Capítulo 5 #2
—Ya sabes lo que siempre te he dicho, creo que la excusa que te dio solo era eso: una excusa.
En realidad, si hizo lo que hizo fue por algo más gordo que no te ha contado.
Quizá deberías aprovechar que ha vuelto para preguntárselo.
—Puso la mano sobre mi brazo y lo apretó con suavidad—. Te irá bien.
—No sé si puedo.
Ella me miró como los policías a los sospechosos en esas películas en blanco y negro donde el humo del cigarro vuela en una sala claustrofóbica, iluminada por una sola lamparilla, en la que apenas hay muebles.
—Yo creo que, en realidad, no quieres. Porque, mientras estés enfadada con él lo sentirás cerca, y quieres aferrarte a él de alguna manera.
—Eso no es verdad —repliqué, apretando la taza con inquina.
Ella solo levantó las cejas y me miró con un «¿Seguro?
» pintado en su expresión. Bastó para que yo resoplase con indignación.
En cierto modo, tenía razón. Estar enfadada con él me aferraba a su recuerdo de un modo menos doloroso.
Y eso era raro, porque el enfado a menudo conllevaba dolor; sin embargo, sin ese enfado, los recuerdos bonitos saldrían más a la luz y entonces dolería más saber lo que perdimos.
—Qué coraje me da que lleves la razón.
—Pues estarás encorajiná to los días, porque siempre la llevo.
—Qué cara tienes —reí.
Ella se inclinó hacia mí para abrazarme.
—Venga, niña, que todo irá bien. Así rompes de una vez el círculo con él, y al final lo harás también con Cristian y podrás seguir con tu vida.
Asentí, con la taza en la mano y la barbilla apoyada en su hombro.
—Aunque ya te digo yo que ese se trae algo entre manos —anotó.
—¿Cristian? —pregunté separándome de ella.
—Pues claro, si no de qué iba a estar tan suavón. Ni pegas te puso a que te quedases con el piso.
—Le he pagado su mitad.
—Sí, sí, pero que otros no son tan amables. No se van como barquito tranquilo, se quedan agarraos a la orilla como las algas después de un temporal.
Verdaderamente, Cristian sacó sus cosas de la casa en cuanto me dejó, aprovechando un momento en el que yo no estaba. No puso impedimentos a nada.
—Parecía que quisiera huir de mí y del que era nuestro hogar como si allí hubiera una amenaza nuclear.
—Porque se siente culpable. Si le hubieras pedido que se arrancase los pelos del culo con pinzas te habría dicho que sí, y un hombre solo hace eso cuando se siente muy culpable. Tiene a otra, fijo.
—Ha pasado un año, sería normal que estuviera con alguien.
Aunque eso doliese. Aunque yo no hubiera sido capaz ni de imaginarme teniendo una cita con otra persona.
Pero, claro, había sido él quien me había dejado.
Aunque yo hubiera pasado parte del duelo para cuando eso pasó, la ausencia repentina fue la suya, y eso…
eso lo ponía más difícil. Él ya tenía el propósito de empezar una nueva vida, yo no me lo había planteado a pesar de todo.
Aunque a veces sentía la necesidad del abrazo masculino, el deseo de sentir la presión de otro cuerpo sobre el mío, la calidez de una caricia íntima…
, mis ganas de tener algo se esfumaban en cuanto volvía a la realidad de la vida.
Las relaciones suponen un esfuerzo y un gasto de energía que no tenía ganas de emplear en ello. Bastante tenía con respirar.
—No me refiero a ahora, me refiero a entonces —apostilló mientras se atusaba unos mechones sueltos del moño—. Y, además, si es normal para él, ¿por qué no es normal para ti? Aquí estás, sin perro que te ladre ni ganas de buscarlo, como yo.
—¿Porque soy yo a la que han dejado? —Ladeé la cabeza—. La película cambia mucho cuando estás al otro lado.
—Ya, ya lo sé.
—Mira, Marieta, sé que me quieres y que no puedes explicarte que Cristian me haya dejado, pero no soy perfecta, ¿vale? Tengo muchos defectos.
—Y él tiene amantes.
—Que no… —Reí, por lo absurdo que me parecía—. Confío en él. Su única amante es su moto. — Achiqué los ojos.
El cielo abrió y un rayo de sol pegó con fuerza en el mar.
— No ve qué candilazo —dijo Marieta.
Se escuchó entonces una voz masculina:
—Soy yo, pitufa, que te deslumbro con mi hermosura.
Sin mirar siquiera, ya sabía que era «Juanito el de la cerveza». Andaba detrás de Marieta desde tiempos inmemoriales.
—Pitufa a la catalana —respondió ella, y se rio.
—Mi desayuno favorito —anotó él.
Pocos fuera de Málaga habrían entendido aquella broma entre ambos.
Aquí llamamos así a los bollos de pequeño tamaño que se suelen comer en el desayuno o la merienda.
Dependiendo de qué lleven, tienen un nombre u otro.
Pitufo de aceite, pitufo mixto… En algunas partes, el de jamón serrano con tomate se llama «Pitufo catalana».
Son algo pequeño y Marieta es menuda también, de ahí la broma.
—Qué temprano amanece hoy mi repartidor favorito —dijo ella, tras volver a reírse—. ¿Te has caído de la cama?
Él, plantado bajo el marco de la puerta de entrada y apoyado en la carretilla de metal que transportaba un barril, alzó las cejas con aire juguetón.
—Sí, pensando en ti —respondió.
Ella se echó a reír con ganas, puso la radio, que solía amenizar las mañanas en el chiringuito, y fue a atenderlo.
Los observé un poco, metidos los dos en su tonteo habitual.
Sin embargo, a pesar de que ella le seguía el juego, él sabía de sobra que no quería saber nada de hombres.
A menudo decía lo a gusto que estaba sin pareja ninguna, sola con su niño.
Meter a otro hombre en su vida, después de lo que le pasó a su marido, no era algo que entrase en sus planes, por más que ese hombre fuera tan simpático como aquel.
Y yo de planes sabía mucho, así que respetaba los suyos profundamente.
Tomé otro sorbo del café preguntándome si algún día sería capaz de volver a estar con alguien o si me pasaría como a Marieta que no querría a un hombre nada más que para tontear un rato con él y que me alabase el gusto y la vanidad.
Miré el reloj. Las 9:45. Si Nilo seguía siendo tan puntual como antes, no tardaría en aparecer. El corazón me martilleó con fuerza en el pecho y en las sienes con solo pensarlo.