Capítulo 7
Carmen
El aburrimiento inicial de mis obligadas vacaciones se diluyó en cuanto empecé a planear cada una de las horas.
Desde la mañana hasta la hora de la comida, que siempre seguía las estrictas instrucciones de recetas de algún canal de YouTube.
Mis preferidos: los de repostería, pero una no puede estar todos los días comiendo dulces.
El universo funciona mal, ya os lo digo.
Por la tarde, más rutinas, hasta la hora del taller de cerámica.
Al final le había hecho caso a Marieta. Tener las manos metidas en arcilla me ayudó a sobrellevar el calentamiento mental que tenía encima.
Además, la mayor parte del tiempo, no soportaba estar en casa.
A pesar de los meses transcurridos, todo me recordaba a Cristian.
Veía su fantasma por todas partes. A veces, hasta olía a él, escuchaba su voz o sentía el sonido de sus llaves.
Hasta me asomaba al pasillo para mirar hacia la puerta de la entrada.
Hacía un año que no estaba, pero aún seguía más que presente.
Mi dichoso cerebro lo manifestaba cual poltergeist .
Si apareciese un genio y me concediese tres deseos, volver a uno de esos momentos sería uno de ellos. El otro, abrazar a mis padres. El tercero… librarme de los pensamientos sobre Nilo de una maldita vez.
Por desgracia, no solo él los ocupaba. Cristian aparecía en mi imaginación con un ramo de flores para decirme que era la mujer de su vida, que se arrepentía infinitamente de haberme dejado por su moto.
A veces iba adrede a los sitios a los que solíamos ir juntos para ver si me lo cruzaba y el milagro ocurría.
El amor propio me lo había dejado en alguna parte, muy lejos al parecer.
Sin embargo, parecía que se lo hubiera tragado la tierra.
Málaga es grande, aunque no tanto como para perder de vista a tu ex para siempre.
Más aún cuando se suele frecuentar los mismos sitios.
—¿Y cómo te sientes? —me preguntó Marieta una tarde en la que la llamé por teléfono para ver cómo iban las cosas.
Un negocio propio no admite vacaciones completas. Aunque salgas de él, sigue en tu cabeza, y mi mente controladora tenía la necesidad de saber qué estaba pasando, al menos una vez al día, por más que mi socia me regañase.
—Una parte de mí se siente aliviada. La otra… desdichada. Porque esa fantasía del ramo de flores y el arrepentimiento no sucederá.
—Y es mejor que no suceda. —Su voz se mezcló con el sonido ambiente del negocio, bajo el cual, y de lejos, llegaba también el rumor de las olas y de la gente en la playa—. Eso no es bueno para ninguno de los dos.
—Lo sé…, pero es que el divorcio no entraba en mis planes, y, la leche, cómo me jode habérmelo encontrado de sopetón.
Dejé caer los codos en la baranda de la terraza; miré a un lado y a otro de la calle.
La gente empezaba a salir de sus casas después de la larga tarde veraniega.
Algunos paseaban a sus perros, otros iban solos.
A ratos me llegaba el olor a jabón de ducha y bruma tropical.
A ratos, el de las ramas secas de las jacarandas que adornaban mi calle.
Ponían el coche perdido, pero reconozco que todo se veía más bonito cuando florecían.
—¿Seguro que te lo encontraste de sopetón? —dijo mi hermana, sacándome de mis pensamientos—. Había cientos de señales. Hasta yo las veía. Ya no eras feliz con él, Carmen, solo que no querías darte cuenta. Tienes que empezar a dejar margen en tu vida para las sorpresas. Hablando de eso…
—¿Se ha roto algo? —dije alterada.
—No, que estoy viendo a tu sorpresa más reciente. Mare de Déu , qué guapísimo está hoy. ¿Quién es esa?
—¿Esa quién? —Me eché hacia adelante como si, tontamente, pudiera ver algo. Lo único que conseguí fue una horrible sensación de vértigo que me hizo ponerme tiesa y dar un paso atrás.
—La rubia que va con Nilo. Se parece a esa modelo de nuestra época. Queríamos ser como ella —rio—, con estos cuerpos serranos. On no n'hi ha, no en raja , como dice mi suegra.
Donde no hay mata no hay patata, básicamente.
—No me recuerdes los traumas de los noventa, gracias, aún no los he superado.
—Qué traumas ni qué leches. Estamos buenísimas, amiga. Y ella también, claro. —Me la imaginaba tras la barra, con el cuello estirado para no perderse nada—. Uy, la ha besado en la mejilla.
—Me da exactamente igual. Como si la besa en la boca.
—Ojalá, tendría cotilleo para echar la tarde.
Me reí.
—Te dejo, no quiero saber más de Nilo y su ligue.
¿A quién quiero engañar? ¡Claro que quería!, pero el orgullo pudo más.
—Sí, yo también, hay faena, y tengo que enterarme de quién es esa. No me llames más, ¿vale? Todo está tranquilo por aquí. Disfruta de tus vacaciones, niña.
No le hice caso.
**
Por suerte para mí, y por desgracia para ella, regresé al fin al trabajo. Entonces, Nilo entró en mi campo de visión para apenas salir unas horas al día.
—Por Dios, Marieta —le dije, una tarde en la que el local estaba más que a rebosar. Los camareros iban y venían cargados, el olor del espeto y las frituras lo llenaba todo—. Por Dios.
—Por Dios, ¿qué? —Se paró a mi lado, sujetando dos jarras de Victoria bien frías que irían de camino a alguna mesa.
—Él, otra vez. —Lo señalé con disimulo.
Nilo estaba atendiendo a una mesa en la terraza. Debían de ser conocidos suyos, por la cercanía con la que se comportaba con ellos. Entre ellos había una chica rubia, guapísima, que debía de ser la que Marieta había mencionado. A no ser que Nilo las coleccionase, claro.
—Esa ya no hace falta que pida nada, se lo está comiendo con los ojos —dijo mi hermana—. Es que és un àpat de déus, es clar.
—No es un festín de los dioses . —Le di un codazo a Marieta. Ella rio; la cerveza se agitó un poco—. Es… Nilo. Nilo, simplemente.
—Pues «simplemente Nilo» está pa encerrarse con él en una habitación y no salir en tres semanas.
—Sí, tratando de averiguar cómo deshacerte de su cadáver.
—Carmen… —Rio con ganas—. ¿Quieres saber quién es ella?
Asentí, mientras no le quitaba ojo a él, que sonreía y sonreía sin parar y debía de decir algo gracioso a cada tanto porque todos en la mesa se reían. Sobre todo la chica, a la que Nilo le echó el brazo por los hombros. Ella se cogió de su mano y lo miró embobada.
—Qué ganas de poner cortinas me están dando —bufé.
—Contéstame.
—No. No quiero saber quién es.
—Pues yo sí quiero contártelo.
—No me interesa.
—Se llama Claudia. Es la hija del arquitecto que diseñó la reforma del Mediterráneo, y está soltera, como él.
—Me da igual lo soltero que esté… —suspiré.
No, no me daba igual. Una parte de mí quería saberlo todo de él. Todo. Aunque prefería saberlo de sus labios que de los de mi hermana. Sin embargo, para eso tendría que hablar con él, y eso no entraba en mis planes. Antes apuntaba en la agenda «Hacer un viaje a la luna» que «Hablar con Nilo».
—No te da igual, tía.
—Que nooo.
—No ni na, así que te lo voy a contar.
Le dio las cervezas a un camarero que pasaba a manos vacías y le dijo dónde llevarlas. Si no las llevaba ya a la mesa perderían la temperatura y la espuma. No pude escapar.
—He sabido que Nilo tuvo una relación larga con una de Madrid, una chica molt maca , administrativa en una multinacional —largó—.
Le van los deportes de nieve, tiene un coche rojo y dos yorkshire.
Parece simpática, iban a casarse. Hasta tenían ya fecha, pero él la dejó y se vino a Málaga.
Ella tiene aún fotos con él, así que supongo que habrán quedado como amigos.
Las vi en el Insta de ella, da miedo lo mucho que esa chica y tú os parecéis.
—A mí la que me da miedo eres tú, Marieta. ¿Tienes también su grupo sanguíneo?
—Con un poco más de tiempo… —Puso cara de listilla—. El caso es que, desde entonces, él no ha estado con nadie. Cosa rara en un tío como él. Alguna tara tendrá, como todos.
—No hables de él como si fuera mercancía.
Nilo levantó la mirada. Sus ojos se toparon con los míos. Aparté la vista y me moví para pegarme a Marieta como si pudiera esconderme tras ella. Me había olvidado de que le sacaba tres cabezas.
—¿Qué haces? —dijo ceñuda.
—Nada. —Me rasqué el brazo—. Nilo ha mirado para acá.
—Ah, y si te caza mirándolo sería un problema, ¿no?
—Sí, del tamaño de la catedral. —Resoplé, y volví a mirarlo.
Él seguía con su distendida charla en su abarrotada terraza—.
¿Tú te crees que llamarse Nilo? ¿Quién le pone a su hijo el nombre de un río?
Como decía Cristian: Estamos en España, señores, que le hubieran puesto Ebro, Guadalquivir, no sé, algo más de la tierra.
—Sabes bien por qué los llamaron así —refunfuñó—. Además, odiabas cuando Cristian le ponía esos motes, ¿qué leches te pasa?
—Yo qué sé. Solo quiero meterme con él. Es que no soporto… su presencia. ¿Se cree que puede volver como si nada y pasearse por aquí en plan vigilante de la playa, con su camisa entreabierta y sus pantalones y… —hice círculos con el dedo— ese pelo?
—¿Qué tiene de malo su pelo? ¿Tampoco te gusta?
—No.
— Los vigilantes de la playa la echaron en los 90, ¿no?
—Sí —respondí tras asentir.
—¿Y en qué año estamos?
—2025.
—Pues tú sigues comportándote como si esta tarde fueran a echar esa serie, Carmen. Ya no tienes ocho años —regañó—. Tienes treinta y ocho, resuelve tus problemas con él. Te dejo, que me estás calentando la cabeza. Atacá me tienes con tanta tontería.
—Marieta, no te enfades.
—No me enfado, pero me da coraje —respondió, en tanto que se alejaba de mí. Casi perdida su voz en el bullicio del local, añadió—: ¡Habla con él!, si us plau! Me tienes hasta el moño.
—Antes meto la cabeza en la freidora.
El encargado, que pasaba por mi lado, me miró con cara de susto.
—Cosas mías, Manuel, cosas mías… —le dije—. ¿Te ayudo con esa mesa?
El asintió y siguió con su camino. Era uno de esos días en los que pararse era un lujo, así que me puse a trabajar también. Una tiene que dar ejemplo, por más que a veces se comporte como una chiquilla.
Iba cargada con jarras de sangría cuando escuché una risa procedente del Mediterráneo, tan alta que sonó por encima de todo el barullo.
Miré hacia allá. En el lateral del local, en el camino que llevaba a la puerta del baño, esa chica que había estado devorando a Nilo con los ojos caminaba junto a él.
Él le dijo algo al oído, ella rio de nuevo. Claramente, estaban tonteando.
Cuando éramos jóvenes, había muchas chicas tras él, pero Nilo era tan tímido que nunca salía con ninguna, de hecho, huía y venía a buscarme como si yo pudiera protegerlo de enamorarse de nadie, así que jamás lo había visto tontear con ninguna.
Algunas veces hasta le regañaba por ello, le decía que tenía que divertirse, que todos los chavales lo hacían.
La presión sobre el sexo y las relaciones en esas edades es a veces una losa, y no nos damos cuenta del daño que hacemos con ella, del que nos hace también.
Nos lanzamos a relaciones inconvenientes solo por encajar, y yo había sido muy injusta tratando de lanzar a Nilo a ese pozo, incluso cuando él no quería.
Una sensación de culpa me sobrecogió. Otra, muy extraña e intensa, que en nada tenía que ver con la culpa, me encogió el estómago al verlo así con ella.
Me rasqué la mejilla con el dedo meñique, a duras penas.
Una parte de mí quería correr hacia él, en ese mismo instante, para decirle que me perdonase por todas las veces que le había regañado y casi empujado a ligar con alguien.
Nunca entendí por qué no lo hizo. Pero era absurdo hacer algo así después de tantos años, ¿no?
Y más aun habiéndole dicho las cosas que le había dicho días atrás.
Más aun siendo que estaba dolida con él por lo que me hizo hacía ya veinte años.
¿Por qué tenía todo eso tan enquistado? Se supone que uno madura, deja las cosas atrás. Eso tenía que hacer: dejar las cosas atrás. Los dejé con su tonteo, suspiré largamente y regresé dentro. Lo que él hiciera, no era ya asunto mío. Entonces, ¿por qué picaba como si lo fuera?