Capítulo 10
Nilo
Un mes después de aquel encuentro, y metidos en la vorágine de junio, Carmen seguía esquivándome o escondiéndose cada vez que me veía.
Si intentaba hablar con ella, me cerraba la puerta en las narices.
No literalmente, pero casi. No sabía si no había escuchado aquello que dije o si es que le importaba una mierda.
Quizá, mis palabras habían quedado entre el mar y yo, y no sabía si me atrevería a pronunciarlas de nuevo.
Como el secuestro no era una opción, traté de dejar aparcado el asunto durante un tiempo.
Quizá se acabaría acostumbrando a mi presencia allí, aunque fuera viéndome a lo lejos, y eso nos daría margen a hablar alguna vez.
Aunque, conforme pasaban los días, mis esperanzas menguaban y mi sentimiento de ser el cobarde del siglo crecía cada vez más.
Sin embargo, temía invadir su espacio y que eso la bloquease más todavía, así que seguí esperando, centrado en mi trabajo y en adaptarme a mi nueva cotidianidad.
Acostumbrado a vivir en un pueblo de la sierra de Madrid, teniendo que comerme dos horas de atascos para ir a la oficina, lo de levantarme de la cama y casi caerme en el trabajo me estaba dando mil años de vida.
Siempre he pensado que el mundo está mal organizado, que hay gente trabajando lejos de curros que ocupa gente que tampoco vive cerca.
Alguien debería crear una aplicación de intercambio de trabajo, así todos perderíamos menos vida en los transportes.
Trabajar cerca de casa me daba tiempo libre para llevar a cabo algunos proyectos que había abandonado durante años, como el dibujo.
Me compré una libreta nueva y me iba con ella cada mañana, un rato antes de trabajar, a pintar cualquier cosa que me encontrase en la playa.
Conchas, restos del mar, algas perdidas entre cañas, huellas que un perro había dejado en la arena.
La mañana de San Juan vagaba por allí sin saber qué pintar, cuando me crucé con un cangrejo.
Verlo caminar de lado en pos de huir de una ola me hizo recordar viejos tiempos.
A Carmen le enganchó uno el dedo siendo chica y les cogió un miedo terrible.
Me dediqué a dibujarle cangrejos simpáticos en todas sus libretas, hasta que empezaron a parecerle graciosos.
Después de reconciliarse con ellos, se quedaba durante horas de cuclillas en las rocas o la playa para verlos más de cerca; se compraba todo lo que tuviera algún cangrejo dibujado.
Yo le pintaba más cangrejos de los que cabían en su habitación.
Cangrejos normales, cangrejos haciendo tonterías, cangrejos que imitaban a sus dibujos animados favoritos. Solo por verla reír, merecía la pena.
A veces creo que mi único propósito en esos días era buscar algo que la hiciera reír, porque la risa de Carmen tenía el poder de restarle preocupaciones a mis días. La tiene, seguramente aún, solo que hace mucho que no la oigo reír en condiciones.
Quizá debería de cometer la estupidez de dibujarle un cangrejo y dejarlo en la barra del Alborán, pensé. Como el admirador secreto que deja flores. Un cangrejo y una disculpa.
—¿Tú crees que es cringe si lo hiciera? —le dije a mi hermana, ya de camino al trabajo.
—Lo que da cringe es oírte a ti, que tienes casi cuarenta tacos, decir que algo da cringe .
—Es lo que se dice hoy día, ¿no?
—Los chavales que dicen « bro » y esas cosas, Nilo, pero tú…
—Sigo siendo un chaval. Los que nacimos en los ochenta no terminamos nunca de crecer. Vivimos la mejor infancia del mundo y queremos volver a ella.
—Bueno, vale, eso es verdad. Me pasa a veces, que pienso en cómo era mamá a nuestra edad, y ella me parecía una señora de los pies a la cabeza. Yo sigo llevando vaqueros rotos, pines en la cazadora y sombreros a lo Lydia Deetz.
—Y qué guapa estás cuando te los pones.
Sentí que sonreía al otro lado del móvil.
—Mira, si le quieres pintar un cangrejo a Carmen, y eso te hace sentir mejor, píntaselo.
Otra cosa es que se limpie el culo con él, que es probable, y así te darás cuenta de una vez que tienes que aniquilarla de tu vida para siempre.
Deja de arrastrate ya por ella, un poco de amor propio, Nilo. Self love , que se dice ahora.
—Como apoyo emocional no tienes rival. —Me reí, con su dureza atragantada—. Quizá le ablande el corazón.
—No tiene corazón, se lo ha quedado el Cristian de los cojones. ¿Sabes ya por qué se separaron?
—No, pesada.
—Qué rollo de hermano tengo. Mi vida sigue siendo muy aburrida, te lo recuerdo.
—No sé cómo puede ser aburrida la vida de una persona que se dedica a traer al mundo historias llenas de emociones, fantasía y esas cosas.
—Eso es trabajo, yo hablo de la otra parte de mi vida —dijo con tono apático.
—¿Y el irlandés? ¿En el rugby?
—No, currando. Y yo me tengo que ir a currar en breve también, aunque esta noche vamos a encender unas velas y a tocar unas canciones, por el solsticio. Será una noche bonita. Hoy celebráis San Juan, ¿no?
—Sí. Hace semanas que colgamos el cartel de completo para esta noche. Estaremos a rebosar, así que no saldré hasta la madrugada, y después quedaré con alguien.
—¿Alguien en concreto? ¿Ya te has buscado una novia? —Su tono se volvió más animado.
—Si me busco una, serás la primera en saberlo.
Me han invitado a una moraga, nada más. El arquitecto que hizo la reforma del Mediterráneo, su grupito.
Buena gente. Me llevo muy bien con su hija.
Se llama Claudia, y no, no tenemos nada, antes de que me interrogues.
Trabajaré hasta caer reventado y no me dará el cuerpo más que para darme un baño al amanecer y tomarme una cerveza.
—Bueno, dicen que la noche de San Juan es mágica. Quién sabe qué puede pasar. Oh, oh, oh, its magic —cantó por Pilot—, venga, disfrútala.
—Espera —dije apurado—. No cuelgues aún.
—¿Qué pasa?
—He estado pensando en algo.
—Uf, alerta nuclear —se burló—. Es mejor que no pienses mucho. Cuando piensas, la lías.
—Pues igual con esto la lío. He pensado en hablar con Mari sobre lo que vi en los documentos, y que ella me ayude a hablar con Carmen.
—Pues no sé. Ella era aún…, no pequeña, pero sí muy joven cuando pasó, quizá la mantuvieron al margen como a su hermana.
Si lo hablas con ella, antes que con Carmen, se enfadará.
Creerá que andáis haciendo algo a sus espaldas, y eso será peor.
Además, ¿y si Mari no lo sabe? ¿Y si lo sabe y también se lo ha ocultado a su hermana? It will be a mess, a dog dinner.
—¿Una cena de perro? Ya sabes que soy de comida exótica, pero eso…
Se carcajeó.
—No, joder, un lío que te cagas.
—Ya, aún me cuesta lo de las expresiones —me rasqué el cogote—, y eso que llevas allí media vida. Me lo pensaré entonces. Ya veré qué hago, gordita. De momento, le pintaré un cangrejo.
— Ádh mór, Nilo.
—Espero que eso sea un «Buena suerte» y no: «Vas de cabeza al infierno».
—Elige la que más resuene contigo. —Soltó otra carcajada y lanzó un sonoro beso.
—Ok, te quiero, Nefer.
— Me too.
Sacudí la cabeza en tanto que guardaba el móvil. Aunque sus consejos no eran siempre la flor y la nata, hablar con ella me instalaba una sonrisa que no se me quitaba en un buen rato.
**
Aún iba con ese gesto en los labios cuando me topé con Carmen en la zona de las tumbonas.
Junto a su hermana y a un par de trabajadores, cuidaba de que todo estuviese listo para la apertura.
Marieta me saludó. Carmen se entretuvo en acicalar una de las sombrillas de paja como si fuese lo más importante del mundo.
—Oye, Carmen —llamé, aun a riesgo de que me matase. En cuanto me miró, de reojo, dije—: ¿Te siguen gustando los cangrejos?
—No —contestó secamente.
Sin embargo, Marieta, aguantándose la risa, señaló los calcetines de su hermana. Ladeé la cabeza, me acerqué un poco y me bajé las gafas de sol. Llevaba unos blancos, cortitos, en los que podían verse rojizos cangrejos con las pinzas levantadas y con una amigable sonrisa.
—¿Qué miras? —Carmen me apuñaló con la mirada.
—Que, para no gustarte, llevas unos calcetines llenos de ellos.
Miró hacia abajo, como si lo hubiera olvidado.
—Puede que me gusten aún. Para hervirlos mientras pienso que eres tú. —Puso los ojos en blanco y luego se largó.
Su hermana soltó una larga risa, en tanto que los muchachos que estaban allí negaban con la cabeza.
—La jefa está de un sieso hoy… —dijo uno.
—Sí que lo está. —Miré a Marieta, que aseguraba unos cordones de las tumbonas—. Cucha, ¿qué le pasa hoy? ¿Es solo por mí o hay algo más?
Me miró pensativa antes de responder.
—Tiene varias llamadas perdidas de Cristian. Pero, por más que lo llama, él no le coge el teléfono. Se está volviendo loca.
El estómago se me revolvió.
—Estaría bien que la dejase en paz —dije, en tanto que observaba a Carmen, que se había ido a fingir que estaba ocupadísima colocando unas cajas de cerveza sin quitarnos ojo a cada tanto.
—Sí, bueno, pero quien ella quiere que la deje en paz, que eres tú, la persigues, y él rehúye habitualmente de ella. Nunca se puede tener lo que una quiere.
—Gracias, Mari, que me recuerdes que no me quiere ver ni en pintura ha sido muy amable por tu parte —anoté en tono irónico.
—Tú solito te lo has buscado. —Esbozó media sonrisa guasona.
Asentí, razón no le faltaba, mientras pensaba en si hablarle o no de aquel asunto; sin embargo, ni era el momento ni el lugar, y menos el día.
En San Juan solo cabe una cosa cuando tienes un negocio como el nuestro: trabajar y trabajar.
Al menos hasta la hora del cierre. Les dije adiós con la mano y me largué.