Me he quedado atrapada y me estoy congelando.
—Mira que eres torpe… —dijo el otro.
—Será gilipollas —mascullé.
—¿Quién está contigo? —preguntó surferman .
—Soy… —Carmen me puso la mano en la boca, por lo que mi nombre salió amortiguado.
—Nadie, avisa a mi hermana, me estoy quedando pajarilla.
Carmen le dijo al móvil que colgase y se giró para mirarme. Abrió la boca para decir algo, pero levanté la mano pidiéndole hablar primero.
—¿Por qué narices me pides que me calle? —le dije—. ¿Por qué no le puedo decir que estoy aquí?
—Porque te odia por lo que me hiciste. Y no quiero que te mate. Si viene, te escondes.
—Sí, entre las berenjenas, no te jode, y me echo un poquito de miel de caña, ¿eh? —Puse las manos en las caderas y negué con la cabeza—. Ese asunto es entre tú y yo, pero si quiere jugar al caballero de brillante armadura por una vez en su vida…
—¿Por una vez? Es policía. Es un caballero de brillante armadura todos los días.
—Será con otras. Contigo siempre ha sido un mierda.
—No sabes nada de nosotros ni de qué nos pasó ni nada como para asegurar eso. Estuviste al principio, nada más. —Airada, me puso un dedo en el pecho.
—Dime en qué ha cambiado, venga, dímelo.
Apretó los labios, incapaz de responder porque, claramente, él seguía siendo un mierda.
—¿Ves? Me cago en la hostia… —mascullé—. Mira, si quiere matarme, que lo intente, nos partimos la cara y ya está.
—Sí, claro, poneos a jugar a los hombres de las cavernas. —Hizo aspavientos—. Luego pintamos unos mamuts y nos vamos a la calle Larios en taparrabos. Muy maduro todo, Nilo. Madurísimo.
—Es que llevo más de veinte años aguantándome las ganas, desde que te faltó el respeto la primera vez.
Carmen separó los labios para decir algo; sin embargo, se quedó ahí, en un intento.
No sé qué pensaba decirme, o si es que el frío no la dejó hablar, pero pegó los labios y no dijo nada, solo negó e inspiró aquel aire helado.
Luego se frotó las mejillas con las mangas de la camisa puestas en las palmas de las manos.
—Vamos a morir aquí. Veinte años sin vernos y has tenido que venir para verme morir. Es que tiene guasa esto. Si me lo dicen, no me lo creo.
—No me importa morir si es contigo.
—Ah, no —le dio la risa floja—, no te pongas en modo protagonista de drama de peli de tarde, porque no te pega nada.
—No lo digo por decir. Me da igual palmarla hoy, aquí, contigo. Sería un buen sitio para morir. —Me acerqué a ella y la tomé de la muñeca—. Ven aquí, anda, no me gruñas más.
Apartó el rostro y la mirada, pero tiré de ella suavemente hacia mí, y se dejó llevar de vuelta a mi pecho. Allí, la abracé y le froté, como pude, la espalda y los brazos. Tiritaba ya incontrolablemente.
—Así debía de sentirse Bella cuando abrazó a Edward Cullen —me dijo tras un silencio—. Estás fiambre.
—¿Qué?
— Crepúsculo , Nilo. Crepúsculo . Lo de los vampiros. Ella es humana y él vampiro, y está muy frío. Mucho. Como tú, que estás más frío que yo ahora mismo.
—Ah, eso de los vampiros le gusta a Nefer. Estaba loca con el lobo, ¿cómo se llamaba?
—Jacob. —Tras un silencio, dijo—: Os he echado de menos. También a ella.
—Y yo a ti, Carmen. Y también a Mari.
La abracé más. Puse la barbilla en su cabello. Cerré los ojos. Sinceramente, pensé que moriríamos allí. Y pensé que, lo que había dicho, no había sido en broma. Si tenía que morir, no me importaba morir abrazándola, lo que me jodía era que ella moriría también.
—Tengo q-que intentar a-abrir la puerta. —Apenas podía coordinar los músculos faciales ni los pensamientos.
Sin embargo, no tuve opción a moverme. El clic de la puerta nos llenó los oídos y luego lo hizo el silbido y la expresión de asombro de Marieta:
—La mare que em va a parir!
Esa noche de San Juan no hubo hogueras para nosotros. La pasamos en Urgencias por culpa de una hipotermia de narices.
Mientras esperábamos en la sala, tras el triaje, no podía dejar de mirar a Carmen, de tanto en tanto, pensando en lo mucho que había gustado tenerla en mis brazos.
Ella me dedicaba también alguna que otra mirada y, para mi sorpresa, algunas veces, sonreía, con ese gesto de quien no puede aguantarse las sonrisa, aunque tenga ganas de matar a quien mira.
No olvidaba eso que había dicho sobre echarme de menos.
Un pequeño gesto, un rayito de sol, muestra de que su corazón, tras años de frío Polar por culpa de Cristian y de mi estupidez, empezaba a descongelarse.
Igual que la primavera arrastra a las nieves al deshielo hasta en las montañas más altas, el calor de nuestro encuentro empezaba a arrastrar lejos el invierno que había dominado la distancia entre nosotros en esos años.
Quizá, poco a poco, con muchos rayitos de sol así, terminaríamos del todo siendo verano.