Amor de sol y sal Capítulo 12 #2
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Capítulo 12 #2

Una espléndida caja de puerros reinaba en una estantería.

Carmen y yo trazamos un plan para sacar el móvil, usando varios puerros anudados entre sí por una cuerda improvisada hecha con la malla de unas chalotas.

Fue inútil. Tras varios intentos, con ese u otro invento, lo dimos por imposible.

Luego pedimos ayuda a voces, pero con el trajín del local y lo hermético de las paredes, como yo sospechaba, nadie nos oía.

Derrotados, nos sentamos en el suelo, el uno frente al otro. Apoyé la espalda en unas cajas que a saber qué contenían, pero que eran sólidas para sostenerme. Ella, en un hueco libre de pared.

—No deberías sentarte ahí. La pared está helada. Anda, ven… —Me moví un poco para hacerle hueco.

Me miró dudando; luego negó con la cabeza.

—Alguien vendrá pronto. Se quedarán sin tomates en la cocina, o qué sé yo —dijo tras soltar un suspiro—. Ya sabes que este sitio no permanece tranquilo mucho tiempo. Nos echarán de menos, nos buscarán, esas cosas.

—Esperaremos cinco minutos, y, si no, llamamos al 112. Nos vamos a quedar congelados.

—Sí, joder. —Se frotó los brazos—. Me siento como una gamba de esas que meten en cajas, todas tiesas por el frío.

—Anda, ven aquí… —Levanté el brazo—. Te daré calor.

—No —dijo enfurruñada.

—¿Prefieres morirte de frío a dejar que te abrace?

—Sí. Prefiero ser una gamba congelada.

—Ya te vale. —Me reí—. Venga, no seas cabezona.

Ella chasqueó la lengua, se rindió a las circunstancias y se sentó a mi lado, aunque guardando la distancia. Le eché el brazo por encima de los hombros y la pegué a mí. Estaba tan helada que me estremecí. Esgrimió una queja, pero pronto soltó un suspiro de alivio. Le froté los brazos con energía.

—Estás… muy caliente, Nilo. —Al momento se envaró, llegando a separarse de mí, y me miró pávida—. No caliente en plan: caliente. Ya me entiendes. Caliente en plan estufa.

—No pasa nada, te he entendido a la primera —dije entre risas y volví a acomodarla en mis brazos.

Ella pegó la mejilla y las manos a mi pecho.

Había tenido a Carmen así muchas veces, pero eso fue en otra vida, casi en otro mundo, cuando aún no conocía la honda magnitud de mis sentimientos por ella.

No sé ni cómo fui capaz de concentrarme en la conversación—.

Mantengo bien el calor, sí. Es un superpoder.

—Lo sé…—Se quedó en uno de esos silencios que indican que alguien anda pensando en algo importante—. ¿Te acuerdas de aquella noche?

—¿Qué noche, Carmen? —Bajé la cabeza. Mi barbilla rozó su cabello. Estaba suave y olía a champú. Siempre había usado el mismo: ese de fresa con el bote más estridente del mercado—. Hemos vivido muchas noches juntos.

—Esa en la que cayó la tormenta de verano cuando volvíamos de la feria.

Cerré los ojos y pensé en ese instante. Teníamos diecisiete años. El verano antes del verano de la catástrofe. Ella continuó:

—Nos sentamos en el poyete de un portal, a esperar que pasase, y me abrazaste así, porque estaba helada como ahora.

Estuvimos con nuestra pandilla en un concierto, comimos papas asadas y bailamos hasta que nos cansamos.

Cristian y yo nos habíamos peleado esa tarde.

Nuestra primera pelea de novios —dijo con voz triste—.

No quería ir a la feria, pero me convenciste.

Asentí como pude. Tenía el cuello helado y los pensamientos más.

El frío empezaba a ser como aguijones, aunque no dolía tanto como aquellos recuerdos.

Me acordaba, de sobra, de las horas de llanto en mi hombro y de las veces que me había dicho que iba a dejarlo, que era un imbécil.

Pero luego siempre volvía a él, metida en una insana dependencia.

—Te dije que tenía los ojos como dos tomates apuñalaos, que nadie podía verme así —recordó ella—. Y tú me diste una infusión de manzanilla y me hiciste reír, como siempre. Siempre me hacías reír.

—Aún puedo hacerte reír, Carmen, y prepararte infusiones, si quieres.

—No sé. —Inspiró. Sentí su pecho moverse. Sus dedos agarraron suavemente la tela de mi camisa—. No lo sé. Estoy muy enfadada contigo. Me hiciste mucho daño.

—Perdóname —dije desde lo más hondo del corazón.

A mis palabras las siguió un profundo silencio. Tanto que el zumbido de las luces halógenas y de los ventiladores de la cámara se volvió ensordecedor.

—Fui un cobarde y un imbécil —rematé para callarlo, para callar, también, los gritos de mi cabeza.

—¿Un cobarde?

—Sí, un cobarde, un cobarde de mierda. Carmen, quiero… —Llené el pecho de aire, la cabeza me dio vueltas ante la sola idea de soltarle todo, pero tenía que hacerlo—. Necesito explicarte qué pasó. Tengo que decirte que…

—No quiero oír tus excusas —cortó de golpe—.

No quiero, Nilo, no me da la gana. No puedes pirarte, desaparecer veinte años y ahora esperar que te deje entrar en mi vida y que te escuche cuando tú quieras.

Si alguna vez te escucho, será cuando a mí me salga del jigo.

¿No te parece? Además, aunque te escuche, igual no te entiendo ni te perdono ni na.

Creo que tú y yo hablamos ya diferentes idiomas.

Solté un resoplido del tamaño de La Rosaleda, y me removí incómodo. No la solté ni nada, la abracé más, de hecho, como si su contacto pudiera canalizar mi frustración y calmarla.

—Vale, pues cuando te dé la gana de escucharme, me entenderás —dije con disgusto—. Porque creo que la Carmen que conocí sigue ahí debajo, tras capas de enfados con la vida, de planes y de decepciones. Esa que corría por la playa persiguiendo a los cangrejos e imitándolos.

Estiró un poco la pierna, como si se mirase los calcetines, y soltó una risa divertida.

—Tenía a todos los cangrejos de Málaga estresaos. —Negó con la cabeza, sin dejar de reír; pero la risa se le vino abajo pronto, y eso me aplastó el corazón—. No, Nilo, esa Carmen ya se murió. Se la llevó la vida con sus muchos problemas.

—No te digo que se haya llevado a una parte, pero la otra sigue ahí, lo que pasa que la tienes encerrá con mil llaves.

Miré hacia abajo, ella levantó la mirada. El negro de sus ojos se llenó de esa luz artificial. Estaba pálida por el frío. Recorrió mi rostro con la mirada, hasta posarla en la mía.

—Mi hermana dice que ibas a casarte —soltó, cogiéndome por sorpresa—. Con una chica de Madrid que tiene dos yorkshire.

—Croqueta y Albóndiga, sí.

—¿Qué? —Rio, en medio de la tiritona—. ¿Así se llaman?

—Sí, así se llaman. Aroa es muy divertida. Te caería bien.

—Aroa… —musitó—. Es un nombre bonito.

—Lo sé, pero el más bonito del mundo es Carmen.

Las comisuras de los labios se le estiraron.

—¿Por qué no te casaste con ella, Nilo? Diría que te dejó por imbécil, pero Marieta dice que la dejaste tú.

Tragué saliva. Iba a decirle: «Porque sigo enamorado de ti». Sin embargo, el sonido del teléfono inundó la cámara.

—¡El móvil! —Se incorporó—. Dios, qué frío. Debo de parecer la novia cadáver. No siento la piel de las mejillas.

—Estás guapa hasta así, niña, aunque si te sale un gusano de las costillas tendremos un problema. Sobre todo si es un gusano que habla.

Rio mi broma, yo me puse en pie y dije:

—Tenemos que salir de aquí. Tiraré abajo la puerta si es necesario. —Me quité la camisa y se la lancé—. Ten, póntela.

—¿Qué? Te vas a morir de frío. —Me miró de arriba abajo—. ¿Cuándo narices has echado tremenda espalda, Nilo? ¿Qué comes? ¿Bisontes?

Me dio por reír, lo que hizo que casi me mordiese la lengua, pues los dientes me estaban castañeteando.

—Sí, los cazo yo mismo en el Morlaco todas las mañanas. A ver… —Miré alrededor.

Carmen se puso la camisa. El móvil siguió sonando. Se agachó para ver quién la llamaba y soltó un grito de espanto.

—Es Cristian.

—De todas las personas del mundo, tenía que ser él —chasqueé la lengua—, aunque, espera, ¿tienes el asistente de voz?

—Joder, claro, ¡el asistente! —dijo al borde de echarse a llorar—. El asistente… Nilo, ¡me pones pa volar! ¡Tanto que ni pensar con claridad puedo! ¡Qué tonta soy!

—Ahora la culpa de que se te olviden las aplicaciones que tienes en el móvil es mía —resoplé.

—Sí, la culpa es tuya, de todo —refunfuñó con cara de gato enfadado. Tras soltar una maldición en voz baja, se agachó, habló con el asistente y le pidió que contestase—: ¿Cristian?