Capítulo 9
Carmen
El maldito terral no dejaba ni respirar, pero a la gente no la disuadía ni de ir a la playa ni de pasar por el local a tomar algo, y estábamos a rebosar, sobre todo de clientela extranjera.
Muchos malagueños saben que el agua del mar se pone helada en los días de tanto calor, y se quedan en casa bajo el chorro del aire acondicionado, pero esta gente del norte no le tiene miedo a nada.
Al borde del cierre, tras haber sudado la gota gorda y sufrido doscientos cambios de temperatura entre el aire del local y la zona de la terraza, me senté a tomarme un agua fría.
Mi hermana ultimaba la caja del día, junto al encargado, y en el local se respiraba ya la paz de las noches.
Al oeste, las luces del puerto. Al este, esa lucecita roja de la cementera que me recordaba al Ojo de Sauron en la lejanía.
Desde luego que, en días como aquel, Málaga era bastante parecido a Mordor.
Por suerte, entraba ya aire fresco de levante, señal de que la noche iba a ser más fresca.
Bebía el agua en silencio, mirando a la nada, cuando vi a Nilo pasear por el rebalaje, camino al oeste.
En las noches de mucha claridad, como aquella, las figuras próximas a la orilla se hacían distinguibles gracias a la luna y a las luces del paseo.
Apreté el vaso frío en las manos; la humedad condensada me llenó las palmas.
Tomé aire, con el corazón latiéndome aprisa.
Bien cierto era que le había dicho a mi hermana lo mucho que me molestaba verlo, pero al contemplarlo así, caminar a solas, cabizbajo, junto a la orilla, tuve el maldito impulso de preguntarle qué estaba haciendo allí.
Qué había en su cabeza mientras paseaba.
Por lo que lo conocía, nada bueno. Sin embargo, no podía darle tregua, no se la merecía.
Decidí resistir mi impulso. Di un trago de agua.
Hablé con mi hermana para ver si me distraía.
Fue inútil: él seguía en mi cabeza. Mi cerebro, sin mi consentimiento, había formulado el plan de hablar con él y, cuando algo se escribía en mi agenda neuronal, no tenía manera de sacarlo hasta que no lo llevase a cabo.
Cuando lo vi pasar de vuelta, dejé el vaso a un lado y fui hacia él. Nilo se quedó parado al cabo de las olas, nada más verme. Pestañeó, de hecho, como cervatillo al que deslumbran los faros.
—¿Carmen?
—No, el fantasma de Baskerville. —Me paré ante él, a unos pasos, en una zona más alta de la arena—.
¿O ese era el sabueso?, el de Sherlock Holmes.
Es verdad —se dijo a sí misma—, el fantasma era de Canterville, pero ¡qué más da!
Será de lo que se me antoje. Si es de Baskerville, como si es el de la ópera o el fantasma de las bragas rotas, ¿estamos?
Se rascó el cogote mientras asentía.
—Estamos. Sí a mí me da igual, no me gustan los fantasmas. —Se mordió los labios, como si no quisiera decirme lo que andaba en su mente; sin embargo, lo soltó de una—: A ti sí, que te casaste con uno.
—Uy, uy… Qué mal te quieres. Mira, no voy ni a contestarte a eso, porque no es un asunto que tenga que tratar contigo. La cuestión es: ¿no te dije que no quería verte por aquí?
—¿La playa también te pertenece? —Levantó una de sus cejas, ceñudo.
El aire del mar se hacía notar más allí, casi helado después de un día de tanto calor. Las olas se comían el ruido del tráfico; los barcos, con sus luces, titilaban en la lejanía, igual que las de las grúas del puerto. Me quedé mirando esa estampa por un segundo, antes de volver la vista a él.
—Estás pasando por delante de mi —me señalé el pecho— chiringuito.
—¿Y?
—Cómo que ¿y? —Puse los brazos en jarra—. Acordamos…
—No acordamos na de na. —Dio un paso hacia mí.
Sus pies levantaron las salpicaduras de arena mojada.
Iba descalzo, con los bajos de los pantalones algo arremangados—.
Absolutamente nada. Tú te has empecinao en odiarme, y no quieres verme, está bien, entiendo por qué, sé lo que hice, pero no dejaré de pasear por esta playa, porque es tan tuya como mía.
Desde El Peñón del Cuervo a La Misericordia, las playas de Málaga son de los dos. Territorio neutral, ¿sabes? Como Suiza.
Su tono determinante me hizo torcer el morro. Pensé que cedería o que soltaría una broma, pero se puso en su sitio. Pocas veces me había contestado así.
—Si esto es Suiza, ¿quién es Alemania? Porque paso de ser la nazi.
—Pues… eres tú la que me ha declarado la guerra, tú verás.
—¿Yo te he declarao la guerra? No, tú estás invadiendo mi territorio.
—Virgen Santísima. Ea, que no puede uno ni pasear tranquilo. —Apretó los puños.
—Ya veo lo que te pasa… —Me reí, suavemente, a pesar de todo, y bajé los brazos—. Creo que, como dice mi hermana, estás empipat .
—Eso qué es lo que es.
—Enfadao. Algo te tiene que rondar la cabeza, porque tú solo paseas de noche por la orilla cuando algo se te mete en la mente que no te deja dormir. Recuerdo cuando a veces te veía salir por la ventana de tu cuarto, para ir a la playa de noche, cuando todos dormían.
Los ojos le brillaron ante aquel recuerdo.
—Yo me acuerdo de esa noche que te ayudé a bajar de tu ventana y te llevé en caballito al roquedal para ver los cangrejos y los pulpos, cuando logré convencerte de que ningún cangrejo más te volvería a picar . ¿Quieres que te lleve otra vez?
—No —dije con una risa tonta al recordar esa vieja noche—. Estoy bien así. Tengo otros planes.
—¿Más emocionantes que ese?
—No, pero no te incluyen, así que son mucho mejores.
Nilo rio con los labios cerrados; el aire le salió ronco por la nariz. Luego chasqueó la lengua y dijo:
—Perita, que te lo pases bien con tus planes.
—Perfectamente.
Dio unos pasos para alejarse de mí; sin embargo, pronto se frenó en seco, giró sobre sus talones y, muy serio, me soltó:
—¿Sabes una cosa, Carmen? Estaría bien que alguna vez te dejases llevar.
—Dejarse llevar no trae nada bueno. Solo inconvenientes y trastornos que luego son difíciles de manejar.
—¿Qué es lo peor que podría pasar si te cogiera a cuestas y te llevase al roquedal? ¿Qué tremenda catástrofe sucedería? Solo es un paseo por las rocas.
—Que estaría contigo. Esa sería la catástrofe, Nilo.
Me miró de un modo que no comprendí, pero que me hizo fruncir el ceño ligeramente y me instaló una sensación agridulce en el pecho.
—Hacerlo nunca ha entrado en tus planes, desde luego.
—¿Qué dices? —suspiré—. ¿El qué?
—Nada, Carmen, buenas noches.
Nilo echó a andar. Mi parte más racional me pidió que no diese un paso más.
Esa que me ataba a él, incondicionalmente, me empujaba a seguirlo, a cogerlo del brazo y a hacer que me respondiese.
Tomé aire desde lo más hondo y lo seguí, dando grandes zancadas.
El tramo de arena seca quedó atrás. No me había quitado las sandalias, así que el esparto de mis cuñas se clavó en la arena mojada.
Cuando tiré de un pie, casi me caí. Maldiciendo a mi amigo, me saqué el calzado y lo arrojé a la arena para ir más rápido.
Aunque habría querido tirárselo a la cabeza.
El aire del mar hizo bailar su camisa y la pegó a su espalda. Los músculos, tensos, se marcaron bajo la ropa.
—Por Dios, ¡cómo corres tanto! —Me froté los brazos, estaba helada y el viento me movía el cabello y me metía mechones en la boca.
—Deja de seguirme, Carmen.
—No me da la gana.
Él resopló y se quejó en voz baja. Parecíamos esos chiquillos que alguna vez peleaban por tonterías. Supongo que, por más que uno cumpla años, a veces no termina de madurar en según qué aspectos.
—Dime por qué estás tan enfadado esta noche —demandé, apresurando el paso—. Dime a qué ha venido eso último.
—No quiero. —Giró la cabeza para mirarme, por encima del hombro. Los mechones revueltos de su cabello se agitaron—. Déjame tranquilo.
—No quiero.
—¿Y por qué te importa tanto? Me dijiste que no querías volver a verme, pues me estoy yendo pa que no me veas.
—Pues he cambiado de opinión, momentáneamente, y no te pienso dejar tranquilo hasta que no me digas qué pasa.
Nilo se paró de sopetón, y casi doy de bruces con su espalda.
Se giró. Apenas nos separaba un palmo de distancia.
En el frío de la noche, la calidez de su cuerpo traspasaba la camisa y llegaba hasta mí, podía sentirla aunque no lo tocase.
Ese calor era como un canto de sirena que llamaba a mi cuerpo a encontrarse con él.
Nilo siempre había sido cálido como esas corrientes que una encuentra por sorpresa cuando bucea y le calientan el cuerpo.
Bajó la mirada para encontrase con la mía.
Tragué saliva. Pensar en abrazarlo me había secado la garganta.
—Eso se te da muy bien, desde luego, lo de no dejarme tranquilo —dijo, con sus ojos coca cola nadando en los míos; como ese vodka negro con cola que tanto se puso de moda tiempo atrás—. Han pasado veinte años desde la última vez que nos vimos y no te he sacado de mi cabeza.
El rencor no me dejó ver la profundidad de esas palabras. Me enrosqué en él, y dije:
—Si nos vimos por última vez hace veinte años fue porque tú quisiste. Porque te fuiste de mi lado con una mierda de excusa. Porque era una mierda de excusa, Nilo.
Negó con la cabeza; apretó los labios. Luego se frotó la frente y miró al cielo.
—Dime una cosa, Carmen, eres escorpio, ¿no?
—Sí, ¿a qué viene eso?
—Mi hermana dice que los escorpios sois muy rencorosos. ¿Es rencor lo que me guardas?
—Mucho —declaré con firmeza—. Tanto que me quema el pecho.
—¿Y qué puedo hacer para que dejes de guardarme rencor?
—Desaparecer. Que sea como si nunca hubieras existido.
Nilo se movió hacia mí. Mi cuerpo y el suyo casi eran ya como arena y ola. El calor que desprendía me llenó el pecho. Sentí un escalofrío, pues lo helado de mi piel anheló más que nunca ese refugio.
—¿Y si elijo lo contrario? —susurró entonces, y seguí el movimiento de sus labios—. ¿Y si elijo quedarme para siempre e intentar que me perdones?
Levanté la mirada. Allí seguían sus ojos, buscando los míos. Con sus largas pestañas del color del regaliz negro.
—Que estarías perdiendo el tiempo.
—He perdido veinte malditos años, ¿qué me importa un poco más? Dame una oportunidad, por favor. Solo una, no te pido más. Dame la oportunidad de explicarme. Déjame caminar por tu playa.
—Las playas son de los dos, tú lo has dicho.
—Pues entonces, Carmen… —Nilo tomó mi mano. No me negué a que lo hiciera. Estaba tan cálido que me hizo sonreír un poco—. Entonces camina conmigo.
Por un momento, estuve tentada de decir que sí, de apretar su mano y rendirme a su voz y a su gesto, a la idea de darle una oportunidad.
Sin embargo, el dolor que había sentido a causa de su ausencia llenó de nuevo mi pecho como la primera vez.
Más fuerte incluso, pues estaba macerado por el tiempo.
El viento arreció. El mar se levantó; se puso tan revuelto como mis sentimientos. Su rumor se volvió grito. Nilo tiró un poco de mí y nos apartamos de las olas.
—Estás helada. —Posó una mano en mi hombro—. Tienes la piel de gallina.
—Da igual.
—No da igual, yo…
Hizo amago de abrazarme.
—Ya me hiciste mucho daño una vez, Nilo, no quiero volver a sufrir. —Me aparté, mirándolo muy seria—. Menos ahora, después de lo de Cristian. Lo que pasó, pasó. Como dice mi hermana: Lo pasado, pisado. No podemos volver atrás.
—Pero podemos ir hacia adelante. O de lado como los cangrejos.
—Sí, pero cada uno por su camino.
Solté su mano, de golpe, y eché a correr playa arriba. Nilo gritó algo, pero con el ruido de las olas, no pude oírlo. Sea lo que fuese, quedó entre él y el mar.
Aquella noche, mientras mis sandalias se secaban en el balcón, arruinadas probablemente, tendida ya en la cama, lloré como hacía tiempo que no lloraba.
Ni siquiera había llorado tanto cuando pasó lo de Cristian, y supongo que el encuentro con Nilo abrió un grifo que dejó salir todo lo demás.
Aunque no entraba en mis planes quedarme en la cama al día siguiente, lo hice.
Solo quería ver películas estúpidas donde todo es posible mientras comía más helado de pistacho del que recomienda la OMS.