Amor de sol y sal Capítulo 11 #2
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Capítulo 11 #2

—Puedo hacer unas llamadas, seguro que damos con la solución, ¿vale? —Apretó el brazo de mi hermana, ella asintió—. Esperadme aquí. Sé que ya tenéis vuestra propia barra, pero tomaos algo. —Señaló con la cabeza la suya—. Servíos vosotras mismas.

Nilo dejó el local, teléfono en mano, no sin antes dedicarme una mirada de reojo y una sonrisa de esas que hacen que el corazón te vaya más rápido.

Lo perdí de vista tras la pared que daba a la fachada principal.

Por desgracia, los latidos del corazón no pueden controlarse como la respiración.

A no ser que seas Buda, claro. Puedes respirar más o menos hondo, pero como al corazón le dé la gana de latir así de deprisa, así se queda a menos que te relajes y quiera volver a su estado normal.

Bien, pues aún me iba a toda prisa cuando escuché a mi hermana trastear con uno de los grifos de cerveza.

—¿Qué haces?

—Echarme una cañita sin alcohol. Tengo una sed tremenda. —El sonido de la cerveza al caer en el vaso lo llenó todo.

Los carameros estaban fuera, preparando la terraza. Aunque de la cocina si llegaba más ruido, así como el tarareo de la cocinera que andaba picando algo, a esas horas aún se respiraba la paz de las horas previas a la apertura.

—Además, que ellos la tienen tostada de grifo —añadió—, y me encanta la tostada de grifo. Juanito dice que pongamos un grifo de tostada, pero me la bebería yo toda.

—Juanito —el de la cerveza— algún día te va a llevar al huerto y acabaremos con el local lleno de veinte grifos de veinte cervezas distintas.

—¿Y eso qué tendría de malo? —dijo con gesto pícaro.

—Lo de que te lleve al huerto, nada, falta te hace un meneo, pero no somos un pub irlandés. No necesitamos una carta de cervezas. Nos basta con la Victoria.

—Malagueña y exquisita —levantó su vaso, bebió un trago que le llenó la expresión de felicidad y agregó—: como yo. Y también la hay tostada. Como mi pelo.

Solté una risa corta mientras sacudía la cabeza.

—¿Este tío está hablando con el presidente del gobierno? —bufé, con la mirada puesta en la puerta y la mano en el pecho—. Creo que tengo taquicardia.

—Es posible. Aunque lo estás llevando mejor de lo que pensé que lo harías. Otras veces, un imprevisto así, te habría dejado clavada en el sitio.

—Cristian decía que me ponía insoportable.

—Me quité las gafas de la cabeza. Tenía la sensación de que las patillas estaban hechas de espinos.

Igual tenía el cerebro inflamado de tanto pensar—.

Él… —comencé a decir, y me acordé entonces de mi móvil encerrado en la cámara—.

¿Y si me ha llamado? Voy a buscar el móvil. —Eché a andar hacia la puerta.

—No, no, no. —Mi hermana me retuvo y me llevó a la fuerza a la barra. Allí, me obligó a sentarme en un taburete—. Bébete una cerveza, relájate. Los problemas, de uno en uno. Primero, el espetador. Luego, el susodicho.

Mi hermana me sirvió una cerveza como la suya. Dejé las gafas en la barra y jugué con ellas entre los dedos.

—No deberíamos tomarnos estas confianzas… —Sin embargo, cogí el vaso y di un trago. Fría y rica, me devolvió un poco la paz—. ¿Por qué no lo llamas por su nombre? A Cristian.

— Gilipolles cap de suro . Ese es el nombre que tiene para mí. El que tendrá siempre.

Sin más remedio, me reí.

—Eso le llamaba tu marido.

—Y a la cara. Joder, cómo lo echo de menos.

No tenía pelos en la lengua. —Dio otro trago—.

Han pasado cuatro años y aún me da que aparecerá por la puerta como si nada, en plan: Quina broma que t'he gastat, eh?

No estic mort, Marieta, només estava prenent canyes .

—Esbozó una sonrisa amarga—. Como en la rumba esa de «no estaba muerto, estaba tomando cañas». Ya sabes que él era muy de Peret.

—Un poco cliché eso, ¿eh? —dije para animarla—. Catalán y que le gustase Peret.

—También era del Barça, qué le vamos a hacer. —Se encogió de hombros y luego se echó a reír—. Como mi niño. Ayer me dijo que soñó con él.

—¿Con el Marc? —Me llevé el vaso a los labios.

—Sí. Me dijo que su padre le decía que estaba bien, que pronto llegaría alguien nuevo a quien tendría que querer. No tanto como a él, pero querer mucho también.

—¿Qué narices? —Arrugué la mía—. ¿Eso le dijo?

Marieta asintió. Apoyó los codos en la barra y dio otro trago de cerveza.

—Sí, y con algunas palabras en inglés se lo dijo. Mu raro, Carmen. Tendré que decírselo a su sicóloga. Igual es un deseo del niño que se está proyectando de alguna manera, y como el inglés se le resiste, pues…

Tomé un sorbo y me encogí de hombros.

—O igual es el Marc, que tiene a San Pedro harto de hablar de fútbol y le ha dicho: Anda, vete un rato a hablar con tu hijo.

Mi hermana rio con ganas. Luego chocó su vaso con el mío.

La cocinera asomó la cabeza, nos saludó y llamó a voces a los camareros.

Uno de ellos acudió al punto, los demás lo siguieron.

Salieron de la cocina cargados de cajas de pescado directas a la barca.

Luego siguieron a sus cosas, ya en el salón.

Dos de ellos se quedaron charlando en la terraza sobre los planes de la noche.

Suspiré. Era el segundo San Juan que pensaba quedarme en mi casa.

Pero, bueno, eso también era un plan, ¿no?

Ducha fría, crema relajante para las piernas, una infusión helada y un capítulo de alguna serie.

Tras otro par de tragos más, Marieta miró alrededor y dijo:

—La verdad es que Nilo tiene estoy muy maco , ¿eh? Es minimalista y moderno, pero acogedor. Dan ganas de venirse aquí a comer un día.

—Estás tú chalá. Antes me como una paella reseca en un sitio de esos del centro pa guiris.

Se rio, al tiempo en que Nilo entraba en el local. Me puse en pie, al punto, y dejé el vaso de cerveza en la barra. Lo miré igual que si hubiera estado en el desierto y necesitado agua que beber.

—¿Qué? ¿Todo bien?

Asintió.

—He dado con alguien que vendrá a echar el día o los que os hagan falta.

Estará aquí en veinte minutos o así. Se llama Javi, es jovencito, pero muy mañoso.

Es el nieto de mi moraguero. Solo que hay una condición.

Su abuelo me lo ha pedido con mucho apuro, pero es que en casa de su nieto hace falta el dinero.

—¿Qué condición? —quise saber.

—Que le deis curro un par de meses. Ya sea haciendo eso o fregando platos. Yo me he comprometido a tenerlo aquí otro par.

—No necesitamos a nadie más, Nilo —dijo mi hermana—. Solo a alguien que venga hasta que nuestro espetador se recupere.

—No pasa nada —dije, sorprendida de mí misma por lo bien que me lo estaba tomando todo. Me adelanté hacia él—. Lo tendremos en plantilla un par de meses. Me lo quitaré de mi sueldo si hace falta. Gracias, Nilo. Nos has salvado la vida.

Pasé por su lado y no pude resistir la tentación de ponerle la mano en el hombro y apretárselo. Un gesto amistoso que me puso en contacto con la suavidad de su camisa. Esa que tan bien le quedaba, esa que tan bien olía.

—De nada —puso la mano sobre la mía y la apretó—, estoy aquí para lo que necesites…, necesitéis —carraspeó y miró a mi hermana— las dos.

Ella apuró la cerveza de un trago.

— Molt be. Pues a currar todo el mundo —dijo con decisión—. Es hora de abrir.

—Sí —dijo Nilo—. Al lío.

Fui hacia la puerta y, antes de irme, miré hacia atrás. Nilo me observaba con una expresión nostálgica, tan dulce como sus ojos. Tan bonita que me hizo contener el aire. Salí de allí como alma que lleva el diablo, con la sensación, una vez más, de que mi corazón había decidido correr una maratón.

Cuando sentí a mi hermana a mi lado, le dije:

—De esta acabo en el Carlos Haya [ii] .

—¿Qué te pasa?

—El maldito Nilo Rubio me pasa.

Ella soltó una carcajada que se mezcló con el graznar de las gaviotas que coronaban el aire con sus giros.