Capítulo 4
Nilo
Cuando fui capaz de dejar el tomate en el carro, lo empujé como un zombi por el súper en pos de terminar de meter en él a saber qué cosas, porque ni cuenta me di de todo lo que había comprado hasta que no llegué a casa, dejé las bolsas en la encimera de la cocina y me dispuse a vaciarlas.
—¿Champú de cebolla? —Destapé el bote y olí el contenido, rezando para que aquello no oliese a sofrito. Curiosamente, no lo hacía.
Podría decir que no tenía ni idea de cómo había acabado en mi carro, pero la respuesta era bien clara: cada uno de mis pensamientos estuvo puesto en Carmen, y compré como quien conduce de casa al trabajo automáticamente porque ya se sabe el camino.
Cuando la había visto, en aquel frío pasillo que en nada se parecía al último lugar en el que la vi en persona, mi corazón había saltado entre las costillas como si estas fueran barrotes de hierro que lo aprisionasen y desease, con todas sus fuerzas, huir. Hasta me había mareado un poco.
Al principio había pensado que era un espejismo, solo alguien que se le parecía, pero era ella.
Ella. Carmencita. Al menos así la llamaba la última vez que nos vimos.
¿Cuándo había sido? Dejé el champú sobre la encimera y abrí el móvil.
Aún guardaba en la aplicación de fotografías las de aquella última vez.
Las había sacado de una vieja cámara digital y metido allí para no perderlas jamás.
A veces, de tanto en tanto, la aplicación me recordaba esos viejos momentos.
¿Quieres saber lo que hiciste en el verano de 2003?
Ya sé lo que hice, maldito seas, fui feliz.
Más que ahora. Mucha gente a la que amo estaba viva, otra, a mi lado.
No mediaban kilómetros de tierra o de ausencia.
A veces, los segundos son muchísimo peores.
Porque cuando alguien solo está lejos en la distancia puedes alcanzarlo de alguna manera, pero cuando alguien se aleja en términos de los sentimientos no hay dios que te haga llegar a esa persona.
La última foto juntos era del verano de 2005.
No quise mirarla demasiado. Hacerlo era como echarme arena en los ojos.
Cerré la aplicación, me dejé caer en uno de los taburetes de la isla de la cocina y llamé a mi hermana.
Necesitaba hablar con ella. Solo Nefer podía entenderme cuando se trataba de Carmen.
Nadie más de mi presente la conocía. Bueno, quizá algunos bosquejos, alguna mención a una vieja amiga.
Pero nadie sabía de mis sentimientos por ella como mi melliza.
Llevaba veinte años en Dublín, desde que se fue de intercambio y conoció allí a mi cuñado.
Un irlandés de dos metros que cada vez que pisaba España se ponía del color de los salmonetes.
Apenas respondió, noté cierta amargura en su tono de voz.
Sin embargo, si le pasaba algo, sabía que no soltaría prenda.
Mi hermana era como una tetera: llevaba las cosas dentro, las calentaba y, cuando hervían, entonces las soltaba a presión.
Era mejor que su onda expansiva no te pillase cerca.
—¿Todo okey? —pregunté.
—Todo okey —respondió sin más—. ¿Y tú? ¿Cómo está hoy mi riñoncico?
Tras un silencio que debió de hacerle pensar que la llamada se había cortado, porque dijo: « Hello? », logré decir:
—He visto a Carmen.
—Carmencita. —A mi hermana se le había pegado el acento irlandés, así que fue gracioso oírla decir eso—. Vaya… ¿Cuánto tiempo ha pasado?
Guardé el helado en el congelador. Más que derretido, debía de ser ya caldo. Me recordó eso que ella había dicho. «A ti siempre te han gustado las cosas a medias». Joder, cómo había dolido.
—Veinte años. Desde 2005.
—Es verdad. Cómo pasa el tiempo. Estábamos empezando a vivir.
Así era. Teníamos dieciocho años. La vida se nos llenaba de grandes esperanzas en muchos aspectos, pero empezaba a diluir otras tantas.
En mi caso, esas que tenía con ella. Las que empecé a tener un par de veranos antes, cuando yo solo tenía pelusilla en el bigote y ella lloró en mi hombro porque le había bajado la regla.
—Aún me acuerdo de ese verano en el que le bajó la regla. Pobrecita, cómo lloraba —dijo como si me leyese los pensamientos.
—Lloraba porque no podía meterse en el mar. Y ya sabes lo mucho que le gusta el mar.
—Sí, lo sé. —Suspiró—. Echo de menos aquello. El sol, la playa…
—Los treinta grados a la sombra.
—Hasta eso, sí. Echo de menos España, Nilo.
—Vente de vacaciones, unos días.
—No quiero irme de vacaciones. —Su silencio se prolongó demasiado, señal de que algo gordo le rondaba la cabeza—. Es igual, dime una cosa, ¿está igual de guapa que siempre?
—Más guapa todavía, si es que es posible. —Apreté el móvil en la mano—. Le he dicho que quiero hablar con ella.
—Nilo —arrastró las silabas de mi nombre con un cariñoso regaño—, Carmen está casada, ya lo sabes. Estar cerca de ella te hará daño.
—Lo estaba. —Solté, sintiendo alivio al hacerlo.
—¿Lo estaba? Se ha separado de… ¿cómo se llamaba él?
—Cristian—respondí, en tanto que cogía la leche para guardarla en la nevera.
—Como el cantante. Nuestro amor es azul como el mar azul…
—cantó. Nefer siempre había tenido muy buena voz.
De niña cantaba mucha copla, allí cantaba en uno de esos grupos locales de folk irlandés en el que su marido tocaba el bodhrán , un pandero tradicional.
En mi casa, siempre habíamos sido aficionados a la música.
—Un artista demasiado bueno como para que lo pongas en la misma frase que a ese personaje.
—Eso es verdad. Cuando escucho esa canción de Yo quería , me pongo a llorar, y mira que no es mi género.
Inspiré profundamente. Esa canción me dolía hasta a mí.
Mientras ella cantaba un poco más, me quedé mirando el interior del frigorífico.
La luz blanquecina me llenó los ojos, recordándome a la del súper.
Estaba tan vacío, tan aséptico, recién limpio después de muchos años vacío a la espera de que alguien volviera a llenarlo.
Ninguno de nosotros había querido hacer nada con esa casa en la que estaban nuestros mejores recuerdos.
En la que aún podía olerse el perfume de quienes se habían marchado.
Abrí el cajón de las verduras, para que sujetase la puerta, y agarré los yogures.
—Te pongo en manos libres, tengo que colocar la compra.
— Togha . Dime, gordo , ¿por qué se han separado? —me preguntó mi hermana.
—Eso no lo sé. No he… hablado tanto con ella. Ha salido casi corriendo. —Me rasqué el cogote—. Ya me enteraré, supongo. Espero que él no le haya hecho nada malo, o le corto los huevos.
—Es policía.
—Como si es Supermán. —Solté los yogures dentro, con rabia.
Ella rio con ganas. Hacía mucho que no la escuchaba reír así. Cuando se le fue la risa, dijo:
—Cuídate, por favor, no quiero que sufras. Bastante tienes ya estando allí, con tantos recuerdos. ¿Estás seguro de lo que vas a hacer?
—Más que seguro. Esto es lo que quiero. Cogeré el negocio, como ya hablamos. Es lo que papá y mamá habrían querido, que alguno de los dos se hiciera cargo. Ojalá lo hubiera hecho entonces. No tenía que haberme ido nunca, pero fue la solución fácil.
—¿Fácil? No lo creo. Solo fue… una solución. Ese verano fue un infierno, así que te entiendo bien. Y yo ya estaba en Irlanda, lejos de todo —dijo con pesar—, lo siento.
—No pasa nada. Estabas, más cerca o lejos, pero estabas. Y ellos también. Y luego me acogiste, así que no te preocupes.
Hubo un silencio reflexivo que se llenó de nuestras respiraciones.
—Ya… ¿Sabes qué pienso? Que ellos siguen estando. De un modo u otro. Siento a papá y a mamá cada día.
—Y yo. Aquí se sienten más cerca que nunca —dije mirando alrededor.
Aún quedaban, en los azulejos más bajos, aquel picotazo en la cerámica que hice el día en que mi padre me regaló la bicicleta y decidí que la casa sería mi pista de carreras. La zapatilla de mi madre voló en perfecto arco hasta darme en la cabeza.
—Quizá vaya pronto —suspiró ella—. Espero que, lo que sea que vayas a hablar con Carmen, tenga que ver con el negocio.
—Tengo propuestas que hacerle. Es hora de que entre el Mediterráneo y el Alborán se entierre el hacha de guerra.
—Lo único que vas a enterrar es la cabeza en la playa cuando Carmen te coja del pescuezo y te meta en la arena. Ya sabes que no querrá oír una sola palabra sobre eso. No después de lo que pasó.
—Yo… —La nevera pitó, recordándome que llevaba demasiado abierta y que yo seguía, ante ella, como un pasmarote—. Le diré la verdad.
Cerré el frigorífico al tiempo en que mi hermana soltaba una exhalación acompañada de una negativa.
—¡No! Le romperás el corazón si lo haces. —No la veía, pero podía jurar que había apretado el mentón.
—Ella tiene derecho a saber la verdad.
—Y tú tienes derecho a guardar silencio, como en las películas. Las personas implicadas ya no están aquí para defenderse. Ni siquiera nosotros teníamos que haberlo sabido. Además, ¿y si ella, en realidad, ya está al tanto?
—Lo dudo, Nefer. Carmen no habría accedido a una cosa así.
Dejé la cocina, con la compra a medio colocar, y me largué al salón.
No fue un acto premeditado, mi cuerpo decidió por mí.
Quería que fuese hacia el mueble donde había encontrado aquella carpeta, que lo abriese, que la sacase y volviera a mirar entre sus papeles para ver si habían sido solo un sueño.
Allí estaban. Con ese aspecto que cogen las hojas cuando ya tienen tiempo; con esa caligrafía tan elaborada de las gentes de antaño.
Allí estaban todas esas cosas que había sabido unos días antes y que habían sido como una montaña de arena sobre mí.
Apenas pude sacar la cabeza para respirar y llamar a mi hermana para decírselo.
Me senté en el sofá y coloqué la carpeta sobre mis piernas, abierta de par en par.
—Si papá y mamá no hubieran querido que supiéramos esto, no habrían dejado estos papeles aquí. —Los señalé, como si pudiera verme—. No, Nefer. Ellos querían que Carmen lo supiera, solo que no se atrevían a faltar a su palabra. Por eso los dejaron aquí, sabiendo que podríamos encontrarlos algún día.
Mi hermana soltó el aire entre los labios semicerrados, o al menos sonó a eso. Farfulló algo en gaélico, a saber qué, y luego dijo:
—Haz lo que te dé la maldita gana. Pero, cuando vayas a decirle algo así, más vale que tengas la oportunidad de abrazarla, porque lo va a necesitar.
—Intentaré llegar a ella, como antes. Intentaré que me perdone.
—Muy bien, Nilo. Hagas lo que hagas, por favor, no sufras.
No quiero que sufras, porque entonces, la que le cortará algo a alguien seré yo.
Le tengo mucho cariño a Carmencita, ojalá hubiera sido mi cuñada, pero tú eres mi hermano.
La llevaré a Gibralfaro a ver las vistas y la empujaré cuando no se dé cuenta.
Llevé la mirada al móvil, con la impresión de que mi hermana iba a salir por el auricular de un momento a otro para cumplir con aquello, y me reí.
—Le haré llegar tus amenazas.
Ella asintió con los labios cerrados. Le pregunté por mi cuñado, pero no me dio tiempo a terminar la frase. Dijo apremiada:
—Qué tarde es. Slán.
Colgó sin darme opción a decir más. Ella era así. De ir corriendo a todas partes.
Tras soltar un suspiro cansado, miré hacia los papeles y pasé los dedos sobre aquella firma.
Un simple nombre, una rúbrica poco elaborada.
El padre de Carmen no había ido a la escuela.
Había aprendido a escribir en papel de estraza cuando la gente le encargaba pescado.
Era un hombre de mar, como toda su familia.
El Alborán se había levantado al lado de su casa siendo un charnaque con cuatro palos y unas cañas para servir el pescado que su familia arrancaba a las entrañas del mar.
Con el tiempo, el trabajo y el sudor habían levantado un imperio.
Años más tarde, habían dejado atrás parte de él.
Aunque lo habían hecho por un motivo muy distinto al que Carmen se imaginaba.
Al que mi hermana y yo nos imaginábamos.
Ahora, tenía que contarle la verdad. La cuestión era cuándo hacerlo. No estábamos preparados para tener una conversación normal, más allá de hablar de tomate frito, como para hablar de algo tan importante.
Algo que cambiaría la vida de Carmen para siempre.