Capítulo 3
Carmen
En todos esos años, había deseado una y mil veces que a Nilo le hubieran salido escamas.
No, pústulas, como a los ogros de los cuentos.
O una joroba, a lo Jorobado de Notre Dame.
Ah, no, que ese me despierta mucha ternura.
Si yo hubiera sido Esmeralda…, en fin, a veces elegimos por los ojos, y así nos pasa.
La versión del libro es otra, mucho más cruel, como la vida misma.
El caso es que había deseado que hubiera dejado de ser tan guapo, tan simpático, tan Él.
Que se hubiera convertido en un ser horrible para que, cuando nos volviésemos a ver, no me bailase el estómago como estaba sucediendo.
Pero era él, seguía siendo él. Con esa expresión siempre alegre, con esa risa suave cuando se reía de las cosas incluso en medio de un momento tenso, con ese bonito brillo en los ojos.
Cuando Fito sacó esa canción de los ojos del color de la Coca Cola, pensaba en él.
Ya no estaba en mi vida por aquel entonces, y yo ya estaba con Cristian, pero siempre que la ponían en la radio pensaba en él.
Mi exmarido había dicho que no me había sido infiel; sin embargo, yo llevaba con Nilo en la cabeza toda mi vida.
¿Eso cuenta como infidelidad? Supongo que, de alguna manera, sí.
Quizá era él la causa de que mi matrimonio no hubiera ido tan bien como debería.
Quizá seguía atado a mi corazón a pesar de que hubiera querido arrancármelo con uñas y dientes.
—Lo siento —dijo, sacándome de mis pensamientos.
Hizo amago de venir hacia mí, pero moví el carro.
Estar tras él era un lugar seguro. Una barrera entre el pasado y yo, entre mis sentimientos y yo.
A la par, era también un dique, ese que mantenía mi enfado donde debía estar.
Bien dentro de mí, pues, si lo dejaba salir, espachurraría a Nilo con el carro y luego lo enterraría en latas de sardinas.
De las más baratas, nada de esas con aceite de oliva.
En su rostro se instaló una mueca triste.
—Solo quería abrazarte.
—No necesito que me abraces, Nilo —si me hubiera crecido la nariz como a Pinocho, tendríamos un puente entre Andalucía y Australia—, necesito que me dejes tranquila.
—Me estás pidiendo un imposible, ya sabes que no puedo verte mal.
Me tuve que morder la lengua para no responder a eso desde el dolor. No quería inundar el pasillo de las conservas de sapos y culebras. En esa zona del súper solo entran los animales cuando están muertos, y mis sapos y culebras estaban muy muy vivos.
—Sí, sé lo que estás pensando… —suspiró—. Lo sé, Carmen.
—Pues si lo sabes… —Apreté los labios y negué con la cabeza—.
Da igual, sigamos con nuestra vida, ¿quieres?
Como hasta hace unos minutos. Yo con mi bote de tomate.
—Lo cogí, me aferré a él cual ancla. Es absurda la manera en la que ponemos nuestras esperanzas en un objeto—.
Tú con… —Miré hacia su carro, abandonado a unos pasos tras nosotros—. ¿Qué haces comiendo eso? Es malísimo.
—¿El qué? —preguntó.
—Esos tarritos de plástico para calentar el arroz.
—Comeré en el Mediterráneo —su chiringuito, vecino del mío—, esto es para emergencias.
Llevé la mirada hacia él, la clavé en la suya.
Tenía diez mil preguntas que hacerle. ¿Se habría instalado en casa de sus padres?
Sabía que estaba cerrada, que no la habían vendido.
Quizá había alquilado algo. Aunque, tal y como estaba el asunto de la vivienda en la ciudad, lo dudaba.
Sin embargo, no quería entablar con él ninguna conversación sobre su vida privada.
No quería…, bueno, sí quería, pero no debía saber nada de él.
Tampoco quería que supiera de mí, y, a pesar de eso, dije:
—Yo también suelo comer en mi chiringuito, pero voy a tomarme unos días de descanso y tengo que llenar la nevera. Mi hermana me ha obligado. Yo estoy mejor trabajando, así no pienso en nada.
—Ni en el divorcio.
—No, ni en eso —confirmé. A veces la boca va más rápido que el pensamiento.
—¿Por eso llorabas?
—No. —Miré el frasco, aún en mi mano—. Es que no hay 3x2 en el tomate.
Apretó los labios, como si se fuera a reír. Tuve ganas de reírme también, por lo absurdo, porque el corazón me latía muy aprisa. Con la risa, quizá, se calmaba. Sin embargo, esa amargura que se había instalado en mí en los últimos tiempos ganó la partida.
—¿Cuándo podré hablar contigo? —preguntó él—. En un sitio tranquilo. Con un café.
—Nunca.
—No seas así, Carmen —dijo con gesto amable—. Es importante. Por favor.
Ladeó un poco la cabeza y uno de los mechones de su pelo se movió.
Llevaba uno de esos cortes modernos, desenfadados.
Una incipiente barba, bien recortada, vestía su mandíbula y bigote.
Tenía las cejas espesas, aunque menos que antaño.
De niño, le decía su madre que llevaba un gato acostado sobre los ojos, y nos moríamos de risa con eso.
Cuando la presión estética empezó a tener efecto sobre nosotros, cogía las pinzas, para quitarle vello, y él ponía la cabeza en mis piernas.
Luego, él hacía lo mismo conmigo. Así pasábamos horas, sacando pelo tras pelo y contándonos tonterías.
¿Cuántos años habían pasado desde eso?
Recordaba cuando había empezado a salirle la pelusilla y a cambiarle la voz.
Esos gallos me hacían reír a carcajadas, y él se moría de vergüenza.
Fue en esa época cuando a ratos empezó a caerme mal, con sus pavadas de muchacho que se cree un hombre.
Fue entonces cuando quise dejar de verlo por un tiempo, porque una parte de mí se sentía rara en su presencia.
Aún no entendía lo que me estaba pasando con él.
Ojalá lo hubiera hecho. Pero empecé a salir con Cristian, y el resto se me nubló.
—Está bien —claudiqué—. Ven mañana al chiringuito, a las diez. Hablaremos entonces, pero, después, no quiero volver a verte más.
—¿Pondrás la cinta divisoria? —dijo como si no me tomase en serio.
—Sí. La zona este para mí y la oeste para ti, y el centro, por la mitad.
—¿Tú te quedas con el Paseo del Parque y yo con la calle Larios?
Esa media sonrisa… Si Nilo fuese sonriéndole así a todo el mundo la gente no recordaría sus problemas, como me estaba pasando a mí.
—No, porque entonces te quedas con mis tiendas favoritas. —Aparté la vista de sus labios para ponerla en sus ojos. No es que fuera mucho más fácil mirarlo ahí, desde luego.
—Me temo que lo quieres todo, y todo no se puede tener.
Hubo algo en esa frase que se me clavó bien adentro. Quizá porque siempre había querido tenerlo todo; quizá porque siempre había sentido que, o no me merecía nada, o no sabía qué era ese todo que quería en realidad. Quizá porque venía de su boca.
—¿Tú no lo quieres todo, Nilo? ¿Qué tiene de malo quererlo todo?
—Lo que yo quiero, Carmen, jamás lo he tenido. —La voz se le volvió más áspera, envuelta en un deje nostálgico—. Por eso sé que, en esta vida, siempre hay que elegir.
Ahondó en mi mirada. Vi en la suya un sentimiento de añoranza tan profundo que me conmovió. No supe qué decir, así que dije una tontería:
—Ten. —Le di el bote de tomate, que él cogió. —Pónselo a tu arroz de plástico.
Al hacerlo, mis dedos rozaron los suyos.
El primer contacto después de tantos años se sintió igual que el estallido de un fuego artificial.
Lo ves llegar al cielo, te deslumbra con su luz, que se hace más fuerte y estalla.
Llena la noche con sus colores, te ciega si lo miras muy de cerca.
Su sonido sobrecoge. Entonces, te hace sonreír como pocas veces.
Es la magia de esos fuegos. La magia de rozar una piel largo tiempo añorada.
Supe que él había sentido lo mismo que yo.
Lo supe por su forma de mirarme; por el modo en el que los párpados le temblaron; por la manera en la que se estiraron las comisuras de sus labios.
Por un instante, deseé que tomase mi mano por completo, que tirase de mí, que empujase el carro lejos y que me abrazase. Deseé cobijarme en su pecho como hacía años, cuando solo era una adolescente que lloraba porque le había bajado la regla y no podía bañarse en la playa.
Él me dijo entonces: «Tía, no te preocupes más, mi hermana usa tampones, le diré que te dé uno».
Yo no tenía figura femenina de referencia, mi madre ya no estaba y mi hermana era más pequeña que yo, así que Nefer, la melliza de Nilo, fue la mía.
Igual que él había arreglado aquel pequeño problema, habría querido que, en el presente, tuviera la solución mágica para todos los demás.
Pero eso era una quimera. No había tampones para las heridas más grandes.
La cálida sensación del contacto se apagó, devorada por la de amargura que vivía en mí, por el dolor de los malos recuerdos, por mi enfado con él, con la vida, con el mundo.
Separé la mano abruptamente.
O salía de allí corriendo, o volvería a llorar. Así que salí de allí empujando el carro, casi a la carrera.
Nilo no dijo nada. No me siguió como en las películas para abrazarme por la espalda y decirme que sentía todo lo que había pasado, que sentía su ausencia, que lo sentía más que ninguna otra cosa en su vida.
No me cogió de la muñeca como en esas series coreanas donde tardan veinte capítulos en rozarse la mano y otros ochenta en declararse su amor, ni tiró de mí y me pegó contra su pecho para acariciarme el cabello y decirme con voz profunda todo aquello y más.
La vida real no funciona así. Al menos, no siempre. Al menos, no la mía.
Así que allí se quedó, con el tomate en la mano, pensando a saber qué.
Tal vez se sentía tan estúpido como yo.