Capítulo 6
Nilo
Aquella mañana, abrí y cerré la fotografía del último verano juntos una decena de veces.
No quería mirarla, pero mi cerebro traicionero no paraba de decirme que lo hiciera, y a ese lo tenía medio domado, pero el cabrón del corazón mandaba más que ningún otro en ese asunto, así que, al final, mientras iba de camino al Alborán, por el paseo marítimo, me paré a mirarla.
Sentado en la balaustrada que separaba el paseo del mar, me torturé a mí mismo con aquella imagen llena de recuerdos.
En la foto, Carmen y yo estábamos sentados en el roquedal en el que tantas cosas habíamos vivido. Una ola rompió contra las rocas y nos pusimos empapados. La cámara se salvó de milagro; pero nos dio igual todo. Reímos y bailamos, cantando a pleno pulmón Caminando por la vida , de Melendi.
Entonces me di cuenta. Fui consciente, plenamente, de lo que sentía por ella.
No era solo amistad, tampoco un encaprichamiento de la adolescencia.
Eso que había surgido como una llama en mi pecho, tiempo antes, ardía con más fuerza de la que había sido consciente.
Toda mi apatía de los días pasados tenía mucho que ver con que, esos en los que ella se separaba de mí, para luego volver, se sentían más vacíos porque ella no estaba.
Y que, como decía la canción: llorar no me hacía daño siempre y cuando ella no lo hiciese.
Quería a Carmencita. La quería con esa pasión que solo los corazones más jóvenes entienden.
Pero ella estaba ya con Cristian, y yo me sentía un imbécil.
A punto estuve de hablarle de mis sentimientos, pero entonces llegó él, y me hice a un lado.
Tenía miedo de perderla y, al final, por culpa de mi miedo, acabé perdiéndola del todo.
Por Dios, cómo añoraba aquellos días. Pasé el dedo por la foto, allá donde se perfilaba la curva de sus hombros morenos, llenos de salitre.
La imagen se movió un poco, a causa del contacto.
Al hacerlo, vi que él salía al fondo. Caminaba hacia nosotros con su pinta de surfero californiano.
Como tenía una labia descomunal, traía locas a las chicas.
El día en que Carmen y él dijeron que se casaban, con solo dieciocho años, algunas les retiraron la palabra.
Al pensar en esa maldita y apresurada boda, sentí fuego en la garganta.
Me abrasaron de nuevo los celos, la culpa, el dolor…
No podía huir de lo que sentía. Llevaba veinte años intentándolo; sin embargo, mis sentimientos por ella eran como las olas, se alejaban un poco, sin irse del todo, para luego volver.
Había días en los que estaban más embravecidos, otros, más en calma, pero siempre ahí, meciéndome en bonanza o arbolada.
Cerré la aplicación de fotos, apretando el mentón al hacerlo.
Guardé el teléfono en el bolsillo y eché a andar, más rápido que antes.
Los pies devoraban las losas del paseo marítimo tan aprisa que adelanté a un turista que pedaleaba en una de esas bicis alquiladas.
Necesitaba ver a Carmen, aunque fuera para hablar de negocios.
Necesitaba tenerla cerca, aunque ella solo me quisiera lejos.
Quizá encontraría la valentía de decirle la verdad de por qué hice aquello.
No lo sabía. Pero la idea de verla me hacía sonreír, a pesar de todo.
Cuando entré en el chiringuito faltaban un par de minutos para las diez.
Sonaba la música de la radio, todo olía a limpio.
Carmen ya estaba esperándome sentada en la barra.
La veía de perfil. Tenía una taza en las manos y la mirada perdida en alguna parte.
Soltó un suspiro, que acompañó al que solté yo al verla.
Y debió de sonar más alto de lo que pretendía, pues ella giró la cabeza y me miró.
—Ah, hola, Nilo.
—Hola, Carmen.
Dos palabras que pueden no significar nada para otro pero que, para mí, eran un mundo. El «hola» entre nosotros no dolía tanto como el «adiós», porque, a pesar de todo, dejaba margen a la esperanza.
Mari estaba tras la barra. En cuanto me vio, me saludó con la mano, le dirigió un gesto a ella, bastante significativo, y se largó a la cocina. Apenas se cerró la puerta tras de ella, Carmen dejó la taza de café en la barra y me miró de arriba abajo, sin disimulo.
—Llevas unas pintas de pijo que no veas —soltó sin más.
Me eché a reír, rascándome el cogote. Esa era su primera bala en aquella guerra. Yo podía responder con otro ataque o mostrar la bandera de la rendición.
—Siempre lo he sido un poco, ya lo sabes.
—Todavía me acuerdo de ese día en el que llegamos tarde a la comunión de tu prima porque te estabas arreglando el pelo. Tenías diez malditos años, ¿quién se preocupa de su pelo con diez años?
—Yo.
—Presumío… —Puso los ojos en blanco.
Negué con la cabeza y solté una risa con los labios cerrados. Ella me decía aquello muy a menudo en el pasado, siempre con ese gesto, con ese tono de estar cansada de mí y, a la par, quererme mucho. Su tono fue igual en ese momento. Quizá no se dio cuenta. Quizá sí. Me gustó recordarlo.
—¿Me invitas a un café?
—Te pongo un café si quieres, pero lo pagas.
Me acerqué a la barra. Ella se movió hasta estar detrás. Lo hizo a toda prisa, como en el supermercado con el carro. Necesitaba barreras físicas entre nosotros, no me cupo duda.
—¿Un largo? —dijo delante de la máquina, sin mirarme—. En vaso, como siempre.
—Sí, eso es.
Voló un silencio entre nosotros, roto solo por el runrún de la cafetera, sus tiempos y sonidos, por la canción de moda en la radio.
Me obligué a no mirar a Carmen. A no observarla como el cervatillo que mira al lobo que está de espaldas, sabiendo que este puede girarse en cualquier momento y morderle la yugular.
Sin embargo, no fui lo bastante fuerte. Me atrapó el movimiento de su espalda, de sus hombros…
, el meneo de sus brazos, el de sus caderas al meter el cazo en la cafetera y empujarlo para que encajase.
El de sus manos cuando puso el vaso que el café pronto empezó a llenar.
Entretanto, ella se agachó a coger un paquete de café para llenar el depósito de los granos.
El aroma del Santa Cristina inundó el lugar, mezclándose con el de ella, a colonia fresca.
Mis ojos no dejaron de seguirla. Mi corazón, de perseguirla. Me costaba entender cómo narices había conseguido separarme de ella.
—¿Sigues tomándolo sin azúcar? —dijo, y se dio la vuelta.
Aparté la mirada y tragué saliva. La boca se me había secado mirándola. Asentí al punto, pidiéndole a Dios que no se hubiera dado cuenta de cómo la miraba.
—¿Te gusta mi vestido? —soltó entonces, con voz guasona—. Te lo puedo enmarcar si quieres.
—Me gusta…
«Me gustas tú, Carmen, siempre has sido tú», quise decir, pero callé, como en el pasado.
Dejó el vaso sobre la barra y se quedó al otro lado, con las palmas de las manos apoyadas en ella. La marca del anillo aún seguía en el anular. Un rodal blanco cortando el moreno de su piel.
—¿Y bien? —preguntó.
Puso su mirada en la mía. Sus ojos me atravesaron como un puñal.
Pero era un puñal bonito, hecho de un cielo muy negro, de esos que solo se ven algunos días en los que la luna y las estrellas se esconden y el mar oscuro se confunde con el cielo.
Bajé la mirada, incapaz de sostenérsela.
Si lo hacía, diría algo inconveniente. Algo como: «No he dejado de pensar en tus ojos en todos estos años.
Los he visto en todas partes. En todas. Hasta en miradas que no eran la tuya, Carmen».
Di un sorbo, despacio. Casi quemaba, pero siempre me ha gustado el café muy caliente.
—Tengo una oferta que hacerte. Es… sobre el terreno entre ambos chiringuitos.
—Ah, la tierra de nadie. —Resopló. Un mechón suelto de su moño se agitó con la presión del aire y le rozó la piel. Sentí envidia de él—. ¿Qué pasa con eso?
—Que podríamos hacer algo. Está vacía porque así lo dispusieron nuestros padres, y mi hermana y yo quisimos respetar eso, pero la mitad pertenece al Mediterráneo.
—Y la otra mitad al Alborán —apostó—. No creo que sea positivo para ninguno de los dos que llenemos ese espacio con nada. La gente podría confundir ambos negocios, y, desde luego, que no es el mismo. Además, no sé si el ayuntamiento…
—Ya lo he mirado. Podemos poner mesas o lo que queramos.
Basta con que dejemos un paso entre ambos.
—Mi tono fue conciliador, casi animado—.
He pensado que podríamos poner un pequeño escenario para abrirlo durante algunas horas y que haya música en directo.
Con mi lado solo no bastaría, quedaría muy estrecho, pero con los dos…
—No. —La negación en su gesto fue tan rotunda como en sus labios.
—Carmen, sería bueno para los dos. Nos turnaríamos el espacio, o quizá podríamos poner una barra a medias, de cócteles. Piénsalo, ni siquiera lo has pensado.
La vista se le perdió en aquel espacio entre ambos establecimientos.
En él había palmas en macetones, palmeras, rocas y arena de la playa que casi había sepultado el camino de madera que sus padres levantaron un día para unir ambos chiringuitos.
Algo restalló en su mirada. Algo que la hizo feliz, pues sonrió levemente.
Quizá un viejo recuerdo. Tal vez eso la ablandaría, pensé. Me equivoqué rotundamente.
—He dicho que no —soltó—. Cuanto más lejos estés, mejor.
Y si he de hacer algo con ese terreno, será poner un muro que ni el de Berlín, para no verte ahora que estás aquí.
Así que, escúchame bien, porque yo también tengo una oferta para ti, Nilo Rubio: ¡2x1 en viajes de ida sin retorno al rincón más alejado de esta playa!
—Dio un golpe con la palma de la mano en la barra, que casi hizo que se me cayese el café de la mano—.
¡Si te vuelvo a ver por aquí…, te frío como a los salmonetes!
Chasqueé la lengua y negué con la cabeza.
La conocía de sobra como para saber que, al menos en ese momento, no valía la pena insistir.
Carmen era cabezota como ella sola. Dejé el café en la barra, resoplando.
Iba a cerrar el pico, a pagar y a largarme.
Ya lucharía esa batalla más adelante, trataría de convencerla de algún modo; sin embargo, ella remató la faena, y lo que dijo se me clavó bien hondo.
—Así que lárgate, como has hecho siempre, eso se te da de maravilla.
—Carmen… —La voz me tembló—. Yo…
«Yo no…».
«Yo no me fui por lo que tú…».
«¡No me fui por lo que tú crees que me fui!».
Joder. ¿Por qué era tan difícil decirlo en voz alta?
—¿Qué? —Levantó el mentón. Los ojos le ardían en reproches.
—Yo…
El locutor de la radio anunció una canción que nos hizo mirar a ambos hacia el aparato musical, apostado cerca de la caja registradora, bajo una vitrina llena de botellas de distintos licores. Era una de nuestras canciones favoritas. Cuídate , de La oreja de Van Gogh.
—Esto es una broma. —Señaló a la radio, con una cara que ni si le hubieran picado cien medusas—. ¿Es cosa tuya?
—¿Qué dices?
—Sí, igual has llamado y has pedido que la pongan. En plan, a tal hora, sabiendo que ibas a estar aquí, a ver si así te librabas de que te asesinase. Aunque ya te digo que me dan ganas de asesinarte más, si es que eso es posible.
—Claro —puse cara de besugo enfadado—, no tengo otra cosa que hacer que llamar a la radio pa que pongan una canción que me duele con solo oírla.
Su gesto se suavizó un poco, me miró curiosa.
—¿Te duele?
—Sí, Carmen. Todas las canciones que escuchábamos juntos me duelen.
—Más a mí, ya te lo digo yo.
Se dio la vuelta y apagó la radio con mala leche. La escuché llenar los pulmones de aire, brazos en jarra, dándome la espalda. Sus hombros subieron y bajaron. Soltaba un bufido cuando se oyó desde la puerta:
— Good morning, are you open?
Aquellas palabras en inglés llenaron el vacío que dejaron las que yo no era capaz de decir. Ella y yo miramos hacia la puerta. Un extranjero de calcetín y sandalia, rojo como esos salmonetes que Carmen había mencionado, asomaba la cabeza con gesto dubitativo.
— No, sir, sorry —respondió la jefa—. We open at twelve.
El señor le dio las gracias y dijo adiós con la mano, para luego marcharse.
—Veo que ya te apañas con el inglés —observé.
—Como pa no… —dijo ella—. Aquí lo raro es que alguien hable español. En una de estas nos quitan a la policía y nos ponen bobbies . Acabamos como en Gibraltar, hablando espanglish. Aunque ese sonaba a americano, ¿no crees?
—Sí, sonaba más a americano.
Se encogió de hombros.
—Bueno, ¿qué ibas a decir antes de que el Mr. Marshall llegase?
—Nada.
—¿Nada? —Levantó las cejas.
—Nada. Es mejor que no diga más. —Dejé unas monedas en la barra—. Espero que sea suficiente. —Di dos golpecitos secos en la superficie de madera—. Que tengas un buen día, Carmen.
Ella asintió mientras cogía las monedas.
Sin decir más, salí de allí y me fui tras el extranjero.
El Alborán no estaba abierto, pero el Mediterráneo estaba a punto de abrir, y ese hombre tenía pinta de necesitar un trago para rebajar las calores.
Y yo… Yo iba a necesitar meter la cabeza en agua fría a ver si así se me dormían los pensamientos y dejaba de darle vueltas a lo pasado con Carmen.
La rabia que a veces le llenaba la mirada y los labios me destrozaba.
Aunque me lo tenía merecido, sinceramente, por ser un cobarde y por no hablar las cosas en su día.
Quizá ya fuera demasiado tarde. Quizá el rencor hacia mí estaba instalado en ella permanentemente y ni el más cálido de los abrazos o la más honda disculpa podrían derretirlo.
Y la comprendía. Desde luego que la comprendía.
Mientras el primer cliente de la mañana se tomaba un agua con gas bien fría en el Mediterráneo, me cambié de ropa y me metí de cabeza en el mar.
Estaba helado. Aun así, me pareció más caliente que mis posibilidades de acercamiento con Carmen.
Pensar en liarme la manta a la cabeza y declararle mis sentimientos era un imposible a esas alturas.
Tristemente, ni siquiera una amistad me parecía algo viable.
Pero al menos vibraba en mí el deseo de que hubiera paz entre nosotros.
Primero paz.
Los dos la necesitábamos.