Capítulo 12
Nilo
Me había quedado mirando a Carmen mientras se marchaba, perdido en el vaivén de sus caderas, en el recuerdo de ese gesto cercano que había tenido conmigo. Teniendo en cuenta cómo estaban las cosas entre nosotros, me supo a triunfo. Ahí seguía, ensimismado, cuando uno de mis empleados dijo:
—Jefe, ¿abrimos?
—Abrimos ya, sí.
Fui hacia la puerta y la dejé abierta de par en par. Apenas lo había hecho, escuché al chico decir:
—Se han dejado esto en la barra.
Miré hacia atrás: esgrimía unas gafas de sol rojas en la mano.
Eran las de Carmen. Le quedaban muy bien, todo fuera dicho.
Había entrado con ellas al local, como si quisiera protegerse de mi mirada.
La suya se había perdido en las cicatrices de la operación, con asombro y compasión.
Había visto en ella un gesto reconocible para mí.
Ese que ponía cuando miraba a los gatitos pequeños que se escondían en los roquedales.
En otros tiempos, me tiraba de la camiseta, aun a riesgo de darla de sí, para que les llevásemos algo de comer.
No paraba hasta que no le decía que sí. Yo había sido para ella, durante unos instantes, como un gatito del que apiadarse.
También vi la curiosidad en ellos por saber más de lo pasado.
Quizá tendría ocasión de contárselo todo algún día, pensé. Quizá me abriría las puertas de nuevo.
Como cualquier excusa era buena para volverla a ver, cogí las gafas de manos del camarero, le dije que volvería en diez minutos y me largué al Alborán.
Tenía que darme prisa, ya llegaban clientes al Mediterráneo, así que crucé casi corriendo el territorio de nadie, ese que podríamos aprovechar si Carmen no fuese tan cabezota.
Incluso con las zapatillas, ya notaba el ardor de la arena.
Iba a ser un día de los de enmarcar, con tanto calor y tanto trabajo.
Por suerte, habíamos instalado humidificadores en la terraza, que los clientes agradecían.
Dos gotas de sudor me caían por las sienes cuando entré en el Alborán. Los camareros ya recibían a los primeros clientes y Marieta estaba tras la barra sirviendo unas cervezas.
—Sacad lo que tengáis que sacar de la cámara, al menos para las primeras horas, y metedlo en las neveras de la cocina. Hasta que no venga el técnico no podemos estar abriendo y cerrando. Está la puerta rota —le dijo a uno de ellos, que se largó con pies ligeros a hacer lo que le había dicho.
Me acerqué despacio, estaba concentrada y no quería que derramase la cerveza. En cuanto me vio, se le puso cara de susto.
—No me digas que se ha echado para atrás el chico —dijo.
—No, no es eso. Estará al caer. Es que tu hermana se ha dejado esto. —Levanté las gafas en la mano—. No quiero que se vuelva loca buscándolas.
Ella echó la cabeza atrás.
—Está en la cámara, cogiendo su móvil. Ve a dárselas, por fa, que tengo faena.
Fruncí el ceño. No iba a pararme a preguntar qué demonios hacía su teléfono ahí.
Quizá se le había recalentado. Asentí, sin más, y aproveché la oportunidad.
Como sabía de sobra que tenían la cámara en el corto pasillo entre la cocina y el salón, tras la pared de la barra, fui hacia allí.
En mi camino me crucé con un camarero que corría que se las pelaba con dos platos de boquerones victorianos.
Los extranjeros tienen por costumbre comer bien temprano, y las cocinas han de estar abiertas pronto.
Lo esquivé, para no molestarlo, al igual que a otros dos que sacaban cajas de la cámara con algunas cosas para el frío.
Esperé a que terminasen, y avancé. La puerta de la cámara de frío estaba entreabierta, así que la empujé.
Al hacerlo, vi a Carmen agachada, como si estuviera buscando algo en los estantes bajos de metal.
Tuve vistas de primera fila a su espléndido trasero.
El aire dentro era frío, pero me ardieron las mejillas…
y algo más. La imagen más gráfica de cuantas pudiera haber pensado en mucho tiempo me pasó por la mente.
Ella y yo, en esa cámara. Su cuerpo contra la estantería.
Sus piernas rodeándome la cintura. Mis manos recorriéndola, aferrándola luego contra mí para fundirla conmigo.
Mis labios y los suyos enredándose sin freno.
Su cabello despeinado. Sus ropas y las mías a medio poner.
Su intención de estar lejos de mí hecha añicos como los huevos que nuestra pasión, culpable de hacer tambalearse a las estanterías, habría hecho caer.
Sus jadeos amortiguados por mi boca para que nadie nos oyese.
—¿Nilo?
Pestañeé y salí de la fantasía. La Carmen de verdad, con las ropas y el cabello en su sitio, lejos de mis brazos, estaba frente a mí, a unos pasos, al fondo de la cámara.
—¿Qué haces aquí?
Me aclaré la garganta. A veces aún se me hacía raro pensar en ella así, en el plano sexual, siendo que habíamos sido amigos la mayor parte de nuestra vida.
Pero al corazón no pueden ponérsele frenos ni preguntársele porqués, solo…
habla y punto. Organiza tus malditos sentimientos como le da la real gana.
—He venido a traerte esto. —Esgrimí las gafas ante ella.
—Ah —dijo con gesto despistado—, ni recordaba habérmelas dejado.
Estiré la mano a la par que ella. Dio un par de pasos hacia mí para cogerlas. Sus dedos y los míos volvieron a encontrarse. Los imaginé recorriendo la línea de su cuello hacia su ombligo; perdiéndose bajo las ropas.
—Em… —Me rasqué el cogote.
—Tienes la cara roja, ¿estás bien? Hoy hace mucha calor, ten cuidado —dijo ella, que se colocó las gafas en la cabeza.
—Sí, no te preocupes.
Torció el gesto y miró atrás, por encima de su hombro.
—Juraría que dejé el móvil ahí, entre la caja de pimientos y la de las lechugas, pero no está.
—Te ayudo.
—Ya me has ayudado bastante hoy. —Negó con la cabeza.
—¿Acaso hay un cupo de ayudas? ¿Si te ayudo una vez, no puedo ayudarte dos?
—No es eso —sonrió levemente—, pero no quiero abusar de tu confianza. Estás siendo buena gente, mientras que yo no dejo de bufarte. Supongo que lo haces porque sientes culpa y crees que así lo arreglarás. No me vas a comprar con tu altruismo, Nilo.
—En primer lugar, merezco que me bufes. En segundo, no lo hago por comprarte. Lo hago porque quiero. Lo haría con otra persona.
«Pero, sobre todo, por ti».
Ella suspiró.
—Está bien.
Saqué el móvil del bolsillo y encendí la linterna. El blanco de la cámara se llenó de más blanco. Me agaché para iluminar aquello. Carmen se apostó a mi lado, agachada también.
—Se ha caído ahí detrás. Alguien ha debido mover las cajas y le ha dado. —Señalé al hueco entre la pared y la estantería—. Meteré la mano a ver si puedo sacarlo.
Fue inútil. Ella también lo intentó. Ni los brazos ni los dedos le llegaban. Mientras resollaba, busqué algo con lo que empujarlo. Colgada al lado de la puerta, vi una barra de hierro que cogí. Cuando me acerqué con ella, Carmen se descompuso.
—No… —Miró hacia la puerta, al tiempo en que esta se cerraba. Cuando encajó, hizo un sonoro clic—. ¡Nilo! ¡Eso era el seguro para que no se cerrase!
—¡Hostia…! —Miré la barra en mis manos—. Lo siento, no pensé que sería para eso. Pero no te preocupes, que las cámaras se abren por dentro. —Dejé la barra en la estantería y fui hacia la puerta—. Habrá algún botón, ¿no? Las cámaras tienen mecanismos de seguridad para estas cosas.
—Sí, pero se ha roto. Estamos esperando al técnico, de hecho. Tienen que abrirnos desde fuera. Y, joder, no van a aparecer por aquí hasta dentro de un rato, a menos que a alguien le dé por pedir algo que no esté en el menú. ¡Estamos atrapados!
Corrió a la puerta y la golpeó con los puños.
—Solo vas a hacerte daño. Con el jaleo de fuera no te oirán.
—¡Si me hago daño, me voy al médico más caro de Málaga para que me pagues la rehabilitación! —bufó.
Me acerqué despacio a ella, con tiento, y la cogí de los hombros para apartarla de la puerta.
—Lo siento, de verdad —le dije entre tanto.
Ella se giró, cual escorpión, presta a picarme.
—Lo sientes, lo sientes. —Resopló, brazos en jarra.
—Coño, ha sido un accidente. No tengo la más mínima intención de quedarme encerrado en una cámara frigorífica, pero llamamos a alguien y ya está. —Saqué mi teléfono—. Tengo el número de tu hermana.
—¿Desde cuándo tienes su número? —Entrecerró los ojos.
—Desde hace años. Me lo dieron los López, con su permiso, por si había alguna emergencia.
—¿Y ella tiene el tuyo? —Levantó una ceja.
—Claro.
Alzó la otra, mucho más.
—Ah, qué bonito.
—Carmen…, ¿por qué te disgustas por eso? —Dejé caer los hombros, desconcertado.
—Ni Carmen ni ná. —Cogió la barra, de mala leche, y la encastró en el hueco de la estantería para barrer el móvil con ella—. A ver qué os traéis entre manos.
—No hay Dios que te entienda. —Me acerqué y le puse una mano en la espalda—. No quieres saber de mí, pero te enfadas porque tu hermana tenga mi número.
—Déjame o te atizo con la barra, eh. —Se revolvió, como una culebra, y siguió en su empeño. Sin embargo, quizá por los nervios se le escurrió de las manos y acabó atrapada también—. ¡Me cago en…!
Dio un zapatazo en el suelo.
—Chiquilla, tranquilízate. —Ni lo pensé antes de decirlo.
—No me digas que me tranquilice porque te muerdo la yugular, Nilo. Ha sido llegar tú y no dejan de pasarme desgracias. Llama a mi hermana de una vez, joder, me estoy quedando arrecía.
—Vale… —Suspiré y me dispuse a llamarla, pero no daba señal. Miré la pantalla: no había cobertura—. ¿Es que es esto un búnker o qué? —Levanté el móvil en busca de la mínima raya de señal. Ni asomó.
—¿Qué compañía tienes?
Cuando se lo dije, torció el gesto.
—Esa falla aquí dentro. Ni datos le llegan. Lo sé porque antes la tenía, y cuando me encerraba aquí a mandar mensajes a Cristian, los días que me agobiaba, a veces tardaban en enviarse o no lo hacían. Pero con este nuevo móvil sí tengo cobertura.
—Ya, pero es que tú móvil y la barra están atrapados. Como no cojamos una lechuga…
—Una lechuga no, pero un puerro… —Señaló tras de mí.