Amor de sol y sal Capítulo 11
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Capítulo 11

Carmen

Mi hermana se me acercó, con andares cautelosos, cual gato, mientras yo colocaba unas cervezas en la cámara.

Me gustaba hacerlo por mí misma, la sensación de verlas todas ordenadas por tipo, con la etiqueta girada hacia arriba, bien limpias y el cajón bien repleto era una de esas pequeñas satisfacciones que mi cerebro obsesionado con los planes y el orden disfrutaba.

No duraba mucho, porque en el trajín del trabajo no podía pedírsele a las cosas que estuvieran superbién ordenadas, pero, lo poco que duraba, me hacía sonreír.

—¿Qué hacías hablando con el traidor? —le dije a mi hermana, sin mirarla.

—No lo llames así, que parece que estemos en Juego de Tronos o algo de eso, y no es para tanto.

—Marieta. —Cerré de una la tapa del arcón y puse la vista en ella. Mi hermana se echó un poco hacia atrás, como si le diera miedo mi reacción—. Si estuviéramos en Juego de Tronos él sería, como poco, un Bolton.

—Qué exagerada eres, de verdad. —Se rio—. No te lo tengo en cuenta, porque tienes un día de mierda. ¿Sabes algo ya del susodicho? —Pocas veces se refería a Cristian por su nombre. Nunca le había gustado demasiado, aún menos después de la separación.

—No. Creo que voy a meter el móvil en la cámara frigorífica y a tratar de olvidarlo todo el día.

Lo metí, sí; lo de olvidarlo ya era harina de otro costal. Para colmo de males, descubrí al entrar en la cámara que se había roto la puerta. Tuve que llamar al técnico, al borde de un ataque de nervios.

Apenas llevaba mi móvil unos veinte minutos escondido, entre una caja de lechugas y otra de pimientos, cuando sentí la honda necesidad de cogerlo y mirar si Cristian me había llamado.

Iba de camino hacia allí cuando escuché una exhalación de asombro por parte de mi hermana.

Sonó como si algo grave hubiera pasado, sin embargo, no escuché nada más, así que corrí hacia ella.

La encontré en el centro del local con el móvil en la mano, mirando la pantalla como si fuera el fin del mundo.

—¿Qué ha pasado, Mari? —le pregunté, acercándome a ella.

—El amoragador [i] , que está malo. Lo de la puerta y ahora esto.

—¿En San Juan? ¿Por qué? No se puede poner malo hoy.

Me miró ceñuda.

—¿Tú crees que los virus entienden de días festivos? En plan: Ay, no, es San Juan, hoy no podemos darle a nadie gastroenteritis.

—¿Eso tiene?

—Sí, eso tiene. Aguda. Está en el hospital y todo. Vamos, que se caga por la pata abajo.

—Madre mía… —Me froté la frente, con un calor abrasador llenándome el pecho. Siempre que ocurría un imprevisto tenía esa maldita sensación—. ¿Qué leches vamos a hacer?

—Buscaré a alguien que lo sustituya, no te preocupes. Su sobrino. Ha venido otras veces a echarle una mano.

Mientras ella hacía unas llamadas, puse mentalmente cien velas a la Virgen del Carmen, porque, sin alguien a cargo de la barca donde se asaban los espetos, no podíamos estar.

Mucha gente venía a los chiringuitos solo por los espetos de sardinas, y encima era un mes de buena sardina.

Los meses sin «r» en sus nombres son los mejores. Estábamos más que fastidiados.

Cuando mi hermana negó con la cabeza, muy seria, señal de que no había encontrado a nadie, el mundo se me vino encima. Más aún cuando miró hacia el Mediterráneo y dijo:

—Le pediré ayuda a Nilo, quizá…

—Ni se te ocurra.

—Carmen, creo que es mucho más importante servirle sardinas a nuestros clientes que el rollo que te traes con él.

—No es ningún rollo, y lo sabes.

—Mira, tú sigue viviendo tu Juego de Tronos particular por una cosa que pasó hace veinte años, con un hombre que entonces era un niño y que ya no será ni la misma persona en realidad, que habrá vivido un montón de cosas que ni sabes, yo voy a arreglar este maldito desastre.

Pestañeé, dolida. Sin embargo, por más que me fastidiase, mi hermana tenía razón. El negocio era más importante que mis rencillas con Nilo.

—Voy a preguntarle si podrían compartir su barca y su espetador con nosotros. Si es que el hombre quiere, porque no dará abasto.

—No debe de ser ni legal hacer algo así. ¿Y si alguna sardina está en mal estado y alguien se pone malo? ¿Sobre quién cae la responsabilidad?

—Marcaremos las sardinas como a las reses en la ganadería, ¿te parece? Les ponemos una A o una M, dependiendo de quién sean.

—No tiene gracia, Marieta —resoplé—. ¿Y si ese hombre tiene un accidente laboral mientras asa nuestras sardinas? A saber si Nilo lo tiene asegurado.

—No digas tonterías. —Se quitó el mandil corto y lo dejó sobre la barra—. ¿Vienes o qué?

Solté un suspiro y asentí.

—Vale, pero hablas tú. Y no pienso ni mirarlo.

Mi hermana, riéndose, cogió mis gafas de sol y me las puso.

—Ea, así lo ves menos.

**

El camino hacia el Mediterráneo se me hizo más largo que si fuera el del Santiago.

A cada paso que daba, más me invadía el pensamiento de que estábamos haciendo el imbécil, de que Nilo nos diría que no y de que, para más inri, me volvería hecha polvo después de pisar el que había sido también el local de mis padres.

Muchos de mis recuerdos también estaban allí.

Por más que lo hubieran reformado, yo seguía viéndome de pequeña en muchos de sus rincones.

Era un espacio amplio, rectangular, con grandes ventanales también.

Un salón con una barra a la izquierda, una terraza enorme y, tras un desnivel salvado por escalones, una zona chill out .

Más allá, la hilera de hamacas de alquiler.

Todo era estéticamente moderno, con líneas rectas, acabados blancos y minimalistas.

Madera clara en algunas zonas. Bonito a su manera, aunque distinto al Alborán.

Al mirar hacia la zona de mesas del salón, no pude evitar ver a mi padre con los ojos de la memoria, organizando aquella zona con presión milimétrica.

Había sacado mi afán por el orden de él, eso era indiscutible.

Miré a mi hermana, ella también tenía los ojos puestos allí, recordándolo sin duda.

Los recuerdos se me aferraron al vientre como si, en vez de dedos, tuvieran garras de halcón.

Estaban a punto de despedazarme cuando mis ojos toparon con Nilo.

La simple tontería de verlo, a pesar de todo, me calmó aquella ansiedad.

Más aún cuando giró la cabeza hacia mí y esbozó una sonrisa cálida.

Estaba en la barra, charlando con uno de sus camareros.

Le daba instrucciones sobre el funcionamiento del local, así que debía de ser un extra.

Era normal contratar personal de más en los días como aquel.

O al menos lo normal para los hosteleros con dos dedos de frente que no gustan de explotar a sus empleados.

El ser humano tiene un límite, y aunque la gente se piense a veces que los camareros están ahí para servirles como máquinas, no: son humanos.

La hostelería es uno de los mundos más estresantes laboralmente que existe.

Me río yo de los brókeres de banca con sus trajes de chaqueta dando voces en la bolsa.

Esos, al menos, ganan un pastizal. Los camareros no pueden decir lo mismo.

Y sí, ya sé que yo soy la dueña, la jefa y todas esas cosas, pero hasta que no tuve experiencia y edad, fui una más sirviendo jarras de cerveza.

Aún lo soy. Nunca dejo solos a mis empleados, doy el callo como ellos.

Miré a mi examigo pensando en aquello. Se había curtido como yo en los negocios familiares hasta que se fue a estudiar. Aún lo recordaba con la camisa pegada de tanto sudar, pelando patatas en las cocinas. En fin, fueron otros tiempos. Tiempos que ya no volverían.

—Anda, las hermanas Alborán por aquí —dijo con una sonrisa de oreja a oreja—. Dadme un momento, por favor.

Asentimos. Terminó de darle indicaciones al chico y, después de que él se fuese a hacer sus cosas, Nilo nos prestó atención.

—¿Queréis tomar algo?

—Si quiero tomar algo me lo tomo en mi bar —dije.

Mi hermana me dio un codazo; chasqueé la lengua. Él no perdió la sonrisa.

—Perdónala —dijo entonces—, venimos a pedirte un favor enorme. Quizá el más grande que nadie te haya pedido jamás.

—Una vez me pidieron un riñón, no sé si podrás superar eso.

—¿Quién te pidió un riñón? —dije ceñuda, interesadísima en esa historia, y me levanté las gafas para ponérmelas en la cabeza.

—Mi hermana.

—¿Le diste un riñón a tu hermana? —dijimos la mía y yo a la par.

—Sí, eso hice.

Era cierto que Nilo había vivido cosas que desconocía. Cosas tan grandes como aquella. Se levantó la camisa, de un modo más que natural, y nos enseñó las cicatrices. Eran más pequeñas de lo que esperaba, varias además.

—Pensé que te habrían abierto en canal o algo así —murmuré, mirándolas.

—Y eso te habría encantado, ¿no? —Nilo se bajó la camisa.

Lo miré a los ojos, y sonreí.

—Sí, desde luego que sí.

—¿Y estáis bien? Tu hermana y tú —preguntó la mía.

Yo tenía dos millones de preguntas más que hacerle.

¿Cuándo? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Quién?

Igual que los periodistas cuando se enfrentan a un misterio que investigar.

Quería saberlo todo de ese difícil momento de su vida.

Quería, en realidad, saberlo todo de todos los que había vivido lejos de mí. Eso me hizo sentir confusa.

—Sí. Se puede llevar una vida normal en la mayoría de los casos.

Solo tengo que controlar algunas cosas, pero son cosas que deberíamos controlar todos, como la alimentación y movidas así.

No os preocupéis por mí. —Su tono no dejaba lugar a duda de que estaba más que bien—. Bueno, ¿en qué puedo ayudaros?

—Nuestro amoragador está con gastroenteritis, y no tenemos a nadie que lo sustituya, en un día como hoy…, estem bem fotuts —explicó Marieta—. ¿Conoces a alguien?

—Sí que estáis jodidos, sí.

—¿Nos puedes ayudar?

Nilo no era mal tipo, pero como piensa en ladrón que todos son de su condición, y yo le habría hecho sufrir un rato antes de ayudarlo, pensé que aprovecharía su ventaja para regodearse o algo, sin embargo, de buen ánimo dijo: