Amor de sol y sal Capítulo 5
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Capítulo 5

Carmen

Cuando Marieta me vio aparecer por el Alborán, enarboló el cuchillo que tenía en la mano, y con el que estaba cortando limones tras la barra, y me señaló con él.

—¿Se pue saber qué fas aquí? —dijo, y dejó salir el aire de entre los dientes.

Su acento era como el salpicón, una mezcla de muchas cosas.

Había vivido muchos años en Barcelona, con el que fue su marido.

Él fue quien, de hecho, la había empezado a llamar así: Marieta.

Ella, en verdad, se llamaba María del Rosario, pero entre el nombre y que, cuando se conocieron, ella llevaba una camiseta con mariquitas, con ese diminutivo se quedó.

En su casa siempre se hablaba catalán, a pesar de que él ya no estaba, porque quería que su hijo no perdiera la lengua de su padre ni la ventaja de saber otro idioma.

—Me aburro en casa —dije con gesto inocente.

—Llevas, exactamente… —Se miró el smartwatch , cuya correa tenía estampadas un montón de nutrias. A Marieta le gustaban mucho—. Ni veinticuatro horas llevas de vacaciones, ¿y ya te aburres? Apúntate a pilates, a un curso de cerámica.

—El pilates me mata, ya lo sabes, y ¿un curso de cerámica? Yo no quiero hacer jarrones, yo quiero matar a alguien.

—Siempre puedes hacer una urna cineraria y pintarle florecitas —dijo con guasa.

Resoplé medio riéndome.

—¿A quién quieres matar? —agregó después.

—A ti, por obligarme a coger vacaciones.

—¿A mí? No te lo aconsejo, que estoy viendo los Peaky Blinders y he aprendido cosas de mafiosos que no veas.

—Hizo un giro teatral con el cuchillo; casi me reí del todo—.

Además, ¿tú sabes qué faena tener que limpiarlo todo después?

La sangre sale fatal. Mejor la cerámica.

Mira lo bien que me lo pasé yo cuando fui.

—Bueno, porque el asesinato no es una opción. —Exhalé con desgana—. Cúchame, tú sabes que soy una negada pa esas cosas.

—Por eso, precisamente, va a una a esos cursos —bajó el cuchillo—, pa dejar de ser una negada.

—Ya me lo pensaré.

—Te lo piensas en casa, largo. —Señaló la puerta con un gesto.

—Ay, no seas pesá. No voy a estar aquí toda la mañana, te lo prometo.

—No sé si creerte. Te pasas en el chiringuito toda la vida. Solo te falta traer un colchón. Ah, no, que te echas la siesta en las hamacas. —Negó con la cabeza y siguió cortando limones mientras rezongaba algo en voz baja—. No puedo contigo.

Sonreí, en tanto que aspiraba el olor a limón y a limpio de las mañanas. La puerta estaba abierta y también una de las ventanas, así que corría una brisa que hacía más llevadera los veinticinco grados de temperatura.

Mirase donde mirase, el local brillaba. El turno de noche siempre cumplía con sus tareas y lo dejaban todo preparado para el día siguiente, pero Marieta tenía la costumbre de ir muy temprano y darle a todo su toque personal.

Un poco de ambientador, un repaso a las vajillas y a las mesas, unas flores frescas.

También le gustaba cortar los limones y las naranjas, le recordaba a los muchos años en los que había trabajado incansablemente detrás de la barra.

A decir verdad, quizá en otros negocios los jefes podían permitirse pasar por allí a echar solo un vistazo, pero en el chiringuito, y más en temporada alta, solíamos estar presentes a cada tanto, sobre todo en las horas de más trajín, para echar una mano. Además de necesario, nos gustaba.

—Hoy hará un día buenísimo —dijo ella—. La terraza está toda reservada ya, a partir de las dos.

Llevé la mirada al exterior. Las cristaleras del local se volcaban a la terraza, a la playa y al mar Mediterráneo.

Entre la orilla y nosotros había unas cuantas hileras de hamacas, que eran también una buena fuente de ingresos.

Pronto se llenarían, pues, a pesar del cielo nublado bajo el que la ciudad solía despertar, en cuanto abriera más el día, el calor sería abrasador.

Lo sabía por el color del cielo y el agua; por la manera en la que soplaba el aire.

Cuando una lleva toda su vida junto al mar, aprende a leer en su alma.

En la línea del horizonte se dibujaba la silueta de un crucero. Si echaba la vista al puerto, vería el gorro de contaminación que esos hoteles flotantes dejaban atrás. Solté un suspiro: el aire de Málaga era más limpio unos años atrás.

—¿Por qué pones esa cara? —me preguntó Marieta.

—Pensaba en mis cosas —me encogí de hombros—, en que con tanto crucero y tanto coche el cielo está sucio. En que antes, la ciudad olía más a mar y menos a contaminación.

—Eso es verdad, y a otras cosas que se han ido perdiendo. —La oí dejar el cuchillo sobre la tabla—. Los bares del centro, las teterías de toda la vida… Pero vivimos del turismo, ¿no?

—O él de nosotros —dije mirándola de vuelta—. Nos ha chupado la sangre, como los vampiros.

Me enseñó los colmillos como si fuera uno, haciéndome reír. Metió los limones en un bol con hielo y se secó las manos en un paño mientras decía:

—No estamos pa quejarnos teniendo el negocio que tenemos.

—Que tenga un chiringuito no quiere decir que esté de acuerdo con que la ciudad sea de todos menos de los malagueños, Marieta. De toda la vida hemos comido de esto, sin tanto guiri por todas partes.

—Uy, tú estás empipat . —Se echó el trapo al hombro y puso los brazos en jarra—.

Te pasa algo que no me has dicho, y por eso estás a disgusto con el mundo hoy, criticando hasta a los cruceros.

Pobres guiris, ¿no te dan pena? Que viven en esos mundos donde nunca brilla el sol.

Normal que quieran venir a España, con este sol y este de to.

—Tampoco están en Mordor, eh.

—Anda, anda…, ¿quieres un cafelito? Así me lo cuentas.

Asentí y me acerqué a la barra. Sabía ya de sobra que yo siempre me tomaba un mitad por la mañana y un sombra por la tarde, así que no hicieron falta indicaciones.

Se dispuso a hacer los cafés, en tanto que yo me acomodaba en uno de los taburetes.

Antes había unos de esos de mimbre y madera, pero con los años habían sido sustituidos por otros más modernos, de color blanco.

Fáciles de limpiar y de conservar, pero menos rústicos.

A pesar de ese cambio, el local mantenía el aire marinero, decorado en tonos azules, blancos y rojos; adornado con objetos de temática marinera.

La mano de mi familia aún seguía viva en todas partes.

En esa red que colgaba de una pared, que había tejido mi abuela con sus manos décadas atrás.

En ese remo que mi padre llevó en su jábega.

Ese cuadro de La Farola que mi madre pintó en su juventud.

La cerámica con el ojo fenicio que Marieta hizo en el taller.

Esa fotografía en blanco y negro de mis padres de jóvenes, junto a la barca de los espetos, que tenía un lugar de honor en la pared tras la barra.

Sea como fuere, mirase a donde mirase, allí aún se respiraba Málaga. Había otros locales más modernos, desde luego, pero yo no quería que en el Alborán se perdiera todo aquello. Esas cosas siempre estarían allí. Muchas otras se habían perdido; pero esas no. Al menos mientras yo tuviese fuerzas.

En tanto que el aroma del café lo impregnaba todo, así como los sonidos típicos de la máquina, giré el cuerpo para mirar hacia atrás.

Al otro lado de la cristalera que daba a la zona este, se encontraba el Mediterráneo.

El chiringuito vecino propiedad de los Rubio, la familia de Nilo.

Verlo cada día era como estar, constantemente, frente a un mal recuerdo.

Pensé que, con el tiempo, me acostumbraría, pero dos décadas después la sensación seguía siendo igualmente ácida.

—Ya te has enterao, supongo —dijo entonces Marieta.

Me giré para mirarla. Puso la taza ante mí. El líquido espumoso se meció, adornado por un poco de canela. Pocos placeres más sencillos que la canela en el café.

—¿De qué?

Colocó un vaso con hielo y otro café junto al mío, rodeó la barra y vino a sentarse. Ese día tenía el guapo más que subido, quizá porque el azul del vestido le favorecía muchísimo y el castaño claro de su pelo brillaba. Mientras yo daba un sorbo, dijo:

—De que tenemos un nuevo vecino.

Me humedecí el labio superior para quitarme los pizcos de canela y espuma que habían quedado en él.

—Ah, sí. —Dejé la taza en el plato; su sonido reverberó en la paz del local. A veces se me hacía extraño verlo sin gente, sin ruido, solo con el sonido de la cercana carretera y del zumbido de las neveras y demás—. Lo vi ayer, en el supermercado.

Marieta volcó el café en el hielo, con cuidado de no derramar una gota, y levantó las finas cejas.

—¿A Nilo Rubio?

—El mismo.

—¿Y cómo estaba?

—Guapo. Como siempre. —Esbocé una sonrisa de circunstancias—. Quiere hablar conmigo, ¿tú no sabrás de qué?

—Pues no. —Se encogió de hombros y dio un sorbo a su café—.

Solo sé que ha venido para hacerse cargo del negocio, nada más.

Los empleados están muy contentos, porque pensaban que, después de la jubilación de los López, el que viniera pondría nueva plantilla, pero Nilo ha decidido que todos se queden.

Los López habían arrendado el negocio a los Rubio hacía largos años cuando el padre de Nilo tuvo que retirarse a causa de su enfermedad. Sabía que los hermanos se lo habían llevado a una residencia de mucho prestigio, donde murió unos años atrás.

—Es un cacho de pan, ¿no? —agregó ella con voz contenta.

—Un cacho de pan correoso —anoté.

—Deberías empezar a perdonarlo, maca , ya cargas muchos años con eso en la cabeza y el corazón, y no es bueno para ti.

Fruncí los labios y llené el pecho de aire.

—No es tan fácil. Nilo lo era todo para mí.

—No, Cristian lo era todo para ti —corrigió—. Nilo era tu mejor amigo.

Una punzada incómoda me llenó el vientre.

—Pues los mejores amigos no hacen lo que él hizo.