Amor de sol y sal Capítulo 8
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Capítulo 8

Nilo

Después de aquella conversación con Carmen, no volvimos a cruzar palabra, a pesar de que a veces la veía en el Alborán, ya fuera en la terraza o a través de las grandes cristaleras que ofrecían a los clientes unas vistas inmejorables de la bahía.

A veces, la veía de lejos, por el barrio, y los pies me pedían que echase a correr hacia ella, la parase con alguna excusa e intentase entablar una conversación, aunque fuera torpe e insulsa, aunque solo fuese para hablar del tiempo.

A veces, eso basta si el deseo es acercarse a otra persona, escuchar su voz, fingir que nada ha pasado.

Pero fingir es un pozo en el que es mejor no meter la cabeza.

No ves más que negrura y, además, si dices algo, te responde con eco que eres gilipollas. Y tiene razón.

Sea como fuere, en los momentos en los que había establecido contacto visual, ella siempre había actuado de igual manera: apartando la vista, escabulléndose a alguna parte o escondiéndose detrás de Marieta, de alguna columna del local o de algún alemán de dos metros.

Una mañana, caminábamos los dos por el paseo marítimo, y ella se cruzó de acera en medio del tráfico para no encontrarse conmigo.

Me reí, sin más remedio, por lo extraño de la situación, aunque, en el fondo me dolía que mirarme le pareciera tan horrible como para exponerse a que la atropellasen.

—Soy consciente de lo mal que lo hice, Nefer —le dije un día a mi hermana, cuando le hablé de lo que estaba pasando con ella—, pero ¿tanto como para negarme siquiera una conversación, un saludo?

—Carmen es escorpio, ¿no?

—Yo qué sé. ¿A qué viene eso ahora? —Me froté la frente mientras deambulaba, teléfono en mano, por el salón de casa.

Era un día de terral malagueño, de esos en los que salir a la calle es jugarse la salud. El aire parece salido de un horno.

—Pues que los escorpio son muy rencorosos, Nilo.

—Qué buenas noticias —dije frustrado.

—No he inventado la astrología, ¿eh? —soltó entre risas—. Tú no eres tampoco todo ventajas, que eres capricornio.

—No me jodas que llevo cuernos.

—Sí, yo también. —Suspiró.

—¿Qué? ¿Tengo que partirle la cara al irlandés? —Así llamábamos a mi cuñado, como si no hubiera miles de irlandeses más por el mundo.

—¡No! Que soy aries, bobo. —Rio—. El caso es que a los escorpianos, incluso cuando perdonan, les cuesta olvidar.

—Ah… —respiré hondo, aliviado por el asunto de los cuernos y preocupado a la vez por tan malas noticias astrológicas—, pues no sé cómo va a perdonarme si ni siquiera me deja hablar con ella. Si al menos pudiera darle una explicación de lo que pasó, hablarle de eso y de… lo otro.

—No deberías decirle nada, ya te lo dije.

—Si uno de tus amigos supiera algo así, ¿te gustaría que lo callase?

Tras unos segundos de reflexión, dijo:

—Sé que hay gente que dice: «Hazme daño con la verdad», pero yo prefiero estar ciega y segura. Ojos que no ven…, corazón que no siente.

Hubo algo en sus palabras que me hizo pensar que hablaba de un asunto concreto. Sin embargo, cuando le pregunté por ello, dijo:

—Estoy bien, Nilo, tu hermana está genial.

—No lo parece. Mi hermana habla en tercera persona, eso no es de estar muy allá. Dime qué te pasa, anda.

—Estoy con la regla. Eso será. Me acabo de comer casi una maldita bandeja de scones. —La oí masticar algo—. Bueno, una ya, más bien.

Suspiré profundamente y me acerqué al aire acondicionado. En días como aquel me parecía que no enfriaba lo suficiente. El chorro de aire frío me dio en la cara, reconfortándome.

—¿Qué hago? —le pregunté—. Tú que eres mujer, aconséjame.

—A las mujeres no nos hacen en serie —se rio—, no somos coches. Lo que funciona conmigo no funcionará con ella, quizá.

—Lo sé…, joder, ya sabes a qué me refiero —resoplé.

—Mira… —Masticó de nuevo, rumiando algo para sí. Con la boca llena, dijo—: Carmen es de tenerlo todo atado. De hacer planes para cada cosa de su vida, ¿no?

—Pues no sé, yo la recuerdo muy espontánea. A ver, hacía planes, pero tampoco para cada cosa de su vida. Al menos así la recuerdo.

Me aparté de debajo del aire, me estaba quedando helado, y fui a sentarme en el sofá.

—Yo he oído… cosas.

—¿Qué cosas y quién te las ha dicho? —Me quedé con el culo suspendido en el aire, a medio camino de sentarme—. Gorda, ¿qué has liao?

—Yo no he liao na —replicó indignada—. En internet to se sabe, tú es que eres un bicho raro que lo usa poco.

Pero por lo que he visto en algún comentario en sus redes ahora le gusta tenerlo todo atado.

Entonces: dos más dos. Tú no entrabas en sus planes.

Que volvieses, que quisieras hablar con ella, su divorcio.

Nada de eso estaba en su agenda. Así que tienes que volver a entrar en su agenda.

—Punto número uno. —Levanté el dedo índice y me puse en pie—. ¿Qué haces mirando las redes de Carmen? Me prohibiste que lo hiciera.

—¿Y me hiciste caso? Eres más tonto que hecho aposta.

—Tú, niñata, no te pases. —Resoplé dejándome caer en el sofá—.

Y la verdad: no te hice caso —confesé—, pero fue solo una vez, hace mil años.

Vi una foto suya con él, besándose los dos muy felices, solo les faltaba el perro a los pies y el chalé adosado detrás con una de esas verjas con enredaderas y un buzón con sus nombres.

Me cago en la hostia, qué coraje me dio, casi tiro el móvil al váter.

Me pasé llorando media tarde. Tres días de terapia me costó.

Es igual… —inspiré profundamente—, ¿cómo hago eso de que me meta en su agenda?

—Tienes que hacer que vuelva a contar contigo. Ser imprescindible para algo.

—No pienso perseguirla por toda la ciudad en plan acosador hasta que suceda algo que me vuelva imprescindible, Nefer, tu plan es una mierda.

—Un plan de mierda es mejor que ningún plan, ¿no?

—Pues no.

Dejó salir el aire de entre los dientes a modo de queja.

—Por cierto, ¿te has enterado ya de qué les pasó? Al surferman y a ella—preguntó después.

—No voy preguntando por ahí sobre ese asunto, ¿estás loca?

—Loca por saber qué pasó, sí. Habrás visto a algunos amigos tuyos, sabrán de ella, que en el barrio se conoce todo el mundo.

—He tomado algo con ellos, sí, pero el tema de Carmen no ha salido ni saldrá a colación. ¿Es que quieres que me mate si se entera de que interrogo a la gente por ella?

—Pues yo quiero la información, es de vital importancia.

—Con voz dramática, continuó—: En este apático momento de mi existencia, la única sensación de aventura que me llega viene de las vidas de los demás.

Vivo en un bucle infinito de aburrimiento mortal agravado por el mal tiempo que está haciendo.

Allí brilla el sol, aquí también: pero por su ausencia.

—Mi hermana la menos dramática. —Reí—. Pero ¿ves cómo te pasaba algo?

No sé qué me dijo, porque lo hizo mientras comía algo, con la boca llena.

Suspiré y me retrepé en el sofá. Al apoyar la mano en el reposabrazos, sentí los pequeños enganchones que el gato de mi madre había dejado en él.

Ni ella ni él estaban ya en este mundo, pero su huella seguía en él, y eso me hizo sonreír.

En su día, mi madre le regañaba por aquello, pero yo agradecía que el micho hubiera conseguido burlar la vigilancia materna para rascarse allí las uñas.

—Qué fuerte.

—¿El qué?

Se lo conté a mi hermana, lo que la hizo reír emocionada.

—Patitas, tío, qué gran gato.

—En todos los aspectos, pesaba ocho kilos.

—Un bebé de unos ocho meses pesa más o menos eso.

Quizá en otra persona me habría resultado extraño escuchar esa comparativa, pero mi hermana era una fuente inagotable de datos curiosos. Leía mucho, ya fuera por trabajo o por placer.

—Volvamos al tema principal, por favor. Dame una solución.

— Jesus, Mary and Joseph!, qué pesado estás —refunfuñó—. ¿Sabes qué se me ocurre? Secuéstrala y no la dejes salir de tu casa hasta que no hable contigo. Luego te pones en plan dominante, folláis en algún sitio oscuro, y ya.

—¿Ya has vuelto a leer esos libros turbios?

— Dark romance . Deberías leer uno.

—Después de secuestrar a Carmen me paso por la librería, ¿vale? —dije irónico.

Ella rio a carcajadas.

—Te dejo, voy a ver si me acerco al Mediterráneo, a ver cómo están allí —solté.

—Gracias por alegrarme el día con tus problemas, brother . La próxima vez que me llames, espero que sea sabiendo ya qué les pasó para divorciarse.

—A veces no hace falta que pase nada. La gente se cansa la una de la otra, ya está.

—¿Igual que tú te cansaste de Aroa?

—No me cansé de ella. Solo me di cuenta de que no estaba enamorado, y no era justo para Aroa, es un tía increíble. No se merece más que felicidad. Está pensando en cambiar de coche, por cierto.

—Sí, lo sé. Hablé con ella el otro día. Es verdad que es una tía de diez. Pero tú…, tú siempre has andado con la cabeza en otra parte —soltó con fastidio.

—Dilo: en Carmen. No he dejado de pensar en ella, joder. —Me froté la cara, abrumado—. Veinte años pensando en ella, ¿cuándo acabará?

—Cuando tú decidas que tiene que acabar.

—No es tan fácil.

—Será tan fácil como quieras que sea.

—¿Estás leyendo eso en tu agenda de Mr. Wonderful?

Rio por lo bajo y dijo:

—Voy a darte un consejo de despedida, Nilo, hazte un favor y sal con alguien. Alguien divertido, que te anime la vida. Luego me lo cuentas, con detalles.

Me mandó un beso y colgó.

—Si no fuera mi hermana, la mataría.

Suspiré mientras dejaba caer el móvil a mi lado.

Dado que el secuestro no era una opción, quizá debía tomar nota del segundo consejo de mi hermana: hacerme un favor y salir con alguien.

No, ni de coña.

O con Carmen o soltero.

Ya está. Estar soltero es una elección cojonuda.

Más aún cuando sabes que tu corazón está con alguien; cuando sabes que, intentar ponerlo en otra persona, es inútil.

Sobre todo porque ya lo había intentado y a la implicada y a mí no nos había traído más que infelicidad.

Y yo podía joderme con mi propia infelicidad, pero ¿hacérsela vivir a alguien más? Eso era injusto e irresponsable.